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07 Abr 2015 / 04:25 am

Para el colectivo literario

La Raíz Invertida.

 

Por Santiago Espinosa

 

 

Aquella “Cosa abominable”.
 

En poesía, a diferencia de las ciencias exactas o rentables, quizá no haya nada que estimule tanto como la crónica de un fracaso. Sus posibilidades nacen de aquello que se quedó trunco o nunca se emprendió, anidan sus fantasmas en los vacíos de lo no dicho. Es ahí cuando el lector, desde la perspectiva que le permite la distancia, debe emprender la imposible tarea de reanimar un grito, nacido de circunstancias y debates que apenas puede intuir. Leer cuánto hay de vivo en los despojos que en secreto lo preceden, cuando anda por las calles o simplemente habita los espacio cotidianos.

Esta tarea se haría aún más difícil en el caso de las vanguardias, especialmente si tenemos al frente a un movimiento tan rico en contradicciones como lo fue y sigue siendo el Nadaismo. Quisiéramos leer estos poemas en su rabia que trasciende los contextos, como el mensaje encontrado en la botella. Deshacernos de la actitud de buena parte de sus miembros –nunca exenta de equívocos-, para encontrarnos con una poesía donde la vida y la palabra se encuentren: acaso el objetivo de toda ruptura genuina, nacida en los trasfondos de la espontaneidad colectiva. Pero rápidamente se comprende que los poemas de Gonzalo Arango, Amilkar U o Eduardo Escobar, Elmo Valencia y Jotamario Arbelaez, el propio Jaime Jaramillo Escobar, difícilmente nos mostrarían sus verdaderos estragos apartados de la motivación social que en su momento los alumbró.

O acaso, tomando el camino directamente opuesto, quisiéramos despedirnos de muchos de estos poemas, demasiado circunstanciales, remotamente cotidianos, para encontrar bajo ellos una respuesta vital de la que todavía necesitamos. Una manera de entender lo poético en nuestras ciudades, siempre a la búsqueda de una salida entre el reclamo y la incomprensión. Y estos anhelos cobrarían especial vigor en tiempos de indignados y colectivos literarios, de hombres y mujeres que comienzan a escribir juntos para abordar unos problemas sociales que, si bien no son exactamente los mismos que afrontara el Nadaismo, al menos comparten sus mismos desafíos: la dificultad de ser como personas ante un orden ajeno, contrario a la libertad y la belleza; la situación de una poesía cada vez más alejada de las rutinas, demasiado vertiginosas para una detención contemplativa. Pero inútil sería revisar un movimiento poético sin reparar en sus hallazgos lingüísticos. Sería lo mínimo que podríamos pedirle al que haya pretendido, con acierto y sin él, poner a la poesía en el centro de su existencia.

Tal es la encrucijada y esta su dificultad, al margen de los debates que pretendan exaltar este movimiento hasta el delirio o que quieran condenarlo inútilmente. Al Nadaismo habría que sentarlo en las rodillas para injuriarlo o animarlo, pedirle cuentas. Pero el Nadaísmo, siempre movedizo, pronto se escapa a las preguntas como una materia gelatinosa y errática, inane u ofensiva como “la nada” que pregonan.

Porque El nadaísmo, como lo dijera Armando Romero, sin duda el mejor de sus ensayistas, “es una cosa abominable”. Y esto tanto por la dificultad de aceptarlo y definirlo, “tolerarlo”, como por la digestión todavía escasa de sus alcances poéticos, lo que de inmediato invitaría a un escritor joven a apararlo de sus búsquedas, ver a este movimiento como advertencia más que como aventura del presente. Pero tampoco podría un escritor joven deshacerse de estas herencias, obsesivamente presentes en los medios que le tocaron en suerte, en la memoria de las calles y en el colegio, en la imagen misma que el colombiano tiene de la poesía, y donde el Nadaismo ha dejado una huella innegable.

Y algo quizás mucho más importante. Después del Nadaísmo, por ellos o a pesar de ellos, la poesía colombiana, exiliada en la diáspora de búsquedas individuales, no ha vuelto a encontrar una aventura colectiva en sus lenguajes ni el discurso, y esta renuncia debe inquietarle a cualquier escritor que se debate en una época de autores y lecturas individuales, trabajo solitario, y una tendencia cada vez mas creciente hacia el taller literario y el colectivo.

Poema y vida han tomado por caminos cada vez más distantes. El uno sobreviviendo a la otra como mejor puede, en soledad. La otra abriéndose paso en su movilidad demoledora, sin preguntas ni alternativas que la obliguen a cambiar hacia otros rumbos, por fin estéticos. En el trecho de esta distancia pasan los fantasmas de este grupo adolecente. Jóvenes de trajes estrafalarios que todavía gritan -aún a pesar de sí mismos, muchos de sus poemas-, que todavía hay vidas singulares que merecen vivirse, de espaldas a poderes o conjuntos cerrados, que hay una ética que parte de la poesía para volver a ella, así se abandone la una o la otra en el intento.

Una actitud distinta, en las palabras y en la vida cotidiana. La voluntad de un espíritu joven que vuelve a pedirnos cuentas desde las viejas fotografías, y que parecería advertirnos que no estamos del todo muertos para las aventuras del presente. Que hay una calle y un camino, algo que espera la vuelta de la esquina distinto a los rigores académicos o el envilecimiento, la guerra de los poderes, la estupidez a cuotas o la fila de los bancos. Que hay un poder alienante, más móvil que el de entonces y más cínico, pero que sigue siendo digno de la burla y el escarnio, susceptible a una transformación de valores desde la fiesta o la risa, la escritura.

Y es aquí, sospecho, donde tendríamos que leer a este movimiento. En su capacidad de escandalizar como individuos, aun bajo el riesgo de equivocarse por completo. Rabiar su inconformidad sin vacilaciones ni miramientos. Soñar, pues, con un tiempo donde el poema salga a las calles de la vida y la vida regrese a la cesura de los poemas, se sienten a conversar entre los barrios en la invención de un espacio distinto.

Entender a un grupo poético como el nadaísmo pasa por trazar las cartografías de nuestra propia desilusión. Nos obliga a pensar, en nuestras cercanías y distancias, qué tipo de poemas y poetas son los que queremos –buscamos-, para alumbrar o agujerear nuestro presente, éste último sin posibilidad de redenciones o certezas últimas.

 

El valor de la confusión.

