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02 Oct 2013 / 12:40 pm

Nota y selección por Jenny Bernal

El mapa de poesía colombiana tiene tantos territorios que no debe ser extraño encontrar dentro de ese recorrido voces como la del escritor caleño Julio Alberto Balcázar. Con una evidente lectura de la corriente Nadaísta y una apuesta poética particular, como tal vez en su tiempo la tuvieron Luis Vidales o Raúl Gómez Jattin, surge una voz que se aparta del tono predominante en muchos de los poetas colombianos contemporáneos. Leer a Julio Alberto es aventurarse a transitar por una poesía narrativa la cual carece de pretensión formal, y surge naturalmente en voz de un poeta que está tras un personaje y habita en una ciudad del tamaño de sus desidias. En la poética de Balcázar la palabra se teje con hilos que atrapan fácilmente al lector, es casi imposible separarse de ella, sus versos invitan a seguir su dominante cauce. Con varios reconocimientos nacionales en su inventario, Julio se perfila como uno de los autores más interesantes de la actual poesía colombiana. Los invito a su lectura.

 
 
 

De Los últimos días de Robert J. O´Hara

 
 
 

Cinta magnética y un paquete de cigarros
 
Del sepulcro al aire, salto y soy las 32 costillas de Mayo
De una tal Robert J. O’Hara (antiguo náufrago en un vagón de tercera).
Preguntad por mí en la taberna, que nadie ha matado Nazis como yo.
¡Mirad, mirad mis manos! Cómo alzan solas su vuelo.
Ellas van midiendo la ausencia en hueso. Ciertamente son hermosas.
Hilan el agua y traducen a las aves migratorias.
Desnudan mujeres. Entierran hijos.
Las manos que nos traen sombras y futuro, son juguetes del diablo.
Un día se apagarán como una lámpara bajo la tormenta.
¡Aún es temprano, hoy que vengo sonámbulo de unos labios!
¿Ya veis cómo me he puesto a regañadientes la piel?
Resucitado tengo el tuétano en agua caliente; más alto florece así el cadáver
Ebrio y su sombra, que va probando la resistencia del viento.
Siempre habremos de subirnos una vez más al mundo.
Tantas en un solo día; os lo digo yo. ¡Bienvenidos sean todos al carrusel darwiniano!
La gente exclama con desconfianza al verme pasar:
“Mirad, ahí va el muerto de O’Hara”.
“Viene del sexo de Justine, su cuerpo sin peso lo delata”.
¡Oh!, tanto es cierto, que conozco gente cuya reputación no empalidece a las flores.
Gente con paraguas, con tos y sin vacaciones. Quijotes rutinarios
De manos tempranas. Gente acaudalada en sudor.
Sencilla parentela que me honra al compartir contados átomos de vida conmigo.
Dulce Justine, quizás merecías algo mejor que estos versos.
Holly O’Daniel, vende frutas y alquila sus niños.
Patrick, el carnicero; envuelve el corazón de una vaca en papel periódico.
(Con la noticia de alguna guerra).
Su delantal y sus manos siempre están rojas, como si estrangulara rosas.
Es un hombre inmenso, con una sonrisa estúpida y amable que yo amo.
Que quisiera conservar para otro entierro.
Os digo: conozco gente. ¡Con todo el horror que esta frase encierra!
Tantas son las maravillas del mendigo:
Ahora mismo podría dormirme en cualquier pestaña.
Contemplar desde allí las luces de la ciudad, y más allá el puerto
Danzando en el aire helado de las 2 de la tarde en mi isla.
Me gusta ver los pájaros soltar los hilos que los atan a la contingencia de las nubes
Mientras cae la primera lluvia del otoño.
Para limpiar con ella mis 8 vértebras, y ver regresar los buques
Cargados de hombres que vuelven del exilio, con las valijas llenas de una patria
Inventada. Con música, y fotos de edificios muy altos.
Es bella la madruga del retorno; hay un rostro imperfecto que me espera.
Rostro matutino de difunto feliz; ahora trapecio del rocío, de la bella Justine
O de cualquier otra mujer y sus tactos.
En los mapas de mis arrugas, como desnuda fécula de whisky,
Guardo el horror y la belleza del mundo. Queridos paisajes de promesa callada
Como un secreto bosque de mástiles rotos.

