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2017-12-01 12:25:51

Sobre el libro
“Sinfonía. De mi sangre nacerán pájaros” de María Tabares


Por Luz Helena Cordero Villamizar


Ya el hecho de que haya una palabra para silencio
es una creación estética.
Jorge Luis Borges


Una sinfonía es una conjunción de voces y sonidos sucesivos o simultáneos que, más allá de sus características o diferencias individuales, o precisamente por ellas, produce una armonía. Sabemos que la orquesta tiene ese cometido. Y entre todos los instrumentos se destaca uno que emite sus más bellos acordes: el silencio. ¿Cómo entonarlo en un mundo atestado de sonidos? John Cage, el músico que quiso intervenir la forma en que percibimos y juzgamos la práctica musical y la vida cotidiana, quiso experimentar el silencio total y para ello se internó en una cámara que anulaba cualquier tipo de sonido exterior y al final concluyó que el silencio no existe. Porque es imposible dejar de escuchar el flujo de la sangre y el compás de la vida dentro del propio cuerpo. Como una lección transgresora compuso su obra 4:33 en donde no se interpreta ni una sola nota musical y es el sonido del entorno, del público, del respirar y del propio corazón de los asistentes lo que compone la obra. ¿Acto ridículo o provocador? Podemos juzgar de acuerdo con esquemas preconcebidos o abrirnos a nuevas experiencias. Desde luego, es más difícil lo segundo.

“No hables si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio”, dice un proverbio budista en el que se sintetiza la fuerza de lo no dicho y la responsabilidad que tenemos con las palabras, no solo con su alcance y significados sino con su función estética. El reto es dar voz a algo más bello que el silencio mismo. Y esto nos lleva necesariamente a la música y a la poesía. Es que no solo es posible nombrar, también se puede intentar construir el silencio, ese oficio del aire. ¿Cómo lograr la afinación de ese instrumento prodigioso?

Se entra a esta Sinfonía con un primer movimiento que trata precisamente Del silencio. Se oye entonces el acorde, la voz de la autora, quien no es solamente María Tabares sino Martha Lucía Vargas, la escritora de carne y hueso. Ella es la solista, su orquesta son las palabras, la melodía surge de la cadencia de la vida, las historias, los sentidos y sin sentidos.

María inicia su Sinfonía enunciando de la manera más sencilla:

 

Puedo escribir reiterada
La palabra silencio…

Puedo escribir
La palabra silencio una
Y otra vez…
Escribirla, como hago
Sin hacerlo…

y no morir ahogada de tanto
tanto ruido.

 

He omitido deliberadamente los versos intermedios para entender de qué modo el poema intenta no solo construir sino superar la belleza del silencio. Ya lo sabemos: escribir la palabra silencio es una forma de escucharlo y de sintonizar la voz con ese sonido inaudible. Pero… ¡atención! hay que hacerlo “sin hacerlo”. Solo así lograremos defendernos del ruido. Como se percibe, se trata de palabras y versos sugerentes, suspendidos, algunos implícitos en el poema, que solo así permiten abarcar el rumor de lo no dicho. ¿Han imaginado cuánto pesa el silencio? ¿Quién no ha sentido su peso en medio de un diálogo fracturado, cargado de tensión?

La autora acude a imágenes delicadas, crea versos etéreos, que están a punto de romperse, para transmitir la sensación de estar en el aire:

 

Sobre la angosta tapia, de pie,
hago equilibrio
y recorro
con esta precariedad humana
el silencio magistral
por donde caminan los gatos

 

Y por si quedan dudas, he aquí esta metáfora que logra penetrar bien el cuerpo del silencio:

 

Escarbo adentro
adentro
extraigo puñados de aire
para poder entrar

Así se logra una definición tangible del silencio: un puñado de aire.

 

La Sinfonía pasa al segundo movimiento “De los actos” y hallamos otra forma de articular la voz para nombrar la levedad de la existencia como una sucesión de sonidos que al final “rodarán inertes” y nosotros “enterrados quedamos en el viento”. Qué imagen más categórica, enterrarse en el viento, igual que aquella que dice “Protegida por el aire atravieso los días”. El tercer movimiento transcurre en rojo vivo, es la piel que se expone a la intemperie del mundo y es atravesada una y otra vez. Es la muerte con sus múltiple rostros y al final el triunfo de la vida en el cuarto movimiento “Del nacer”:

 

Empujada por un grito
que nadie oyó
nací

 

Un grito es la fuerza del aire, el triunfo de la voz, la muerte del silencio.

En la segunda parte, que paradójicamente se titula “La primera la última”, escuchamos hablar la puerta que cuenta sus historias de mudo testigo. Su fuerza está en el callar (de nuevo se reitera el silencio) y en su aparente pasividad, en su espera. Porque, nos dice María, “esperar es una forma de existir”.

Y se remata la Sinfonía con “Los sombra”, título que incluye una deliberada contravención gramatical que permite renombrar a esos personajes anónimos, dueños de la calle, de nuestro miedo y quizá de nuestra culpa. Aquí gracias a la poesía recuperan su identidad. No son sombras que nos asaltan. Ellos y ellas son “Los sombra”, hombres y mujeres que moran debajo del puente, que extienden sus brazos en cruz, implorando perdón, creyéndose culpables “de todo mal”, conversando “sin abrir la boca”. Quizá “Los sombra” son la proyección de lo que rechazamos de nosotros mismos, espejos donde nos miramos por dentro. La voz poética lo dice así:


Cargan al hombro la inmundicia de la gente.
sin que nadie se conduela

pasan

escudriño el rostro y en el rostro los ojos:
su mirada al instante me convierte
en piedra

 

La poesía es esta forma de volver a descubrir, de recargar lo que creíamos ya desgastado, no solo cuando ha sido desprovisto de magia, sino cuando ha perdido su capacidad de asombro, su fuerza de conmoción y compasión. Por eso la poesía logra recuperar la emoción y la posibilidad de movernos para sentir con los otros.

Esta Sinfonía consigue alterar, con-mover el modo como asumimos el silencio, las conmociones interiores y el ojo para mirar a “Los sombra”. Mientras exista la necesidad de nombrar y de sentir, existirá el ser poético. María Tabares lo sintetiza así:

 

Queda
afilar el lápiz y escribir a oscuras

 

Bogotá, 29 de noviembre de 2017


Fundación La Raíz Invertida
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