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13 Jul 2020 / 15:19 pm

 

Nota y selección de Alejandro Cortés González

 

Da gusto encontrar un poeta como Eduardo Lizalde que, desde sus primeros libros, refresca el panorama con una propuesta estética nutrida desde la violencia, el odio y la furia. Digno descendiente de las “Iluminaciones” de Rimbaud, de la crueldad de Artaud y, por supuesto, de “Obra maestra” de Ramón López Velarde, Lizalde establece en el tigre la crudeza del hombre encerrada en la soledad de la casa, lo que da lugar a una fuerza que arrasa, a veces contenida, a veces desbocada, pero siempre desgarradora, no porque duela, sino porque hace doler.

 

Presentamos algunos poemas de El tigre en la casa, cuarto libro de poesía de Eduardo Lizalde, publicado en 1970 y compuesto por seis partes: “Retrato hablado de la fiera”, “Grande es el odio”, “Lamentación por una perra”, “Boleros del resentido”, “La fiesta” y “La ciudad ha perdido su Beatriz”.

 

 

El tigre en la casa (1970)

 

 I. Retrato hablado de la fiera

 

2. El tigre

 

Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo mira.

Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,

y sólo puede herir por dentro,

y es enorme:

más largo y más pesado

que otros gatos gordos

y carniceros pestíferos

de su especie,

y pierde la cabeza con facilidad,

huele la sangre aun a través del vidrio,

percibe el miedo desde la cocina

y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:

coloca su cabeza de tiranosaurio

en una cama

y el hocico le cuelga

más allá de las colchas.

Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,

de muro a muro,

y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,

como a través de un túnel

de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,

los renegridos panales del crimen

de sus ojos,

los crisoles de saliva emponzoñada

de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,

para que no me mate.

 

Pero sé claramente

que hay un inmenso tigre encerrado

en todo esto.

 

 

3

 

“Lo he leído, pienso, lo imagino;

existió el amor en otro tiempo.”

Será sin valor ni testimonio.

Rubén Bonifaz Ñuño

 

Recuerdo que el amor era una blanda furia

no expresable en palabras.

Y mismamente recuerdo

que el amor era una fiera lentísima:

mordía con sus colmillos de azúcar

y endulzaba el muñón al desprender el brazo.

Eso sí lo recuerdo.

Rey de las fieras,

jauría de flores carnívoras, ramo de tigres

era el amor, según recuerdo.

Recuerdo bien que los perros

se asustaban de verme,

que se erizaban de amor todas las perras

de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor

—como si lo estuviera viendo.

Lo recuerdo casi de memoria:

los muebles de madera

florecían al roce de mi mano,

me seguían como falderos

grandes y magros ríos,

y los árboles —aun no siendo frutales—

daban por dentro resentidos frutos amargos.

Recuerdo muy bien todo eso, amada,

ahora que las abejas

se derrumban a mi alrededor

con el buche cargado de excremento.

 

 

4

 

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;

que se pierda

tanto increíble amor.

Que nada quede, amigos,

de esos mares de amor,

de estas verduras pobres de las eras

que las vacas devoran

lamiendo el otro lado del césped,

lanzando a nuestros pastos

las manadas de hidras y langostas

de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,

el mismo océano, salado como arenque,

hirvieran.

Que tanto y tanto amor

y tanto vuelo entre unos cuerpos

al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,

una bala pequeña,

un perdigón inocuo para un pato,

derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas

y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.

Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa

se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,

tanto imposible amor inexpresable,

nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves

antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,

niños, animales domésticos, señores,

lo que duele.

 

 

6

 

Algo sangra, el tigre está cerca.

 

 

8

 

Oigo al tigre rascar.
Sonríe malignamente
y se agrietan los muros
—algún demonio hirviente
ha inundado su cuerpo
con pulgas de vitriolo—.

Es bestia fiel este rayado azote,
O mon cher Belzebuth, je t’adore:
resguarda bien la casa,
pero la cuida sólo
para que nadie salga.

Reloj de furia el tigre
se desgarra a sí mismo
cuando está solo demasiado tiempo,
y la materia de su vista
no es la luz
sino la sangre.

 

 

9

 

Duerme el tigre.
La sangre de este sueño,
gotea.
Moja la piel dormida del tigre real.
La carne entre las muelas
requeriría mil años de masticación.

Despierta hambriento.
Me mira.
Le parezco sin duda un insecto insaboro,
y vuelve al cielo entrañable
de su rojo sueño.

 

 

10

 

Tigre atrapado en la vitrina,
gime el mar
detrás de la ventana
Se contonea y maldice y ruge
y se destroza contra los cristales,
sangra cuchillos al herirse
y grita y muge y silba y hace gárgaras.
Envuelve y cañonea con su ronquido,
tira zarpazos blancos,
y teje los mejores encajes pasajeros.
Se pone intolerable, aúlla, trota,
marcha, empuja, cae, destruye,
pero no le abrimos.

Más tarde,
cuando el sueño de ella
es como el pozo más profundo,
cuando sueña y me olvida,
abro la puerta
y miro cómo
la desgarra el mar.