 
 
 

La canción de Constantinopla 
 
Yo velaría el descanso de estas gentes que de pronto se mueren, como de casualidad
Se sufre y se ama, sabiendo que todas las Ítacas están perdidas.
Son ahora las 6 en mi isla; alguien alguna vez me dijo cuando era chico:
“Busca donde anda la palabra sin su boca”, y vino entonces el diablo en persona
A escrutarme en un Volkswagen, para llevarme a recorrer el mundo.
Todos saben que la memoria miente.
El aire está lleno de símiles del tiempo, y es moneda corriente el sueño que nos arrastra
Volando el techo de nuestra casa; mas, hoy esto es cierto:
Que soy millonario en pulsos atorados entre el adverbio y el calcio.
Esto es evidente, y soy feliz; feliz porque voy colgado de los mástiles de las iglesias
Con una flor atorada en el ojal del esternón, izando las nubes.
Siempre es mejor padecer la belleza, a ser un muerto quejumbroso.
La rabia terrena bajo mis uñas, la voy soltando en papeles que archiva el tiempo.
No puedo ser otra cosa que un hermoso esqueleto
Con una flora dental de 22 piececitas nicotinadas.
Las siluetas de un crimen, un recién parido del sexo de una mujer;
Como un minero ensangrentado, sin párpados para cerrarse el sueño esta noche.
Vengo con el mundo encorvado
Apretando una paloma entre las mandíbulas desencajadas.
El diablo puso una tarde polvorienta en Sonora, una piedra en mi mano, y me dijo,
Luego de besarme amorosamente la frente:
“Sobrino, he aquí todo el misterio”.

 
 
 

Strip-tease de una mujer de 40 y tantos
 
Yo he entrado al cuerpo de esta mujer, a eso de las 6 de la tarde, y no he visto
Más que maravillas: los átomos sedimentados en una sonrisa.
Liberadas las cosas de la ficción de años tempranos, todo brilla ahora con su belleza.
Esta mujer aparece de cuerpo entero en el aire, con todo y el exceso de grasa.
Divina en la caricia, que es su único vestido.
Pulgada por pulgada, puede hacer tranquilamente el amor con los tacones puestos.
Si le dicen puta, o romántica, poco tiene que ver con sus senos que van jugando
Con la gravedad. Ya no tiene dudas. Es diáfano su deseo de placer.
Las horas no traen domingos frente a la tele, ni desayuno en la cama.
No hay hijos colgados de cada gemido. Su vientre sólo alberga la dulzura
De lo que se extingue con la pasión.
Es guapa porque goza pariendo un sueño. Porque tiene estrías y ha visto el mar.
Sus nalgas son firmes, con los tatuajes juveniles que se descubren
Bajo la falda de colegiala.
Liberada del miedo, anda ligera de razones para su sudor.
Sin recibos de tintes para el cabello.
Es bella, a bocanadas de sus besos.
Los años han entrado en ella, como yo para poseerla, y no han podido escapar.
El perfume ya no miente, el jueves es su condena,
Cuando usa medias veladas, y el rimel anda pidiendo a gritos, un alma para la noche.
Los silencios incómodos casi siempre anteceden la lluvia de su piel.
Su risa es el strip-tease perfecto, donde sólo queda el puro amar en labios pintados.

 
 
 

Terminal de buses entre las 3 y Las 5 pm. 
 
