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17 Mar 2020 / 13:25 pm

 

Actúa, no pienses: “Herbert White” de Frank Bidart

 

Nota y traducción de Santiago Erazo

Cuando James Franco leyó en un curso de escritura creativa “Herbert White” de Frank Bidart, vio de inmediato la posibilidad de hacer un cortometraje basado en ese poema. A medida que los versos avanzaban, la crudeza de las imágenes, el monólogo del hombre que asesina y viola mujeres sin reconocerse como el actor de dichos actos, todo se componía en su mente de una manera tan visual que terminaría realizando, tiempo después, un corto, su primer corto, con el mismo título, protagonizado por Michael Shannon. Inclusive, esa experiencia lo marcaría tanto que publicaría un libro de poemas, su primer libro de poemas, titulado Directing Herbert White.

Franco se enteró, poco después de leer el poema, de que su intuición estaba bien afilada, pues Bidart era, en palabras de él mismo, un director de cine frustrado que trataba de emplear técnicas cinematográficas en sus poemas; de evocar la agilidad de una narración audiovisual en un poema. “Herbert White” es muestra de ello. Acá la necrofilia y otros actos aterradores transitan en espiral por el discurso convulso de un hombre que no entiende bien qué ha hecho y por qué lo ha hecho. Frank Bidart vuelve hiperbólico un malestar común de la cultura contemporánea: la dificultad de pensarse a sí mismo. Suele haber un manto oscuro, pesado, que oculta las razones de nuestras acciones, y nos cuesta siquiera querer levantarlo.

A pesar de que Bidart, Premio Pulitzer de poesía en el 2018, sea catalogado como un poeta confesional, abre su obra, su primer libro, con un poema sobre un asesino necrofílico. El mismo poeta norteamericano señala que eso es deliberado, que las comillas al inicio del poema son deliberadas, que el lenguaje directo y las imágenes escatológicas también son deliberadas pues ve en Herbert White a un anti-yo, un sujeto inverso que a la vez cristaliza el mundo del cual él viene: gente que mata, que se emborracha y golpea mujeres, pero que logran convencerse a sí mismas de que lo que han hecho no está mal. La ironía de pensar un artificio que permita experimentar la ausencia de pensamiento.

En el poema, el lenguaje es vertiginoso como es vertiginoso el semen que White derrama sobre una cabra muerta. El mérito de Frank Bidart en su artificio es reproducir con versos ágiles la psicología del que piensa y no actúa, solo con una excepción. Al final del poema y del corto de James Franco, tras haber matado a varias mujeres y animales, Herbert White logra, por un instante, verse a sí mismo. Ha logrado pensarse, los versos son escalonados y van arrastrando el silencio del blanco de la página. White ha hallado en su mente un verdadero infierno. Un infierno silencioso y rodeado de espejos. Pero el poema termina allí, y solo queda la sensación de que aquel momento de autoconciencia será bastante efímero. De que, a continuación, seguirá otra catarata de acciones desenfrenadas e intempestivas.

 

 

 

 

HERBERT WHITE

“Estuvo bien cuando la golpeé en la cabeza

y luego lo hice un par de veces más,
pero fue gracioso; después de todo,
fue como si alguien más lo hiciera…

Todo era liso, nítido, sin riqueza o línea alguna.

Aún así, me gustaba manejar dentro del bosque donde ella yacía,
decirle a la vieja señora y a los niños que tenía que ir a orinar,
salir en un salto y hacerlo sobre ella…

Todo ese fastidio que tenían mientras me esperaban
                                                             me hacía sentir bien;
pero, aún así, como lo sabía todo el tiempo,
                                                             ella no se movía.

Cuando el cuerpo se descompuso demasiado,
me hice una paja, dejándolo caer sobre ella…

Suena loquísimo, pero te digo,
algunas veces era hermoso; no sé cómo
decirlo pero, por un minuto, todo era posible;
y luego,
luego,
                bueno, como dije, ella no se movía: Y vi,
debajo de mí, una niñita que simplemente yacía en el lodo:
y supe que yo no pude haber hecho eso
alguien más lo tuvo que haber hecho
estando allí, sobre ella
                                          en esas ordinarias hojas de mierda.

