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12 Feb 2020 / 14:36 pm

 

Por Anngy Carolina Romero 

 

La escritura de Héctor Viel Temperley resalta por la plasticidad de sus versos, la composición de imágenes surrealistas y cuadros de poderosa vitalidad. Si bien, durante sus primeros años de producción se mantuvo como un poeta prácticamente secreto y distante de todas las actividades y agrupaciones literarias entre las décadas del 50 al 80, su obra, vista como un solo cuerpo, lo afirma como un poeta del trabajo constante, de la reescritura laboriosa del verso. Poeta, periodista y nadador, titula Crawl (1982) uno de sus poemarios como metáfora del trabajo con el cuerpo. Viel escribe con el cuerpo y sobre el cuerpo.

Desde sus primeros cuadernos de poemas, construye imágenes naturales a partir de la articulación de los cuatro elementos; mientras que la tierra aprisiona y sujeta al yo lírico, el agua y el aire lo liberan, le permiten conectarse con lo divino. La divinidad está asociada al fuego, último elemento. No estamos en presencia de un poeta religioso sino que, como sostiene Fogwill, se afirmó dentro de los sistemas convencionales (deporte, viaje, campo), entre ellos, una mitología cristiana, herencia y propiedad de familia. Construye allí un escenario bucólico que es también patria, con un vigor que nos recuerda a Don Segundo Sombra. Su primer poemario, Poemas con caballos (1956) toma por objeto al elemento más vital entre los tópicos del paisaje de la gauchesca, mostrando así no un cuadro estático en el tiempo, sino una composición surrealista e incesante. Uno de estos poemas lleva por título “Elegía”, nombre de ese tipo de texto que es lamento ante la pérdida:

 

Elegía argentina

(Fragmento)

 

Los caballos se bañan en el río

y yo me baño en el río con los caballos.

Sus crines y sus colas

son de agua sobre el agua,

como fuentes que fluyen

desde la arena al aire.

Y yo me baño en el río

pero bebo las crines

y las colas de los caballos.

 

El agua rueda desde Dios

y se desliza por sus ancas

y se bifurca en mis caderas.

Más que el río y la lluvia,

sus crines me humedecen el pelo.

Es una tarde de verano,

de un día que no existe,

y en un país que no se tiende,

ya,

a la sombra de sus caballadas.

 

Esta tarde, Dios habla

en los saltos del río

para nombrarme caballos

que todavía yo recuerdo.

Caballos que la lluvia volvió de lluvia

y que se fueron tormentosos,

hasta que el sol los evaporó.

Y recuerdo el caballo

que murió con un ojo estallado por su dueño,

cuando mi madre era muchacha.

Y recuerdo otros caballos

que galopé en el sur

y que montaba en pelo

por una laguna de sal,

contra el viento que olía a mar, hasta que la lluvia

lo lavaba en la arena.

Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo

y que eran iguales a los míos.

 

Dios les habla y me habla

con las mismas palabras cuando el ruido del agua

es el silencio de todos los campos.

Los nombra y me nombra,

Y es una tarde de verano,

de un día que no existe

o que existió sólo en la Pampa.

Pero montado en los caballos

siento mi cuerpo contra el río,

nado entre crines y galopo a Dios

y mis ojos se hunden

profundizados en su pecho.

 

Lamento por caballos lastimados, por un tiempo en el que el pueblo argentino reposaba a la sombra de sus caballadas, por un verano en el pasado. El agua, el caballo y Dios se superponen como una sustancia sola, que se une a la voz lírica, galopa, cabalga a Dios. Incluso en estos primeros poemas, Viel dota de materialidad a Dios, le devuelve un cuerpo que es igual a otros cuerpos –el suyo y el del caballo-, cuerpos que se relacionan y se superponen. El agua cae desde Dios y rueda por las ancas de los caballos, que son las caderas del enunciador. Heredero de Rimbaud, la voz poética de sus versos no se condice con la unidad, sino que migra y se desustancializa a través de la alternancia de pronombres que se superponen y confunden, así como muta el mundo, siempre en movimiento y transformación ante sus ojos.