Todo es máscara, Heráclito, y un solo fluir de cuerpos que son mi cuerpo.
Un solo fluir de nombres, viejo amigo, y tantas máscaras.
Por este cuerpo que transita mi cuerpo, todo es tiempo encallado en mis párpados,
Segundos, horas, instantes, tantos instantes;
Milésimas de cuerpos que se arrojan al vacío, con tantos y tantos nombres,
¿No habrá uno que se llame Alberto Caeiro? Ciertamente.
Todo es máscara en esta barahúnda de pájaros que saltan de la punta
De mis dedos, a la noche que es máscara, a la lluvia que es máscara,
Al silencio que a todos nos ata con un mismo hilo plateado de hijos suyos,
Para este solo fluir, anciano, este transitar en caída libre,
A 100 kilómetros por segundo, desde otra máscara universal, que estalla
En miles, que agita la corriente y amenaza romper los remos.
Todo es un solo ir, mi confidente, por este río eterno que resume todos los días
Del tiempo, donde aún arden las ciudades.
No hay otra cosa, digo hoy, en algún punto del espacio, y en seguida callo.
No existe más que esto, y esto es nada, apenas un soplo, nuestro hogar construido
Sobre la piedra del aire, en la arena del pensamiento que todo lo cubre.
Enfermos todos, creemos atisbar las luces de un puerto,
Pero no hay puerto, ni mundo, solo máscaras, amado mío, máscaras que se quiebran
Como pompas de jabón; que van levitando en la levedad de nuestros cuerpos;
Y tantos cuerpos que somos en uno solo, tendido sobre la hierba,
Alguno habrá que se llame Robert O’Hara.

 
 
 

Madrugada de 1993
 
Este es mi rostro de todos los días, incluidas las nubes.
Menos una costilla, dos párpados y un motor por nariz.
Labios, manchas, mapas, noviembre en los pómulos, mamífero en la tristeza de los ojos.
Dos fosas nasales, tabique roto, alguien en las pestañas.
Este es mi rostro por el que entro cada noche en mi espejo y me afeito.
Rostro por el que atestiguan gentes conocerme.
Hay archivos míos, folios y fotos que dan cuenta de mi mentón y mis cejas.
Pero hay días que no me reconozco; días que paso de largo por la calle sin saludarme.
Sin entender del todo a qué vienen estos rasgos usados.
Quizás sea que me despierta la nieve bajo mis párpados; tal vez la voz miente
Algo de sus colores, y no queda rastro en la pupila de tu cuerpo.
Entonces dudo, porque no hay rostro mío que no sea un rastro tuyo.
Tú eres lo evidente en cada fragmento de carne. Tú me delatas cuando huyo de mí.
El mentón te ha visto boca abajo tendida en el sillón,
La curva de tu espalda continúa el arco de mis cejas.
Así que ya no puedo decir con certeza que este sea mi rostro definitivo.
Una página que me espía dice: “toda incertidumbre, es semilla de libertad”.
Y tal vez mañana olvide alguna calle en mi frente.
O quizás puesto tu sabor en mi lengua, haya que empezarlo todo de nuevo.
El aire, la sombra, la misma raíz del fuego y la etimología de las alas de los pájaros.
Entonces este rostro no sería más que un encuentro, otro más.
Acaso una de tantas casualidades del amor, como lo es el perfume, o enero.
¿Podría decir que este rostro con el que te amo es mío?
¿Podría decir que soy dueño de él, o que permanezco al acecho de algo vivo?
Mi rostro no sería más que una emoción, un molde para tu risa.
¿Quién nos presta estas formas que en silencio nos llevan y en silencio nos abandonan?
Imagino que existe algún depósito donde se reparan los desperfectos
De las estaciones (una hoja que no cayó, una ventana sin luna, un viento que no
Encuentra la dirección y las palomas que pierden sus itinerarios); allí creo
Deben estar las manos sin caricias, los nombres de las nubes, y las partes simples
De todo rostro cotidiano… Eso creo, e interrogo al timbre de mi puerta.
¿Ves que no sabes a quién miras? Y acaso cuando lloras lo intuyes; porque lloras
Pedacitos de peces que mueren en la escalera, bajo la luz de la bombilla; y tal vez no se
Te haga raro encontrarme en la portada del periódico,
Sosteniendo un facha de normal algo sospechosa; mientras tú renaces tu cuerpo
En la mañana, con los semáforos, en rojos de tu boca.
Acaso alguna de las mujeres que te habitan sepan la verdad: de qué miras
Cuando miras esta débil armazón que se diluye en la palabra que la nombra.
¡Ah!, que dulce es la máscara con sus costumbres.
Hay días en que no me reconocería en la calle, madrugadas ajenas que de pronto
Aparecen colgadas de mis encías, y me duelen, porque no estás,
No hay huella tuya. Entonces fumo, huraño, prostático con un plomo por ombligo,
De a pie o en automóvil, pero a toda prisa,
Buscando ese depósito de rostros para regresarte con el resto de mis complejos,
A este desorden de papeles que me hacen reconocible a tu más cotidiana luz.

