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07 Dic 2016 / 14:13 pm

Una naturaleza extraña se esconde detrás de cada palabra que escribe Santiago Erazo (Bogotá, 1993), cada poema contiene una cerradura que se rompe y viola las puertas que custodian lo que nos habita desde adentro, es decir, trazan un fugitivo secreto que nos muestra la noche oculta que nos circunda.

Acá una muestra de este joven poeta que inicia su trabajo con una voz firme y duradera:

 

 

 

 

PAISAJE VERTICAL II

Como el río seco
en la garganta del ahogado,
un atardecer
                       -rojo hilo de voz-
se trenza en la brea de las ventanas:

Inmersa la mano de la noche
entre los arrecifes de las calles,
los aguijones de los postes
hieren de luz su dorso.

 

 

 

Sé de un árbol
cuyas raíces crecen
en el lugar de las ramas.

Las lombrices crían los ojos que no tienen
en la punta de sus cofias
y es el ámbar de su tronco
un ala rota, derretida por la luna.

A lo lejos parece una viuda abandonada:
cada hebra alza sus manos
hacia un coágulo de noche
y nunca duerme
a la espera de la simiente
que, antes del paraíso, Dios le robó:

cuando en la ciudad
un hombre cae
recitando el dictado de una bala,
sus cabellos grises crecen un poco más.

 

 

 

SIMETRÍA

Frente a la ventana,
tras los ojos de la lluvia,
las nubes parecen decantarse
como caracoles nocturnos
que emigran hacia el suelo.

Al otro lado del reflejo
un ciego llora
y escurre breves gotas
de su propia oscuridad.

 

 

 


12:00 a.m.

En el cielo hay un pianista tocando con sus teclas negras los silencios que nos ungen en la noche. Un silencio para cada mujer y cada hombre, como una dádiva sagrada, una lluvia sin gotas, una sábana lechosa que cubre nuestros cuerpos.

 

 

 

DERMATOGLIFOS DE LUZ IV

Dos hombres,
colgados a la fachada del edificio
como frutas maduras,
limpian el brillo de la luna
en las ventanas:

dos gotas más de lluvia
que
    escriben
        con
            agua
                su
                    caída
                        en
                            el
                                cristal.

 

 

 

BITÁCORA DE VIAJE

Me cuelgo del viento. Lo domestico como a una mesa coja. Me agarro a cada hilacha que el sol descose de las nubes, y antes salto lazo con las agujas de agua que las enhebran. Con el tiempo aprendí a subirme al viento sin sus rueditas para principiantes. Pero sigue sin ser sencillo. Cuando truena, se asusta con el mismo estupor de los armarios cuando intempestivamente los abrimos. Entonces lo calmo y palpo su lomo hirsuto de gritos recién podados. Luego el cielo llora, pero en cada lágrima la aridez del viento. Y adentro del viento otra lágrima. Así, la virtud para montar al viento radica en destilar de aquella última lágrima el camino que queda por recorrer.

 

 

 

ELLIOTT SMITH

¿Fueron las dos manecillas que te enterraste en el pecho para detener al tiempo, o la noche líquida que te inyectabas en los brazos lo que tiñó de hollín el tragaluz de tu garganta?

Ni lo uno ni lo otro.

Sólo tu cuerpo no supo más cómo cantar las estrellas muertas que te corrían por las venas, y se enteró de que las cuerdas de tu guitarra ahorcaron la lluvia que te mojaba por dentro.

Únicamente quedan estos frutos caídos de tu voz, y el vacío de las notas que ahora lanzas, como un buitre moribundo le arroja su hambre a sus propias crías.

 

 

 

Santiago Erazo (Bogotá, 1993). Estudia Creación Literaria en la Universidad Central. Poemas y cuentos suyos han aparecido en publicaciones colombianas como Otro Páramo o Bacánika. Miembro del grupo literario Contracartel Segunda Generación.

 

 


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