 

A veces el poema se anticipa al Movimiento, otras veces es su huella contradictoria. En el caso del Nadaismo, como ocurre con buena parte de los grupos que se autodenominan vanguardias, antes de los poemas surge la inesperada irrupción de un manifiesto. Escribía Gonzalo Arango en el Primer manifiesto nadaista, líder y “profeta” del movimiento:

 

“No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante en Colombia, será examinado y revisado. Se conservará solamente aquello que está orientado hacia la revolución y que fundamente por su consistencia indestructible los cimientos de una nueva sociedad. Lo demás será removido y destruido”.

 

Y agrega en otro aparte enredando las madejas:

 

“Esta belleza no tiene la culpa de ser así.

No se excusa por ser tan anti-bella. Inocente como un olivo con respecto del diluvio, no pide perdón por sobrevivir a la muerte del antiguo mito.

No es para almas platónicas, equilibradas, ni razonables.

No tiene nada que ver con la nostalgia de un mundo mejor, ni con el sueño de otro mundo.

Se instaló en su tiempo, porque era allí donde tenía que instalarse, bajo un cielo de dolor, brutalidad y agonía.”

 

Hay una voluntad de confusión que salta a la vista, en su tono y en sus intereses. El Nadaismo es un grupo “estetizante” y “anti-estético”, autista en su belleza -“inocente como un olivo…”-, e iconoclasta de todas las bellezas a un mismo tiempo: “se conservará solamente aquello que esté orientado hacia la revolución”. Su hazaña, entre el todo y la nada, sería una vocación de compromiso total y una ausencia absoluta de cualquier compromiso: “que fundamente por su consistencia indestructible los cimientos de una nueva sociedad”…. “no tiene nada que ver con la nostalgia de un mundo mejor, ni con el sueño de otro mundo”.

Se sitúa en un discurso universal y cosmopolita, directamente relacionado con otras vanguardias a lo ancho del globo de las que toma sus lecturas con su fardo de categorías prestadas y de etapas revolucionarias: “no pide perdón por sobrevivir a la muerte del antiguo mito”. Y si embargo, anclada en el mundo que le tocó en suerte, esta respuesta también es local e inmediatista, “provinciana” en el buen sentido, pues como lo dice el propio Arango “se instaló en su tiempo, porque allí era donde tenía que instalarse”.

Crítico de cualquier orden y cómplice de todos. Mesiánico y desalentado, urbano o parroquial según se le mire. Trunco desde un comienzo: su respuesta es que no las hay en absoluto. Infatigable en la memoria de sus miembros que aún hoy, después de cincuenta años, siguen denominándose Nadaistas militantes, o así lo atestigua Elmo Valencia en un libro de reciente publicación: “cuando el nadaísmo fue fundando en Medellín en 1958, nunca llegamos siquiera a pensar que este inventico maravilloso….cumpliría algún día cincuenta años de vida.”

Tal como ocurre con este tipo de respuestas, la contundencia podría residir en su amplitud y no en la claridad de su hallazgo. La voz de Arango era la de un joven que ante una situación anquilosada y opresiva, violenta, ofrecía una respuesta aún más violenta y confusa, y que de ser escuchada amenazaba con poner de cabeza la estabilidad de lo imperante. Y Arango lo advierte: “No es para almas platónicas, equilibradas, ni razonables”. Ante el avance del progreso el Nadaismo oponía la irredenta confusión. Frente a los límites y los planes, cada vez más sistemáticos, la fecundidad de un equívoco convertido en escándalo.

La voz de Arango, convulsionada y punzante a la vez, de inmediato encontró cabida en su generación no por la lucidez de sus propuestas revolucionarias, inscritas en un discurso insurgente ampliamente conocido, no por su contundencia que es la de los políticos diestros, sino porque su confusión era la misma de los jóvenes de entonces. Debatidos entre las ganas de apropiarse del mundo y la ausencia de los medios para conseguirse lo mínimo. Viviendo en las calles de un país local, aldeano, pero abierto en la promesa de la cultura hacia el vértigo del orbe.

El “evangelio” de Arango, si así se le puede llamar, sería el de un desconcierto amenazante, como la “esquizofrenia de la juventud” que él mismo pregona en otro apartado. Una provocación dispersa y a la medida de todos, lo que en el fondo escondía su voluntad de trasladarse desde los órdenes racionales, estáticos, hacia la esfera siempre cambiante de la vida y los poemas. Arango era comprometido e indiferente, tal como su generación. Atento a sus posibilidades individuales y ampliamente consciente de sus propias limitaciones. Quería cambiarlo todo y dejarlo todo igual, jubiloso en la derrota y derrotado antes de haber emprendido la pelea.

Si existe en los manifiestos un cortocircuito entre esa belleza sin tiempo, espontanea, el advenimiento de tiempo avasallador y sin rostros donde no cabe la estética, quizás fuera el reflejo personal de una dificultad creativa. La imposibilidad de Arango para conciliar el poema y la vida en una misma conversación cotidiana. La sola aparición de un tipo como Arango, podrimos decirlo ahora, podría ser un diagnóstico más relevante que lo que pudo haber escrito o manifestado.

Injusto sería afirmar, como se ha hecho tantas veces, que sus manifiestos son réplicas cansadas de las vanguardias europeas, nacidas y declinadas mucho antes. Que las mismas lecturas ya habían sido hechas en Colombia por otros intelectuales, mucho más rigurosos, y aquello que los animaba, en consecuencia, era la puesta en escena de cadáver nostálgico. Y sería injusto afirmarlo porque en las cuestiones de la práctica social, desde las calles y los cafés, poco importaría el año en que se formulan las teorías junto al vigor en que estas mismas ideas comienzan a vivirse en carne propia.

Habría que advertir que lo novedoso del Nadaismo, antes que nuevos títulos o distintos lenguajes, fue el sentimiento con el que asumieron esas miradas hasta hacerlas alimento y dinamita. Donde el intelectual veía caminos teóricos, (Nietzsche y Sartre, Rimbaud); rumbos posibles para una identidad en la escritura, estos muchachos de provincia vieron las esperanzas de una revolución vital. Derrotada desde un principio, siempre a la defensiva, pero un revolución cotidiana al fin y al cabo. Aquellas lecturas, halladas en la precariedad de sus bibliotecas, fueron las Iluminaciones salvajes para un cambio de vida o de mundo, sino era la de los dos al mismo tiempo.

Tal grito encontró su expresión en el escándalo: la más contradictoria e inmediata de las formas de protesta. En el escándalo, o al menos es su pretensión, cesan los tiempos del orden para entrar en la atmósfera del equívoco. En él volvemos a ver los rostros sin la seguridad de sus defensas. Se rompen las fibras de la apariencia para entrar en la debilidad de los sistemas. En el escándalo, y esto será determinante para el futuro del movimiento, se alimenta los deseos de figuración masiva con una rapidez que la escritura y la reflexión, la formación política, jamás aspirarían lograr.

