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13 May 2020 / 13:25 pm

 

Por Angélica Hoyos Guzmán

 

La poesía testimonial se publica entre el 1980 y 2019 en Colombia. Esta tendencia tiene su tradición durante la violencia bipartidista y continuidad durante la violencia generalizada y el periodo del posconflicto. Identifico publicaciones de poemarios que divido en tres categorías asociadas a la construcción autoral sociohistórica del poeta testigo: los poetas asesinados, los poetas dolosos, los poetas condolidos. Las publicaciones son disímiles en cuanto al tratamiento poético para reaccionar afectivamente frente a la violencia, frente a los discursos hegemónicos de la necro política y de la política de la memoria por acumulación, pero las une la virtual peligrosidad de la palabra, la emergencia escritural, la vulnerabilidad con la que crea el poeta desde el pathos. Esta poética pública, reconstruye la imaginación para la restitución de la justicia desde lo estético.

La tesis que desarrollo es que la poesía testimonial, como flujo estético que viene desde el siglo XX, manifiesta y construye políticas poéticas desde los afectos, desde la huella del autor, más que a nivel personal o biográfico, como flujo sensible de una época. Por eso este tema trata lo afectivo como una categoría social más que como una emoción individual. Así, la poesía testimonial, se vale de las imágenes para denunciar la violencia, pero crea una sensibilidad que interpela o busca interpelar a los lectores sobre los momentos bélicos y sobre lo sentido en una realidad póstuma, sobre lo que amenaza y lo que queda. Las dos nociones centrales que guían mi lectura son la de lo literario como discurso integrador de fronteras temáticas o saberes disciplinares, y lo sensible como una manifestación democrática de las apuestas estéticas frente a los discursos hegemónicos, ambas naciones propuestas por Rancière en su libro Sobre políticas estéticas (2005) y la Política de la literatura (2011).

Lo que propongo aquí es la mirada hacia registros no canónicos, que se salen del centro de lo conocido como poesía en el campo literario, entre otras cosas porque las escrituras se desplazan entre géneros, se vuelven a la palabra y plantean otras estéticas testimoniales no consideradas por la crítica en Colombia. Me interesa pensar el pathos social, desde Ivonne Bordelois (2006) como la motivación afectiva que logra la emergencia del poema en relación con la experiencia del trauma. 

Ahora bien, mientras en Colombia durante el siglo XX se difundió la idea conservadora de la poesía alejada de los problemas sociales, encuentro que en los años 40 Urbansky (1965) ilumina sobre el género testimonial en Hispanoamérica y la manifestación poética ligada a autores que escribieron frente a la violencia bipartidista en Colombia tales como Ramiro Lagos, Carlos Castro Saavedra, Emilia Ayarza, todos en la periferia. Por supuesto también hay en la historiografía literaria estudios sobre lo político de la poesía asociados a la Revista Mito, a Eduardo Cote Lamus, a Jorge Gaitán Durán, y posteriormente el Nadaísmo, como iniciadores de propuestas comprometidas que se interpretan desde el más completo y lúcido estudio sobre la poesía y la violencia realizado por Juan Carlos Galeano en su libro Polen y escopetas (1997). Lo que se ha escrito recientemente como poesía en el marco del conflicto armado en Colombia, aún no ha merecido la atención crítica que está demandando.

Teniendo en cuenta lo anterior, quiero leer los poemas, desde su manifestación sensible frente a discursos hegemónicos de la guerra, considerando que la poesía testimonial le responde a lo oficial como forma de lo sensible, como discurso poético que se entiende políticamente. Con esto, la violencia generalizada de finales del siglo XX (Pecault, 2001) y la crisis histórica de los procesos de guerra y de paz generan el contexto de la necropolítica (Mbembe, 2006) implantada que no permite el cese del miedo y el terror en el territorio y así también surgen las formas testimoniales, en este caso desde la poesía.

 La noción de la lengua del testimonio que define Agamben (2000) a partir de los sobrevivientes, la lengua del resto, me ayuda a entender un registro cargado de afectos y emociones manifiestos en la forma poética a partir de la fuerza creadora que permite la emergencia del poema, así también el pathos construye un tipo de autoría (poeta testigo) que necesita decir, dar lenguaje a lo vivido, que se duele y que habla desde su dolor testimoniando la existencia sitiada, el resto que deja la experiencia de la guerra. Tampoco es una categoría fija o existen autores sólo marcados en esta estética, sino que es un tipo de autoría que se asume cuando se es tocado por este pathos del dolor y del trauma con el que convivimos.

