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13 Oct 2020 / 08:25 am

 

Geometría de la grieta: una herida con forma de país en Jairo Rojas Rojas

 

Nérvinson Machado

Generación puede ser un término difuso en ciertas etapas cuando éstas dan la sensación de extenderse sin fecha de caducidad. ¿Cómo entender la poesía ante un escenario complejo que impacta con igual magnitud el grueso de una sociedad? Quizá, este sea el caso actual de la poesía realizada por venezolanos en las últimas dos décadas, tanto fuera como dentro del país: el atentado a la infancia como lugar paradisíaco, la migración y el diálogo con nuevas culturas, el tema político de Venezuela y la violencia. Y es que la poesía es un barril sin fondo donde la condición mestiza que tanto nos ha acompañado toma su máximo apogeo. No menos importante es la transición a la barbarie por medio de la palabra de la que todos somos espectadores cuando se trata de gobiernos totalitarios. Ante este panorama la poesía se convierte el ágora para intentar entendernos. No podría ser distinto, el caribe, con su exuberancia sigue siendo inentendible y la actualidad venezolana deja la sospecha de que quieren vaciar un país. Este sino es el que cada venezolano lleva consigo, sin importar su pensamiento político, al igual que lo es vivir dispuesto a despedirse y guardar su turno para luego ser despedido de sus raíces, de su casa. En esta especie limbo, el cruce de identidades y el cuestionamiento sobre la imposición de un discurso hegemónico, Jairo Rojas Rojas (Mérida, 1980) abre el cuestionamiento en su libro Geometría de la grieta (El taller blanco, 2020), a través de 19 horas en la vida de alguien que tiene que afrontar dos realidades, la que marca su reloj particular y la que se extiende en el mundo exterior y que inevitablemente cuesta asimilar.

En ese naufragio, en el que el discurso oficial carece de sentido cuando lo contraponemos a la realidad, ¿cómo entender la historia de una realidad que se va a pique sin percibirla la palabra como un error? Jairo Rojas Rojas articula una serie de elementos poéticos para definir su condición de extraño en un país que ya no reconoce. Apenas halla refugio en la casa, en el alimento y el paisaje (en especial, en el agua); la niñez aparece de forma intermitente para luego ceder paso a la inentendible, al robo y por tanto a una vida donde la carencia no es solo material, sino emocional y le que conviven a diario: “Debo pertenecer al país más feliz que sonríe encima de manchas de sangre que van cubriendo vastos paraísos, la misma sangre que va salpicando las letras de los poemas más hermosos, ahora sí ilegibles”.

La palabra se transforma y nos transformamos con ella y en Geometría de la grieta es muy patente esto, al punto que logra en los lectores de Rojas Rojas, en los que me incluyo, sentir la emergencia de un país, situándolo desde la actividad cotidiana. Un día que bien puede ser los 365 días de cualquier año de estas dos últimas décadas. El libro comienza con el poema 5 a.m., tal vez uno de los mejores poemas que se pueda escribir sobre la Venezuela actual, que no sólo es un despertador, sino las bases con que el mismo autor quiere ser entendido en toda la obra:

 

Debo ser alguien en la vida me dicen cada vez que escribo mi nombre en el

cielo no ser un desempleado más que el político raja y vuelve pedazos por miedo,

debo chupar al verdugo que esconde mi alimento, dar lástima al pobre diablo por

estar tirado en medio de un poema hablando de la infancia como quien habla del

nacimiento de una constelación debo debo debo  debo callar ante la masacre de todas

mis madres y hermanas lunáticas, ser finado sin un alma que canta los nuevos ruidos

y, sobre todo, no ser A-nor-mal. Mi deber, dicen, es hacer lo que todo difunto mal

hace pero 

No 

qui-

e-

ro

 

A partir del cerco discursivo oficial no queda otro refugio más que la poesía, tan cercana aquí a la reflexión, pero lejana, por fortuna, al panfleto y del drama. Esta doble condición de la palabra, la del paraíso del discurso oficial contrapuesto a la degradación cotidiana escribe: “porque yo escribí la Casa / donde habito / —la casa para la sospecha— / que te obliga a callar ese viejo discurso / sin lengua /que haga encender hogueras”.

El lector va componiendo una percepción asistida con múltiples diálogos, fragmentos de otros escritores (en momentos) y experiencias gráficas, entre mapas, cajas que ejemplifican el encierro y caligramas. La realidad que, ante la expectación, es incapaz de caber en un puñado de palabras y por tanto se tiene que recurrir a una serie de elementos para componer su cartografía. La descomposición huidobriana de Altazor pareciera ser un referente: “yo seguir` (roto / q eb  ado / a reconstruir mi… / el ma ,”. Rojas Rojas recurre en más de una ocasión a la complicidad del lector, lo hace parte de su obra y el juego gráfico da crédito del robo y orfandad a la que está expuesto no sólo el poeta (este poeta) sino un país que se filtra en sus versos. 