Los actos perpetuados por el grupo: robar hostias consagradas en una parroquia fanática, quemar los libros canónicos, irrumpir en los cafés con mensajes obscenos, era una descarga de cables cruzados a falta de alternativas ciertas. Y así era reunían las artes y la protesta en la elaboración de un performance crítico. Una vez finalizado el escándalo, en la complicidad de sus participantes, estos muchachos se iniciaban en una actitud distinta, en sus vestidos y en sus lenguajes, comenzaban a asumir las artes como un juego contra lo solemne. Irrupciones pasajeras e inocentes, casi siempre inofensivas, pero en ellas sentían que la “Historia” y sus historias se juntaban las manos, haciéndolos dueños de su destino.

Hablaba antes de un espíritu desalentado y esperanzado a la vez, semejante a la actitud de los roqueros que vendrían después. A diferencia de los movimientos de comienzos de siglo, nacidos de una esperanza en sus fuerzas creadoras, el nadaísmo sería el caso de unos jóvenes que responden con desenfado ante la pesadez de un pasado aplastante y violento, y que nos les dejaba mayores salidas ni en las artes ni en la vida. Más que utopías claras lo que los mueve es el hastío y la oscuridad, ahora desenfundadas en sus plumas como un arma que no por precaria era menos inquietante.

Como lo advierte Romero, “el nadaísmo no surge como un movimiento hacia la victoria sino como una expresión del fracaso de una generación que hará de ese mismo fracaso su arma de batalla”. Derrotadas las utopías en la violencia de un país, envilecida la esperanza de sus padres ante un orden que se confirmaba inamovible, ahora es cuando aparecen estos jóvenes para increpar, huir. Saben que los sueños, entre más concretos, se vuelven más susceptibles de ser contrariados o domesticados. Lo que los mueve es, desde el principio, una renuncia que quiere volverse acto. Tal es la actitud defensiva del que sabe que el orden es demasiado poderoso como para sentarse a discutir con él, luego no quedaría otro camino que volarlo o ignorarlo, horadarlo con medios alternativos.

Escribía Arango con toda conciencia: “no podemos luchar contra el sistema. El enemigo es más poderoso. Lo mejor que podemos hacer es ridiculizarlo.” Y eso fue lo que hicieron. Más que formular una ideología concreta –aquel descreimiento no aceptaría el sacrificio de un credo único-, proponer salidas factibles, -su alternativa era la voladura del orden, no su reconstrucción-, afirmaron una actitud desafiante y estrambótica, un dandismo que legitimaba, casi sin proponérselo, el derecho de un adolescente de no participar, no tranzarse, a probar los sabores del ridículo antes que la obediencia ciega.

Y así quemaban los libros consagrados en un país de “literaturas fundacionales”, cuya relación con las artes era en   muchísimos casos ritual de solemnidades, al menos por fuera de los círculos intelectuales. Retaban los congresos Cristianos frente a unidad nacional aún consagrada por el Sagrado Corazón, con feligreses militantes en los pueblos del Valle y de Antioquia. Que estas lecturas fueran pobres e injustas, irresponsables, pasa a un segundo plano. Si tomaron los íconos de las hegemonías, Jorge Isaacs y Guillermo Valencia, fue para injuriarlos y actualizarlos a la vez, separar las cenizas del fuego y el fuego de las cenizas.

Todos estos actos, sin otra propósito que el acto mismo, eran los de unos jóvenes a los que "el traje del pasado les quedaba incómodo", para usar la expresión de Nietzsche. Que no sabían que hacer ni cómo lograrlo, pero que de algún modo comenzaban a tener claro que era lo que realmente noquerían hacer. Ante la ausencia de certezas protestaban, como mejor podían. Sin las palabras suficientes para una reflexión tranquila o que planteara la posibilidad de cualquier proceso.

Tras el surgimiento de este grupo no fueron pocos los que ridiculizaron sus alcances. Muchas de estas críticas no entendieron lo que estaba pasando ni les interesaba entenderlo. Otras, con más atención, advirtieron el peligro de una respuesta acalorada y trivial, nacida en el grito pero sin pensar demasiado en los oídos. Al mismo tiempo un grupo considerable de intelectuales, poetas o novelistas, comprendieron la actitud de este grupo en su dimensión social.

Entre este grupo de entusiastas estaría el crítico Andrés Holguín, que en su momento los valoró e hizo muy buena crítica literaria sobre sus trabajos. Jorge Gaitán Durán, quien incluyó varios poemas Nadaistas en la última edición de la revista Mito. Pero ante todo habría que mencionar la figura de Héctor Rojas Herazo. El poeta de Tolú celebró con generosidad e inteligencia la aparición del movimiento Entendió, antes que sus contemporáneos, que su actitud social era muchísimo más importante que sus poemas y declaraciones. Y lo que es más relevante: Rojas logró trazarle al grupo una exigencia a la altura de las necesidades.

“lo importante de esta juventud es su 'asumimiento', su “virilidad para padecer en carne propia un pecado que pertenece a las anteriores generaciones…”, escribía un Rojas entusiasmado,  “es la nuestra una sociedad 'ancianizada' en la hipocresía, en el esguince, en la penumbra de las formas. Pero si estos jóvenes no le han dado a este andamiaje el empeño que merece, empiezan en cambio a construir una vasta acusación, un poderoso reproche con sus sílabas amargas. La labor del nadaísmo es por eso una labor política. Ellos tienen -con el desplante, con la brusquedad verbal, con el impulso de la inteligencia- que despertar esta sociedad empeñada en sus conformismos y su onirismo bursátil. Y eso -transformar al hombre- es la labor que están cumpliendo en Colombia los nadaístas. Por eso encarnan el peligro, el frenesí, el desorden, la claridad y la esperanza".

Actitud retadora, nacida en de la inconformidad contra las lógicas de lo oficial, de los jóvenes contra los viejos.  Otra manera de leer lo local acorde con las agitaciones foráneas. Tal fue el estrago que Rojas supo leer desde su cuño orgánico. Aunque las dinámicas del grupo nunca se restringieron cabalmente a los dictámenes de Arango, sería inegable que esta vocación de respuesta lleva la impronta de su fundador. La biografía de Arango soporta las contradicciones del movimiento, tanto por sus alcances como por sus peligros. Advierte Oscar Collazos: “En lo social, Gonzalo Arango fue un prófugo de su entorno y de los firmes y estrechos valores de la Antioquia rural, conservadora y católica, confesional y represiva de los años 50. Podría hablarse entonces de una gestión anti-edípica, del gesto liberador y crispado de quien huye trata de liberarse de su pasado y de su cultura. En lo literario, el joven animoso de Andes, estudiante de bachillerato en el Liceo de Antioqueño de la Universidad de Antioquia, y de derecho de la misma universidad, proyectaría su movimiento como un desafío generacional al que sólo mas tarde la crítica asociaría con las vanguardias de principio de siglo”.

