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16 Sep 2013 / 18:02 pm

     

Poetas ecuatorianos del nuevo milenio

Selección y nota Aleyda Quevedo Rojas*

Coordinación proyecto Fredy Yezzed

Universidad de Buenos Aires

 

Creo que ser escritor es ocupar una de las últimas posiciones de la libertad, el último

refugio de la fantasía, y llegar a una realización de la propia personalidad.

Heinrich Böll

 

Escribir significa experiencia más experimento.

Rafael Argullol

 

Apuntes para recorrer/atrapar 15 registros de la mitad del mundo…

Me gusta pensar, a propósito de un ejercicio de reflexión sobre la literatura del Ecuador, que somos más geografía que historia. Somos, de varias maneras, un infinito diálogo entre las travesías interiores y los viajes exteriores. Un territorio de palabras labradas por la altura andina con su belleza triste y la fuerza telúrica del Pacífico como también la Amazonía y Galápagos para pintar el dibujo exacto de la interculturalidad que somos.

Con nuestro poeta nacional: Jorge Carrera Andrade (1902-1978), iniciaré algunos apuntes que les propongo para recorrer y atrapar las habitaciones interiores, las geografías, los climas, las texturas y los mundos de 15 poetas contemporáneos del Ecuador: 

Sólo encontré dos pájaros y el viento,
las nubes con sus mapas enrollados
y unas flores de humo que se abrían buscándome
durante el vertical viaje celeste.

Porque vengo del cielo
como en las profecías y en los himnos,
emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,
mi provisión de vidas y de muertes.
 

Carrera Andrade es la voz y la obra más depurada de la potente tradición ecuatoriana, dónde resultan imprescindibles las poéticas y poemas de: Dolores Veintimilla, Medardo Ángel Silva, Zayda Letty Castillo, Alfredo Gangotena, Mary Corilé, Gonzalo Escudero, Hugo Mayo, César Dávila Andrade, Lidya Dávila, David Ledesma, Francisco Granizo, Carlos Eduardo Jaramillo, Efraín Jara Idrovo, Jorge Enrique Adoum, Ileana Espinel, Fernando Cazón Vera, Javier Ponce, Iván Carvajal, Jorge Martillo, Paco Benavides, Edwin Madrid, Margarita Laso, Maritza Cino, entre otros que no alcanzo a nombrar. 

Me he propuesto tejer ésta muestra de la poesía ecuatoriana, desde el oficio de lectora libre y el trabajo de compiladora plural. Pero, sobre todo, desde un ojo viajero, que luego de buscar, indagar, leer y preguntar, encontró en éstas 15 voces, mucho de lo que la poesía debería contener: misterio, rigor, intuición, secretos, conocimiento, autenticidad, capacidad de comunicar y mucho trabajo. Lo que en síntesis, sería algo así como “el arte de componer versos”, trayendo a la memoria al brasileño Ledo Ivo, a quien conocí en el 2008 en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua. Y recordándolo y evocándolo, pienso que quizá a toda poesía, habría que añadirle también: humor. 

Algunas de éstas 15 voces, ya eran parte de algunos proyectos antológicos que he coordinado e impulsado desde mi veta inquieta de gestora cultural en: 13 Poetas Ecuatorianos, nacidos en la década de los 70´s, que fuera publicado por el prestigioso sello, Ediciones El Perro y La Rana de Venezuela en 2008, y la Breve Antología de 6 Poetas Contemporáneos del Ecuador, “De la ligereza o velocidad, que también es perfume”, editada a propósito de la Semana de las Letras Ecuatorianas en La Habana, que se desarrolló en abril del 2011, y cuyo título recupera un verso carrerista. 

Aquí están: Luis Carlos Mussó, Juan Secaira, Ana Cecilia Blum, Ángel Emilio Hidalgo, Franklin Ordóñez Luna, Javier Cevallos Perugachi, Siomara España, César Eduardo Carrión, Ernesto Carrión, Augusto Rodríguez, Ángeles Martínez, Fernando Escobar Páez, Fabián Darío Mosquera, Víctor Vimos y Yuliana Marcillo, confirmándonos que la poesía es un arte que sirve para muchas cosas y, que siempre, en todos los tiempos, nos dará luminosas respuestas y las más válidas preguntasen torno al amor, la muerte, el estremecimiento, la libertad y la locura infinita. 

Esta muestra de la actual poesía que se escribe en el Ecuador, abre con la filigrana clásica y matemática, que los versos de Luis Carlos Mussó han alcanzado a lo largo de más de 10 libros. Mussó, quien desde la cátedra y el ejercicio poético, es ya un nombre necesario de la generación nacida a partir de 1970, por su permanente indagación de la realidad, desde la geometría de las palabras que saltaron también a la novela con “Oscurana”, nos permite acercarnos a una de las tendencias de la actual poesía ecuatoriana.

