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07 Jul 2020 / 08:06 am

 

Nota y selección por Víctor Rivera

 

 

La disolución del yo

 

Desde las primeras vanguardias europeas a inicios del siglo XX, pasando por las neovanguardias latinoamericanas hasta nuestros días, la poesía ha hecho todo lo posible por rehuir los excesos románticos del yo. La primera persona inclinada sobre el pozo de agua contemplando absorta los reflejos de su propio rostro, entre el viso idealizado del primer romanticismo y el hechizo que produce la turbiedad del agua en la cara del decadentismo a finales del siglo XIX, fue para los primeros futuristas parte de los monumentos culturales que debían ser derribados al contener la expresión sentimental de una burguesía en declive. Desde ese momento, una vez expulsadas las musas del helicón, para hablar de las moradas interiores no fue suficiente reclinarse en un sillón del salón de Mallarmé a pensar lo órfico del lenguaje, sino que se necesitó un esfuerzo mayor: abrir el inconsciente freudiano y permearlo con la interpretación histórica de los problemas contemporáneos.

 

Antes que tratarse de otro paraíso artificial, los desdoblamientos del yo que significaron la disolución del yo romántico, propios de libros como Trilce, alimentaron la posición política de escritores que ya eran poseedores de una conciencia de clase. Sobrepasar los límites de la palabra en una combinación entre la lógica formalista y los experimentos subjetivos fue parte del nuevo proyecto estético.  Significó además desplazarse por pasadizos interminables y laberínticos parecidos a las páginas de Kafka, bajo el signo constante de un pensamiento reflexivo que cuando expresa su intimidad recurre al hermetismo, la ironía, o al oscuro desencanto, a veces nihilista, que nace con la presión de la realidad social y política. Es el momento de La tierra baldía de T. S Eliot y libros que dan cuenta de una intimidad enmarcada por las asperezas de la guerra, como sucede con la obra de César Vallejo, Ajmátova, Trakl, Ungaretti, o los cantos crepusculares de la generación del 27.

 

Aunque el intimismo parnasiano persistiría en prolongaciones modernistas que harían eco de la conocida frase de Rubén Darío, ¿quién que es no es romántico?, la marca inexorable de los nuevos tiempos ya se había tatuado en la mayoría de las corrientes literarias. En contraposición al romanticismo tardío, el realismo crítico de filósofos como Benedetto Croce, Walter Benjamín y Georg Lukcás, reiteraba las inconveniencias de un intimismo que se acomodaba fácilmente a los espacios imaginarios de una pequeña burguesía beneficiaria y permisiva con las desigualdades sociales. Los distintos movimientos de vanguardia que siguieron a lo largo del siglo XX, se preocuparon por confrontar la relajación del arte que se permitía pactos estéticos con la ilusión capitalista. Cuando no se trató del sarcasmo rebelde de las neovanguardias, los excesos del yo fueron contrarrestados por una poesía de tono épico en donde la primera persona se fragmentaba dentro de un paisaje cultural en concreto, revelando en un tono expansivo las voces de mundos atemporales, como en la obra de Saint-John Perse y los poemas épicos de Derek Walcott.

 

En otros casos, y en contraste con lo bucólico que se complace con cierto romanticismo virgiliano, el yo se desarticula y toma la forma de voces no humanas, como sucede con Juan L. Ortiz, Javier Heraud o Enriqueta Arvelo, quienes ceden la palabra a los elementos naturales, al río, a los árboles y el viento. También el yo se difumina por medio de una poesía racional que resalta la abstracción logrando que el espejo deje de proyectar un calco, para convertirse en un juego de imágenes y reflexiones ingeniosas, como ocurre en la mayor parte de la poesía de Borges, o en la obra completa de Roberto Juarroz y Antonio Porchia.

 

De manera general, la disminución del yo confesional en gran parte de las páginas contemporáneas, también es un asunto de escogencia de materiales. En algunos casos, cuando no se trata de la construcción esnobista de un estilo, obedece a la reflexión y la fuerza colectiva de una estética que aún, hasta nuestros días escucha el rumor de la crítica marxista de la literatura, pasando por Sartre y la filosofía de la sospecha. Bajo esta atmósfera, la escritura de lo íntimo, trabaja a partir de un pathos propio que pronto converge con el sentir colectivo.  Aunque parezca paradójico, esta vía de trabajo interior se ubica por consecuencia en la crítica misma de la sociedad contemporánea, distanciándose de algunos casos posmodernos que, por querer ir directamente al conflicto exterior, eluden la hondura de la previa reflexión y los tiempos de espera y silencio que el pensamiento poético requiere, llegando al combate con armas débiles, inscritas desde el comienzo en una moda, es decir, siguiendo la pulsión esnobista.