Arango, contrario a Los Nuevos, lleva la desolación de las utopías declinadas. Su pesimismo pudo llevarlo a apoyar la figura del dictador Gustavo Rojas Pinilla antes que a los partidos de izquierda. A diferencia de Gaitán Durán no es propiamente capaz de un liderazgo intelectual, pues ni se siente parte de una élite con verdaderos poderes ni tiene evangelios claros que le permitan mirar sus sociedades desde arriba. Antes que una promesa asible, beligerante, “el profeta del nadaismo” se siente derrotado entre los suyos y confuso entre sus cosas, y así es que mira el poder desde lo bajo, con una mezcla de seducción y de asco.

Desde su no-lugar: escéptico para la izquierda y descreído para la derecha. Demasiado apasionado para la élite intelectual pero lo suficientemente atareado en sus lecturas como para ser un poeta de lo popular. Arango es, antes que nada, un individuo confuso, pero de cuya confusión nace el disentimiento apropiado para desmarcarse como persona, al margen de los partidos. Hacerse como lector y escritor desde la crítica de las tradiciones. De ahí que concluya Collazos: “Gonzalo Arango tuvo conciencia del pasado inmediato y la realidad colombianos, pero su conciencia, más que reformadora, es una conciencia defensiva, que acepta la poderosa maquinaria de lo establecido; la acepta y la repudia, en la medida en que reconoce su impotencia para el cambio”.

Este disentimiento individual, rabioso pero incapaz, explicaría la extraña postura del Nadaísmo en la política colombiana. Concluye Collazos: “el Nadaismo no anunció su revolución en términos de mesianismo político, sino, más bien, como un forma del disentimiento radical frente al dogmatismo, o los dogmatismos de izquierda y de derecha”. Un pensamiento humanista al fin y al cabo, que se debatía entre el abstracto individual de las filosofías existenciales de un lado –Sartre y su renuncia, Nietzsche y su vitalidad-, la aceptación de un discurso amoroso y contra-racional del otro, aquel “escoge tu propio camino” o “vive y dejar morir”, popularizado por el hipismo en las calles de todo el planeta.

 

La afirmación apasionada de una renuncia.

 

“Robar las hostias”. Para un lector de otras latitudes esta respuesta parecería anacrónica u oportunista para la década del cincuenta, nacida más de la culpabilidad vergonzante que de un cambio político que hay que tener en cuenta. Pero una crítica a lo religioso no puede tomarse tan a la ligera en la Colombia de entonces. El país, en no pocos sentidos, sustentaba su unidad en una “tierra de fieles”, y era la Iglesia quien representaba una alternativa espiritual ante la dureza de los conflictos. Los Nadaistas, a la manera de Marx, entendieron que antes que una emancipación cultural o política, humana, se precisaba de una emancipación religiosa. Comprendieron que la religión era “el opio del pueblo”, sí, pero “también su protesta”: la resistencia espiritual de un pueblo ante el materialismo utilitario, y que el grupo aspiraba a llenar con un amor carnal y una poesía inmediata, no metafísica. El Nadaismo responde al catolicismo con una devoción religiosa.

Quizá esto explique su postura iconoclasta y a la vez monacal. El carácter de secta que siempre ha tenido el grupo. Luego de las críticas a la religión, la conquista de un cierto escenario espiritual, seguía la crítica de la política: “una patada al culo” de los poderosos, para usar la expresión con la que Álvaro Medina define a ese Nadaismo inicial del que hizo parte. “Patada en el culo” contra todo y desde todos, así no se comprendieran a cabalidad qué era lo que pateaban. Así no se vieran los rostros. Aquella actitud desacralizadora de alguna manera limpio el terreno y abrió nuevos discursos, liberó la historia de su peso doctrinal, viniera de lo civil o de los púlpitos.

Parte crucial de esta respuesta, como se ha advertido muchas veces, es el carácter provinciano de sus miembros, ocurrida desde una periferia geográfica como intelectual. Con excepción de Oscar Hernández, quizás del “Tuerto” López, la poesía colombiana siempre fue escrita o validada desde Bogotá, en los periódicos manejados por los centros de poder y posteriormente por sus academias. Estos muchachos Nadaistas, nacidos en Cali y en los pueblos de Antioquía, le mostraron a los jóvenes de la provincia que escribir no era un asunto de intelectuales bogotanos.

Cuentan que Luis Tejada llegó a Bogotá caminando, y en su llegada, lo advierte Carlos Vidales, se fraguaba el símbolo de una provincia que regresaba a la Capital. Querían un nuevo aire para las letras nacionales, la llegada del país a la modernidad. En este caso ocurriría una segunda llegada de la provincia, ahora amordazada por la violencia y sitiada por la confusión. Un grito que más que revoluciones grupales se revestía de contradicciones y de hastíos, renuncias individuales. “Una respuesta violenta ante la violencia colombiana”, para usar la expresión de Armando Romero, y que arremetía contra los centros de poder no ya para transformarlos sino para injuriarlos, decirles que no contaban con ellos ni como masa ni como personas.

Nos dice Arango a propósito del 9 de Abril, la conciencia de su papel histórico es evidente: “la belleza de la revolución se revolcaba en el lodo de la demencia y el crimen: el alboroto bautizado por el diablo. Esa tarde, la Revolución se resbaló y cayó en el infierno de la violencia”. O afirma en su absurda alabanza de la destrucción que es Manifiesto de las camisas rojas, un texto leído por Arango en el Café Automático de Bogotá justo cuando el grupo llegaba a la Capital por primera vez:

“Este régimen depuesto nos engañó con la paz y el orden, pero la paz y el orden se hicieron para los idiotas y los cocheros, y nosotros somos una raza fuerte parida en el sufrimiento y en los delirios de la locura”, y agrega más adelante: “nuestra piedad por vosotros va a tomar el rostro de la tortura. El dolor os hará libres, puros y cadáveres. Ingresad en el reino de la Nada ungidos por la desgracia. Perded la fe en todo y en vosotros. Hay que extinguir las fuentes venenosas de la Razón, la credulidad y la esperanza.”