Guayaquil, Quito, Loja, Cuenca, Manabí, Riobamba, Chone… ciudades, versos, éticas, estéticas, voces y cantos desde los ecos y registros de muchas tradiciones de la poesía universal de la que beben éstos 15  nacidos en la mitad del mundo, latitud 0 grados, 0 minutos y 0 segundos. 

En Juan Secaira el tono y las texturas van, desde esas preguntas que en todos los tiempos han perseguido al ser: la nada, la enfermedad, la ciudad, el amor y la muerte; hasta versos ingenuos y limpios. Versos en clave de cascada existencial, depurados desde la soledad y la timidez del hombre y del poeta. El peso horrible de la cotidianeidad y el amor todopoderoso por los hijos, son algunas de las fotografías de éste tiempo, que Juan nos plantea.

La cuerda de la voz poética que se exilia, que se persigue y se aprende a conocer en sus intimidades, la sabe tensar bien Ana Cecilia Blum. En sus varios libros, el corazón arde hasta encontrar un centro íntimo y desesperado, un centro donde los datos sensoriales de la sombra, la nostalgia y el viaje, son al mismo tiempo ceniza y fuego. 

La poesía es rumor brillante que viene del pasado, nos recita en voz alta el poeta Ángel Emilio Hidalgo. Una voz que ha sabido fusionar el oficio de poeta con el oficio de historiador. La memoria y el tiempo se funden en su obra, para hablarnos de lo esencial, con una economía de palabras que se sostiene en el vital silencio y se escucha como una llama encendida. Poemas limpios de un naturalista, epigramáticos muchas veces para narrar el amor, y siempre con el mismo norte: esculpir la palabra, esa es quizá su obsesión y su mayor mérito. 

Versos como aves que se inflaman y subvierten. Aves del amor homosexual, del viaje por playas, cuerpos y ciudades. Esto hace parte del mundo poético de Franklín Ordóñez Luna. Erotismo de corazones y cuerpos desconocidos que al final de un largo verso/beso se conocen y se entregan al filo de la incertidumbre. Ordóñez cultiva el arte de cantarle al amor, a veces a lo Cavafis y otras veces, a lo Ginsberg. 

En la poesía de Javier Cevallos Perugachi, la línea se vuelve una cuerda circular que ciñe la emoción filosófica de su poesía con la devoción por Quito; que desde su dramaturgia confluye hacia un arte transdisciplinar. Lo diverso y lo individual. Una ciudad y un personaje que lleva sus máscaras de indio, mestizo, longo y artista. 

La escritora Siomara España se apropia del universo inagotable y siempre cambiante del amor, el erotismo y la sexualidad. En el mundo Eros mueve civilizaciones y la palabra femenina se vuelve actitud consecuente en sus versos directos. La relación íntima entre erotismo, femineidad y sexualidad, a veces bajo la lupa de la fantasía pura, y otras desde el vidrio de una canción, son abordados por la docente y escritora, en la mayoría de sus libros.

La sed por nombrar, en el catedrático y poeta César Eduardo Carrión, ha plasmado un registrolírico “raro”, que navega entre las aguas del neobarroco y los ecos clásicos de la literatura Occidental, con tinte cuasi épico. Su poética es una apuesta por conjugar la hibridez de éstos tiempos que corren y un cierto culturalismo, que muchos de su generación han incorporado. 

Cuando leo, reviso y recorro los libros de Ernesto Carrión, confirmo que se trata de un poeta que ha tecleado una obra torrencial. Es como si a este guayaquileño, lo persiguiera la idea de que la escritura es un incendio permanente, un riesgo inflamable, una cascada intensa que supera las asociaciones de imágenes y sus amontonamientos, para llevarnos hasta un concepto distinto de la poesía y de la vida. 

En la puesta en escena poética de Augusto Rodríguez, es posible encontrar una ciudad puerto, que late profundamente y nos revela el dolor y la desesperación de los seres humanos. Sus versos claros permiten combatir la fugacidad de lo hermético o surrealista; un camino con más de 10 libros de poesía y unos cuantos de narrativa, nos llevan por los laberintos de la enfermedad, el amor y la serpiente de la palabra. 

Perfuman los poemas de la cuencana Ángeles Martínez, un humor negro y mordaz, y el amor con todas sus máscaras: idilio, pasión, desamor, desilusión, fracaso. También una alta capacidad de narrar con versos cortos, limpios y sin adjetivos innecesarios, como fotografiando un estado del espíritu. Versos en tono de pop irreverente. Rebeldía y pos feminismo han sido algunas de las etiquetas que la crítica le ha colocado. Pero lo crucial es que su poesía es auténtica, y ahí está para la historia literaria, su libro “Trozos de Vidrio”.

De la bizarra poesía de Fernando Escobar Páez, ha dicho el escritor peruano Paúl Guillén: “desarrolla una poesía de vertiente pop coloquial, los referentes de la cultura de masas afloran en sus versos y cierto influjo beatnik o maldito, que hace a su dicción fresca. Podemos relacionar su poesía con la del mexicano José Eugenio Sánchez o la de la peruana Tilsa Otta”. Y subrayando a Guillén, añado que su poesía es desafiante, ingeniosa y divertida, tanto que puede llevar a la catarsis o al “emputamiento”. El poeta es vida-figura-obra y mucha actitud en Escobar Páez. Este poeta es un provocador, ante la sociedad quiere ser desagradable, y logra proponernos una película donde lo pornográfico alcanza calidad y belleza. 