Estos discursos poéticos confrontan a las políticas implantadas y unificadas alrededor del posconflicto, articulado a las políticas globales de inserción de Colombia en el mercado internacional y a las políticas de la memoria acumulativa que según Huyssen (2000, 2004) motivan tecnologías de olvido.  En este sentido, encuentro entonces una extensión de la poesía testimonial a lo mejor heredada por los márgenes de las apuestas de la poesía en medio de los conflictos del bipartidismo en Colombia*.  Esta se publica entre 1980 y 2019 y a partir de la aspiración democrática de la paz como poética pública. Su respuesta a los discursos y prácticas de la guerra construyen un imaginario de la sobrevivencia para volver sensible a lectores a través de la enunciación de los afectos.

La imagen es el centro de las formas poéticas, pues la hibridación de géneros para la búsqueda del lenguaje, a partir de los restos, hace que el montaje, la lírica documental sean la estética que enlaza la producción de estos autores. Entiendo así la imagen como cristales de las emociones de la época (Didi-Huberman, 2016) y el montaje como “la toma de posición, la disposición de elementos imaginarios” (Didi-Huberman, 2008) para crear el poema, con estas textualidades del testimonio poética se entiende entonces también que “la imaginación es política”. (Didi-Huberman, 2012).

Esta sensibilidad testimonial parte de la premisa de la lógica del testimonio que enuncia que “el testimonio es el recipiente en el cual se vierten o del cual desbordan, en primer lugar, el acontecimiento; en segundo lugar, su relación con aquel que lo «cuenta»”  (Gonzalo Sánchez Gómez, 2018), pero más que la representación de este testimonio lo que se genera es un lenguaje fragmentario, que colinda entre géneros, pues hay algo que contar pero el lenguaje está fracturado entonces la poesía lo busca, también colinda entre temas, entre afectos. Del mismo modo, crean una suerte de nueva realidad que coincide con lo que Marina Garcés entiende como condición póstuma (2015, 2017), esa realidad amenazada, que, a pesar de la ruina y la catástrofe, permite lo vivible. Desde este marco, la primera constelación de poetas testigo es la de los poetas asesinados. Entre ellos encuentro la obra de Tirso Vélez (Poesía reunida, 2018), Julio Daniel Chaparro (De nuevo soy agosto y otros poemas, 2012) y Chucho Peña, poetas estigmatizados y asesinados. Estos tres han sido publicados póstumamente por sus familiares y amigos.

En estos poemas encuentro el resto, la lengua del testimonio y sus silencios (Agamben, 2000) por tanto, a mi juicio se elabora una estética, la relación de la poesía testimonial con la huella de la guerra vivida, por el silenciamiento de los poetas y lo que convoca su poesía, incluso publicada después de su desaparición o asesinato. A partir de este gesto, se da cuenta del amor desde el sentido aspiracional de justicia, como lo entiende Martha Nussbaum (2014), que se manifiesta a través del arte y la cultura y que reclama la democracia. Hay que recordar además que estas publicaciones se escriben en plena época de la Asamblea Nacional Constituyente, traducen el sentimiento amoroso y doloso del país, y resuenan, sobreviven.

La segunda constelación de poetas en esta construcción autoral es la de los poetas dolosos. Con la acepción de la palabra que interpela al crimen, pues en sus poemas se encuentra la vergüenza y la culpa de la criminalidad como registro afectivo, también el en sentido de hacer duelo, de dolerse porque son poemas escritos, motivados desde lazos de amistad, o de familiaridad tales son los casos de los poemarios de Horacio Benavides  Conversación a oscuras (2014), de Saúl Gómez Mantilla los poemas Pequeño conteo de los gritos, El viaje de las ánimas, La memoria de mis muertos en Rostro que no se encuentra (2009). Un poemario sobre el desplazamiento forzado del que toda la población de La Avianca, Magdalena fue víctima es Regresemos a que nos maten amor (2008), donde a manera de crónica poema Adolfo Ariza Navarro cuenta y siente este coloquio de voces que enuncian el trauma del desarraigo. También encuentro en este registro algunos poemas del libro Amazonía y otros poemas (2011) de Juan Carlos Galeano y Poemas de la guerra (2000) de la escritora Anabel Torres.