 

Por fortuna, también se puede dudar de los rótulos que encasillan la literatura según determinados intervalos históricos, y ver desde otra óptica que las corrientes literarias se mueven a partir de flujos y reflujos que están muy lejos de cerrarse, y que proceden en ciclos de evaporación y condensación de estilos que se renuevan.  Se podría acudir incluso a una lectura metahistórica como lo hace Eugenio D’Ors con el estilo barroco, y afirmar que, para encarnar un tipo de estética basta con experimentar un estado del espíritu, es decir que, sin importar el contexto histórico, político o social, es posible vivir distintos tipos de expresión según las necesidades individuales. Bajo esta lógica lo romántico es un estado de percepción que puede surgir en pleno siglo XXI, al igual que la mirada clásica o barroca.

 

 

Los sutiles excesos del yo

 

Previendo la tiranía en la que se puede convertir el imperio absoluto de la imaginación, la poeta Mónica Chamorro recorre su mundo interior como si se tratara de un relieve escarpado donde por supervivencia cada paso debe ser medido, equilibrando el vuelo de la metáfora con un áncora de razón que estabiliza el movimiento. Se trata de la intimidad que no teme la exposición de la página, de la subjetividad que se muestra tal como es sin tomar prestada la máscara de un alter ego. Allí está la vulnerabilidad humana aliviando cargas de dolor en el único lugar posible para un poeta: el universo individual de sus metáforas, en la cadencia y el ritmo de su propia palabra. Si Anne Carson en una de sus líneas hace esta pregunta: “¿Por qué dispersarse, hundirse y replegarse imaginando / el vasto ser en quien pueda mi alma descargar su dolor?”, Mónica Chamorro se repliega no para imaginar la salida exterior de tal emoción, sino con el convencimiento de que solo en el crisol de su subjetividad puede purificar tal sentimiento.

 

Aquí el yo se pronuncia con un eco del primer romanticismo alemán, no en su aspecto formal o estilístico, sino desde lo que podríamos llamar un espíritu romántico atemporal, metahistórico. Es por eso que los versos inéditos de una poeta que antes que nada es novelista y cuentista, sugieren el paisaje de aquel caminante que se enfrenta al mar de nubes de su propia alma. Hay un terreno escarpado parecido a las cornisas del purgatorio por donde Dante escaló con dificultad y entabló diálogo con sombras de músicos y poetas. Parece que se avanza con devoción por la penumbra de un camino donde la luz del alba aún es azul, y donde el amanecer es siempre una promesa, algo que tiene que ocurrir seguramente fuera de la página. Mientras se recorre el camino, cada paso se detiene para dispararse hacia el vértice de la pregunta que ocurre en el monólogo interior, a la manera en que Emily Dickinson exploró los mares interminables de su intimidad, con grandes distancias entre cada palabra, señaladas en la hoja por medio de guiones que son como puentes que conectan islas lejanas.

 

Un ritmo pausado que se detiene a examinar el mar que separa cada verso, y que da pie para sopesar el problema real de tal inquietud: el llamado insistente del mundo de afuera, los golpes en la puerta de una mano que representa el deseo, la apropiación del espacio por la voluntad. Entre la acción y el velo que esconde el cuerpo replegado, se genera la chispa de la contradicción y la sustancia que anima la escritura, por pura necesidad de tamizar la difícil dialéctica. Las fuerzas en disputa son entonces dos de los arquetipos de Jung: el ánima y el animus. La primera, la potencia que se contiene a sí misma por el solo hecho de la existencia de su suelo, del agua y la tierra primordial en donde se esconde el germen y la semilla, el alma receptiva que se relaciona con las antiguas nociones védicas de lo femenino. La segunda, la pulsión de lo que se desplaza hacia afuera, a la conquista de los otros y de lo otro, aquello que no puede estabilizarse sino experimenta primero el placer de la recompensa, es lo que se va, lo que abandona, todo movimiento que se genera por la fuerza de atracción, y que bajo el lente junguiano representa lo masculino. Es dentro de esta pugna de fuerzas anímicas que se tejen los poemas de Mónica Chamorro.

 

 

Poemas

 

II.

 

Abandonaré la primavera.

Abriré mis manos y soltaré la dicha,

como si fuera un pájaro ajeno.

 

No habrá estío, ni atardeceres largos.

No habrá noches de oscuridad tímida,

ni duraznos abatidos por la herida de los dientes.

No habrá verano, solo otoño.

Y no un otoño lento que tiña de ocre el mundo

sino un morir abrupto, un otoño como una espada.

 

El sol nunca alcanzará el cénit, habrá solo una luz titubeante.

La noche caerá sobre nosotros, repentina.

Y se hará el silencio sobre la roca primordial.

 

Pasarán algunos siglos antes de que la claridad invada las horas.

Pasará –ante mis ojos- la multitud del tiempo

antes de que el polvo se abra a la penetración de la lluvia.

 

Sé que pasarán algunos siglos antes de que la escarcha sea rocío.

Y solo entonces se alzará la madrugada.

La primavera madurará como una fruta en el centro del hielo.

 

Sé que llegará, lo sé.