Posiblemente sea su tono desestabilizante de la doctrina católica lo que lo mantuvo casi desconocido hasta la publicación de sus dos últimos libros. La exaltación del cuerpo unida al uso de elementos religiosos, resulta a todas luces inquietante, como ocurre con los versos sobre Adán en Humanae vitae mia (1969):

 

Qué horror el paraíso

si Adán no hubiera amado la carne de su carne,

si hubiera descubierto que era una carne aparte, enemiga de las alas.

Hubiera comido la manzana como quien se purga.

Hubiera sido padre de pueblos y de razas.

 

Dios goza de un cuerpo que incluso puede ser objeto, en Febrero 72-Febrero 73 (1973) se le compara con una casa y una tienda (que puede ser carpa y comercio); usa camisa:

 

Casas

(Fragmento)

 

Acaso Dios es casa,

acaso es tienda:

tienda nomás, no casa.

No hay hacia Dios caminos

ni es casa con terrazas

para mirar desde allá arriba.

Acaso el hombre quiere

volar nomás en medio

de la tienda de Dios,

tomado de la pobre

camisa azul de Dios,

con los ojos cerrados.

 

Hasta principios de los ochentas, Viel Temperley sentía que su poesía aún carecía de tono, de voz propia; esa voz le viene finalmente por el camino de la repetición, del eco que resuena como una letanía y concilia en su escritura fondo y forma. El tono conserva movimiento y vigor y comienza a perfilarse en el poemario Legión extranjera (1978), al que pertenece uno de sus más bellos poemas. Antes de ser místico, el poeta fue vidente:

 

Unas macetas de amarillo

 

No tengo para ver sólo los ojos.

Para ver tengo al lado como un ángel,

que me dice, despacio, esto o lo otro,

aquí o allí, encima o más abajo.

 

Siempre soy el que ve lo que ya ha visto,

lo que ha tocado ya, lo que conoce,

no me puedo morir porque ya tengo

la muerte atrás, vestida como novia.

Voy entrando, de a poco, en lo que es mío,

en lo que ya fue, en lo que me nombra,

campos azules y altos hasta el pecho,

con el machete centelleante y rápido.

 

Veo cómo comienzan las naranjas

a nadar por el aire, a perfumarlo,

girando velozmente en sus semillas.

Veo moverse ese árbol, luego el otro,

pierdo el sentido de mirar la vida,

me lleva el mar, el pecho hacia lo alto,

muevo el cielo en el puño como un poncho.

Me quieren despertar y estoy despierto,

no me pueden tocar, me aman, me gritan,

me lloran como a un muerto y estoy libre.

 

Yo puedo separar filo y cuchillo,

guardar el uno y arrojar el otro,

terminar con un truco la semana,

pintar unas macetas de amarillo.

Yo tengo como un ángel que me dice

aquí o allí, más cerca todavía,

habla, calla, resiste, estira el brazo,

toca despacio todo lo que es tuyo.

 

Una experiencia mística se ha definido como estado de absoluta independencia, contrapuesta a la religión como estado de subordinación y dependencia; la experiencia mística es liberadora, pero en Viel es una experiencia íntimamente ligada a la exaltación del cuerpo, elemento rechazado y condenado por el catolicismo, frente a la supremacía del alma. Es el apaciguamiento de las pasiones lo que permite la unión mística con Cristo, que en la poesía de Temperley se encuentra en cambio ligada al erotismo, acerca y yuxtapone la materialidad de Cristo y la del enunciador.