Leer las crónicas periodísticas, las entrevistas y las reseñas sobre películas o música de Fabián Darío Mosquera en algunos espacios de la prensa ecuatoriana, siempre me resultó un placer enorme, no solo por su aguda capacidad de análisis, sino también por su amplia cultura de las artes. Leerlo en su apuesta poética, ha sido un viaje de viajes… Un viaje por ríos de imágenes y versos bifurcados entre erotismo y ciudades. Y otro viaje por meandros verbales y el color local de una poesía urbana con un fuerte pulso neobarroco. 

Y la ternura vuelta arte sobrio y pulcro es lo que encuentro en los versos de riobambeño Víctor Vimos. Los recuerdos de la infancia, del pueblo de los antepasados y del amor en su permanente fugacidad, son algunas de las habitaciones interiores que el poeta visita en sus versos. Palabras como dardos que deben desgarrar y causar placer. Con “Matapalo Cartonera” el poeta difunde y convoca, moviliza y comunica; éste es uno de los proyectos más vitales a favor de la poesía ecuatoriana. 

Ésta muestra se cierra con Yuliana Marcillo, una voz desbordante y bellamente cruel. Con un registro irreverente, repleto de giros abruptos e imágenes que como balas, llegan directo a la retina y al espíritu. Una voz que plantea que “no debería haber mujeres buenas”, quizá en éste pensamiento vuelto verso y título de su primer libro, esté contenido el sentido más hondo de la escritura: el ejercicio de la libertad. 

Y como toda muestra siempre resulta incompleta, y eso es parte del encanto…. Debo confesar que me hubiera encantado incluir los versos de las poetas suicidas Carolina Patiño y Dina Belrham, las notas góticas de los poemas de Cachivache, y desde luego los poemas de autores interesantísimos como Alfonso Espinosa, Énver Carrillo, Carla Badillo, Álex Tupiza y David G. Barreto, pero no todos caben en un solo vagón. Así que: ¡Buen viaje por estos registros de 15 poetas de la mitad del mundo!

 

 

 

 

 

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Luis Carlos Mussó (Guayaquil, 1970). Ha publicado una decena de poemarios, como Propagación de la Noche, Tiniebla de esplendor, Minimalhysteria, Evohé y Cuadernos de Indiana. Además, Oscurana (novela) y Épica de lo cotidiano (ensayo). Seis veces premio nacional de literatura, es corresponsable de Tempestad secreta (muestra de poesía ecuatoriana contemporánea, 2010). Se desempeña en la cátedra universitaria y en el periodismo. 

 

rememoración

[cfr. historia de la eternidad]

Después de aquella noche –la de luna preñada, por más señas– en que pronunciamos al unísono el dolor y la herida en nuestros cuerpos, y en la que anegamos una terrible canción en ciénagas y resuellos –aferrados, ambos, con los dientes–, me negaste siete veces.

Recordé los hielos escandinavos. Esperé a que los lobos engulleran al sol y a la luna y pisé fuertemente el puente de la nave que me llevaría lejos –muy lejos–. Aquella nave construida con uñas de muertos y con pretensiones de trasatlántico o trirreme. Sentí la fuerza quebrada en mis rodillas, un humor vacío en el sexo y dos marcas color marrón –una en la nuez de Adán, otra en el hombro– que me estrangulaban. Pisé fuertemente sobre el puente de la nave, la que sería un abismo dispuesto a abrirme su secreto. Y viajé en aquella nave. Aquella nave pesada como tierra curada con uranio. Aquella nave construida con mis propias uñas.

 

 

 

 

 

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Juan Secaira (Quito, 1971). Ha publicado el libro de ensayo sobre el narrador Humberto Salvador, Obsesiones urbanas, 2007; los poemarios Construcción del vacío (2009); No es dicha (Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade, 2012), y la plaqueta poética Geografía de la edad (2013). 

 

PACIENTE

Jardín

con espinas diarias

Al cielo

hija pájaros cecean su paso

jugar al escondite

para que no acabe la tarde

Olvido más enfermo que la ausencia

Celda blanca sueros y pastillas

trece aves desencuentran la luminosidad

Disolver en fármacos nuestra sonrisa devolvértela

¿Aquello puede conmover?

Llueve Dormimos

árboles carentes de raíz

voces expuestas a un diagnóstico hitleriano

Eres mi hija viva de mis hijas muertas

Paseo por este sanatorio veo a dos mujeres peleando por una cápsula el enfermero

con mala cara atribuye autoridad

Muerte

Oigo gritos cierro las cortinas recuerdo cómo dormías en mi pecho cuando eras

una pequeña

Sustancias que se van con el agua del lavabo

sangre

Volar sobre la marcha.