Aunque el acaecer violento del país podría hacernos ver esta dinamita como cómplice de la barbarie, hay que entenderla en su dimensión crítica,transvaloradora. La rabia de éstos jóvenes apuntaba a su deseo de otros lenguajes y otra historia. Su necesidad de demoler las estatuarias para poderse validar como individuos. De lo que se trataba era de limpiar la escena. Bajar la tradición desde los mármoles hasta la calle y el café, los colegios y los barrios, hacerla maleable y digerible, materia de burla, devolverle un cuerpo que se pudre o que respira entre nosotros, como cualquier hijo de vecino.

Esta actitud paródica, ridículamente mesiánica, permitió que con más tranquilidad y reflexión, mayor agudeza, los poetas posteriores pudieran hablarle a su tradición sin tantas pátinas, establecer un diálogo cultural desde la ironía o el rescate. Si bien es cierto que esta tarea no se la puede adjudicar del todo al nadaísmo, como tampoco se puede decir que este movimiento es la primera expresión de la provincia colombiana, es indudable que su mirada anticlerical y provinciana, ajena los poderes, permitió una lectura más desenfadada y honesta desde muchos ámbitos.

Hablaba antes de un cambio en el escenario, y la afirmación no es gratuita. Esta respuesta violenta no sólo cambiaba en algo los valores sino que abría espacios distintos para el debate poético. El Nadaismo, ante la ausencia de lugares consagrados encontró en el colegio y en el bar, la plaza abandonada, los lugares mas adecuados para su protesta. Señala Oscar Collazos que el Nadaísmo implicó un cambio radical en la moralidad colombiana. Pero yo no lo creo así. Quizás sea muy poco lo que tenga que decirnos este grupo en relación con la ética, y su discurso violento lo confirma. Aparte de una  liberación sexual -hoy ampliamente mercantilizada-, nada dice el Nadaismo sobre la relación con la naturaleza y con los otros –quizás la única excepción sea la poesía de X504-; sobre la tecnología y su relación con libertad. Su discurso se limita al individuo sin más o al rebaño, nunca menciona la comunidad y sus dilemas orgánicos. Lo que sí creo es que el Nadaismo, sin proponérselo de todo, consolidó nuevos espacios para la moralidad, o al menos habló de las relaciones humanas en ámbitos poco advertidos anteriormente.

Toda esta actitud retadora tenía que verse reflejada en un cambio de los lenguajes. La poesía era el pretexto y la meta, así sus resultados fueran muy poco alentadores en la mayoría de los casos. El Nadaismo, al tiempo que Mario Rivero, quiso acercar la cultura a la vida cotidiana. Demoler la tradición muerta hacia una expresión más libre, conforme al individuo que escribe. En los géneros literarios, como bien lo advierte Collazos, dicha protesta se ve refleja en una hibridación entre la prosa y el verso. El verso, antes sacralizado por el poder, ahora permitía la entrada de los temas prosaicos como la cuchilla Gillette y la crónica del colegio. La prosa, pensada como una sucesión coherente, a veces “estetizante”, se abría hacia la metáfora caótica y la imagen roturada. Este matrimonio entre lo lírico y lo narrativo logra una prosa profética y enrevesada, de algún modo nueva para Colombia, una poesía ligera y coloquial, ceñida casi siempre a las circunstancias inmediatas.

Demoliendo en la esperanza y afirmando en la desolación. Escandalizando. La renuncia del Nadaismo se consolidó a mediados del siglo pasado como una alternativa de vida y un escape poético. Una actitud llena de riesgos y de excesos, claro, pero que permitió una manera distinta de escribir. Concluye Collazos en lo que podría resumir esta respuesta negadora: “A la formalidad se opuso la informalidad, a la estética de la moda imperante, la excentricidad, el dandismo. En cierta medida, la vida cotidiana y sus manifestaciones exteriores encontraron su correlato en la informalidad provocativa de las formas literarias”.

 

El precio regresivo de los espíritus caóticos.

 

Con frecuencia se ignora que "las vanguardias", entre el grito y manifiestos, son “absolutamente modernas” no sólo por su vocación de ir siempre hacia adelante. También son modernas porque tienen que asumir el contrapunto entre lo nuevo y los fantasmas. Su hazaña transformadora pasa por reinventarse contra el vértigo. Sobrevivir en su actitud de cambio sin convertirse con el tiempo en lo que odiaron y criticaron, despreciaron, sentirse a gusto en los trajes de esa Historia de la que pretendían revelarse.

Como el Orfeo de los mitos, los espíritus de ruptura a menudo miran hacia atrás, arrinconados. Y el pasado, antes que un fardo ajeno y aborrecible, los mira con sus ojos y repite sus gestos, como un espejo defraudado. Este fenómeno regresivo, de la revolución que se convierte en la mas sádica opresión, que hace que hasta el espíritu más libre pueda portar los estandartes  del antiguo tirano, fue advertido de distintas maneras por los que podrían ser los tres pilares del pensamiento actual. En su 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx señalaba que los espíritus del pasado “oprimían” en la duda “la mente de los vivos”, haciendo que la historia se repitiera como “farsa”.

Nietzsche, por su parte, hablaba de los “eternos retornos”, de una línea que se curva y nos tienta a la nostalgia. El reto del “super-hombre” estaría en asumir estos giros con levedad y humor. Desde una perspectiva psicológica también hablaba Freud de una fatalidad imitativa o “imago vivida”: personajes que imitan a otros –a veces odiándolos, sin proponérselo-, hasta volverse su parodia y repetir su condena.

El nadaísmo, muy su manera, pudo pagar su confusión con un precio demasiado alto. Recordó el paso demoledor del tiempo, y que hace que hasta los libertarios envejezcan de maneras insospechadas. De no saberse reinventar, cambiar de pieles sin traicionarse o apagarse, un revolucionario difícilmente se libra de sus dos sinos: el envilecimiento o el ostracismo. El primero en la renuncia a lo que fue y creyó, escribió, para entregarse a lo que nunca quiso ser. El segundo en la afirmación de lo que es y ha sido, todavía inconforme, pero negando cualquier posibilidad de alcanzar sus anhelos: aquello que pudo ser y se ha hecho a un lado con su renuncia.

Señalaba Estanislao Zuleta, no sin algo de sorna, que el Nadaismo criticaba a la pequeña burguesía pensando que era la burguesía, elogiaba el hampa confundiéndolo con el proletariado. Sin compartir en nada esta estratificación social, funcionalista y fácil, creo que el comentario de Zuleta apunta a un problema mucho más significativo: el nadaísmo pudo no haber comprendido la sociedad contra la que se estaba enfrentando, ni los poderes que la conformaban ni tampoco su historia, lo que impidió al movimiento advertir los riesgos de su grito encarnado.

