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16 Abr 2020 / 10:58 am

 

La historia de la Rusia del siglo XX, caracterizada por la revolución y la guerra, está acompañada de grandes poetas, entre ellos, Anna Ajmátova, acusada de traición, silenciada, censurada, aclamada por el público, una poeta en la cual se refleja la precisión de la imagen frente a la contundencia de los hechos, así el poema Epílogo, escrito en 1940, un testimonio que rodea nuestros tiempos.

 

 

 


EPÍLOGO

1

Ahora sé cómo se desvanecen los rostros,
cómo bajo los párpados anida el terror,
cómo el dolor traza en las mejillas
rudas páginas cuneiformes,
cómo unos rizos cenicientos y negros
se tornan plateados de repente,
la sonrisa se marchita en los labios dóciles
y en una risa seca tiembla el pavor.
y no sólo por mí rezo,
sino por quienes permanecieron allí conmigo,
en el frío feroz y en el infierno de Julio,
bajo el muro rojo y ciego

2

De nuevo se acercó la hora del recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento.
A aquella a la que a duras penas empujaron hacia la ventana,
a quien sus pies no pisan su tierra natal,
a la que agitando su bella cabeza
dijo "Vengo aquí, como si fuera a casa".
Quisiera llamar a todas por su nombre,
pero confiscaron la lista y no se puede encontrar.
Para ellas he tejido un vasto sudario
con las pobres palabras que les oí.
De ellas me acuerdo siempre, en todas partes
no las olvidaré en una nueva desgracia
y si amordazaran mi atormentada garganta,
por la que gritan cien millones de voces,
que ellas también rueguen por mí
en la víspera del aniversario de mi muerte
y si alguna vez en este país
deciden erigirme un monumento
doy mi acuerdo a ese honor
sólo a condición de que no lo erijan
junto al mar, donde nací.
Se rompieron mis últimos lazos con él.
Ni en el parque de los Zares, junto al secreto tronco,
donde una desconsolada sombra me busca
sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas
y donde no me abrieron los cerrojos.
Porque en la plácida muerte
temo olvidar el fragor de los negros furgones,
olvidar cómo chirriaba la odiada puerta
y a la vieja que aullaba como una bestia herida.
Ojalá que de mis pesados párpados de bronce
fluyan las lágrimas como derretida nieve
y que la paloma de la prisión arrulle a lo lejos
y que silenciosamente naveguen los barcos por el Neva.

Anna Ajmátova
(Traducción de Jesús García Gabaldón)

Pintura: Oswaldo Guayasamin – Playa Girón (1961)


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