 

 

 

 

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Ana Cecilia Blum (Guayaquil, 1972). Poeta, ensayista y narradora. Licenciatura en Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Laica de Guayaquil. Posgrado en Enseñanza del Español, Universidad Estatal de Colorado, USA. Autora de los poemarios: Descanso sobre mi sombra (1995); Donde duerme el sueño (2005); La que se fue (2008); La voz habitada, co-autora (2008); Libre de espanto (2012); y Todos los éxodos, antología personal (2012). Actualmente edita la revista latinoamericana de literatura Metaforología

 

LA QUE SE FUE

Camina en otras calles.

Sucumbe en otra lengua.

 

Lejos de su casa,

escoltada por el anonimato,

con la alforja vacía de país y herencia

asiste

al velatorio del espejismo.

 

Entre los monumentos de la muerte

ha olvidado:

de qué savia está hecha su sangre,

de qué oficio se yerguen sus huesos.

 

No quiso retornar cuando pudo,

es tarde

para alcanzar las carabelas.

 

Lo que dejó

se lo comió el apetito de la ausencia.

 

Volver al mismo mar

es volver al desencuentro. 

 

 

 

 

 

 

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Ángel Emilio Hidalgo (Guayaquil, 1973). Poeta, historiador y catedrático. Licenciado en Ciencias Sociales y Políticas. Con su primer libro, Beberás de estas aguas, gana el Premio Nacional de Poesía “Ismael Pérez Pazmiño”, en 1996. Su segundo libro, El trazado del tiempo (Ediciones de la Línea Imaginaria-CCE, 2003), tuvo amplia acogida de la crítica, publicó también Fulgor de la Derrota. Ha publicado el ensayo Entre dos aguas. Tradición y modernidad en Guayaquil (1750-1895). Es coautor del libro de ensayo historiográfico de Guayaquil Al vaivén de la ría. En 2006 publicó, junto con Luis Carlos Mussó, Ernesto Carrión y Fabián Darío Mosquera, la muestra de poesía Porque nuestro es el exilio.

 

Vivo de la noche enarbolando sus ofrendas
vertiendo el agua hospitalaria de los cuencos
sobre las pieles húmedas
de edificios encendidos de pólvora y madeja.

La poesía es rumor brillante que viene del pasado
caracola que bruñe
el escarceo de la ola
pira que redime su natural presencia
eco y vorágine
que no apaga su luz
en los bordes infinitos del silencio.

 

  

 

 

 

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Franklin Ordóñez Luna (Loja, 1973). Autor de los siguientes libros: Mapa de sal, A la sombra del corsario, A cambio de monedas o palabras y Del Neo José y otros poemas. Ha participado en eventos literarios nacionales e internacionales. Sus textos poéticos han sido publicados en revistas y antologías de España, Argentina, EEUU, Venezuela y México. Se desempeña en la cátedra en la Universidad del Azuay, Cuenca.

 

LA SOLEDAD EXTINTA DEL PEZ

El desierto del Perú fue dulce en tus manos, mar, dunas, hoteles baratos donde nos amamos con furia. Sobre tu piel levanté mis templos y sobre mis templos tú bautizaste mis años: sol, espejismos, reggaetón…

Recorrimos Chiclayo. De noche el rímel, el bar donde bailamos celosos y enamorados… El Señor de Sipán nos cerró las puertas de su palacio, para consolarme compraste llaveros que los declaré mis amuletos: arterias de tus brazos.

Bebimos a gotas el mar de Máncora: melaza verde y bravía que nos embadurnó de furia y carcajadas marinas.

Sobre tu piel deambulan las golondrinas, gitanas emigran de mis nidos y se pierden en tus matorrales: refugios deliciosos donde el cobre, el maíz y los andes se fusionan como versos de Cernuda (antes del amor y después del exilio)

El mar, otra vez el mar, y más allá de él tu sonrisa: como ocaso de fuego revienta en mis ojos… El mar, su furia, tu furia, tus años, tus huesos que tiernos descansan en mis manos…

 

 

 

 

 

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Javier Cevallos Perugachi(Quito, 1976). Actor, dramaturgo, poeta, gestor cultural e investigador. Amante devoto de la ciudad de Quito. Ha publicado los libros de poesía La ciudad que se devoró a sí misma (2001), C (2005) y en teatro ¡Repúbica! / Danzante (2012). Desde 1999 dirige su propia propuesta escénica con el grupo de títeres El retablo del diablo ocioso y el proyecto educativo Quito eterno, desde donde construye una lectura de la historia e identidad ecuatoriana, a partir del teatro y la dramaturgia.

 

LLAKTAYUK

Hoy,

aquí,

en esta estribación de montaña,

en esta articulación de lenguaje

donde alguna vez estuvieron mis antiguos:

yo,

longo y más que longo,

rosca, rocoto, ango, runa,

piedra más dura que mi terquedad

solemnemente declaro que aún no

y que siempre quizá,

que todavía no soy

y, sin embargo, permanezco siendo.