Cierto es que el Nadaismo trató de mantenerse al margen de los dogmatismos, vinieran de la derecha o de la izquierda, su fin era el individuo que trataba de abrirse paso entre los radicalismos. Y sin embargo, en el calor de los acontecimientos, sin un punto de referencia que les permitiera leer con claridad. Alejados de una visión de mundo con ciertos fundamentos, como individuos errantes y confundidos, fácilmente captables, terminaron por ser cómplices o entusiastas de todos los dogmatismos, vinieran estos excesos de la derecha o de la izquierda, del banco o del poder mediático.

Antes de conformarse el grupo Gonzalo Arango se llamaba revolucionario, pero al mismo tiempo apoyaba la Dictadura de Rojas Pinillas sin reparos ni miramientos. Respaldó la revolución Cubana cuando comenzaban los fusilamientos y las torturas, entusiasta, y así lo hizo saber en un artículo en el que celebrara la gesta de los cubanos en su valor cultural, criticaba a los detractores que comenzaban a revelar sus desviaciones. Hacia esos mismos años, cuando el presidente Carlos Lleras tomó por la fuerza la Universidad Nacional, expulsó del país a su crítica más importante, la argentina Marta Traba, Arango le rindió pleitesías a Lleras llamándolo “El caballero de la acción”.

Pareciera que el Nadaismo inventara una respuesta distinta para cada problema, según el capricho de las circunstancias. Que en su vitalismo podría volverse  cómplice de cualquier cosa, sin una perspectiva crítica ni un fundamento mínimo. Con el paso del tiempo, como era de esperarse, la ausencia de reflexión hizo que esos mismos individuos, poco entendidos en la política, con una lectura endeble de los poderes, se vieran entregados a los dogmatismos que siempre rechazaron como el insecto en la red.

Conocido es el caso de Eduardo Escobar, que en un comienzo quiso irse a la guerrilla y años después, en plena época para-militar, fue el mayor entusiasta del proceso de pacificación violenta. Del otro lado de la palestra fueron muchos los Nadaistas que se vieron seducidos por la lucha guerrillera, un urgentismo que desleía su carácter de renuncia para entregarse de plano al dogma de las armas. Escribe Álvaro Medina: “con el corazón en la izquierda y sin haber tocado nunca un fusil, algunos de nosotros (los nadaistas) le hicimos coro a lo que no sólo empuñaron metralletas, sino que se dedicaron a la tarea de dispararlas….De donde se concluye que en vez de descreer, consigna del nadaísmo, creímos y sucumbimos penosamente en el intento.”

Pero esta respuesta individual no se limitaba a lo  político, era ante todo una actitud frente a la vida. Con el tiempo y las dádivas del establecimiento, sin mayor coherencia ni unidad, los nadaistas que protestaban contra el negocio se volvieron publicistas de profesión, y esto no sería grave sino fuera porque sus actitudes y poemas tendrían una relación bien estrecha con las dinámicas publicitarias. Los que no entraron en los negocios terminaron siendo parte de esa Academia estática de la que tanto renegaron, y pronto, desde sus cátedras, se empeñaron en colmar los vacíos del movimiento con autoelogios del pasado, transformando su crítica religiosa en una corte de espiritas, Ouija nostálgico en torno al “profeta de la oscuridad” Gonzalo Arango.

Desde una perspectiva cultural este grupo rescató toda una escritura de la trastienda, restituyéndole su dignidad y su capacidad crítica. Si volvió a los textos de autores como Fernando Gonzáles o José María Vargas Vila, León de Greiff, entre otros, no fue para admirar sus visiones y sus logros, sus colores locales, sino para encontrar una piedra de toque que trastocara la realidad. En sus lecturas del mundo llevaron a la calle y los colegios, al bar y al prostíbulo, las voces de los grandes libertarios de hoy y de siempre. Y lo hicieron despojándolos de adornos o de mármoles, auras o complacencias.

Aquellas lecturas, por pasionales y espontaneas, le devolvieron la vida a muchos de estos textos, entonces sacralizados o simplemente olvidados, pero al llevarlos al afán de la plaza y de la fiesta, hicieron que estos textos perdieran en algo su sentido reflexivo, casi siempre ajeno a los contextos inmediatos. Esto hizo que el Nadaismo, leyendo al tanteo y en el afán de la circunstancia, tampoco lograra concretar un acontecimiento lingüístico como sí ocurrió con otras vanguardias de entonces en Brasil o en Perú, Argentina, que su accionar hoy interese más desde un nivel sociológico que por la originalidad de su respuesta poética.

Esta improvisación del Nadaismo también dejó sus estragos culturales. Su lectura en cierto modo ligera de los textos colombianos contribuyó a una peligrosa simplificación en la imagen que hoy tenemos de ellos, lo que ha seguido haciendo carrera en los jóvenes del país. Los Nadaistas necesitaban un pasado decadente para justificar su grito, liberar el lenguaje de sus fardos. Pero como su tradición no siempre fue decadente –Aurelio Arturo y Gaitán Durán, Rojas Herazo y Luís Vidales- optaron por ignorar o trivializar estas figuras impidiéndoles su diálogo, cerrándose a las alternativas que estos poetas plantearon y que en el fondo, en el rescate o la parodia, son las que permitirían una renovación del lenguaje desde otras preocupaciones.

Ya en el acercamiento hacia los grandes pensadores, Nietzsche y Sartre, los poetas malditos, como le ocurrió a muchos latinoamericanas terminaron por heredar los peligros de una lectura sin matices. De un Marx estudiado como fórmula, sin la compleja sutilidad de sus contrastes, el nadaísmo conservó una lectura de la economía y de la historia demasiado funcionalista, inútil para entender a una sociedad tan ajena a las clasificaciones cerradas como es la colombiana. De una lectura tremendista de Nietzsche, como simple botafuegos, el nadaísmo heredaría toda una estética sin ética desaforada y egótica, sin posibilidad para verse en el dolor de los otros. Esta renuncia a la mediación de los demás, con la excepción de la poesía de X504 o Jotamario Arbeláez, pudo hacer que este grupo se cerrara a las voces de la calle y de los pueblos, -lo que hubieran podido hacer mejor que cualquiera-, para hacer una poesía explosiva pero aislada de los giros del habla y sus posibilidades.

Su admiración por los poetas malditos se centró casi siempre en la figuración personal, las drogas y el ego más no la iluminación que estaba detrás. Esto llevó a un grupo de escritores más preocupados por la farándula y la imagen que por el país y sus lenguajes, cuando no a un cierto espíritu de “autodestrucción creadora” que cobró la carrera de más de un artista. Tras su devoción a Sartre, acaso la figura más trajinada del pensamiento nadaista, también hicieron propios algunos de sus lastres: aquella división demasiado tajante entre individuo y sociedad, su vocación a entender la existencia como algo puramente humano – ya lo señalaba Heidegger en su momento- ajeno a cualquier reflexión sobre la naturaleza, lo que hizo que el existencialismo -y el Nadaismo detrás de ellos-, no comprendiera el papel de la ecología y su preocupante destrucción, la responsabilidad de la cultura y de la técnica en la conservación de los entornos. Del surrealismo el Nadaismo adoptó su improvisación manifiesta pero nunca su aventura expresiva.

