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01 Ago 2014 / 07:40 am

Por Hellman Pardo

 

Álvaro Miranda suspende la mirada en un pájaro. El pájaro le mira y, como en una estación olvidada, repliega sus alas y abandona su situación de aire. Es ahora Miranda quien se suspende en los ojos de otros ojos que nada miran. Así avanza su poesía: construye caminos donde antes solo quedaba polvo y ceniza.

 

DÍA DE VER LA DIOSA INDIA SOBRE LA POPA LLANA

Tú, diosa de Tamalameque, que en las aguas del Ariguaní, fulges como boscaje desde la toba caliza de las ninfas que transparentan el relincho de las yeguas y que traes entre tus proezas la de distinguir a todas las hormigas según la carga de las hojas, no olvides aclimatar entre tu silencio al tigre que sesga de prontitud la luna sobre el himen caoba de la nao, al tigre que ha rugido en las aguas pantanosas de la victoria regia o en el climaterio que hace rosa el último vino oscuro de las indias viejas.

Protégenos de la viruela escarlata, blanquea nuestra piel con la cal que los sepultos traen desde el terror de sus olvidos, e iza entre el rumor de los alcaravanes los lamentos de los que, ají en boca, muerden con rabia la magia de los coronados con tiaras de embrujos entre la luz que picotea el tominejo.

Ampáranos de este calor que desaliña la gorguera y se adentra entre los escalofríos de la fiebre como carne encendida en carbón vegetal. Disipa las garras de amaranto, aquellas que rastrillan el orín del tigre en las proximidades del canto de los gallos y llenan de terror los pensamientos que se asan entre las cotas de malla.

Aguza entre las herraduras rotas el penúltimo soplo de las forjas, el mismo que ha salitrado el jabón de seda de Don Gonzalo y así, sólo así, Ihilla, permite que el primer burro carguero que ha pisado América, nos reparta con su rebuzno lo ígneo en este infinito que se posa bajo las patas de una ovípara cuerva. Mueve, oh Ihilla, el rocío sobre las hojas de bijao, para que lo eterno salude a la tempestad con ese vaho gris que se derrite, hoja a hoja entre las palmas, sobre la aureola oscura que abriga la corteza del gualanday.

Danos la sagrada chorreadura de tu elocuencia, la misma que sirve para sanar la piel herida de las ceibas Danos el bordado de las lianas en las sombras del samán y así, tatuados de noche, se mojen tus ojos en la luz de la luna. Acoge nuestra embarcación como si fuera tronco de balso y que la luz invisible taladre de rayos la mariposa que bordea el cielo. Entonces, Ihilla, el tigre sobre proa podrá soñar imágenes húmedas, esas que mojan de lluvia las viejas maderas, esas que aroman con huevas de sábalo las plumas de los patos.

El tigre, Ihilla, es el único que puede tornasolar los sueños bajo nuestras negras cabelleras. Danos por ello el arpón que ha buscado recuerdos de muertos en el vientre carnoso del caimán, porque ahí dubitará por siempre jamásel último adiós del soldado devorado y hará canción en el agua la coraza que ya no tiene lustre o roce de pétalos, sino silencio y habla de agonías.

Mas tú, que eres entre las diosas la más recurrida, pregúntales a los otros, a los que tejen el cielo con humo de tabaco, dónde nace el infinito, para así saber si es sobre ese marrón de los ojos de las babillas donde las orquídeas se deben transformar en evanescencia de cristales.

El tigre, Ihilla, es el anfitrión en la tierra de nadie, el dueño del borde de la copa de un árbol que enhebra soledades. Por eso, diosa, los que tenemos montura y caballo y medimos las distancias por el trino de las aves, sabemos que no hay mayor pesadilla que una ninfa que se agita herida entre las aguas del río.

Las montañas que ofrecen al cielo nuestra travesía saben que las lechuzas volverán más púrpura esta oquedad del día que copia la flor de los ocobos solitarios. Te preguntamos sobre la riada que trasnocha el viaje, te preguntamos Ihilla: ¿Es Qif la isla del ébano, la tierra lunar que alivia las penas del Edén, el lugar donde caen los rayos que desflecan toda esperanza?

No olvides, Ihilla, que las mariposas ninfálidas, temerosas del tigre, revolotearán sobre la luna saturada de mansedumbre. Ven, por eso, diosa, danos templanza, ofrécenos de beber "agua de melisa entre los carmelitas", porque así no tendrás que espantar a los dioses que copulan en la punta de la luz.

Álvaro Miranda


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