Que me fui a volver,

allacito,

al filo del tiempo.

Yo, que hablo yankashimi,

lengua que no sirve para nada.

 

Kaykuritachumikunki?

 

 

 

 

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Siomara España Muñoz (Manabí, 1976). Poeta, catedrática y crítica de arte y literatura. Ha publicado los poemarios: Alivio Demente, Concupiscencia, De cara al fuego, Contraluz, Construcción de los sombreros encarnados /Música para una muerte inversa. Consta en antologías de Ecuador, Perú, México, España, Argentina, Cuba, Bolivia y Chile. Parte de su obra está traducida al inglés y francés.

  

ÉL Y YO

Éramos tan perfectamente inalterables

tan inevitablemente honestos uno a uno

tan humanamente inseparables

que era como si nos hubieran modelado con el mismo barro.

 

Éramos tan luminosamente estrictos

que amábamos los mismos gestos

los mismos iconos

y la absoluta perfección de la tallada piedra.

 

Éramos tan paradójicamente exactos

que se gastaban nuestras lenguas al filo de las madrugadas

hablando de los mismos dioses y discursos

que si Copérnico, Fidel, la metafísica

y nos amábamos sin señas

sin santos o blandones.

 

Éramos tan copiosamente imberbes

que gozábamos los mismos desatinos

y a la hora del encuentro

conocíamos  el exacto rincón de las caricias

y el punto G

de lo que eleva, ante el gozo del éxtasis humano.

 

Sabíamos de todo contra todos

y discutíamos espalda contra espalda

como endemoniados disidentes

ubicando la postura necesaria para ganar las guerras

siempre juntos

siempre uno

siempre aliados codo a codo

en la cubierta del hogar y sus marismas.

 

Éramos tan cercanos y perfectos

que abreviamos un detalle…

amarnos

en las mismas diferencias.

 

 

 

 

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César Eduardo Carrión (Quito, 1976). Ha publicado los poemarios: Cinco maneras de armar un travesti, Poemas en una Jaula de Faraday, Limalla babélica, Pirografías y Revés de luz, y los ensayos:´Habitada ausencia´: Historia y poética en la poesía de Javier Ponce y ‘La diminuta flecha envenenada’: en torno de la poesía hermética de César Dávila Andrade. Fue miembro del Comité editorial de las revistas Ruido Blanco y País secreto. Estudió Filología Hispánica en Madrid y Comunicación y Literatura en Quito. Es investigador y docente universitario. Cursa el Doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar. 

 

Primera psicofonía:

A la calavera de Yorick

Hamlet.-Deja que la vea. (Coge la calavera.) ¡Ah pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio; era un hombre de una gracia infinita y de una fantasía portentosa. Mil veces me llevó a cuestas, y ahora, ¡qué horror siento al recordarlo!, a su vista se me revuelve el estómago. Aquí pendían esos labios que yo he besado no sé cuántas veces. ¿Qué se hicieron de tus chanzas, tus piruetas, tus canciones, tus rasgos de buen humor, que hacían prorrumpir en una carcajada a toda la mesa? ¿Nada, ni un solo chiste siquiera para burlarte de tu propia muerte? ¿Qué haces ahí con la boca abierta?...

William Shakespeare, Hamlet, Príncipe de Dinamarca, acto V, escena I

 

1

¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?

¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras

hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?

Si es verdad, como dice el Evangelio de Juan, capítulo diecisiete, versículo diecisiete,

que Dios y sólo dios autoriza y garantiza la verdad del único Libro Sagrado,

¿por qué nos molestamos en leerlo tantas veces en voz alta y repetirlo

cada Domingo, cada Sabbat y cada fecha cercana al Ramadán?

Que se ocupe también de la llegada de la luz a las fronteras infrarrojas,

que anule, sosegadamente, la mutación de la ceguera en Efecto Doppler.

¿No sería mejor rezumar esas dudas en el silencio de alguna jaculatoria,

antes que empaparlas con tres millones quinientas sesenta y seis mil

cuatrocientas ochenta y nueve letras de pura especulación religiosa,

un poco de esperanza y, sin duda, toneladas de autocomplacencia?

¿Para qué escribimos nuevamente la crónica de la Noche Triste, si fue dichosa,

y si Hernán Cortés se quedó de todas maneras con más de una Malintzin

y si hemos vuelto a incinerar las carabelas cada vez que hallamos dudas?

Para qué, si no es para escribir un Canto General, travestido, que nos nombre,

mejor que los legajos borroneados por las manos de un cronista semi-analfabeta.

No te digo que no cantes, no silbes, no escupas tu verdad, de todas formas lo harías,

porque nuestras convicciones determinan la certeza y el error en igual medida.

Apenas te pido que pongas de nuevo tus labios en el lugar donde los dejó mi último beso,

sobre tus dientes y maxilares calcinados, casi impertérritos, que levemente me hablan.