Ante una época que vio el derrumbe de las utopías, el paso de la acumulación capitalista al flujo financiero, el tránsito de los poderes de una opresión total hasta el cinismo cómplice, los Nadaistas, como individuos errantes en el sinsentido, tentados por el oportunismo o el fracaso, fueron declinando poco a poco en su actitud de renuncia. Lo que fue la manifestación de una provincia amordazada, su confusión marginal, se fue transformando en un acomodamiento sistemático hacia los poderes centrales, políticos y económicos, literarios. Sobre esto afirma el propio Armando Romero: “Gracias a su fervoroso escepticismo y a una necesidad de quedar en buena posición en los nichos de la poesía colombiana, los Nadaistas permiten que se vuelva a repetir, incluso con mayor control y dominio, la hegemonía cultural centrista del país. Esta es la coyuntura que aprovechan algunos poetas para tomar e poder cultural desde las posiciones políticas de las instituciones culturales y gubernamentales.”

Sin poder responder o sin querer hacerlo, el Nadaismo también perdió de vista a la Violencia, mostrando una actitud de ligereza y desenfado que salvo ciertas excepciones –los poemas de X504 y Jotamario Arbeláez, una vez más estos dos- les impidió asumir estos siniestros en su complejidad expresiva. Quizá esto explica que el nadaísmo, una de las respuestas más significativas a la violencia colombiana, no haya escrito una gran poesía sobre la violencia.

Porque la rabia del Nadaismo terminó por deslizarse hacia la que podría ser su mayor paradoja: la confusión entre vanguardia y cultura Pop. Afirma Elmo Valencia en otro aparte: “Pero el destino que se ha comportado bien con nosotros, quiso que naciéramos en el siglo de las estrellas de cine, las carreras de automóviles, los casinos con ruleta rusa, y la democracia participativa…”. La cita es esclarecedora por su complacencia. Hay en ella una aceptación de las dinámicas de su tiempo sin atisbo de crítica, la confusión de cultura con espectáculo, un peligro ya presente desde sus actos públicos. Como en el Pop Art, lo que fue escándalo para irrumpir y cambiar las cosas, mostrar cuán ciegos éramos para observar lo que más vemos, se volvió una figuración con la sola función de la figuración,  pasarela de íconos regocijados por el dinero.

Quedó del movimiento un grito antiguo, que no ha podido encontrarse cuerpo, la decepción sin sobresaltos. Una calle que desterró a los poetas para seguir bostezando y vendiendo, los poetas que fueron renegando a los movimientos para tratar de encontrar en el poema una alternativa verdadera, a la búsqueda un estímulo en el lenguaje menos ridículo y espectacular. Y quedaron estos poemas como un vestigio incompleto, demasiado inmediatos en muchos casos, propensos a pasar de moda como los trajes que usaban. Hay que lamentar que el Nadaismo, sin mejores narradores, no haya en encontrado un novelista como Kerouac para contar con destreza el hilo de sus andanzas. Tampoco hubo entre ellos alguien como Roberto Bolaño, un "trovador" que elevara estas derrotas hasta una reflexión irónica de la literatura de su tiempo.

 

Las prosas del enigma

 

Una actitud perturbadora y confusa. Permanente en su escritura y discontinua en respuesta. El mayor olvidado de este “abominable” movimiento quizás fuera el poema mismo. Esto sentenciaría la situación de una vanguardia que  en la encrucijada de sus rutas, los días, confirmaron a la manera de Los detectives salvajes que su poema era la vida misma, roturada y sin sentido. Pero siempre aparecen excepciones que contradicen una lectura esquemática. Tras el escándalo aparece una escritura que se sobrevive a sus fines instrumentales, mediáticos, para ocupar por si sola su puesto en la memoria.

Es este el caso de cierta poesía de Jotamario Arbeláez, especialmente la que logra romper con el humor o la ternura la narrativa cotidiana, humanizar desde lo insólito. Los ensayos de Armando Romero, definitivos para cualquier lectura crítica, pero antes de ellos habría que destacar la huraña y singular poesía de Jaime Jaramillo Escobar. Especialmente su primer libro,Los poemas de la ofensa, reconocido por propios y extraños como uno de los momentos más sorprendentes de la poesía colombiana.  Y uno de los más arriesgados, especialmente en una tradición que a fuerza de otras preocupaciones, la poesía casi siempre ha evitado los peligros para salvar un territorio distinto. Recuperar la comunicación perdida, cuando la misma violencia sitiaba los lenguajes.

Antes de Jaime Jaramillo quizás sólo Álvaro Mutis había logrado hacer de los fragmentos su materia de asombros, sintiéndose cómodo en lo trunco. La realidad les entregaba a estos poetas “elementos” disgregados, células cancerosas que se niegan a la unidad del organismo. Pero ellos, sin nostalgias, aprender a vivir en lo discontinuo como los antiguos bajo la luz.

Una andadura en el vacío es la gesta nadaista. Su decisión de hacerse como personas de espaldas a lo unitario, escandalizar desde una palabra-acto que nos devuelva los rostros, encontrarían en los poemas de Jaramillo Escobar su correlato lingüístico. Y esto ocurre desde los nombres. El poeta, consiente de las dificultades de ser como persona, de un yo que se ha roturado en la pregunta, adopta un seudónimo tan enigmático  como irónico: “X-504”. Responde Jaramillo Escobar a la pregunta por su máscara, y que comenzó aparecer en las antologías Nadaistas desde comienzos de los sesenta: “La X es también para preguntar quién soy. Es una interrogación. El desconocido que te interroga. El que pasa por tus manos sin darse a conocer y se va después de haberte dado todo, menos su nombre. Soy el nombre falso de la verdad…X-504 número de presidio… X-504 existe para que Jaime Jaramillo pueda vivir libremente, sin el peso de la literatura y la admiración”.

Sería difícil encontrar una declaración más consciente. Su aceptación de una identidad peregrina, presa en los grises del trabajo, pero que sabe que cuando escribe se convierte en otros, quizá mucho mas libres e interesantes.  El poeta es quien desocupa el espacio del poema para dejarnos su incógnita sobre las páginas. Nos entrega unas prosas sueltas en las que no sabemos con claridad cuál es el límite entre la realidad y la mentira, la crítica al mundo o el encubrimiento psíquico.

