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30 Jun 2013 / 09:06 am

  

Por Darío Rodríguez

  Es un absoluto riesgo escribir poesía confesional e infidente en estos tiempos de redes sociales electrónicas, de impúdicas exhibiciones sentimentales. Un atrevimiento suicida, no solo porque la intimidad se ofrece a diario en el mercado global con sus cargas melodramáticas, sus estridencias frívolas, sino debido a la vulgarización del fenómeno poético mismo: hoy cualquier persona,  mal o bien alfabetizada, se abroga el derecho de exponer en público sus desahogos y cuitas mediante lamentables textos a los cuales llama con orgullo “poesía”. En España a la escritura poética que intenta ahondar en el paisaje personal y privado a través de discursos introspectivos se le denomina “poesía de la experiencia”, y su representante básico es Jaime Gil de Biedma. Dentro de la tradición suramericana los poetas conversacionales como Ernesto Cardenal o Rosario Castellanos se internaron también en estas pesquisas de lo cotidiano y lo íntimo. Quizás fenómenos mal asimilados por las masas – los casos de Jaime Sabines o Mario Benedetti, por ejemplo – llevan a pensar un equívoco: que la poesía es una técnica del paño de lágrimas, que se puede escribir como se habla y además revelando espurios secretos afectivos. Por tanto, proponer muestras poéticas de óptima calidad adentrándose en las “galerías del alma” (según la frase de Agustín de Hipona) es una locura y un reto. La tentación de caer en lugares comunes, en versos sentimentaloides y declaraciones canallas repletas de amor y corazones rotos resulta muy frecuente.

La poeta bogotana Camila Charry Noriega asume el peligroso reto en su libro El día de hoy (Garcín Ediciones – 2013) y sale bien librada. Logra desligarse de exposiciones irresponsables del yo aunque apela a sus razones más mediatas: temáticas como el desamor en sus facetas destructivas, la soledad elegida o concedida, los gestos que no hallan interlocutores y el anhelo de tranquilidad gracias a los seres queridos, se muestran soslayadas en los poemas, sugeridas por cierto apremio hacia imágenes naturales (el árbol, los animales) o hacia la reflexión propia del aforismo y de la filosofía. Gracias a su constante apartarse del tono escueto y a una seria búsqueda de plasticidad en las situaciones, en las relaciones que establece, Charry Noriega no edulcora ni perturba con cursilerías esta poesía. Sólo así logra escribir un extenso texto cercano a la oda, Lugar de encuentro, donde se explica la pérdida amorosa, o presentar sin reatos estados de ánimo, vínculos familiares, tristezas, pequeños descubrimientos entre la vida de todos los días.

Un mérito inobjetable del poemario (si no el más digno de elogio) brota desde el juego alusivo y elusivo al que la autora somete sus hallazgos. El devenir meramente personal, por obra de este tratamiento sutil cercano al susurro y a la reticencia, le permite encontrar al lector un puente para entender sucesos que le conciernen y lo implican. Tal vez sin pretenderlo, las percepciones del poema se convierten en datos e iluminaciones que le hablan a la historia individual de toda persona, sin importar su edad ni condición. Este transformar en colectivas emociones, intuiciones particulares es, así mismo, la cacería velada de un “tú”, de un diálogo permanente entre quien escribe y quien lee. En la poesía colombiana pueden encontrarse rasgos de esta vertiente. Los primeros libros de Raúl Gómez Jattin, la obra poética de Miguel Méndez Camacho o Nadie en casa escrito por Piedad Bonnett son ejemplos de esa cotidianidad develada vuelta poema que involucra al lector en sus instancias.

Por fortuna la poesía escrita en este país está mudando su cara, se aleja cada vez más de la espectacularidad y las demagogias. Hemos tenido el gusto de ver cómo antiguas manías, el poeta transformado en estrella mediática, unido a programas, ideologías y patrocinadores de turno, están desapareciendo. La nueva hornada (junto a Charry Noriega nombres preponderantes, Lucía Estrada, Jorge Valbuena, Yenny León, por mencionar algunos) es más prudente y mesurada. Quizás consciente de que los lectores son escasos y exigentes, de que la poesía de verdad se escribe sin alardes mediáticos ni altisonancia. El día de hoy es una prueba fehaciente, osada, del poder de una palabra honesta. Un paso importante en nuestra literatura.

“¿Dónde arde una palabra que dé testimonio de nosotros?” pregunta Paul Celan (lectura recurrente en Camila Charry), y se arriesga a una respuesta que justifica este libro, que nos justifica por entero: “Tú eres mi realidad. Yo soy tu espejismo.”


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