 
 
 

¡Salud y sufre!, pedía el poeta 
 
¡Salud y sufre!, pedía el poeta César Vallejo, o alguien en su nombre
Mientras atestiguaba el silencio, hundiéndose de bruces en el viento, como un acorazado,
A golpes de trompeta, desde las alturas de su tristeza, a puro hueso pelado
Para sentir la vida en sus dolores de parto, abriendo puertas
Como un loco, estallando en hojas su mirada, en niños el aguacero.
Este próximo verano cumplirá 5 años, con todo y el tacto, y la sintaxis de sus besos
A estos hijos suyos que vamos como ciegos.
Porque para sacudirnos el cielo de la frente hemos nacido mal, para sobrevivirnos
En amarillos de girasoles, en plena alba de un día perdido entre los días,
Con semanas padecidas de cuerpo entero por esta piedra
Que nos llama, repercutiendo en costillas este amor con húmeros y pantalones.
Para gritar en la plaza, cual termostatos de estrellas, y no dejar intactos
Ni la parte ni el todo de nuevos giros de pecho; antes por el contrario, soltar la risa
Desde el ombligo de aquel animal que somos, que fuimos…
Que hoy nos brinca a la cara, ¡que nos esconde los cubiertos!
Devenir átomo ebrio, secretamente Darwiniano por cada palmo de su sueño.
Molécula festiva de siglos de evolución y sin un rasguño; hasta ahora,
Que la corriente rompe los ataúdes, y salen nuestras espaldas al sol, y hay lunes
Para morir después, y en lo repentino alguien canta.
Salud y sufre, pedía el poeta; genial pasajero del apesadumbrado cuerpo,
Por el que habitó y se dejó habitar
Por alguien llamado César Vallejo.

 
 
 

Podéis decir que Robert J. O’Hara amó a una mujer 
 
Podéis decir que amé a una mujer alta como octubre,
Con sus lentas tardes de tedio y sus calles que se le enredaban en el cuello.
Podéis decir que tenía los pezones duros en una cabina telefónica.
Que tantas manos tenía, y que una a una del bolso las iba sacando.
Algunas traían nuevas siluetas, como un sueño sigue a otro,
Y en el teatro la luna se ve más cerca.
Dos necesitaba para endulzar el café, la izquierda
Para los labios; otra para predecir la caricia, con todo y el meñique curioso.
Credenciales de vida que se caían con el vestido.
Costumbres y parientes, trajes, olvidos, comunismo y Dios en la cruz.
El divorcio de sus padres, el suicidio, los crucigramas,
La patria, este sol 2 centímetros más alto, todo esto es lo que somos,
Aquello que nos trajo el uno al otro con la foto del pasaporte;
El perfil de nuestros días transcurridos en tantos amores extraviados,
Que al cabo de 3 whiskys ya compartimos.
Pero es esto mismo, corazón solitario, al alba de cada presente que resume nuestras vidas
(Incluso el amor con sus ritos), lo que mañana mismo puede separarnos.
Ella me lo enseñó con un golpe de valija.
Decid mejor que Robert J. O’Hara amó a una mujer, sencillamente,
Como un mortal con azar y jueves. Decid que la trama se teje sin nuestro consentimiento,
Siempre al vuelo, y que somos los dueños de un humilde lote baldío de rosas.
¿Por qué habría necesidad de más?