Aunque es difícil establecer quién ha vivido y quién no ha vivido el conflicto armado, entre los escritores que hacen poemarios o poemas sobre la violencia en Colombia, la constelación más numerosa la constituyen los poetas condolidos. La escritura condolida parte de mirar lo que no se ha querido mirar, de hacer justicia como forma del abrazo diría Rivera Garza (2015). Condolerse es el gesto político de quien se deja afectar y ejerce el montaje bajo la lógica de la mirada de la violencia, pone, expone, las imágenes del resto, explora la lírica documental, las tonalidades anti-épicas, elegías testimoniales y genera a partir de allí una imaginación pública conmovida, contagiada de empatía. Esta tendencia es creciente aún en la actualidad.

Ubico aquí poemarios como El sol y la carne de Camila Charry (2015), Asma, de Fabio Andrés Delgado y Edwin Gamboa (2015), Seré tu voz (V. Romero 2015), Animal de oscuros apetitos (2016) de Nelson Romero Guzmán, Al otro lado de la Guerra de Fabiola Acosta (2014), Memorial del árbol de Henry Alexander Gómez (2013), Los días derrotados  de Hellman Pardo (2016), Andrea Cote (2003), Circulando (Andrade 2009), Postal de la memoria (Cordero Villamizar 2010), El bosque de los Espejos de Nana Rodríguez (2015), Alarmas armadas de Fernando Núñez (2016).

En mi investigación, también cotejo como parte del mismo flujo histórico-político los siguientes libros: Relatos de Camicá (Múñoz 2019) de Carmen Victoria Muñoz Morales, Un día maíz (Sánchez 2010) de Mery Yolanda Sánchez; Es de tontos el regreso (Velásquez Torres 2019) de Carlos Velásquez Torres; Desplazados del paraíso (Flórez 2003) de Antonio María Flórez; Diario de los seres anónimos (Ortiz 2015) de Omar Ortíz; algunos poetas del libro Soportar la joroba (2011) de Cristina Valcke Valbuena; del libro Tempus (2014) de Hernán Vargas Carreño;  también otros textos de Un poeta es una satélite en constante caída (Garzón 2015) de Omar Garzón. Asimismo, el poemario Sucia luz (2018) que se encuentra en la Antología de Luis Arturo Restrepo (Restrepo 2019), escrito como respuesta a los resultados del plebiscito por la paz en 2015; algunos autores persisten en la escritura de poemarios enteros sobre el tema como Hellman Pardo (2018) y Henry Alexander Gómez (2019), también el libro de Fredy Yezzed sobre la desaparición forzada que es tal vez el de más reciente publicación al respecto Carta de las mujeres de este país (2019).

Tengo que ampliar la idea de que no es mi interés un registro poético que marque biográfica o explícitamente la diferencia entre aquel que ha sido víctima de la guerra o aquel que la siente como propia y la desapropia, incluso tengo la dificultad de no identificar claramente quiénes de estos poetas vivos no escriben en estado de emergencia (Rivera Garza 2015) o en emboscada (Chaparro 1990), teniendo en cuenta que la guerra no cesa en Colombia.

A estas sensibilidades y estas condiciones de indeterminación entre lo individual y lo público de la experiencia, los y las poetas que estudio, responden con una apuesta en común de escritura a partir del resto como textualidad, toma de posición y formas de reflexión y sensibilidad filosófica de la sobrevivencia.  Por lo anterior, no se trata de una división que considere el distanciamiento de los poetas frente a la experiencia de guerra vivida, o de sobrevivencia como lo hace Agamben (2000) al hablar del musulmán, como aquel que pierde el habla en la condición de precariedad, en relación al sobreviviente, quien se hace testigo y puede contar como Primo-Levi, sobrevive para testimoniar.

Sino que, desde una experiencia colectiva y las motivaciones afectivas de la escritura, he tratado de agrupar los poemarios y poemas para comprender desde el discurso poético, cómo le responde la poesía a la guerra, a la precariedad y la amenaza, cómo articula ese resto del testimonio, del lenguaje, desde lo afectivo y colectivo. Excavo así, en la corriente subterránea tiene el flujo de la sensibilidad de la época (Adorno 2003, 50). Esto lo entiendo como unos sentimientos sociales y políticos en común que hacen de la categoría de autor un testigo existencial, en permanente búsqueda de lenguaje ante la falta de justicia y el cumplimiento del Estado social de derechos que enuncia la Constitución Política de 1991 en Colombia.

