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13 Oct 2020 / 13:54 pm

 

Compartimos una selección de poemas inéditos de Farides Lugo Zuleta (Barranquilla, 1987). Editora independiente desde 2008 y cofundadora de la editorial Mackandal. Becada como Joven investigadora por Colciencias.

 

 

 

 

EL ÚTERO PALPITANTE DE MI ABUELA

Durante nueve lunas estuve en el útero de mi abuela.
Caliente balanceo, palpitaciones, contracciones.
Sentía cómo ella se mecía en su mecedora
y miraba por la ventana el polvo de la calle.
A veces lloraba en silencio porque no quería cuidar a su primer hijo,
energía de tres años haciendo desastres por ahí.
Yo estaba adentro.
Bien resguardada.
En realidad,
la mitad de mí, de mi proyecto.
Mi madre tardó nueve lunas en nacer y ya yo estaba dentro de ella.
Era una semilla,
pasarían 26 años antes de echar raíces y crecer dentro de su útero.
Caliente balanceo, palpitaciones, contracciones.
Sentía cómo mi madre se mecía en su mecedora
y fingía ver los destinos privilegiados, tan ajenos, por televisión.

Dicen que el útero es el segundo corazón de las mujeres,
y es verdad.

 

 

 

 



EL ÚTERO PALPITANTE DE MI MADRE

Soy la hija de la reconciliación.
Mi madre me acunó por 26 años en su útero.
Me llevó a todas partes.
Padecí sus tristezas.
Compartí morada con mis dos hermanos.
Me tocó el segundo lugar
y ser mujer.
Era obvio que mis caminos no serían fáciles de transitar.
Mi hermano mayor, energía desbordada de cuatro años,
ya corría por ahí cuando nuestros padres se reconciliaron.
La verdad nunca sabremos qué hubiese sido mejor,
o peor.
El punto es que mi padre volvió después de dos años de abandono,
y mujeres,
y rumba,
y ron,
cansado y con el rabo entre las patas.

A mamá siempre le dijeron que su valor estaba entre sus piernas,
y eso no es verdad.
Pero, ella lo creyó.

Pensando que ningún hombre la querría,
sin himen
y con un hijo,
aceptó el regreso de mi padre.

Tengo el segundo lugar.
Soy la hija de la reconciliación.
Soy la hija de la resignación.
Soy la hija de la cobardía.
Soy la hija de la falta de horizonte.

Aunque nunca fui la preferida de mamá,
por obvias razones:
el segundo hijo nunca es una novedad.
Disfruté crecer en su útero palpitante.
Sentí cada contracción justo cuando mi hermano
estaba a punto de caerse de una silla.
Sentí el deseo de mamá: me quería niña.
Su voz era suave y entrecortada por el líquido que me cubría.
El cordón que nos unía era resistente y fibroso.
Yo lo mordía y lo enredaba en mi cuello.

Mamá vio una mañana en su lectura del café que yo vendría.
“Mi hija, mi hija. Ya viene. Mira lo que dice el café”.
Mi padre no podía ver nada. Solo el cuncho pegado al fondo del pocillo.
Él se alegró de tener una hija, completar la parejita.
Y eso que ya había dejado una parejita abandonada,
los hijos con su primera mujer.
Los hombres pueden dejar de ser padres en cualquier momento.
No lo llevan escrito en la frente.
Las mujeres, no.
Mi madre se arrepintió un poco de haber deseado una niña,
sintió miedo y rogó que yo viniese con buena estrella.
Las mujeres de su familia habían sufrido demasiado.

A mí me enfureció tener que salir del útero de mi madre.
La cuna era fría y estática.
Extrañaba terriblemente el balanceo, el calor desmedido.
Por eso solo me calmaba cuando alguien me cargaba,
o cuando me ponían en el chinchorro, que se movía muy parecido
a las caderas de mamá al andar.

Dicen que las contracciones son los abrazos que el útero
le da al bebé.
Y es verdad.

 

 

 

 

 



SUICIDIO TRENZADO

Desde que salí del útero de mi abuela,
dentro del útero infantil de mi madre,
no supe más de su destino.
Cuando pisé el mundo,
mi abuela ya no miraba por la ventana
el polvo de la calle.
Heredé su nombre.
En realidad, me pusieron el nombre que
el cura de su pueblo no permitió en el
bautizo por ser demasiado árabe.
El cura decidió por su cuenta lo primero que
vino a su mente carente de creatividad:
Cecilia.
Ese nombre solo aparecería en documentos,
la familia de mi abuela siempre la llamó por el
nombre que inicialmente le habían escogido.