¡Anda, Yorick, despierta! Como regresan las bellas durmientes del encanto de la muerte,

sin necesidad de conjuros, con palabras que labren el aire con incertidumbre y terror.

Recuerda que encargamos la preparación del vino de las consagraciones a un sacerdote,

al más inepto de todo el colegio dedicado a proteger las palabras del olvido y el silencio,

al idiota de la familia, que no sabe ni siquiera su propio nombre y duda de sí mismo todo el                                tiempo,

y sin embargo inventa motes y apellidos insultantes para todos sus amigos y parientes.

Les encargamos la propagación de nuestras sombras, amado Yorick, a los poetas,

como si no fuera suficiente encargarles también el peso muerto de sus propios cuerpos.

Algo tendremos que hacer, mi querido bufón, para librarnos de la acidia y de su labia,

tan mala compañía como el cigarro encendido en la boca del condenado a fusilamiento,

y así de redundantes y así de prepotentes y así de inofensivos estos versos,

cada vez que nacen, cada vez que habitan, cada vez que a alguien se le ocurre recitar:

“¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?

¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras

hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?”

Por supuesto, no lo sabes, porque entonces, no habrías muerto y estarías provocando

explosiones de risa en este íntimo auditorio, donde sólo se escuchan bostezos y,

muy de vez en cuando, alguno que otro gemido, alguno que otro llanto…

 

 

 

 

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Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977). Ha publicado: El Libro de la Desobediencia, Carni vale, Labor del Extraviado, La Bestia Vencida, Fundación de la niebla, Demonia Factory, Monsieur Monstruo, Los diarios sumergidos de Calibán y Viaje de Gorilas. Ha merecido los reconocimientos: Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2002. Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín, 2007. Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade, 2008. Becario del Programa para Creadores de Iberoamérica y Haití en México (FONCA y AECID, 2009) y La Mención Especial del III Certamen de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira, 2011.

 

[Giro 326: Harry lee un Diario de la Tierra llamado El Universo]

La cebra que aparece cuando morimos es la vida destajando sus colores como un barroco deshilado en pleno globo aéreo. 

Alguien trata de derrocar un gobierno en Sudamérica. Usted no conoce la fórmula para curar el cáncer; y un periodista es degollado en Afganistán como una gallina. Nosotros seguimos viajando; mientras las ondas, garabateados puntos y guiones de tacones de plomo, impregnan de permanencia ficticia las casas terrestres.

Este planeta se calcina o se enfría, nadie entiende esto; y el feto de una niña pequeña es encontrado en el inodoro de un colegio católico. Tres hombres armados con cabelleras y uñas postizas han asaltado un banco, con los ojos llenos de anís, de una ciudad alemana. Alguien habla de ese pañuelo amarillo de una rara enfermedad que arrean los cerdos. Y han descubierto que el dolor corrige el orden.

Si alguien llora en el África, un huevo de oro salta de pronto de la boca de un banquero suizo y un indio del Amazonas compra zapatos. Cada uno agita su cajita de carne como una yegua ciega. En apretada subasta un holandés pierde su pene para ejecutar pictóricamente la última cena; mientras la mayoría de los billetes de un dólar tienen residuos de cocaína en los Estados Unidos.

Todos los homeless del mundo saben que la brisa de marzo es un jardín degollado.

Hay cadáveres convocados en todas partes con el propósito de pintar un pensamiento. ¿Cuál es este pensamiento? Nosotros seguimos viajando.

            Aunque a veces me pregunto si el poema no es otra cosa que una intención rota. Una zona cerrada por el otro donde nada es posible. 

 

 

 

 

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Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979). Periodista, escritor y catedrático. Ha publicado 10 poemarios. Ha ganado varios premios nacionales de poesía y de cuento. Editor de El Quirófano Ediciones. Su obra se ha traducido a siete idiomas. Miembro del grupo cultural Buseta de papel. Director del Festival Internacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño que se hace en Guayaquil.

 

 

LOS ENVENENADOS

La serpiente de la palabra

es una enfermedad agónica

en nuestra lengua.

Es mi debilidad

mi dolor que no es un simple dolor

un túnel indescifrable.

 

Me entrego a este vuelo luminoso

que no es una simple trayectoria lineal

de ave o rayo,

es algo más desenfrenado.

 

La serpiente de la palabra

no es simplemente un reptil

que se divida en símbolos

significados y significantes

al oído de los mortales

que vivimos espiando sus huellas.

Tengamos precaución

de no morir envenenados

que todavía hay luz y no todo es noche.

 

 

 

 

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María de los Ángeles Martínez (Cuenca, 1980). Magíster en Edición. Licenciada en Historia. Libros publicados: Trasnoche, Trozos de Vidrio, Subcielo, Un Lapso de Impiedad. En conjunto: Nadie nos quita lo bailado y Aunque bailemos con la más fea. Consta en destacadas antologías nacionales e internacionales. 

