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18 Jun 2015 / 12:40 pm

 

Nota de Pablo Di Marco (Fragmento)

Selección de Alejandro Cortés González

 

Si es verdad que todo buen libro tiene un mandato, El sol y la carne cumple con el suyo: recordarle al lector desprevenido que la poesía también es capaz de revelar y echar luz al horror que nos rodea. A fin de cuentas, quien quiera estudiar y juzgar  —y por qué no, también comprender— a una nación entera decidida a ahogarse en un baño de sangre, encontrará más respuestas en la cruel y bella poesía de El sol y la carne que en cualquier ensayo político o libro de historia.

                                                                                    Pablo Di Marco

                                                                                   Buenos Aires, abril 2015

 

 

El sol y la carne

Ediciones Torremozas, Madrid, 2015

 

 

CUANDO CAIGA LA ÚLTIMA PALABRA

bajo el puente y entre los animales muertos

todos puertos que hemos olvidado,

aun existirá el recuerdo de la juventud

para constatar que se ha dejado la piel ante el templo.

 

El amor como el más fiero de los mares

nos devolverá   a los pies   el esqueleto tibio

de lo que la vida reclamó para que la felicidad o el tedio

hicieran de nosotros.

 

 

 

SEGOVIA

 

Los perros también se acercaron

pero el hedor los alejó,

a ellos que han aprendido a destilar de lo amargo

el amable vapor de la belleza.

El cuerpo ladeado se entregaba al abismo

suspendido de una rama sus pies se sacudían bellamente

la cabeza inclinada hacia los ojos de sus padres

parecía vieja, aguerrida

en ese cuerpo hinchado y extraordinariamente joven.

 

Hueco el vientre dejaba ver la sangre seca que retenía

los órganos

como una mueca generosa de la muerte.

Los padres se balanceaban abrazados

tristísimos sobre sus propios pies;

bailaban al ritmo del cuerpo que pendía de la rama.

 

 

 

PATRIA

 

El niño recoge espigas de sol.

Vuelve sereno y cantando por el campo.

Revienta sobre su cuerpo el fusil del asesino;

lo embiste la noche.

Vuelan por el aire sus ropas

como banderas de una patria sin nombre.

 

 

 

PÁRAMO DE LA SARNA

 

Al lado de las lagunas crecen esbeltos frailejones

que la luz ondea,

los pájaros,

frutos claros forjan la realidad de la mañana.

Se curva el día          

               sobre la bruma;

 fantasma que ronda las lagunas.

A veces parece que de la entraña de un bestia destazada

surgiera la voz terrible que persigue el viento.

A veces parece que todos los huesos que aún cuelgan de los árboles

fueran endémicas flores que el páramo cristaliza.

 

 

 

PAGARÁS POR TU SILENCIO

y por tus palabras

por tu falta de pudor

por haberte hincado ciego

ante los dioses de la tarde.

Pagarás por ofrecerles el hígado y los labios

por dejarlos oler tu bilis y tu miedo

por llorar

y por amar

el oscuro ministerio de lo ausente.

 

 

 

SOMOS LOS DESTERRADOS

los que se miran

desde la desdicha que habita

todos los finales.

Somos los que rasguñan la entraña de esa fiera

que llaman Dios

para que sangre y llore    

porque no podemos retener el tiempo y su vértigo en mitad del cuerpo.

 

 

 

EL PERRO MUESTRA FRENÉTICO SUS DIENTES

y corre con su presa entre la boca

llanura adentro;

ha sido largo el suspiro exhalado por el que ahora es un cadáver

banquete que entre mordiscos el hambre y el instinto riñen.

El perro cruza luego la noche,

la tiniebla que para él resulta el mundo humano.

Jadea, lame las magulladuras de sus días                   

                         sabe, entiende

qué son la soledad y el destierro,

pero desconoce la función del tiempo,

su impostergable cometido;

envejecerlo todo, acabarlo todo.

Como el perro mis labios riñen con la vida y tragan luz,

jamás sacian su hambre,

ya adentro la luz es un rayo

y se extiende por las entrañas del cuerpo

que también cruza la noche magullado,

solitario consciente de que será cadáver,

banquete del tiempo;

ese otro perro

que llanura adentro,

noche adentro,

todo lo devora.

 

 

 

 

LA PALABRA HA MUERTO,

sin ella

¿Cómo nombrar a Dios?

En el silencio,

en la ausencia de palabra

el mundo flota como una idea

ensombrecida, virtuosa

y también Dios,

su lenguaje hecho de capricho humano

de humana incertidumbre.

Ahora, cuando no hay palabra

cuando el lenguaje abandona

su servidumbre,

su súplica, aún digo:

–Dios, sálvame de tu furia,

dame luz y sed

protégeme de mí misma,

aunque sea haz que en mí las palabras digan algo

traigan algo

revelen alguna verdad

si es que acaso existes–.

 

 

ENTRE LA RED EL PEZ AGUARDA,

estaca la red que impide su huir.

Agua y pez socavan el hueco del tejido

en un bello intento de fuga.

Perpetuidad su vuelo entre la nube de mar que lo consume.

El pez reconoce pronto en la entraña del agua

el espejo que lo reclama;

bebe su instante de verdad

sin alegría.

Vuelve del otro lado de la red cocido.

 

Igual los hombres acá,

regresan del otro lado de la calle cocidos,

su hambre intacta.

 

 

 

TREBLINKA

 

Quiero verlos a todos, quiero mirarlos, quiero echar una mirada muda sobre mi pueblo asesinado, Y voy a cantar... Sí... ¡tomo el violín y canto!

Jizchak Katzenelson

 

Sobre el riel que sostiene la última noche

corren a través de la bruma los vagones.

Los vagones

úteros enfermos

escupen al detenerse, brazos y cabezas.

Los cuerpos que bajan y caminan hacia el muro

son solo espectros

a quienes después de vagar por fatales geografías

les arrancan de las manos

hijos

maletas

ropa disecada por la sangre ajena

por su misma sangre.

Antes de la pólvora, antes del pánico por su propio corazón,

antes de los coágulos que se extienden sobre la carne

para conservar unidos los fragmentos,

antes que nada,

la boca abierta reclama un gesto

que remede el espíritu humano;

moscardones aunque sea,

acostumbrados al olor oxidado de la sangre caliente

en las alcantarillas.

 

 

 

NO HAY FRUTO EN LA PALABRA FLOR,

solo adentro

en el tremendo temblor que es el poema

que destila la muerte o el amor

lo simple se hace ser.

La lengua es una oruga que bordea el urgente tiempo;

la página posible de realidad.

La palabra temperamental que concibe la palabra flor

como si la belleza fuera el objeto y no su deseo,

su consumación.

Adentro crece la imagen de lo permitido

y en un doble acto de renuncia, lo permitido perece;

gana su unidad y estalla mientras la vislumbra.

Solo adentro el fruto es comestible;

lo demás,

veneno. 

 

 

***

 

 

CAMILA CHARRY NORIEGA

 

Nació en Bogotá, Colombia en 1979. Es profesional en estudios literarios y estudiante de la maestría en Estética e historia del arte. Trabaja como profesora de literatura. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoy, Otros ojos, y El sol y la carne. Ha participado en diversos encuentros de poesía en Europa y América. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, polaco y rumano.


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