Se podría pensar que este escritor apartado y malicioso, el más huraño e individual de los poetas colombianos, es la némesis o el karma de su movimiento. Un escritor clandestino, yendo del poema la oficina y de la oficina al sueño, nada que ver con el dandismo de sus escasos contertulios. Tiene algo de absurdo que una vanguardia citadina, de fiestas y colegios, tenga como mayor referente a un escritor “de las afueras”, que imagina y trampea con las palabras apartado de la calle y de los espacios colectivos. Hable de la naturaleza colombiana desde una “envidiosa” nostalgia, feliz entre “la selva” con sus recuerdos y lecturas. Pero aquellos distintivos no sólo no contradicen al movimiento, quizá lo que hagan sea radicalizarlo aún más. Si habla X-504 de las selvas y los campos, los pequeños pueblos de Colombia, es porque el Nadaismo encuentra en este poeta aquel retorno a la ciudad de una provincia amenzada. Es una escritura urbana, pues nos recuerda en su renuncia las tensas relaciones de la ciudad con los dominios primordiales. Le ofrece a las calles, casi sin proponérselo, el incómodo espejo de lo que pudo ser y masacro con su afán de certezas.

Porque el retiro del poeta de los ámbitos públicos podría sonar ajeno a cualquier colectivo pero no al Nadaismo. El grito es contra un sociefad que amenazaba con arrinconar la personalidad hasta una vida sin estéticas. O como lo dice el propio Arango en alguna parte, y la cita no podría irle mejor a Jaramillo: “el poeta es un solitario inadaptado, lobo hambriento que odia el rebaño y, si hace estragos en el redil no es por hombre, sino porque el hombre ama la libertad y la soledad le pesa como un castigo”. Jaime Jaramillo es el más solitario e irredento entre un grupo de bestias de por si solitarias. El más excéntrico de esta parroquia de renuncias: un hombre que ha encontrado en la imaginación su singular manera de estar solo. Rabiar como perro de barco, apartado para siempre del calor de la manada. Aguijonear el caballo social por el sólo placer de confirmar su punzada. Sabe que solo en el poema podría respirar con algo de libertad. Se hace legítimo el descaro que no puede permitirse en la oficina.

Decía Andrés Holguín en su Antología crítica de la poesía colombiana: “El gran poeta del Nadaismo fue, más que su propio fundador, ese otro personaje misterioso, que inicialmente se enmascaró bajo el seudónimo de “X-504…detrás de estos versos desarticulados se adivinaba un hombre culto, sagaz, un poeta que fluctuaba entre lo macabro y lo tierno y que, desgarrado interiormente, vivía patéticamente su nada”. Y afirma más adelante para redondear esta idea en sus posibilidades de insurgencia: “Jaramillo Escobar habita su nada. Es quizás el más nadaista de los nadaistas. En sus versos –excepcionalmente renglones tradicionales, casi siempre prosas poemáticas- todo sistema se evapora. Mundo y juego humano pierden su sentido”.

Para decirlo de algún modo, este poeta eleva la pregunta de su grupo hacia una compleja reflexión –nada ingenua-, sobre la existencia del hombre y su relación con el lenguaje. Y nos dice estas “cosas “elevadas en la prosa de una calle que es tan cotidiana como ilusoria. Con estos poemas en prosa el Nadaismo se encontraría en las palabras,  falibles pero provocadoras, una realización imaginaria de lo que pretendía hacer en la calle y quizás nunca pudo.

 

Poemas de la ofensa: Los evangelios de un descreído.

 

A diferencia de otras artes como la música o la plástica, en poesía es muy común que los primeros trabajos sean la sentencia definitiva de un artista. También este sería el caso de Jaime Jaramillo Escobar. Los poemas de la ofensa no sólo es el mejor y más logrado de cuantos libros haya escrito el Nadaismo, desde su sola concepción despierta la sospecha del que construye un laberinto, y hacias sus redes van a dar el poeta y sus lectores para no salir nunca. Sobre esto señala Jaramillo en un prólogo reciente: “Por su condición de laberinto, un libro es la mejor trampa que existe para cazar espíritus. El juego de atraparse unos a otros es la literatura”.

El yo romántico, cansando de las lástimas, se sale de sus dominios confesionales para dejarnos en su lugar una interrogación verbal. Desocupados los espacios esa fisura es colmada por la mentira que estaba detrás. Una prosa que juegaba e inventaba mucho antes de las profecías. El resultado es un salmo que pregunta e increpa, deliberadamente. Un evangelio que cuenta sus nuevas con por el sólo propósito de contarlas, ganarle con ellas algo de tiempo a la muerte, así sea una querella inutil. Quien habla ahora es antes que nada un “charlatán”, envidioso y descreído. Alguien que ha regresado de los caminos sin encontrar mayor cosa, pero que en su resentimiento iluminado nos ofende y nos perturba con sus historias. Y así es que escribe, cuenta sus fábulas, sabe que no hay dios y por eso se prolonga en sus lectores: “Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido, o lo mata o le pregunta algo./ Los charlatanes pueden alargar indeterminadamente la conversación, a fin de prolongar con ella la vida.”

Andar para desandar, sin pretensiones de trascendencia. “En cualquier parte donde nos encontremos ya hemos llegado", nos dice. Enredarse por el gusto de enredarse, quizás fuera esta la belleza de las discusiones bizantinas, especular para matar el tiempo. La realidad aquí gana el carácter de un infantil escamoteo con la seriedad, esa que ya tenía el lenguaje antes de la llegada de las ciencias. Y es el poeta, como un jugador, el que se inventa un acertijo para que confirmemos por nosotros mismos que la nada era la respuesta. Que no había nada por buscar pero todo por contar. Que nuestras certezas son vanas y restringen la aventura, y más que por la razón somos genuinamente humanos por creernos la burla que otro se inventa: “todo puede ser probado de una manera y de la manera contraria”, nos dice Jaramillo en su poema de Los interpretes, “desde los más remotos tiempos sólo se habla de lo que no se sabe”, “adoramos lo que no comprendemos”.

Si el poder pide centros este poeta diluye los cimientos. Nos hace sospechar con Nietzsche que nuestras verdades mas firmes: la presencia de un “autor” que delimita el sentido, la visión misma de la realidad en su unidad de tiempo y de espacio, no es otra cosa que “un ejercito móvil de metáforas” que “han perdido su cuño”.Nuestra única verdad seria, por oposición, la condición de un animal que inventa para poblar su aburrimiento. “Hace lo extraño familiar”, los perros con su orina y los hombre


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