 

ESTUDIOS SOBRE LA VIOLENCIA (TRASNOCHE)

mi rey

ven

presencia

el homenaje

 

voy a quemar

dos decenas

de gatos

claros-vivos 

sé que sus alaridos

 conseguirán 

el premio

tu sonrisa 

 

mucha fiesta

muchedumbre

pero igual 

encontrarás 

erecto

fácil

mis ojos

prendidos

a ti

sus hogueras

dobles y triples

 

la ciudad es luz

que no conozco

y conoces

 

me entrego 

y froto

toda 

en ceniza felinafeliz

 

maúllo mascullo lamo

 

incineradas

(de paso)

las noches

de otros siglos

en que gemía 

sin saber tu nombre

en que gemía

sin saber 

 

 

 

 

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Fernando Escobar Páez (Quito, 1982). Poeta y narrador. Ha publicado los poemarios Los Ganadores y Yo (2006) y Escúpeme en la verga (2013), así como el libro de micro relatos Miss O’ginia (2011). En la actualidad se desempeña como periodista en las áreas de cultura y política para diversos medios del país. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, alemán, francés, portugués y catalán. 

 

DESECHABLES

Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios,

dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos,

lo que hace que estemos muy cabreados.

-CHUCK PALAHNIUK-

Como el condón nuevo que me puse

cuando no se me paró bien la verga

pero igual hedía

o las cintas y medallas

que mi madre colecciona

para no recordar

el desempleo crónico

del que fue mejor alumno del curso doce años seguidos

revistas porno ochenteras

que mi padre no bota

porque todavía tiene sueños.

Ponerse la camiseta del equipo de fútbol

justo el día que pierde el invicto

con autogol del héroe de la infancia.

Poemas malos que hice

porque la chica de la que me enamoré

prefiere que escriba sobre el ano de Las Otras.

                                                                         (jamás sus ojos)

Más feo que gárgola de iglesia pobre

o año viejo sin camareta,

el vecino de la tienda

me fía la mitad de lo que necesito

igual, le agradezco

pudo ser peor, como

Vicky, la “niña maravilla” de la tele

hoy vive en un remolque.

Fingir voz de robot no le sirvió de mucho

cuando quiso incursionar en films tres equis.

 

Pero no todo va tan mal:

El tipo del shawarma donde me embriago lunes en la mañana

es mi amigo.

Me deja comer con las manos, usar el baño

y no apaga la radio

cuando estoy llorando.

 

 

 

 

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Fabián Darío Mosquera (Nació en el Urabá colombiano en 1983 y se radicó en Guayaquil cuatro años después). Periodista de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, Certificado en Teoría Crítica por el Instituto de Estudios Críticos 17, de México; actualmente pertenece al programa de Maestría en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Textos suyos, entre poemas, ensayos y trabajos periodísticos, constan en diversas revistas, muestras y antologías hispanoamericanas.

 

VII. NOCTURNO (FRAGMENTO)

Como viruta para la ingesta sacerdotal, del cenicero

se levanta el aroma a ostras de láudano, todo

un lote depredador de tu quicio

célibe

A diestra y siniestra del catre, los preservativos anudados (oropéndolas

que de la des-cabeza levanta LA mujer) embalan

la hiel -según dice-; el descentramiento -sonríe-, sus

pechos inapelables como mesías pretorianos; las palabras

estrechadas en una sola tumba; porque al fin, y en silencio,

te has levantado de la esbelta butaca de estiércol has vendado

con lumbre la llaga hija de una labor de serrería, siempre

al verla ensogar a sus pulgares una penumbra

ambigua como la sal en que se tuestan las nutrias en que se abrocha

la médula

delos Balcanes

Ancestral penumbra, azuzadora y secreta

pues qué otra cosa

puede hacer la escritura sino rasguñar

alimañas de fósforo imitando a la hierba

retráctil del más enervado

abrevadero; qué otra cosa

el rostro

como una biblia de neón, o aceitunado

por la linfa del fermento

y sus crudas floraciones

Noche como aquellas

en que locuela jesuita eran las encías entrechocando sordamente, y hermoso

palpitaba el rascacielos ahora reptilado por un viento

disléxico,

por un apocalipsis

de bolsillo

Abandonas el villorrio / piensas   : “He de volver

a las playas

donde los barracudas excoriaron las células bastardas de mis talones

mientras mi cuerpo flotaba

como una hoja de afeitar

aún empapelada

(precautelándose, su luz, de cualquier tajo. Muy sabia)”

Avanzas, basculante, y un instinto frondoso esgrime

conversación :

Ah, cuando detrás de ti, enmugrecidos de septiembre, los robledales

frotaban en su cuajada cresta dos gallos de papiro y un viento

como salutación del Führer hacía trotar las hilachas, cuántas

veces no volteaste sobre tu hombro, pensando que se venía la piara, el seco chapotear

de las pezuñas, y encendiste un cigarrillo que al instante se extinguía  / pómulo

negro que deja, apenas, LA enervante zozobra, el eco

de la tumba estupradora de tráqueas y tímpanos donde ya no barrena el abucheo

ni el goce 

 

 

 

 

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Víctor Vimos (Riobamba, 1985). Ha merecido, entre otros, el Premio Nacional del Fondo Editorial para la Publicación, categoría Poesía (Quito, 2012) y el Galardón Benjamín Carrión al Mérito Literario (Riobamba, 2011). Libros suyos han aparecido en Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Reside en Lima donde colabora con la prensa escrita y la investigación.