Dicen que las madres deben elegir los nombres de sus hijos,
el primero que venga al corazón como un susurro de vida.
Y es verdad.

Yo me llamaba igual que mi abuela,
pero era poco lo que sabía de su vida.
Preguntaba por ella a mi madre y mis palabras
le eran incómodas.
Mi abuela empezó a llamarme desde el otro mundo.
No podía descansar en paz
su descendencia no sabía de ella.
No le prendía velas.
No le rezaba por protección.
Ni siquiera sabían dónde estaba enterrada.
Eso le quita la paz a cualquier ánima.

Un día, mi abuela puso palabras en boca de mi bisabuela.
La escuché claramente decir:
“Pobre mi hija que era débil de mente”.
No entendí eso de la debilidad mental.
Su afirmación me atravesó.
Sospeché que algo malo pasaba con mi abuela muerta.

Quise saber.
Hostigué a mi madre.
Mis ataques tenían toda la fuerza de mis 15 años.
Me paraba detrás de ella en la cocina
no la dejaba en paz.
¿De qué murió mi abuela?
¿Qué le pasó?
Mi mamá inventaba historias.
Eran blandas y sabían a falsedad.
“Hija, ya deja de dar cantaleta con eso,
tu abuela se enfermó del corazón. Se murió y punto”.
Nadie se muere y punto.
Las almas solo conocen los puntos suspensivos.

Agudicé mis ataques.
Necesitaba saber qué le había sucedido a esa mujer
del pasado que también llevó mi nombre.
Aquella que me acunó en su útero palpitante,
mientras mi primera mitad ya existía en el útero fetal de mi madre.
Una tarde calurosa, mamá no soportó más mis interrogatorios.
Abrió la válvula que había sellado:
“¿Quieres saber qué le pasó a tu abuela? Ella se mató. ¡Ella se mató!”.
Se tapó el rostro con sus manos y lloró
lo que se había guardado por tantos años.
Me acerqué, me senté en sus piernas y la abracé.

Primero, me sentí culpable.
No debí obligarla a contarnos algo tan terrible.
Después entendí que eso era lo que quería el alma de mi abuela.
Mamá empezó a destapar sus recuerdos.
Nos contaba historias jamás compartidas.

El pasado de mi familia era negro.
Tal vez hubiese sido mejor no revolverlo.
Mamá nos contó sobre su madre loca.
Su madre con cuchillo en mano buscando en la cuna.
Su madre noches sin dormir.
Su madre colgada en el quiosco del patio.
Su madre en enaguas con la lengua morada afuera.

Mamá empezó a despotricar de los suicidas.
Decía que eran unos cobardes.
“Más valor se necesita para estar vivo”.
A los 47 años mamá cambió abruptamente de opinión.
Repitió el siniestro ritual:
Se levantó de madrugada,
fue al patio en la oscuridad,
colgó la cabuya,
se subió a un taburete.
No pensó en nada y se lanzó.

La carta de despedida la había escrito días antes.
En ella decía que, hasta donde alcanzó a vivir,
ya estaba lo suficientemente orgullosa de mí.
Esas fueron las líneas que me dedicó,
según la versión de mi papá.
La carta reposa en los archivos de la Fiscalía.
Nunca la leí.

Soy hija de una estirpe suicida.
Supongo que yo también cumpliré el ritual.
No hablo bien ni mal de los suicidas.
Preferiría no ahorcarme.
Es demasiado teatral.
Me gustaría tomar un té de jazmín amarillo
y dormir.

Mi abuela se ahorcó.
Mi madre se ahorcó.
Mi bisabuela no se ahorcó, pero detuvo su vida en cierto punto.
No hacía nada durante el día, solo ver lejos,
fumar Pielroja al revés,
la ceniza caía sobre su lengua y luego la escupía.
Escuchar radio La Libertad con la fuerza de la verdad.
Todos los días, seis pe-eme.
Quejarse de la artritis mientras frotaba ron compuesto en sus rodillas.
Esa es otra forma de suicidio, más lenta y cruel.