Antes de que el invierno, del que estoy hecha,

acabe con el corazón de la savia.

 

III.

 

Los dones de la muerte son como los frutos del hielo,

como las naranjas que hacen su dulzura en el invierno.

Tienen las plumas de los pájaros que huyeron,

tienen el temblor de las manos agitadas al viento.

 

Son ásperos, agreden los labios

con la indolencia del mar sobre las rocas.

su mano es el artífice de la máxima belleza,

su perfección es la de la ausencia.

 

Son lentos, no vienen ni se van sino a su paso,

no responden a la voz, no tienen prisa.

necesitan del camino labrado por las lágrimas.

 

Los dones de la muerte crean el mundo de raíz,

desgranan los frutos, abaten el árbol.

Revuelven la tierra del corazón con la violencia del arado.

 

Nos dejan de pie, junto a la orilla,

admirando su obra con los ojos del primer hombre,

que se irguió por primera vez a contemplar el valle.

 

 

IV.

 

 

Estoy en la cima de la montaña más alta del mundo.

¿Sabes cómo es el sol aquí arriba?

¿Sabes cómo lo interrogo cada mañana?

Ya olvidé cómo bajar al valle:

todas las rutas parecen de piedra hirviente,

todos los senderos, de espinas.

 

 

Me rodean los abismos de los sueños rotos,

el llanto de los niños no nacidos

que arrullo cada noche entre mis brazos.

Aquí, hablo contigo y con nadie,

aquí, mis palabras se desploman entre las rocas,

se filtran por las grietas

y se hacen lava ardiente.

 

¿Sabes cuán frescas están las estrellas aquí arriba?

¿Sabes que esta montaña es de agua congelada y ante mí arde el valle sediento?

 

V.

 

El cielo es un lugar del que siempre quiero escapar.

Es un lugar de sobresaltos – el paraíso-:

allí, todas las manzanas están envenenadas;

allí, la felicidad es una estrecha cima,

de la que estoy siempre a punto de caer.

 

Yo quiero quedarme en el infierno.

Aquí no hay asombros, ni arcángeles, ni milagros.

Aquí todo es tranquilidad sombría,

ausencia de colores hirientes.

 

Les dejo a otros el azul del cénit.

Desconozco sus largas liturgias,

no soporto su altísimo heroísmo.

 

Déjame aquí en el gris de lo irreconocible,

déjame adormecerme en la nota monocorde.

Quédate con todas las alas de los ángeles.

 

 

 

VI.

ANIMUS

 

Hay una voz que habla sin cesar a mis oídos:

quiere saber quién soy.

Si no le respondo, me empuja sin piedad al abismo de sus dudas.

 

No la oía de niña,

cuando nadie preguntaba o todos preguntaban

y daba igual: yo simplemente, era.

Pero ahora la voz que no sabe de mí,

me interpela como un viejo conocido que sabe dónde hallarme.

 

 

A veces me ensordece,

otras, se hace un murmullo perenne;

un susurro llamando dentro de las habitaciones de mi casa.

Llena mis oídos, rueda por mi boca.

Se desliza, por mi garganta.

Ya no sé si queda algo de mí

o si yazco desmembrada en el fondo de su estómago.

 

Creo que dentro de poco no seré más que una pregunta

que murmura eternamente sus dudas a sus propios oídos.

 

 

VII.

ANIMA

 

Quédate conmigo, amada.

Siéntate a mi lado, junto a esta pequeña hoguera

donde arde el alimento de lo intrascendente,

de lo que se agota a cada bocado.

 

Déjale a él toda la elocuencia,

quédate conmigo en lo olvidadizo.

Déjale a él -o a otros- el sabor amargo de la verdad.

 

Imagínalo. Tu y yo solas, en lo banal.

Él puede irse a sus magnas empresas,

mientras aquí las catedrales son de pan,

las pirámides son de polvo

y el polvo es algo que se debe quitar.

 

Él puede irse a sondear el mar.

Aquí, las montañas son dulces y verdes, como hojas.

Aquí el agua hierve todas las mañanas,

Y ya está lista y ya se ha evaporado.

 

Déjalo a él con su sed perpetua,

aquí siempre habrá otro cántaro para llenar.

 

 

***

 

MÓNICA CHAMORRO MEJIA - Licenciada en Filología y doctora en Lingüística. Ha trabajado como docente universitaria en Italia y en Colombia. Recibió el Premio Regional de Cuento del Ministerio de Cultura (1998) y el Primer Premio del Concurso de Narraciones Breves (2000); asimismo, ha publicado el libro de relatos Remedia Amoris (Axis Mundi, 2010)  y la novela El arte de mal morir (Calixta, 2020). Sus relatos de ficción han sido incluidos en antologías de narrativa actual. También es autora de ensayos y textos académicos que han aparecido en  revistas  y libros especializados y de textos de opinión que han sido publicados en el diario El Nuevo Liberal, en la Revista Semana y en el periódico El Tiempo.

 


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