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23 May 2013 / 10:32 am

 

Nota y selección por Alejandro Cortés González

 

Cuando los Stamenov abandonan su casa durante la segunda guerra de los Balcanes, buscan refugio al norte de Macedonia y se instalan en Strumica, una ciudad recién devastada por el incendio. En el camino adoptan el apellido Madzirov, que viene del árabe Muhajir o Muhajirum; traduce nómada, persona sin hogar. Nikola Madzirov lleva en la memoria de su sangre y de sus versos la desolación del despertar después de la detonación, el desarraigo de soñar con casas siempre lejanas.

Sus poemas no reconstruyen desastres, caminan con pasos de ángel por un decorado de ruinas que, sin tocarlas, descubren un “oso de peluche en los huecos de las piedras” y asisten a la silente ceremonia “del viejo que mira el juguete desenterrado por la excavadora”. En esa aparente levedad ajena a discursos de imperios o de épocas, devela el enigma de quien oye bajo la incertidumbre como “las ciudades devuelven el polvo a los cementerios”.

Escucharlo leer sus poemas en su idioma natal, aunque ininteligible para la mayoría de nosotros, transmite la apacibilidad de la piedra que escucha y espera. Leer traducidos sus poemas —“Es rápido el siglo”, por ejemplo—, nos hace ver sobre esas piedras, testigos del paso de las tropas, la imagen de un perro sin miedo a los refugiados, una luna sin temor a las ejecuciones, un reloj de pared que cicatriza sobre las grietas de los muros.

 
 
HOGAR

 
Vivía al final de la ciudad
igual que una farola a la que nadie
cambia la bombilla.
La telaraña mantenía juntas las paredes,
el sudor, estrechadas nuestras manos.
Escondía mi oso de peluche
en los huecos de las piedras torpemente apiladas:
así lo protegía de los sueños.
 
Día y noche daba vida al umbral
regresando como una abeja que
siempre vuelve a la flor anterior.
Era un tiempo de paz cuando dejé mi casa:
 
la manzana mordida no se había puesto oxidado,
en el sobre venía el sello de una vieja casa abandonada.
 
Desde que nací me desplazo a lugares silenciosos
y hay vacíos que se pegan a mis huellas
como en la nieve que no sabe si pertenece
a la tierra o al aire.

 
 

NO TENEMOS SUEÑO
 
Todas las formas de decir adiós sin tocarse
las hemos olvidado.
El tiempo juguetea con nosotros, tendidos
entre la hierba que parece indicar el cielo.
Alimentando a los cisnes con el pan de ayer,
pensamos en mañana.
Estrujamos la nieve entre las manos.
La humedad de nuestros labios bastaría
para mantener varios trigales, a lo lejos
se escuchan tiros entre dos rayos demorados.
Por capricho contemplamos cómo es que la lluvia
a la vez roba el polvo y se repite impecable.
Pero nosotros no tenemos sueño
ni pertenecemos a noche alguna;
no quedan velas que puedan seguir
nuestras sombras en los muros del viento.

 
 

NO SÉ
 
Todas las casas con las que sueño son lejanas,
lejana es la voz de mi madre
llamándome a cenar, mientras yo corro a los trigales.
 
Estamos lejos como una pelota que ha fallado el tiro
y va hacia el cielo, vivimos
como termómetros que se necesitan sólo cuando
los vamos a mirar.
 
La realidad lejana me examina a diario
como un pasajero desconocido que me despierta en medio del camino
preguntando: “¿Es este el autobús?”
y yo le digo, “Sí”, pero quiero decir: “No sé”.
No sé dónde están las ciudades de tus abuelos
que pretenden negar todos los males conocidos
tanto como los remedios a base de paciencia.
 
Sueño con una casa en la colina de nuestros deseos,
para ver cómo las olas del mar van dibujando
el cardiograma de nuestras caídas y amores,
cómo la gente cree para no hundirse
y camina para no ser olvidada.
 
Lejanas son todas las cabañas en las que nos escondíamos de la lluvia
y del dolor de las ciervas muriéndose ante cazadores
mucho más solitarios que hambrientos.
 
El instante lejano me pregunta a diario:
“¿Es esa la ventana? ¿Es esa la vida?” y yo le digo:
“Sí”, pero en realidad: “No sé”; no sé cuándo
van a hablar los pájaros sin pronunciar un cielo.

 
 

SILENCIO
 
No existe en el mundo el silencio.
Es tan sólo un invento de los monjes
para oír el trotar de los caballos
y las plumas cayendo de las alas.