Dicen que los curas se oponían a enterrar los suicidas en territorio santo.
Las familias no sabían qué hacer con su dolor
y con su muerto.
Y es verdad.
Jamás sabré dónde están los restos de mi abuela.

 

 

 

 

 



NEGACIÓN UTERINA

Cuando muere la madre
y ya ha muerto la abuela,
dejan de palpitar los dos úteros
que te acunaron en este mundo.
Es una orfandad asfixiante.

Yo tenía 20 años cuando mamá se ahorcó.
No supe encajar esa despedida voluntaria.
No respeté su decisión de ponerle fin
a esta vida que reconozco miserable.
Entonces, la odié.
No le perdonaba haberme abandonado.

Un día antes de su partida,
hablamos por teléfono.
Sonaba demasiado triste
y yo pretendía alegrarla con boberías.
Ya no había marcha atrás.
Solo que yo no lo sabía.
Mamá me dijo que la llamara al día siguiente,
caía domingo.
Ella sabía muy bien lo que haría de madrugada.
Yo ignoraba que esa sería la última vez que escucharía su voz.

Esa noche tuve una pesadilla terrible.
En ella, mamá había matado a alguien
y me pedía que la ayudara a descuartizar el cuerpo.
Luego, se lo dábamos de comer a unas gallinas negras
pescuezo pelao.
Yo preguntaba por mi padre.
Mamá, ¿dónde está papá?
Ella me llevaba hasta su cuarto y me señalaba la cortina.
Yo levantaba la tela y mi padre estaba detrás
pegado a la pared
con una herida en el estómago.
Yo le tapaba la herida con una mano
y le daba un beso en la boca.
Papá, ¿qué te pasó?
“Tu madre me mató,
tu madre me mató”.

A las seis de la mañana del domingo,
sonó el teléfono.
Ese mismo día volé en avión por primera vez
a su velorio.
Cuando llegué a la casita, mi papá me abrazó,
lloraba desconsolado y me decía:
“Hija, tu mamá me mató, tu mamá me mató”.

La pérdida que iba a sufrir era tan grande
que las pesadillas vinieron a avisarme.
Toda profecía es inútil.


Sin mis úteros acunadores,
el mío se volvió rígido.
Seco.
Se negaba a palpitar.
A enternecerse por un niño.
Quería volverse ceniza dentro de mí.

Dicen que el útero puede romperse,
corazón.
Llorar,
sauce.
Y es verdad.

 

 

 

 



CONTRACCIONES

1
Termino de almorzar.
Me pesa la cabeza.
El calor es inclemente.
Quiero tomar una posición horizontal.
Estuve una hora de pie en la cocina.
Media hora sentada comiendo.
Camino rápido hasta la hamaca.
Me acuesto.
Tomo los extremos de tela sobrantes,
los paso por encima de mi cabeza.
Quedo dentro un útero naranja,
que va y viene.
Me siento dentro mi madre.

 
2
Estoy cansada de ver a mis hermanas.
Son lindas y pasan mucho tiempo frente al espejo.
Me invitan a su ritual de belleza.
Sacudo los hombros y me niego.
Me miran resignadas.
Aletean y salen al parque del pueblo.
Se pasan la tarde dando vueltas alrededor de la cancha de arena.
Exhiben sus cabellos largos hasta la cintura.
Estirados a la fuerza por las noches con medias veladas que se atan
muy fuerte hasta que se duermen con el dolor de cabeza.
Mi pelo es rizado.
Lo llevo cortico.
Me acerco al espejo.
El cuarto solo me contiene.
Cojo una tijera pequeña que dejaron olvidada.
Me miro fijamente a los ojos.
Con mi mano izquierda agarro mis pestañas,
el párpado izquierdo tiembla.
Lucho para que no se abra y corto.
Corto de raíz mis pestañas.
Nunca usaré rímel.
Ahora la sensación del parpadeo es errática.
Mis ojos están demasiado abiertos.
Vienen noches enteras sin dormir.
De niña no sabía que las pestañas crecen muy lento,
casi imperceptible.
Sirven para que los ojos se mantengan cerrados.
Trato de cerrar mis ojos.
Los aprieto.
Trato de cerrar mis ojos,
ya no tengo pestañas.
Debí aprender a dormir con los ojos abiertos.

   

3.
En esta casa nunca existirán
suficientes metros cuadrados
que me alejen
que me aíslen
del llano demandante
de mi bebé.

