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14 Abr 2020 / 08:32 am

 

Publicamos una selección de la poeta, narradora y periodista mexicana Alma Karla Sandoval (Jojutla, Morelos) Entre varios reconocimientos, se encuentra el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano (2013), el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro (2015) y el Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano (2019). Cuenta con más de veinticinco libros publicados.

 

 

 

 

TIEMPO DE ANÉMONAS

Te leo. Sé que un caballo es para ti un naufragio.
También estoy junto al mar,
pero ahogada en el derrumbe.
Miro el clóset. Hay cuatro camisas,
estaría bien que fueran tuyas.
Aunque todo vuelve a una hora azul de junio,
empaqué el amarillo y sus bengalas.
Si tuviera tiempo para anémonas,
te las describiría,
pero pesan los vestidos como escombros.
Tal vez tu abrazo de palabras suaves,
de peces o grullas, era la salvación en aquel plano,
en la carta que nadie acribilla.
Tembló aceleradamente,
con la furia de quien sabe acanalar el pecho,
irse un poco más en cada pausa,
irse a la noche y el fango nunca comprensible,
apenas dibujado en esas balsas que se estrellan
hacia dentro, así tembló.
No sé si una floración de rocas es lo que resta,
levantar la mirada para buscarnos,
pero la muerte es el blanco del cielo,
ni una nube que nos hable,
ni una gota que proteste igual
que el amor cuando no es una camisa.
También hay música sacra en el abandono,
en la conmoción del paisaje
y los palacios infantiles.
Jugaba a ser el lobo, el jabalí, el cerdo, el hada.
Quería ser Circe en medio de gravillias,
con la lluvia vegetal de sus colores obscenos,
con el vestido ceñido a la cintura.
Ahora, junto a lo que la ruina entrevera,
pienso en un caballo.
Si lo monto desnuda con mi nombre,
solo tú sabes por qué sigo perdida.

 

 

 

 

HAY QUIEN SACA HOMBRES DEL LODO

Hay quien abre la tierra
buscando el nido verdadero
donde dejar salir sus plumas.
Hay quien arroja semillas
de sensuales jacarandas
con tal de no escribir un epitafio.
Hay quien entierra un cuchillo
o su menstruo para ahuyentar la lluvia.
Hay quien deja oro sucio y caracoles blancos
en un cofre con papeles prohibidos.
Hay quien quema la columna de un pescado
y esconde una llave ensangrentada.
Quien sepulta un cáliz.
Hay quien dice que el campo es para eso,
para que el tiempo no encuentre lo que ha sido.

 

 

 

 

PALIMPSESTO DE LOS LLANOS

El silencio cae en otro rincón que ya no existe
con olor de llovizna tierna como elote.
Un viejo de piedra nos contó esa historia,
lo seguían peces nadando en el aire,
iban moviendo sus aletas detrás de las Susanas locas.
Como hombre era hijo del Padre,
de los vástagos que hicieron de la luna un círculo.
En olas de incesto se ahogaban las pavesas
de lo que ardió sin lumbre allá en Luvina,
de lo que miró crecer milpas y el olvido
donde los espectros bailan y matan las tormentas.
Díganle al zacate que se eleve más allá
de lo extraviado: pólvora azul,
yeguas cansadas, tierra dura.
Conjuren el fracaso que crece,
hierba santa, en lo que no decimos.
Coatlicue responde:
Voy en un taxi y te voy hablar del viento.
Es camaleón, luego acaricia
cuando hay algo tuyo en la galerna,
un soplo que desviste
lo que miro,
las cosas ciertas o irreales:
abulia y dolor de los peatones,
semáforos eternos cuando llueve.
También dos ángeles.
Será que apenas
nos sembraron el otoño
o porque tengo frío te converso.
Tal vez el viento es madriguera
de palabras con hocico,
silencio con pelambre rojo.
El taxista también
es un mamífero.
Sube el vidrio.
Me pregunta:
“¿Le molesta el aire,
Señorita?”