Hospital Británico (1986) es su único poemario místico, a pesar de haber hecho alusiones a Dios, en varios poemas anteriores; remite a cierta postal de Christus Pantokrator, un Cristo triunfante, apocalíptico, sereno, motivo asociado al yo lírico en HB. Esta referencia ya se había prefigurado en los versos “Y alguien dice Cristo en Rusia”, parte del ya mencionado poemario Crawl (1982). Por otra parte, tenemos la circunstancia autobiográfica de los días en el hospital de Parque Patricios y la trepanación a la que fue sometido Viel, por un tumor en la cabeza. El yo lírico parece enunciar entre el dolor inefable de la intervención, la alucinación y el efecto de la anestesia del yo referencial, padece los dolores con Cristo, se equipara. Enuncia en primera persona: “Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz/ horas y horas” (inmediatamente pensamos en Apollinaire, cabeza vendada, esquirlas):

 

Hospital Británico, 1986
(fragmento)

Esquirlas

Tengo la cabeza vendada (textos proféticos)

 

Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos del espigón: Ruega por mí que estoy en una zona donde nunca había anclado con maniobras de Cristo en mi cabeza. (1985)

Señor: Desde este instante mi cabeza quiere ser, por los siglos de los siglos, herida de Tu Mano bendiciéndome en fuego. (1984)

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

Por culpa del viento de fuego que penetra en su herida, en este instante, Tu Mano traza un ancla y no una cruz en mi cabeza.

 

Lo que llamaríamos fragmentos, Viel lo denomina “esquirlas”, vocablo que nos hace pensar en la existencia de una explosión previa, en pedacitos de cosa incrustados en el cuerpo, en pedacitos de cráneo saltando por efecto de la trepanación. Estas esquirlas tienen la fuerza del azar, se distribuyen aleatoriamente sin respetar una cronología; por otra parte, aunque se trata de versos de poemas anteriores (del 69 en adelante), el poeta habla de ellos como textos “proféticos”, y espera que el renacer advenga en un día del verano, en el pasado. El tiempo en la poesía de Temperley es el tiempo del mito, un tiempo circular que se repliega sobre sí mismo y por eso todo puede volver a empezar en el pasado, utilizando el molino como imagen del movimiento, del ciclo que es impulsado por el agua:

 

Para comenzar todo de nuevo
El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena. (1969)

 

En este sentido, y siendo Hospital Británico (1986) su último poemario, puede entenderse como relectura y también génesis de la obra de Viel Temperley; es la prueba última de una escritura programática, pensada como totalidad, meditada, pulida. Habiendo encontrado un tono, el poeta puede repensarse, cerrar su obra como un círculo perfecto, como un todo. Nadador, trabaja con la palabra; Vidente, prefigura; Místico, se funde con Cristo:

 

 

Magenta

(Poema inédito)

 

Magenta es la barba de Cristo.

Como rompiente de mar moja mi rostro: en mi nariz

dibuja su nariz y en sus ojos cerrados pone mis ojos.

En mi cara suda, su sangre corre

por ella desde el pelo.

Así empapado estoy con Él, esperando su Resurrección.

Me duele su nariz, su cabeza, su barba, sus labios.

Soy más que un trapo suave, lleno de sueño, blanco de nacimiento; y soy más que

una máscara sobre nariz partida, barba arrancada.

Soy un hombre sobre otro, una boca sobre otra, un beso para Dios pero en la tierra,

donde nadie ve al hombre.

Soy antes y después, en Él, magenta; de sus labios es imposible despegar los míos.

 

*** 

 

Héctor Viel Temperley nació en 1933 en Buenos Aires, Argentina. Fue publicista y poeta. Su trabajo consta de nueve libros: Poemas con caballos (1956); El nadador (1967); Humanae vitae mia (1969); Plaza Batallón 40 (1971); Febrero 72-Febrero 73 (1973); Carta de marear (1976); Legión extranjera (1978); Crawl (1982); Hospital Británico (1986). En 1986 fue sometido a una trepanación por un tumor en la cabeza; murió de cáncer al año siguiente.

 

Anngy Carolina Romero nació en Bogotá y reside en Argentina. Realizó estudios de Lengua Castellana en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y es estudiante avanzada del Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata; allí desempeña labores de docencia e investigación en el área de Teoría literaria. Hace parte del grupo de investigación Escritura y productividad, dentro del cual participó en la publicación Desbordes con su investigación sobre el poeta Álvaro Mutis. Ha participado en diversos congresos y encuentros literarios con investigaciones sobre la escritora Angela Carter, tarea por la que recibió en 2017 la Beca de investigación del Consejo Interuniversitario Nacional.


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