 


4.

Alguien ha timbrado
por tercera vez esta mañana.
Me levanto rápido
no quiero que el timbre suene de nuevo.
El sueño de mi bebé es ligero.
Deseo que permanezca dormida
muchas horas más,
ojalá infinitas.
Acelero el paso.
Vuelve el dolor en la pelvis.
Aún no estoy del todo bien.
Vaya sorpresa.
Es el vendedor de aguacate,
otra vez.
Ya no le basta con gritar a todo pulmón:
“Aguacatízate”.
Ahora, timbra.
Si no salgo rápido, timbra dos, tres veces.
Es demasiada presión.
Ha diversificado los productos.
Se consiguió un burro que
arrastra una carreta llena de verduras y frutas.
No necesito comprar nada.
Pero, no quiero que sea en vano todo esto.
El sol no me deja ver bien.
Entrecierro mis ojos y miro el burro.
Su cuello está inclinado unos diez grados.
Eso le da una imagen de tristeza,
de cansancio.
Sus ojitos también se ven tristes.
Me compadezco.
Más del burro que del vendedor.
Pero, al menos,
ellos recorren las calles.

 

 

 

 

 


PUREZA

Llegamos al tiempo.
Sincronizadas.
El agua salada nos saludaba amistosa.
Nos quitamos la ropa con desesperación.
Carrera atropellada hasta la arena,
hasta la línea exacta en la que el agua fría
te toca.
En el borde del mar nos miramos por primera vez,
arrugada la nariz y de cara al viento.
Hubo un pacto secreto.
La playa nos llenaba de alegría y aire fresco.
No era necesario un pasado.
Sin vergüenza,
nos tomamos de la mano.
Inventamos mil juegos:
golpear las olas, nadar como sirenas con las piernas pegadas,
gritar aterradas por una aleta de tiburón,
enterrarnos en vida bajo el tibio sol.
No sentíamos hambre ni sed ni cansancio.
Pero, nuestros padres nos obligaron a almorzar.
Cómo dolió esa separación.
Odié esos veinte minutos.
Después una tortura peor:
tocaba reposar la comida,
y el mar llamándonos,
y tú mirándome angustiada desde tu quiosco de palma.
Aprovechamos un descuido y volvimos a lo nuestro.
Castillos de arena,
quién aguanta más la respiración bajo el agua,
quién hace más burbujas.
Con la tarde el sol explotó en naranjas.
La brisa nos erizaba la piel arrugada.
Labios morados. Ojos irritados por la sal.
Seguíamos corriendo y riendo,
ignorando conscientes lo inevitable.
Volaban las servilletas,
los grandes, animados por la cerveza,
ya no se preocupaban por retener el icopor.
La arena se llenaba de la mancha humana.
Y nosotras agonizábamos en el último juego
del último segundo del ocaso.
Cuando nos llamaron para subir al carro,
el pacto se acabó.
Ninguna dudó.
Cada una corrió al encuentro de su familia.
Sin despedidas.
Sin apegos.
Sin intercambiar teléfonos.
Sin preguntar a qué colegio ibas.
Sin saber tu nombre,
niña de la playa.
Unas horas después,
ni siquiera podría recordar tu rostro.
En cada ida al mar te encontraría.
A veces de cinco, a veces de siete años.
A veces tostada, a veces pecosa.
A veces rizada, a veces pelirroja.
A veces tú, a veces otras.
Gracias por preguntar nada.

 

 

 

 

 

Farides Lugo (Barranquilla, 1987) Becaria de la OEA para cursar su maestría en Literatura en la FURG, Brasil. Profesional en Estudios literarios de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Editora independiente desde 2008 y cofundadora de la editorial Mackandal. Fue becada como Joven investigadora por Colciencias; hace parte de su interés investigativo: la nueva novela histórica colombiana, la esclavitud y la alteridad. Algunos de sus textos literarios han sido publicados por Aurora BorealCorónicaLiterariedadLetraliaUniverso Centro y El Magazín de El Espectador. En 2019, fue invitada a publicar en la antología de cuentos Primeras Impresiones de la Universidad del Norte, compilada por la investigadora Mercedes Ortega. En 2020, colaboró en la antología Paisaje Inacabado de La Pájara Pinta.

 

 

 


Fundación La Raíz Invertida
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