 

 

II. Grande es el odio

 

1

 

Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.

Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.

Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.

Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.

El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

 

 

2

 

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.

Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.

La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto,
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.

 

 

5
 

Para el odio escribo.
Para destruirte, marco estos papeles.
Exprimo el agrio humor del odio
en esta tinta,
hago temblar la pluma.
En estas hojas,
que escupo hasta secarme, arrojo
Todo el odio que tengo.
Y es inútil. Lo sé.
Sólo te digo una cosa:
si estas últimas líneas
fueran gotas,
serían de orines.

 

 

III. Lamentación por una perra

 

5

 

¡Qué bajos cobres ha de haber

tras esa aurífera corona!

¿Qué llagas verdes

bajo las pulpas húmedas

de su piel esmeralda!

¡Qué despreciable perra puede ser ésta,

si de veras me ama!

 

IV. Boleros del resentido

 

3. El amor es otra cosa, señores

 

Uno se hace a la idea,

desde la infancia,

de que el amor es cosa favorable

puesta en endecasílabos, señores.

 

Pero el amor es todo lo contrario del amor,

tiene senos de rana,

alas de puerco.

 

Mídese amor por odio.

Es legible entre líneas.

Mídese por obviedades,

mídese amor por metros de locura corriente.

Todo el amor es sueño

—el mejor áureo sueño de la plata—.

Sueño de alguien que muere,

el amor es un árbol que da frutos

dorados sólo cuando duerme.

 

 

4.

 

La verdadera muerte es esta muerte a solas,

ausente de sí misma,

como un árbol que crece

durante el sueño.

La sola infame muerte

del que muere dormido.

 

La muerte a secas

de un hombre solo, en medio

del erial de su cuerpo;

de una mosca (perdonen)

en mitad de su mierda.

 

Sería más útil vivo

—vaya revolucionario—.

Haría una nueva vida,

si tuviera ruedas.

Pero a su propia sangre se resiste el cuerpo.

Repele su amarillo.

La pura orina mansa del principio.

Esta es la muerte, amada.

Borrará comisuras en la hiena,

volverá perrito al león.

Debemos aceptarla, como se acepta un pan,

una manzana,

podridos, por supuesto.

 

 

V. La fiesta

 

1. El ángel ciego

 

Tocó a la puerta el ángel destrozado,

y se puso a temblar

el cedro joven de la puerta

frente al ángel leproso.

Y entró a la estancia el ángel,

colgante su mirar,

descarnadas sus carnes,

los pies comidos hasta los tobillos,

como los pies de una grulla negra

a punto de su vuelo.

Mostraba el cobre de la muerte

la epidermis del ángel.

Lanzó al horror del aire

su descoyuntado vuelo de ángel bueno

que ha olvidado bailar.

Este es, amada, el ángel

que suele visitarme en los días claros.

Cuando se va,

devoro las docenas de ratas moribundas

que lo siguen

(no se trata de hacer drama ente nadie)

pisoteo las sombras que han entintado el suelo,

fumigo los rincones,

expulso con la escoba a los fantasmas,

para que todo esté limpio

cuando el ángel vuelva,

a ensangrentarlo todo,

a ennegrecerlo todo.

 

 

VI. La ciudad ha perdido su Beatriz

 

14

 

¡Murió la perra, oh Dios!

Su muerte ha sido la más sucia trampa;

late en redor, atmósfera de púas,

se cierra sobre mí.

 

Su muerte ajena,

su muerte a propias garras y colmillos,

frustró mi mano,

congeló estos odios hambrientos para siempre,

condenó esta daga a la inocencia.

 

Murió la perra impune y nadie

la habrá de rescatar del césped blanco

en que hoy retoza,

y no despertará del sueño sin raíces

que ata su fronda infame al cuerpo.

 

 

 

**

 

EDUARDO LIZALDE

 

Poeta, narrador y ensayista  mexicano nacido en Ciudad de México en 1929. Estudió Filosofía y música en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es uno de los grandes exponentes de la actual poesía mexicana. Ha ocupado diversos cargos en el campo universitario, artístico y cultural. Hizo parte del grupo poético fundado en compañía de Enrique González Rojo y Marco Antonio Montes de Oca. Fue director de la Casa del Lago de la UNAM, director general de Publicaciones y Medios de la Secretaría de Educación Pública. Actualmente dirige la Biblioteca Nacional de México. Su obra poética  iniciada con "La mala hora" en 1956, fue seguida por otras publicaciones entre las que se destacan, "Cada cosa es Babel" en 1966, "El tigre en la casa" en 1970, "La zorra enferma" en 1974, "Caza mayor" en 1979, "Tabernarios y eróticos" en 1989, "Rosas" en 1994  y "Otros tigres"  en 1995. En 1984 le fue concedida la beca de la Fundación John Simon Guggenheim. Su obra ha sido distinguida con importantes galardones: el Premio Xavier Villaurrutia  en 1969, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1974, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en 1988,  y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde en 2002. ©

 

Datos biográficos tomados de:

www.amediavoz.com

https://www.fundaciontrilce.com


Fundación La Raíz Invertida
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