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24 May 2015 / 22:00 pm

Por Hellman Pardo

 

Abril de 2015. Juan Gustavo Cobo Borda abre las puertas de su apartamento. Los libros inundan cada espacio, cada pared. Un diálogo maravilloso que se prolonga por dos horas. No hay preguntas. En medio de aquella conversación, su mundo.

 

 

Juan Gustavo, hay dos figuras literarias trascendentales en tus estudios ensayísticos: Germán Arciniegas y Octavio Paz. Coméntanos, por favor, esa relación de estos autores con tu propia obra.

En relación con Octavio Paz, su obra fue determinante para nuestra generación. En mi caso me impresionó, y lo sigue haciendo, su gran poema Piedra de sol. El poema recuerda el ciclo de Venus, la mitología maya, la guerra civil española, y logra relacionar ese todo con la afectación de los sentidos y la sensualidad del mundo. Esa condición de enlazar la historia con la percepción personal me abrió un camino de asociaciones y búsquedas que no contemplaba. Octavio Paz tiene esa capacidad de abrir horizontes, símbolos, alegorías. Sus indicaciones al surrealismo, sobre todo aquel referente a la pintura, construyó la vía de poetas posteriores en  Colombia. Recuerdo ahora un viaje que hice a México. Álvaro Mutis me invitó a visitar el apartamento de Octavio. Cuando tocamos, abrió la puerta el poeta serbio Vasko Popa. Allí también se encontraba el gran poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra y claro, Octavio Paz. En aquella charla comentaban cómo la política prácticamente los había anulado. Recordaban cómo en ciertas ocasiones los diferentes regímenes los respetaba como figuras preponderantes de la sociedad,  y en otras eran perseguidos insistentemente. Y al final, a pesar de todo ello, fue la poesía quien los había salvado. Ese diálogo fue definitivo para revisar mi propia sensación de la poesía.

 

 

Recordemos también que tú colaboraste para las revistas Vuelta y Plural.

Sí, así fue. Varias veces Octavio publicó algunos de mis ensayos y poemas.

 

 

¿Y de Germán Arciniegas, qué puedes decirnos? ¿Cómo fue ese acercamiento?

Germán Arciniegas tuvo una idea delirante en sus comienzos, y fue la creación de la revista Universidad, que se empezó a hacer en el patio de su casa. Arciniegas, como miembro de la generación de Los Nuevos, puso a todos los integrantes del grupo a escribir para la revista. Él por su parte, además de escribir artículos para Universidad, el diario El Tiempo y otros periódicos, le encantaba escribir cartas. Y empezó a enviarles cartas a quienes se pensaba en aquel momento que no se les podía escribir: Víctor Raúl Haya de la Torre, Alfonso Reyes, Victoria Ocampo. Fue su estrategia para acercarse al continente. Ese mecanismo, por llamarlo de alguna manera, fue lo que más me interesó en primer instante de Germán y luego lo confirmó, al publicarse El estudiante de la mesa redonda, donde abría con una prosa honesta los escenarios de la libertad en Colombia.  

Germán Arciniegas miraba América, y desde esa América desconocida escribía. Retoma, por ejemplo, los cronistas de las Indias, universalizando lo americano.

 

 

Por otro lado, quisiera conversar contigo sobre la denominada Generación sin nombre. Hay algunos mitos, por llamarlos de alguna manera, sobre la conformación del grupo en los años setenta. ¿Cómo se originó todo?

Vino un poeta español llamado Jaime Ferrán, generosísimo él, a brindar una serie de clases en la universidad de Los Andes. Era un entusiasta. Fue uno de los primeros traductores de Ezra Pound al español. Me preguntó en algún momento si era posible publicar una especie de antología de poetas colombianos como Álvaro Miranda, David Gómez, Henry Luque Muñoz, Darío Jaramillo Agudelo, entre otros. Reunió unos poemas nuestros y los envió a España, a la editorial Adonais, fundada en la época de Vicente Alexandre. Hizo un prólogo, y me dijo al terminarlo: Juan Gustavo, ¿Y cómo nombramos a esta antología? Y le contesté: No sé Jaime, porque nosotros no tenemos nombre. Y me respondió: ¡Magnífico título! Antología de una generación sin nombre. Y así lo envió. A los ochos meses aproximadamente llegó a Colombia el libro con ese título. Ya Jaime no estaba aquí en Bogotá, sino en los Estados Unidos. El libro llegó con una nota de Vicente Alexandre. Eso nos animó, e inundamos y castigamos los suplementos literarios del país con nuestros poemas. El que más recibió dicho castigo fue El informador de Santa Martha. Luego el diario El Tiempo hizo un suplemento con nota de Héctor Rojas Herazo, publicándonos a todos, y allí comenzó, creo, la Generación sin nombre.

 

 

Sin duda, una generación que ha marcado a las nuevas voces de la poesía colombiana. De estos nuevos autores, Juan Gustavo, ¿Qué poetas puedes recomendarles a los lectores de La Raíz Invertida?

Aunque no son para nada “nuevos autores”, como los llamas, hay que leer a tres poetas en particular: Rómulo Bustos Aguirre, Horacio Benavides y Róbinson Quintero Ossa. Llevan la palabra al límite de todas las percepciones. 

 

 

JUAN GUSTAVO COBO BORDA. Bogotá, 1948. Poeta, ensayista y crítico colombiano. Es una de las máximas figuras literarias de Colombia. En 2012 Tusquets Editores publicó su Obra reunida en su serie Nuevos textos sagrados. Su último libro, Papeles americanos, acaba de ser publicado bajo el sello del Instituto Caro y Cuervo. 

 

 


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