 
 
 

Hoy no soy más que tristeza 
 
Hoy, repentinamente, me he detenido en mis ejes subcutáneos,
Suspendida la digestión, quieta la rueca torpe de mis maxilares.
Sin previo aviso, he tornado pálidas las mariposas de mi ceniza, este lunes.
Vuelta de revés la lluvia, escupiendo sus taxis y sus sombrillas,
Incluso el granizo de las palabras que alguien me venía
Dictando en el aire metálico, cuando de pronto he tenido la imperiosa necesidad
De asomar mi frente en el río del tiempo
Corriendo por el cristal de las vitrinas, y he gritado: “¿¡acaso esto es todo!?”
Y me he echado a llorar niños en el andén.
Hoy no soy más que tristeza, desde el tuétano hasta Dios.
En lo altamente meditativo del pavimento donde vuelan las colegialas.
Desde el aterrado sístole de la sombra, hasta la penúltima raíz
De mis 324 dedos, hoy no soy más que tristeza.
Con las mil y una noches, los telescopios y los astronautas.
Con el cadáver de Marilyn, con Ginebra, con Kioto y con vodka,
Yo le digo a mi cautivo: “ya veo este dolor que te crece, ya lo sé, respira”.
Pero este oxigeno no es mío, tampoco la almohada,
Menos aun la barba; nada alrededor, ¡fuera el cuerpo!, todo sale en Borges cansados,
Quejándose de demasiada luz, a 32 revoluciones por minuto,
De una mujer que no me ama, que nunca tuve… De haberla tenido,
Al menos por esta sencilla eternidad entre el trabajo, el odontólogo y la risa,
Tal vez algo podría haber remediado de nuestras costumbres.
Sé que no; es tarde, lo que nos ocupa es otra cosa, algo guardado en el terciopelo,
Entre el antiguo Egipto y Roma; pero más allá del fuego, de las espadas y los planetas,
Algo que concierne a los travestis de la avenida Libertador,
Algo que sube desde la saliva, y nos grita a partir del pubis, en las llamadas
Telefónicas, y desde Edipo hasta el cementerio de Westwood.
Tal vez sea la náusea de Sartre,
O el “sucede que me canso de ser hombre” que dictó un pájaro en el viento,
Poblado de figuras misteriosas en Chile; o un simple resfriado…,
No lo sé, no lo sé; sólo puedo decir que hoy no soy más que tristeza.
Discretamente, pero a voz en cuello,
Lo digo de perfil, y aun después de bañado y perfumado.
Hoy no soy más que tristeza; no tanto el ojo,
Como los omoplatos doblados con las camisas; no tanto quizás
La duda cartesiana, como el dolor en los nudillos.
Este peso vertical de años de evolución y para qué; aquí sigue Robert O’Hara.
Me aprietan los zapatos; sí, y aún nos sobreviven los sauces y el amarillo.
Algo de Van Gogh; Frida-querida; pero todavía la muerte,
Todavía el hambre, la metralla, las bombas; el abrazo ocasional, sí,
La humedad de la mujer, sí, algún heterónimo que Pessoa se olvidó de matar
Con su propia muerte; y todavía el deshielo,
Los tanques, todavía esta suerte ciega, este andar a tientas, y yo y mi tristeza,
Y no saber qué hacer o decir, o cómo recuperar la postura y salir al mundo.
Cómo tener citas, hábitos saludables, horas de sueño.

