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15 Sep 2013 / 04:02 am

 

Nota y selección por Xavier Oquendo Troncoso

  Silencioso. Oculto entre el río citadino y la costumbre. Sin decirle a nadie la sorpresa de su voz. Así parece haber formado Javier Valencia su discurso poético. Una voz sujeta al patrón musical, pero también a la ruptura de la imagen y el sentido. Por su bosque de poesía está siempre buscando, a través de la fortaleza de sus textos, las respuestas que, por ejemplo, el amor le puede entregar, mientras se desencadena una serie de repreguntas a sus cuestiones. Este poeta se fue haciendo en la paciencia. Leuda su discurso, y sus palabras son el nuevo pan, la nueva anatomía de una voz que siempre va engarzándose en nuevas connotaciones. La poesía debe siempre dejarnos en la insatisfacción, diría Juan Gelman, y así parece sentirse a la voz de este libro. Bello recado de un nuevo tono que crece, que no evita que la infección se de en el cuerpo del lector; un mensaje que no cura, ni que remedia nada. Porque la poesía no es analgésica ni milagrosa. Es un ritmo y un caudal que nos lleva hasta donde nos vemos iguales: el poeta y su receptor.     
 
 
 
 
Carrete sin fin
La cometa y el carrete
se olvidaron entre ellos,
el hilo no cede,
se estiró años luz.

En su cola de hilvanes
una madeja enredada,
confusa, intenta descifrarse.

En esos días las palabras
deberían mudar su aire,
ser inhaladas, silentes,
para sostener el viento
para elevar las nubes
para perderse
para encontrarse.

La cometa astronauta
divisa la tierra
sin olvidar
qué la sostiene
y el carrete pendula
estrellándose, aturdido
Intentando recogerse
para hilar, en comunión, el cielo.

Carrete caracol
de planetas caminante
se recoge y abre en compases
de polvo estela, de cuerda seda.

Cometa escurridizo,
jaiba de arena lunar
refugiándose en las estrellas
para convertirlas en surcos.

¿Seguirá el carrete
buscando el norte
para estrellarse
en sus propias narices?

¿Seguirá el cometa vacilante
escapando del hilo que hala
hacia sí su carrete,
marioneta gemela?

Sin caer en cuenta
saben lo que hacen
vuelan, sin caer
en cuenta, saben,
se pertenecen.
 
 
 
 
 
 


La espera

Es abril siendo marzo,
chispea y las paredes recogen
en descenso trenes
que se estrellan y engordan,
repujando en el muro rocío

como puntos suspensivos...
como hijos sucesivos...

El ajetreo difumina nubarrones,
que escalan las terrazas,
vestidos con su traje empañado,
para bailar en el aire.

Atardecen las veredas
y pausan los ajetreos,
en una instantánea de trueno.

Y en solitario,
los padres los hijos,
los hermanos parecen esfumarse
con la niebla, lamidos.

En parejas, tríos, quintetos
las madres, con sus crías hermanas
invaden la quietud, trizándola
con su encanto de voces.

Llegará la noche
con la plena certeza
de suceder a la tarde.
 
 
 
 
 
 


Mutis

Tras bastidores
esbozaré tu mito,
bajo la luna silente,
bajo la niebla oscura,
con mi voz profunda
evocaré el silencio.

Tú, prospecto de Hiades,
mi palabra empapándose
de tu danza en claroscuro,
diciéndolo nunca, derramándote
en los brazos amantes
de subalternos, pajes.

Te esfumarás entre nubes,
cobijarás el firmamento,
el oleaje silente
de tu cuerpo inmenso,
abismo que inunda,
remoja y engulle.

En tu espalda ligera
mudaré el amanecer,
tatuaré mi calma
en la hierba silente,
prójima del rocío
de tus poros de aguasal.

Luego escamparás,
dejarás en vapores,
mis trapos, las pieles,
despojadas y puestas con cada lluvia,
que asoma pasajera
en mi privado parterre.

Nube foránea
de mis hábitos y soles,
habitarás de cristales
mi casco polar
para encarnarte en mi carne,
como escarcha insoluble: daga diamante.










Volcanes
 
Vertebrado,
serpentea la ciénaga
atributo de la muerte herida,
sagaz en el lodo turbado
esparce una nueva locura.