 
 

UNA FORMA DE EXISTIR
 
Demasiados ascensos y caídas
no vienen recogidos en los libros
que se queman en las guerras comunes.
¿Acaso ha escrito alguien que las migas
tiradas por la ventana caen más rápido
que los copos de nieve, que las rompientes son sólo
víctimas de su nombre? Se escribe sobre la caída
de reinos y de épocas, no del
viejo que mira el juguete
desenterrado por una excavadora.
Los semáforos no paran el tiempo
y nuestra incertidumbre tan sólo es
la forma de existir que tienen los secretos.
El miedo habita a la distancia,
cuando el hollín se separa
de las chispas que ascienden hacia el cielo.
Pero nadie hasta ahora ha escrito nunca
un tratado sobre el humo de esa vela
que se consume en la noche,
ni de la gota de cera
que se endurece en los zapatos:
todos hablan de la llama
que ilumina nuestros rostros.

 
 

COSAS QUE QUEREMOS TOCAR
 
Nada existe fuera de nosotros:
 
los embalses se secan
en el momento en que tenemos sed
de silencio, cuando la ortiga se convierte
en una planta medicinal, y las ciudades devuelven
el polvo a los cementerios cercanos.
 
Todas esas flores en blanco y negro del papel pintado
de los hogares que hemos dejado atrás
brotan a través de historias impersonales
en el momento en que nuestras palabras
se vuelven una herencia intransferible
y, las cosas que queremos tocar,
alguien que de pronto llega.
 
Somos como un zapato entre las fauces
de perros vagabundos,
cuando nos abrazamos
parecemos dos cables que se unen
por los agujeros de los ladrillos
de una casa abandonada.
 
Hace mucho que no existe nada
fuera de nosotros:
 
a veces nos llamamos uno al otro
ángel, sol, luz.

 
 

CUANDO ALGUIEN SE VA TODO LO QUE HICIMOS REGRESA

A Marjan K.

 
Por el abrazo de la esquina entenderás
que alguien se va a alguna parte. Siempre es así.
Vivo entre dos verdades,
como una luz de neón que vacila
en un pasillo vacío. En mi corazón cabe
cada vez más gente que ya no está.
Siempre es así. Empleamos una cuarta parte
de nuestra vigilia en el parpadeo.
Olvidamos las cosas aún antes de perderlas:
el cuaderno de caligrafía, por ejemplo.
Nada es nuevo. El asiento
en el autobús está siempre caliente.
Las últimas palabras pasan de unos a otros
como cubos oblicuos en un incendio estival.
Mañana sucederá otra vez:
la cara, antes de desaparecer de la foto,
perderá primero las arrugas. Cuando alguien se va
todo lo que hicimos regresa.

 
 

ES RÁPIDO EL SIGLO
 
Es rápido el siglo. Si yo hubiera sido viento,
habría pelado las cortezas de los árboles
y las fachadas de las casas de los suburbios.
 
Si fuese oro, me habrían escondido en los sótanos,
bajo tierra arenosa y entre juguetes rotos,
me habrían olvidado los padres, mas sus hijos
continuarían recordándome eternamente.
 
Si fuese perro, no habría tenido miedo
a los refugiados, si yo hubiera sido luna
no me habrían asustado las ejecuciones.
 
Si yo hubiese sido reloj de pared,
habría ocultado las grietas que hay en los muros.
 
Es rápido el siglo. Resistimos los seísmos
leves mirando hacia el cielo en vez de hacia la tierra.
Abrimos ventanas para que entre todo el aire
llegado de lugares que no hemos visitado.
Las guerras no existen desde que alguien cada día
ataca nuestro corazón. Es rápido el siglo.
Más rápido aún es que la palabra.
Si estuviera muerto todos me creerían
cuando me callo.

 
 
 

NIKOLA MADZIROV 

 

(Strumica, Macedonia, 1973) Poeta, ensayista y traductor. Su primer libro, Encerrados en la ciudad (1999), fue galardonado como el mejor libro debutante de Macedonia. En ese mismo año se publica En alguna parte, de ninguna parte, Premio Aco Karamanov. Piedra trasladada (2007) le valió el premio Hubert Burda para poesía de Europa del Este y el Premio Hermanos Miladinov, el más prestigioso de Macedonia para este género literario. Fue coordinador de la red poética Lyrikline y redactor de poesía en la revista literaria y cultural Blesok. Ha recibido numerosas becas internacionales como la IWP de la Universidad de Iowa, Tandem Project en Berlín, KulturKontakt en Viena o Willa Waldberta en Múnich.


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