En todo momento pensar y sentir es un delito. ¿Qué papel tiene la poesía ante la frialdad del mundo perfecto de la discursividad oficial? El libro entero es un refugio poético, la inutilidad de la poesía ante la barbarie económica y social.

Rojas Rojas fue por necesidad un extranjero mucho antes de tocar un suelo distinto del que nació (actualmente reside en Uruguay), al igual que lo fue Manuel Puig o Vallejos, por esa incapacidad de no aceptar con docilidad las condiciones desfavorables, tan alejados del romanticismo y tan cercanos a la razón. El asombro está, por lo tanto, en todo el libro y en los pocos elementos que se aferra, entre ellos los recuerdos y los sabores, que dibujan lugares y personas. Pero el poeta crea su espacio de sospecha que poco a poco va transformando al propio autor en lo que ha perdido. De ahí que cada poema abra la posibilidad de ser una bola sibilina y conjugue los temas con una hora en especial.

Al leer 8 a.m., hora del desayuno, según el tiempo en que se ejecuta el poemario, fue imposible no recordar al Popol Vuh. Los dioses mayas intentaron crear al ser humano en cuatro ocasiones y sólo en la última, en que la carne la hicieron de maíz, fue que funcionó. El ser de maíz fue el único que aprendió a cantarle con palabras a las divinidades. Si lo ven con algo de perspicacia, cuando lo vital biológico se equiparó con la vitalidad de la poesía fue que se dio por culminada la creación y empezaron las anécdotas históricas. Al igual que el poema, la cultura americana y en este caso, la venezolana, está marcada por la mazorca y la arepa. En el poema se canta la majestuosidad de la cocina y el alimento hace de oxímoron de la riqueza: “Maíz / su alteza en la meza pobre, sol entre los dientes” y para ampliar su relación con el relato Kiché, continúa: “vuelto hombre primero también”. Pero el contrapeso de esta imagen es el hambre, el niño famélico producto de país preñado de petróleo y violencia: “Volver / a la fragancia del niño   hambreado” y luego: “volver /y sí / al salivar junto al perro apaleado / con el hálito de la poca proteína”.   

Otro elemento, como ya nombré, son las expresiones relacionadas con el estado líquido, que se filtran en todo el libro: el agua, el mar, el lago, la lluvia, la savia, las lágrimas. Lo que nos remite a otras cosas detrás del telón: el inicio (origen, la identidad que se nos escapa) y a la fugacidad (al igual que el río de Heráclito) con que todo pasa y que necesita entenderse para continuar.  

El acorralamiento se siente a la medida que se avanza en la lectura:

 

Se me culpa de escribir con gotas de lluvia lugares evidentes 

que solo interesa a los distraídos visionarios

que afinan sus sentidos atravesando el cuerpo moribundo

de un animal que va cubriendo toda la tierra, (dice en 6 p.m.)

 

Luego, en 7 p.m.:

 

¿0yes el crujir de la noche

que se instala

encima

de cada cabeza

atormentada

por falta de tiempo?

 

Y en 9 p.m. aparecen, tal vez, los versos de emergencia que vienen a confirmar lo que ya hemos leído en las páginas anteriores. Sin lugar a duda, de los más notables:

 

ahora llévate el corrupto olor de estos cuerpos

tirados en el paisaje seco,

con cariño llévatelos

el cadáver en tu altar olvidado

ese que escuchas dentro de ti

 

Contradiciendo esa idea un tanto endeble de Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. En América Latina escribir no es un acto de barbarie, sino desde la barbarie, desde la emergencia. Las visiones idílicas para la escritura nunca han sido nuestro abrevadero, sobre todo, en el siglo XX y XXI.

Ahora pienso en los niños que siguen escribiendo, en los migrantes venezolanos que viven en calles, en los que se quedan, en lo miles de poetas inéditos que escriben sus versos llenos de hambre con la historia de cada día y que enfrentan la soledad en medio de una sociedad donde el miedo es el mejor negocio para unos pocos y de la que obtiene los beneficios que lo mantienen en el poder. En esa cercanía y paralelismo que he encontrado en las palabras de Jairo Rojas Rojas, que desafían el reloj y de la cual tendremos muchos libros que serán el testimonio de una época, se va drenando un país.

 

 


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