 

plegaria del hijo vencido

 nunca más la noche,

 siempre la estrella disolviéndose en la mano, la orilla donde la sal ha derrotado los huesos, la pólvora atascada, espiga de infierno, en el corazón,

 madre,

 no queda lugar para la ternura en mi nombre, los cuervos han nevado sobre mis ojos, solo el eco de la marchitez guía los pasos, solo eco de la marchitez como una campana destrozándome el lomo, enterré al hijo lejos de tus encajes para que no atestiguaras su descenso, furiosa caída en la que tragándose los paisajes y los soles, terminó como el sedimento que envejece las cavernas,

 nunca más la noche,

 siempre una sábana de bruma donde escribirte colores, un pedazo de papel para imaginar que beso tu rostro de agua,

 madre, no queda lugar para la ternura en mi nombre,

 la casa está consumida por la inmundicia, las agujas del tiempo han arrinconado mi sombra al precipicio donde espero tu regreso, tu mano de menta, tu olor a tiza herida, demasiado tarde descubrí mi parentesco con tus sueños, ya era un hombre que masticaba animales con mis nudillos, un hombre solamente, madre, frente a la violencia de otras voces, tuve tiempo para escupir sobre la inutilidad de los recuerdos y lo malgasté recreando la infancia de lo ajeno, no quiero la sangre que emana de mi boca, la herradura que cargo en las cejas como decepción eterna, un hombre solamente con las manchas de un abrazo intentando sobrevivir al diluvio,

 nunca más la noche,

 enterré al hijo, madre,

 no queda un lugar para la ternura en mi nombre.

 

 

 

 

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Yuliana Marcillo Mirabá (Chone, Manabí, 1987). Poeta, narradora y periodista. Co-editora del diario manabita La Marea. Poemas suyos se han publicado en diarios, revistas y antologías impresas y digitales. Ex integrante del Taller literario Soledumbre de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí. Ha participado en algunos encuentros de poesía joven dentro de Ecuador. Coautora del libro Soledumbre (Mar Abierto, 2009), autora del libro No deberían haber mujeres buenas (2011), fue parte de la antología Palabra Nueva (2012).

 

 

DÉJENME SER LA BALA

Mi vientre que no besas reclama en las difuntas noches.

Voy contra lo patético
Porque no tengo tiempo para consentir amores engreídos
Porque besos con lujuria encadenan la casa
Esconden el agua y envuelven la soledad en sonrisas frescas.

Si esta es una guerra, déjenme ser la bala.
¿Dónde se marca la diferencia si todos tenemos hambre?
Buscamos la presa más gorda, a la misma hora después de clases,
Ellos en la cama, nosotros encima de libros.

Tú le estás dando por la vagina y yo me estoy dando por los ojos.
Porque no duermo ¡maldita sea!
Privo la rutina con tal de escaparme.
Y es que ahí, en medio de tantas letras, me encuentro conmigo misma.
Demonia que chupa el agua bendita de una Pilsener
Que mastica a la agonía cual chicle viejo.
La vida se convierte en una masa,
Se aferra a un zapato viejo y se va secando hasta quedarse en nada.

¿Se da cuenta señor?, no se trata de una estrategia, para eso está el Gobierno.
Lo que salta de mi ventana es el insomnio,
Las consecuentes imágenes del Kamasutra que pasan por la tele,
A las diez y cuarenta y cinco, hora en que los niños sueñan con piernas,
Hora en que yo me cuestiono: la sombra o el credo.

Libertad o sangre, me dices.
Poesía o muerte te digo yo.
Que sea la muerte entonces, deja que ella venga despacito.
Se disfrace de Dios y nos embriague de placer.
Deja que termine en mi ombligo y limpie los canales que vomitan pescados.
Y desde allá arriba gritaré que te odio y dañaré mi himen a puñetazos.
Porque nadie merece manjar sin antes probar el infierno.
Porque no es cuestión de meter y sacar, si de todas formas me dejas jodida.

 

 

 

 

 

*Aleyda Quevedo Rojas, (Quito, Ecuador, 1972). Poeta, ensayista, periodista y gestora cultural. Lleva publicados los libros de poesía: Cambio en los climas del corazón, La Actitud del Fuego, Algunas rosas verdes, Espacio vacío, Música Oscura, Soy mi cuerpo, Dos Encendidos, y La Otra, la Misma de Dios. Mantiene inédito el poemario: Jardín de Dagas, y este año aparecerá la Antología Completa de su Poesía bajo el título: El Cielo de mi Cuerpo. Sus poemas han sido traducidos al francés, inglés y portugués. En 1996 con su libro Algunas rosas verdes recibió el Premio Naciona


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