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01 Jul 2015 / 11:25 am

 

LA POESÍA DE PAUL AUSTER DESDE SU CÁMARA FOTOGRÁFICA

 

Nota y selección de Fadir Delgado Acosta

 

Cuando se lee la obra narrativa de un escritor como Paul Auster, se percibe a un autor que ha expuesto su tinta a lo inasible de la poesía. Desde su prosa habla de personajes que saben muy bien que los vocablos envejecen, porque los objetos envejecen, y por ello, urge regresarles o reinventarles su luminosidad.

 

En la poesía de Auster la palabra es una lámpara que lo alumbra todo, y el poema, es eso que se repliega sobre sí mismo como un puño, pero que luego se abre con la certeza de no ser absoluto. Hay en su poesía una preocupación por la raíz espiritual de la palabra, por su aridez y por el silencio que anida.

 

Para Paul Auster hay una diferencia funcional entre la escritura poética y la narrativa: “En cierto sentido, la poesía es como tomar fotografías, mientras que la prosa es como filmar con una cámara cinematográfica [...] el resultado es totalmente diferente”.

 

  

De Radios

1970

 

4

 

Nada moja ese tronco, la piedra nada gasta.

El habla no podría empedrar el pantano,

así que bailas para un silencio brillante.

La luz sigue las olas, naufraga, se camufla…

El viento parlotea, se desemboca.

Yo te nombro desierto

 

 

6

  

Borracha, la blancura atesora sus fuerzas,

mientras duermes, ebrio de sol, como semilla

que retines su aliento

bajo tierra. Soñar, en el calor,

con el calor

que infesta el equilibrio

de una mano, que engendra

el milagro de la aridez…

En todos los lugares que has dejado

crece la furia de los lobos

con las hojas que no hablaran.

Morir. Dar acogida a los lobos rojos

que arañan  las cancelas: página

que aúlla; o bien duermes, y el sol

jamás se agotará.

Es verde donde las semillas negras respiran.

 

 

De Escritura mural

1971- 1975

  

Prisma 

 

Tiempo de tierra,

las piedras dan la hora

en vacíos de polvo, el aire arable

vaga lejos de casa, y el alambre

de espino y la carretera

se borran. Escupida

por la fiebre  ardiente de nuestro

pulmones, la semilla Ur

florece en el cristal, nuestro aliento bermejo

nos refracta y

multiplica.  Ya nunca más

sabremos lo que somos. Como la luz

que cruza entre las rejas

de la luz

que a veces llamábamos muerte,

también nosotros habremos florecido,

hasta con llamas

tan inextinguibles

como éstas.

 

 

De sombra a sombra

 

Contra la fachada del atardecer:

sombras, fuego y silencio.

Ni siquiera silencio, sino su fuego,

la sombra

Que arroja un respirar.

 

Para entrar en el silencio de este muro

debo dejarme atrás a mí mismo.

  

 

Pastora

 

En la zona interior del musgo y de la espera,

tan poco semejante a la palabra

que también era un esperar,

todo ha sido distinto

de lo que es, el musgo aún

te espera, la palabra es una lámpara

que portas a los más profundos

del verde, pues incluso las raíces

han transportado luz, e incluso ahora

tu voz

no deja de viajar por las raíces,

de modo que allí donde caiga el hacha

tú, también sabrás qué está vivo.

 

 

Escriba

 

El nombre

nunca dejó sus labios: de tanto hablar

cambió de cuerpo: volvió a encontrar su cuarto

en Babel.

 

Estaba escrito.

Una flor

cae de su ojo

y florece en la boca de un extraño.

Una golondrina

rima con hambre

y no puede dejar su huevo.

 

Inventa

al huérfano envuelto en harapos,

 

sostendrá

una pequeña bandera negra

acribillada por el invierno.

 

Es primavera

y bajo su ventana

oye como cien piedras blancas

se convierten en flox rabioso.

 

 

Heraclitiana

 

La tierra en pleno, responsable

ante el verdor, el lastre de carbón

del aire, y el invierno

que prende

el fuego de la tierra, mientras el aire cruza

sin discontinuidad

hacia el verde

instante de nosotros mismos. Sabemos que se habla

en nuestro nombre. Sabemos que la tierra

jamás engendrará una palabra

lo bastante pequeña como para albergarnos.  Pues la

       palabra justa

sólo es de aire, y en el ascua

verde de nuestra

monotonía interna no despierta más miedo

que el miedo de la vida. Seremos, pues,

nombrados

por lo que nunca somos. Y todo aquel

que se vea

en lo que aún no ha sido

hablado

sabrá lo que es temer

a la tierra

hasta la justa

medida de sí mismo.

 

 

De Efigies

1976

  

3

 

Senda de eucaliptos: un resto del pálido cielo

Temblando en mi garganta. A través del zumbido lastre del verano

 

la mala hierba que enmudece

hasta tu paso.

 

  

De Fragmentos del frío

1976- 1977

 

Luces del norte

 

Éstas son las palabras
que no sobreviven al mundo. Y hablarlas
es desaparecer

en el mundo. Inalcanzable
luz
que preside la tierra, alimentando
el breve milagro

del ojo abierto...

y el día que habrá de extenderse
como un fuego de hojas
por entre el primer viento frío
de octubre

consumiendo al mundo

en la sencilla habla
del deseo.

 

 

Fragmento del frío

 

Porque nos volvemos ciegos

en el día que expira con nosotros,

y porque hemos visto a nuestro aliento

nublar

el espejo del aire,

el ojo del aire ha de abrirse

a nada salvo a la palabra

a la que renunciamos: el invierno

habrá sido un lugar

de madurez.

 

Nosotros, convertidos en los muertos

de otra vida que la nuestra.

 

 

Visible

 

Bobinas de relámpagos, desovilladas

en la noche escindida de invierno: truenos

tirados por estrellas, como si  

tu fantasma hubiera pasado, ardiendo,

por el ojo de una aguja y se hubiera afinado

hasta la transparencia con la sea

de la nada.

 

 

 

PAUL AUSTER 

 

Escritor, traductor y cineasta norteamericano. Entre sus obras se destacan La trilogía de Nueva York (1987), compuesta por las novelas Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986); Leviatán (1992); El libro de las ilusiones (2002); Un hombre en la oscuridad (2008); Invisible (2009); El Palacio de la Luna (1989); entre otras.

Guionista de la película Smoke (1995), Blue in the Face (1995); Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de  Martin Frost (2007). En el 2012 Seix Barral publica su poesía completa en donde se encuentran los títulos: Radios (1970); Exhumación (1970- 1972); Escritura mural (1971- 1975); Desapariciones (1975); Efigies (1976); Fragmentos del frío (1976- 1977); Aceptando las consecuencias (1978- 1979) y Espacios en blanco (1979).

Premio Príncipe de Asturias de las letras y Premio Médicis. Su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. 


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