 
 
 

Jazz con comida china 
 
Bailar Beatles reduce la expectativa de vida: lo dicen científicos vieneses.
Está en la Biblia. Siempre se corre el riesgo de sufrir paranoia en los talones.
Liar porros sin amor y sin sexo, da mala digestión y mal aliento.
Dormir en posición horizontal es no tomar partido en la lucha de clases.
Psicólogos bolivianos están de acuerdo: lo mejor es dormir colgado del techo.
Es recomendable, jamás, bajo ninguna circunstancia,
Negar un beso a un completo desconocido.
Las leyes de la física alientan esta teoría de la promiscuidad
Como método anticonceptivo para reducir la paz mental.
Vea televisión hasta tarde. No deje nada para mañana.
Está comprobado, ahorcar ortondocistas reduce el estrés.
Así que déjese florecer una caricia en la nuca, y llore todos los santos días del año.
Ya verá cómo se vuelve loca en un par de semanas.
Si escucha Beatles, fuma, si fuma, apague sus cigarros en el misericordioso más cercano.
Hágale un favor, inícielo en el vicio de las gaviotas, tórnelo cliente recurrente de sirenas.
Satúrele las venas con Ketchup, y los oídos con una descarga de la Fania All Stars
(New York/ Verano/ 1975)
Nutricionistas alemanes aprueban el desvelo, el desvío, y el robo como rejuvenecedores.
Sea tonta, agresiva, baile Beatles. La vida es triste y fea, pero toda nuestra.
Hay cerveza y certezas que nadie usa.
Son hermosos los pájaros negros que sobrevuelan nuestros sueños.

 
 
 

De Madison Avenue para un enero salvaje
 
4.
¡New-York, New-York! Es para ti: “gorrión” (¡y hasta las estrellas!,
Que se descongelan en los teatros).
Esta ciudad es tuya, junto con ese muchacho apuesto que rasga torpes
Melodías “folk” en su guitarra (su amor empezó
Como tantas cosas, en una tienda de empeño, con un rostro robado).
Él lleva los bluyines rotos (a la medida de todos los andenes en tránsito),
Y su estuche abierto, para que eches, como al pasar,
Una moneda reluciente con más de dos caras, dentro del terciopelo rojo,
Mientras saca acordes con tos, y te cuenta de aquella triste, triste historia
De un pobre diablo que se arrojó del puente “George Washington”,
Con una mentira de hojalata atada al cuello.
Ese muchacho también es New-York, viviendo round a round la humedad
Del techo y las grietas en los dinteles,
Por donde se escapan los fantasmas y guarda el traficante su “mercancía”;
Soportando los gritos apagados en la “suite” contigua,
Y las discusiones en la escalera, con las bellas damas yonquis
Desmayadas en el pasillo, con el rimel corrido.
Cómo no va a ser él también New-York, lo mismo su guitarra,
Que duerme a pierna suelta en su estuche junto al colchón,
Velando la artritis recurrente en los sueños de su extremidad más triste,
Que arrima cerca de la estufa, buscando algo de calor.

 
 *****
 

Julio Alberto Balcázar

Cali, 1984. Profesional en Filosofía y Letras. Actualmente realiza estudios de Guión en Buenos Aires. Entre sus libros están Vicios de Soledad. Manizales: Centro Editorial Universidad de Caldas (2006) y Últimos días de Robert J. O´Hara. Cúcuta: Secretaría de Cultura Cúcuta-Norte de Santander (2011). Ha recibido las siguientes distinciones: Primer Puesto Tercer Concurso de Relato de Crimen, Medellín Negro; Primer Puesto del XII Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus (Cúcuta, 2010); Primer Puesto del V Concurso Nacional de Poesía José Manuel Arango (Carmen de Viboral-Antioquia, 2008); Primer Puesto del Festival Nacional de Poesía XXIII Encuentro de la Palabra (Ríosucio-Caldas, 2007), y finalista de los concursos de Poesía, Festival de Arte de Cali (2007), y de Relato del Ayuntamiento de Alcobendas, España (2007).

 
 


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