Es, entonces, una agrupación que no se rige por categorías de quién puede o no hablar de la guerra desde su experiencia biográfica, sino de su testimonio existencia; desde su afección y lo que siente, el pathos que motiva la escritura y autoriza la búsqueda de lenguaje. No se trata pues de que unos poetas se vuelvan aquí portavoces de las víctimas, sino que esa existencia sitiada, hace del poeta, en algún momento de su pulsion creativa, un autor que responde en su sentir a la época, como una manera de sobrevivir y de coexistir cuando no hay palabra, cuando la amenaza toca las dimensiones del pensar, de vivir, del actuar en el país. El afecto es lo que moviliza la escritura y lo que también permite hacer una crítica frente a la realidad y al estado de excepción, poner en poesía lo que se despoja a la realidad vivida en común.

En este sentido, encuentro que en la estructura sentimental de la época (Williams, 1980) se encuentra esta estética testimonial con sus afectos empáticos frente al miedo y al horror como hegemonías sensibles. No ya desde el discurso de un testimonio jurídico sino desde lo híbrido y el desplazamiento entre lo que deja la violencia en la palabra y la poesía como posibilidad de búsqueda de lenguaje para lo sentido, para la experiencia del trauma y sus búsquedas de catarsis, de posturas y de pensarse la vida a pesar de la violencia y la precariedad como síntoma compartido.

 

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(*) Desde los años ochenta se manifiesta acciones políticas públicas de la poesía como la participación de la poeta María Mercedes Carranza en la Asamblea Nacional Constituyente y sus manifestaciones de movilización cultural alrededor de la convocatoria del programa “Alzados en almas” como reacción frente al conflicto. Sin embargo, no ubico aquí su obra, así como tampoco me dedico a Gaitán Durán o a Eduardo Cote, pues me interesan los registros sobre los que no se ha escrito crítica alguna en relación con el tema, es decir aquellos que desde las periferias y márgenes tienen un discurso que hace parte de esta apuesta en común. Algunos poetas de la llamada Generación sin nombre. como la poeta en mención, han escrito libros en este registro, en mi tesis amplio la idea de La edad de los poetas entendiendo este como un punto de quiebre socio-cultural donde la poesía moviliza. Me enfoco aquí en la prolífera aparición de poemas y libros que piden una lectura sistemática en este tenor pues no se les ubica dentro de una tradición literaria.

 

 

Bibliografía

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Angélica Hoyos Guzmán (Barranquilla, 1982). Escritora, docente e investigadora de la Universidad del Magdalena. Licenciada en lenguas modernas de la Universidad del Magdalena, Magíster en Lingüística del Instituto Caro y Cuervo, Magíster en Literatura colombiana y Latinoamericana de la Universidad del Valle, Candidata a Doctora en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar-Sede Ecuador. Ha publicado diversos textos literarios en revistas de Colombia, Perú, Ecuador, México, Argentina, España y Estados Unidos y ha sido invitada a varios festivales poéticos internacionales y nacionales. Su poemario "Hilos sueltos" fue publicado en España por Ediciones Torremozas, Actualmente prepara la publicación de su Segundo libro de poesía "Este permanecer en la tierra." Docente de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Magdalena, Santa Marta. Candidata a Doctora en Literatura de la Universidad Andina Simón Bolívar-Sede Ecuador. Correo electrónico: amapoesia@gmail.com; ahoyos@unimagdalena.edu.co.

 

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Las pinturas del Banner de presentación hacen parte de la Serie "Patillas" del pintor magdalenense Ángel Almendrales. Al enterarse de la masacre de Nueva Venecia, el artista buscó expresar lo ocurrido y sentido en el lugar de los hechos y encontró en esta fruta la organicidad para contar la tragedia y el derrame de la sangre de personas trabajadoras, humildes, pescadores de la ciénaga y su fragmentación social.  Las imágenes son tomadas de la página de Artelista en donde se encuentra el trabajo del pintor. https://angel-almendrales.artelista.com/


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