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02 Jun 2020 / 12:43 pm

 

¿Para qué callar tanto amor a la deriva? 

  

Por Henry Alexander Gómez *

Lo afirmamos nuevamente, cuando leemos los poemas de Hellman Pardo, no se puede distinguir quién moldea a quién. Sí es el poeta que, cincel y martillo en mano, graba la palabra dibujando una línea mística sobre la superficie del papel, o son acaso las palabras las que han ido diseñando la silueta y la piel del poeta en todos estos años. Sí, es un poco de lo uno y otro poco de lo otro. Lo que es seguro, es que la poesía es un carácter en la vida de Hellman Pardo, que él se ha aferrado con la fuerza que le permiten sus manos a ese viejo arte de asistir el mundo.

Y no es poco. Su observación es rigurosa, la traducción de esa música le ha dado grandes tajaduras. Desde su primer libro, La tentación conclusa (Común Presencia Editores, 2008), se abre ese camino interior en el que el poeta entiende un lugar en el lenguaje, pero un lugar que debe abrirse a partir de un convencimiento, primero, y luego con el inclemente trabajo que, como dice Olga Orozco, es un combate a muerte con la muerte. Entender esto cuesta; creo que es allí cuando nace un poeta, cuando se concibe que el oficio plantea duros sacrificios, que la palabra es egoísta, absorbente y poco justiciera, y aún, lo más terrible, que la dura labor de hilar palabras no siempre arroja los resultados esperados.

“Escribimos lo que podemos, no lo que queremos”, dicen todo el tiempo los poetas; el mexicano Fabio Morabito lo ha dicho de otra manera: “sólo los escritores mediocres escriben lo que se proponen”. Es decir, sólo el verdadero poeta sabe que cada poema tiene sus propias reglas, que esta actividad nunca termina por dominarse, que habrán siempre más caídas que certezas. Pero esto es lo bello de caer, allí está la poesía, es en la derrota, o en los días derrotados, donde llegamos a dominios insospechados. Hellman Pardo lo ha sabido siempre, y es allí donde nace el deseo imperioso de agarrarse con furia a las palabras, a las espinas del papel en blanco, a la lectura despiadada, a esa vieja noche que alumbra sólo de vez en cuando.

“¿Para qué callar tanto amor a la deriva?”, dice uno de sus versos. La poesía de Hellman Pardo tiene esos dos extremos. El amor por la vida, su familia, la liturgia de la carne, y por el otro lado la cabeza, la razón de ser, lo espantoso del mundo. Su universo es un abrevadero donde fluye una música desbordada, una armonía que se enciende hasta verter lo doloroso, así lo reza el poema “El falso llanto del granizo”:

 

Es la lágrima del ángel que se hunde entre las losas
o son los muslos de la muerte trenzando su sudario.

Hay un latido sordo
un galope súbito en los azulejos del alma.

¿Bajo qué baldosa ofendida
encontrar su eco de ceniza y espanto?

 

Es el amor que nos empuja y nos desmiente todo el tiempo, su reflejo como un vertedero de ceniza. En la otra cara está su mirada técnica, esa con la que mide la realidad, con la que pesa el aire, con la que calcula el arte de las cosas, el oficio que aprendió por antonomasia, el ojo con los que ven los ingenieros:

 

ISAÍAS RONDEROS, EL SASTRE
Trazar la línea de la solapa uniéndola al cuello
y por la extensión de los botones,
desprender el hilo en dos cabezas para crear un ojal
entre la aguja y el pasado.

Hacer crujir las tijeras en la sábana infiel
que envolverá los cuerpos abatidos de mañana.

Voy por la Singer
remendando la membrana ciega de la transparencia,
el lienzo zurcido en los telares de la escritura.

 

Hellman Pardo va por esa vieja Singer cociéndole retazos transparentes a la realidad, para que advirtamos cómo nos desangra la guerra, qué precio es el que estamos pagando por el agua -la sangre-, ese líquido vital que nos recorre las arterias y nos bombea el corazón. Así lo vemos en sus últimos libros, una trilogía de la que ya ha publicado dos libros y dónde el tema del conflicto es tratado desde todas sus ligaduras.

 

EL ARO
Por la soledad del corregimiento
avanza un hombre cubierto de maleza.

Se arrastra sin hacer ruido,
como un largo exilio que se arruina
en los galpones del alma.

Atrás aúllan los perros.

Su cuerpo pronto será roca de sangre,
el tibio huevo que se romperá en el pecho del destino.

 

En fin, hoy celebramos la aparición de esta antología como un bestiario móvil que nos recuerda qué tanto desamparo es la poesía, esta orfandad de Dios que nos hace hombres verdaderos, o, por lo menos, anatomistas errantes de la soledad.

La colección un libro por centavos de la Universidad Externado, esa enciclopedia con la que muchos de nosotros aprendimos a leer la poesía colombiana, nos ha hecho parte de sus páginas, como quién nos invita a hacer parte de la fiesta. La palabra de Hellman Pardo ya pervive en sus lectores, o somos los lectores de este libro los que ya subsistimos en sus grietas de luz.

 

Texto de presentación del libro He escrito todo mi desamparo
de Hellman Pardo, leído el 25 de septiembre de 2019
en la Biblioteca de la Universidad Externado de Colombia.


Fundación La Raíz Invertida
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