 

 

 


JUEGOS DE PÓLVORA

No le gusta la sangre
ni el sonido de un revólver.
Jamás perdería su tiempo
diseñando alas para un gato.
Ella se casó con las cuentas
de un vestido para locas
y todo el mundo
aplaude su cordura.
Recoge miel contaminada
que a ti y a mí nos debilita.
Tú sabes esconderte en pecados inéditos;
comprar maquillajes, reputaciones,
meter al horno el orgullo
y luego de una hora
sacar de ahí el cadáver del enemigo.
Ella no destroza caracoles
con la mirada.
La expulsaste en febrero,
le hiciste ver el aire
y se cubrió los ojos.
Le hablabas de una flor invisible
y te pidió crayolas.
Nunca te inspiró un conjuro,
pero es mi hermana.
En su cabellera
nacen fuegos imposibles.

 

 

 


EL PAÍS EXTRAÑO

Ven, están matando gente afuera.
Haremos de la sangre un recuerdo lejano.
Soy tu mujer imaginaria.
La golondrina de mi nuca es lo que resta
de las distancias antes de los frutos negados.
Te puedo hablar de lo que nunca sucede
con mi chistera en medio del terror y la pólvora.
Están matando gente afuera.
Deberías besarme y yo parar los juegos del granizo.
¿Quién va a salvarse de esta ceremonia oscura?,
¿con qué ojos sino los tuyos que alimentan
la conversación en Comala?
Sueño que vienes como el poeta que nada quería
más allá del adiós buscando
un país extraño y un río sucio.
Sueño que vienes, pero siguen matando gente afuera
y nos quedamos haciendo la vida al otro lado del ventanal.
Lo básico, eso te doy, flores ardiendo en la tormenta.
Mi mano si nos movemos entre cadáveres de niños.
Mi boca en tu mente que nos busca
igual que el náufrago a una bengala.

 

 

 

 

PLAZO FIJO

Acá está tu soledad, te la devuelvo.
Perdona que la haya torturado
antes de descuartizarla.
Fue presa fácil.
No hubo que esperar entre los lotos,
no hizo falta adormecerla.
Te la entrego por partes,
salada con el sudor
de las mujeres que te amaron.
Te la doy cruda.
No disfruté cazarla.

 

 

 

 

POR LA PANAMERICANA

Alguien erosiona el monte que tomamos
para contemplar palomas
y rostros amarrados con pañuelos.
Viajábamos sin pasaporte,
más allá de la máquina Singer
que nuestras madres pedalearon
sin llevarlas a una esquina de la época.
Queríamos cantarnos todos juntos
entre girasoles que cultivaron lo más viejos.
Con todo, no éramos originales,
por más niebla que bebimos,
por más cerezas que arrojamos en la nieve,
por más palabras hirsutas,
nos parecíamos a los de ayer.
Cargamos con igual ardor esa bengala inútil
que nadie vio y tú lo sabes.

 

 

 


ZONA CERO

Ninguna herida cierra pronto.
Contemplamos la costra, ese animal durmiendo
en el rincón de lo que éramos: sangre encendida.
Sabemos que la búsqueda terminará en cicatriz.
Soñamos nuestra orilla y la deseamos.
Queremos la fuga, un país distinto, un cuerpo que deje de ser el que nos toma.
Escribimos mensajes, miramos la luz filosa en cada nube,
pero anochece y confesamos lo que nadie entenderá.
Hace poco murmuré: qué anaranjadas las flores en la carretera,
qué grandes, como burlas, luego del terremoto.
Dirías que la vida abre en los caminos, que hay un después al reverso,
en las coordenadas frías o calientes de este mundo.
Incluso en Suecia, donde estás, o en el desierto que es la cama
donde finjo dormir desde julio.
La alfombra de octubre es una herida,
drena el tumor que ya no existe en la garganta.
Quería poder hablar para leerte un poema anaranjado,
lo urgente, empero, es la resurrección.
Todo país termina alguna vez.
Todo recuerdo va secándose como el bis de una lágrima.
Quien abre la celda se astilla.
Quien entra en un rosedal consigue espinarse.
Quien insiste en su cautiverio y las fotos de turista de la devastación,
abraza el Síndrome de Estocolmo.
Esa herida, repito, no es superficial.