Una vez fui a ver a Papá en el motel donde se estaba
quedando con una mujer; pero ella se había ido;
podías oler el vino en el aire; y él empezó,
vergonzosamente, a llorar…
                                               Todavía estaba un poco ebrio,
y me pidió que lo perdonara por
todo lo que no había hecho; pero ¿qué putas?
¿Quién habría querido quedarse con Mamá?, ¿con bastardos
que ni siquiera son sus hijos?

                                                    Me entré al camión y empecé a conducir
y vi a una niñita
a la cual recogí, golpeé en la cabeza y
follé y follé y follé y follé y luego

enterré
                           en el jardín del motel.

Mira, desde que era niño yo quise
sentir que las cosas tuvieran sentido: recuerdo

estar mirando por la ventana de mi habitación de vuelta a casa
y sentirme casi que ahogado por el asfalto;
y el pasto; y los árboles; y el vidrio;
¡Solo ahí, solo ahí, sin hacer nada!
¡Sin decir nada! Llenándome
pero al tiempo siendo una pared; muerto, y deteniéndome,
cuánto quisiera ver debajo de eso, cortar

debajo de eso, hacer que eso,
de alguna manera, cobre vida…

                                                            La sal de la Tierra
Una vez mamá dijo: ‘Las agallas del hombre son la sal de la Tierra...’
Esa noche, en ese motel Twenty-nine Palms
que he visto un millón de veces por el camino, todo

encajó con todo; estaba bien;
parecía como si
                                 todo tuviese que estar allí, como si hubiese estado años
tratando, al final, de terminar de dibujar este
                                                                       círculo gigante...

Pero entonces supe de repente
que alguien más lo había hecho, algún bastardo
había herido a la niñita; el motel
                                                          pude verlo otra vez, había sido
el mismo todo el tiempo, una ruidosa
pila de ladrillos, yeso, que no parecía
tener que estar allí, pero lo estuvo, solo por azar.

Una vez, en la granja, cuando era niño,
estaba follando a una cabra; y la cuerda sobre su cuello,
cuando la cabra trataba de zafarse,
la apretaba aún más; y justo cuando me vine,
se murió…

Regresé al otro día; me hice una paja sobre su cuerpo;
pero no ayudó en nada...

Una vez mamá dijo:
‘Las agallas del hombre son la sal de la Tierra y le crecen niños’

Me esforcé un montón en venirme, era más dolor que otra cosa,
pero no ayudó en nada…

Hace más o menos seis meses escuché que Papá se volvió a casar,
así que viajé hasta Connecticut para verlo y para ver
si estaba feliz.
                                                 Ella era 25 años más joven que él:
tenía un montón de niños pequeños, y no sé por qué
me sentía tembloroso…
                                              Me detuve frente a la dirección;
y me acerqué a la ventana para ver adentro…
                                                          Ahí estaba, tenía un niño
de seis meses de nacido sobre las piernas, riendo
y haciendo saltar al niño, feliz ya estando viejo
de poder jugar al papá después de años de estar dormiendo por ahí,
eso me confundió…
                                                                Pensar que lo que él nunca me pudo dar
                                                                él quiso dármelo...
                                                       Pude haber matado al bastardo...

Naturalmente, me metí al carro
y créeme que estaba determinado, determinado, determinado
a irme derecho para la casa…

                                               La vi salir del cine,
estaba sola, y
yo le daba vueltas a la cuadra mientras ella seguía caminando,
diciéndome ’La vas a dejar tranquila’,
’La vas a dejar tranquila’.

                                                ¡Qué miedo me daba el bosque!
Mientras las estaciones cambiaban, y tú veías más y más
cómo se mostraba la calavera, las noches se volvían más claras,
y los capullos, erectos como pezones…

Pero luego, una noche,
nada funcionó…
Nada en el cielo se podía difuminar como yo quería
y no podía, no podía
hacerlo parecer para mí
que otra persona lo había hecho…

Traté y traté, pero solo estaba yo,
y ella, y los árboles afilados
diciéndome, ‘Ese que está ahí eres tú.
                                                        Solamente...
                                                                              tú’
Espero fritarme.
El infierno vino cuando me ví
                                               A MÍ MISMO…
                                                                  y no pude soportar
lo que veía”.

 

 


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