Magma congelado bajo el sol,
tributo a las entrañas de la tierra
emergen candentes minerales
condensados en su propia niebla.

Volcanes,
embutidos en islotes sangrantes,
alegoría de hemorragia terrena,
vapores que enturbian la marea.
 
 
 
 
 
 


Otra aduana
 
En una herida abierta
desembocan los torrentes trepidantes,
misteriosos de fronteras invisibles
de imaginarios límites.

En su delta y nube acuden
desde todos los extremos
razas, credos, muchedumbres,
carrusel en remolino,
esperanza en oleaje.

Expulsados al azar
parten, zarpan, se desanclan
para clavarse emigrantes
boca abajo del mástil
hacia la incertidumbre.

Encontrarán otro amor,
nuevos otros, más iguales
se colmarán de otra tierra
en procura de sanarla
recrearla, recreándose.

El tiempo innumerable
engendrará nuevo linaje
que borrará del instructivo
de traslado algunas voces:
límite, frontera, infranqueable.

Y de nuevo partirán,
surcando mar o sangre
a la aduana, punto,
encuentro de una raza
unificada, fusionada, indomable.
 
 
 
 
 
 


Hada y bruja

Espuma cobriza,
sangre en ascenso,
desborda el vino de la boca.

Cigarra en trance,
de verso y epítome,
desbocada al cielo en espiral.

Relámpago al revés,
brote eruptivo,
despegue en torbellino.

Reflejo que absorbe
con los ojos el sol,
velando instantáneas a su paso.

Esquiva, inconquistable,
sobrepuesta en soledades,
evadiendo ataduras.

Pequeñez apurada,
alas maduras
de estelas y ceniza

Muslos medusas,
pubis en fuga vertical.

En tu cubil carnada,
microinstante en infinito,
sucumbo.

Reincido en tus pócimas
de canela y sal.
Mandala umbilical.

Colibrí de colores, ficción
de esperanzas, esperas y capítulos,
y te vas.
 
 
 
 
 
 
 


Envoltura

Donde se agita el alma.
Donde se abisma la luz.
Donde se estira la piel,
para envolverlo todo.

Donde el aroma inunda
y te sostienes con los labios,
de su boca que tiembla sosteniéndote.

Ahí,
donde se agotan los segundos,
a cada sorbo de deseo.

Ahí,
te encuentro,
te espero,
Informe, pálido, eterno.
 
 
 
 
 
 


El legado de Sumpa

Sigue espiando
con trayecto inmortal,
la agonía a milésimas
de segundo en el contacto.

El polvo sacude orillas.
en la cueva, tabernáculo de idilio.
Migra hasta los Andes su escarcha
hasta exceder otros cuerpos.

Funeral a dúo, en ceguera,
cuelgan de los ojos pupilas,
epitafio reiterado
fósiles azules de su era.

Semilla de fonemas,
conjugados en la hoguera,
gotean enterradas
en el lecho ausencias.

La almohada prolonga el horizonte.
Vaivén de intuiciones secretas,
reiteradas en el acto
de ser, en ambos labios.

Recostado, vaticina el vacío
ella lo atraviesa, estallándolo
En sus piernas la tarde se abre
hasta agotarse en las ingles.

Anida en su pelaje hormigas,
que conquistan territorios de carne,
represando el desahogo un instante,
para exhumarse en un soplo.

En el ocaso cede la inercia,
como de montañas temblores
la arena les entierra las migas
salpicadas en el aura.

Vellos de algodón espumados.
Sudores de pálpitos que empapan,
sabor a susurro latente,
arrullo que entona agonías.

Embalsamados, duales, suspendidos.
Aliento, aire, susurro y carne
la muerte los sorprende en su intento
de amarse en esqueletos.
 
 
 
 
 

***

  JAVIER VALENCIA (Quito, 1975) - Diseñador profesional, cantautor, gestor cultural y publicista. Realizó sus estudios en Diseño en la Universidad Católica de Quito. Fue integrante del taller de la Fundación Nueva Generación. Actualmente realiza estudios de Maestría en Comunicación de la Universidad Andina Simón Bolívar.
 
 

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