 

 

 

 


MUERTOS

Esta noche, porque vienen,
el aire es una risa de fuego que da frío.
La tierra se deja humedecer por memoriosa,
por el maíz blando del perfume
y todo aquello que esta noche crece
a la sombra de un latido de sal,
del trago de tequila dándole luz al fotorama.
Vienen y el esqueleto danza en el paisaje,
en la bruma que nada sabe del volcán ni de los ríos.
Qué viva es la eternidad y la escalera al cielo.
Qué amor por la nave de la noche brilla en su cuerpo de fantasmas.
Qué corona de espinas y amuletos que no pueden tocar, ya no.
No con su purgatorio ennegreciendo el útero
y las cadenas y el orgasmo de la muerte
que es caminar sobre los mares.
No más esta noche con chocolate y canela,
con lengua dulce y besos amargos, no más.
La muerte nos creció donde se acaban las pestañas
y el barro que fuimos se quiebra en el incesto.
Hermanos todos, todos entrampados,
todos persiguiendo la carne del otro que es la nuestra,
el sabor a cempasúchil, esa piel de la agonía,
el anís en el pan que nos consume.

 

 

 

 

CAMINO AL ORO

La luz no renacía en los pinceles,
se mantuvo expectante en otras manos ocultas.
La niebla reveló su complejo
de bala expandida.
Bogotá no era un abrazo,
pero mataba el eco de los que dicen hola
pensando que no habrán de despedirse.

La luz no lograba revelarse
y se puso a caminar sin cédula,
sin boina de paramilitar arrepentido,
sin la llama oblicua del tal vez.

Yo no advertía el amor
como trucha loca montando el Transmilenio.
Él no era un otoño bipolar
ni la violencia del abrigo; no lo advertía.
Negué el nombre de la muerte
luego de atarlo entre mis sábanas.

 

 

 

 

ÁLBUM NO DICHO

Digamos que en el sueño
ya no había más guerra.
Volvíamos juntos a la infancia.
Allá, con los guayabos.
Allí, con los huizaches.
Nadie herido.
El viento soltaba las ciruelas.
Las mirabas caer igual que música.
Me dabas cinco que no quería gastar.
Las guardaba para el futuro.
Yo sabía que los cuentos
de la abuela, que los jinetes
y los ángeles enloquecidos
llegarían cuando estuviéramos muy lejos.
Cuando soñara con jardines,
cuando el desierto diera pánico
y más melancolía.
Las ciruelas se pudrieron.
Se mancharon los vestidos.
Cada quien se fue a buscar palabras
en países blancos, ajenos.
Pero alguien se quedó escuchando
las trompetas de este apocalipsis.

 

 

 

 

 

 

Alma Karla Sandoval (Jojutla, Morelos) Estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Especialista en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Complutense de Madrid y magister cum laude en Literatura Latinoamericana por la Universidad Javeriana de Bogotá. Cuenta, también, con las maestrías en Periodismo Político y Ética y Construcción Social por la Universidad de Deusto, Bilbao. Doctora en Literatura por el CIDHEM. Es profesora de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, el Centro Morelense de las Artes y coordinadora del taller de Creación Literaria del Tecnológico de Monterrey, campus Cuernavaca.

      Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano. Es Premio Mujer Tec 2015 en la categoría de Arte. Ganadora del Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro 2015 y de los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit, 2015, en Poesía. Fue reconocida con el Premio Nacional Profesor Inspirador 2016 del ITESM. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Ganadora del Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019, de la Secretaría de Cultura del estado de Morelos. Cuenta con más de veinticinco libros publicados. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
Derechos Reservados Fundación La Raíz Invertida 2015

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