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05 Jun 2019 / 07:02 am

  

Presentación y selección de Juan Camilo Lee Penagos

Pequeños poemas en su mayoría, susurros, relatos íntimos, reflexiones germinales ancladas al paisaje y al cuerpo. Una búsqueda a ratos casi metafísica, en donde se pueden unir la sensación, la memoria y la intuición mística. Hay una intención evidente de construir versos, de trabajar sobre el lenguaje, no ya como forma o recipiente, sino manifestando en el propio juego de la música, la sintaxis o las expresiones coloquiales, una expresión de la curiosidad sobre la propia vida: somos lenguaje, y moldearlo y/o buscarle sus aristas es excavar en nuestro propio cuerpo, en nuestro propio asombro ante el mundo: el lenguaje es también material y paisaje. Palabras humanas que intentan no separar a quien las pronuncia del silencio elemental, del viento o los aguacatales. Palabras que tiran sus raíces hacia lo que el poeta ve, y lo (nos) reconectan con el mundo. En esa conexión el yo se destruye, por supuesto, y las palabras entonces parecen fundirse con la luz solar, con el aroma de la lluvia o el tacto de una piel en la noche. Hay, entonces, una nostalgia de sí mismo, una constante pérdida, una constante apertura. Versos sobre un vacío que llena, versos que nombran el paisaje como parte de una lejanía que también es nuestro cuerpo, versos que muestran el juego con el lenguaje como expresión de preguntas íntimas y esenciales. Pero entonces la experiencia mística es imposible: el lenguaje siempre será un ancla al mundo y un recuerdo de lo que somos: una tristeza que bien llevada es, en últimas, suficiente para amar la vida: “bastaría un solo golpe/ para cubrir el suelo de naranjas”. (Tendón. Editorial Pie de Monte. Bogotá 2018).

 

 

 

forzosamente mía la distancia
en esta tarde blanca
cuando aún no existe y es una ligera brisa
lo que define los contornos

-la ceiba no puede contenerla-

asistir cantar
las diminutas ceremonias del olvido

en el sombrío de este atardecer
                                                 yo poblaré
las horas largas
como hendiendo los dedos en la tierra

 

 

 

 



perseguiré los nombres afines al verano
esto que vive aquí
                              en esta cercanía
para alejar el íntimo dolor de los huesitos

en tan pequeños gestos vas quedando
como si para vivir tuvieras
que ir sembrando tu vida entre nosotros
ahora no renuevas lo que fuiste
lo distribuyes por el mundo como polvo
a fuerza de morir te multiplicas

 

 

 

 



desde mi íntimo penar
                                   ay mis hermanitos
esta tristura del dieciséis así
que vino a desmadrarme
                                    hasta las hendiduras

vagarán mis pies por su consuelo
y haréme hijo nuevamente
entero en mi dolor
                            repoblaré su ausencia

 

 

 

 



la hornacina
el fuego
las derrotas
como palabras sin significado
sin relación ninguna con las cosas
se han transformado en elucubración o heroísmo en el
/lenguaje
para traerlas a donde no estarían

digo fuego alguna noche
conjurando el espanto
queriendo que arda la ciudad que habito
o que una diminuta llama me acompañe solo
con mis muertos
y se extinga suave y lenta en la hornacina

digo hornacina cuando no queda ya ni el espacio para
albergarla
y no hay continente o contenido
ni sagrado
sólo el fuego
que en la palabra podría alguna vez morir
en ella
decir derrota como anticipación tan necesaria
como conjuro si la luz se agota
y el fuego
lo sagrado
la hornacina

 

 

 

 

 



despierto a la gloria fecunda
florida
               de otra tarde
el frío es sobre las palmas al viento
y los inquietos precisos platanares

el maíz también como cuchillo

despoblar
                  por un momento
                                         el aire

                                     *

el aguacate es sombra u oquedad
confirmación vehemente de tantos años juntos

entre nosotros
aguacate y yo
hay sólo diferencia de intensidad
al habitar el aire

 

 

 

 

 

 


la distancia es potencia de abrirte campo adentro

la intensidad del mundo nos disloca
y en los alcances de la piel
                                        sitiada
la totalidad del otro
nos confirma
                                         *
a tal velocidad vaciarse de sonidos

 

 

 

 

 



a esta intimidad sólo
puede seguirle la distancia
                                      abierta
como un murmullo
o farallón inmenso

escribo desde aquí
la muerte es una constante en su velocidad inaccesible
no bastan las ganas de morirse

 

 

 

 

 



no bastan los límites para la piel o los ponientes
hay un tenue transcurrir de ti en las formas
que alejan de la palabra y la memoria

 

 

 

 



entredicho cuerpo en la memoria
sin desdecir su sombra o su candor me habitas
                                                                      pesas
levísima sobre mi estar nocturno
y mi roer las horas
mientras incólume en mis nervios
sobre mi sexo oscura húmeda
entera en el latir
                            extensa
sobre la piel en el sudor
que me recorre y puebla
                                       huelo
ya un poco más a ti que yo
y espero
vuelvo por tu espalda
donde quieren juntarse tantas pecas
ascender para bajar de nuevo
entrar
                                              como el silencio
y destejer la noche
urdirla hasta que caiga
hasta que asiente
en la proximidad de ti en mi cuerpo
que se me abisma y por demás
                                                         me sobrevive

 

 

 

 



es casi la hora del brillo sobre nuestras cabezas
y ya la tarde pesa en el sonido del río
en el alambre de púas cuelgan
la ropa mojada
las maletas

no elegimos la memoria
                                      me digo
solo y vuelvo a salir del río
para mirarte
todavía mojada sobre la hierba

cómo decir que espero
como un niño aterrado
del amor con el que ama

 

 

 

 

 


desmemoriada muerte de los vivos
que no es sino miseria de la errancia
sin encontrar jamás
lo suficiente

claman las horas
buscan su inmensa noche
sus claridades todas
ya sombra entre los días

 

 

 

 

 



es siempre simple la imagen de la muerte
no cesa de decirlo el día
el peso o el sabor aquí en la boca
                                                  *
mentido el silencio bajo la piel
en la impostura
en este estar aquí gregario
tan sólido y rotundo

la tristeza le roe los huesos a la ausencia
hemos dejado ya de aproximarnos
a los rostros la voz los pasos
que fueron o quisimos nuestros

todo un simulacro del silencio

 

 

 

 

 


ni una soledad siquiera exenta de significado
ni la milpa el plátano o los rosales
la maravilla bajo la sombra informe
del lechero hecho cerco
                                              *

bastaría un solo golpe
para cubrir el suelo de naranjas

 

 

 

 

 

 

Santiago López Triana (Bogotá, 1994). Edita entre 2011 y 2013 la revista Aneurisma, de circulación gratuita y convocatoria abierta (9 ediciones). En el 2012 publica Cuántos bombillos nos durará el relámpago independientemente, con portadas originales de varios artistas bogotanos. En el 2013 publica Hálito y rumbo (Senderos editores). Funda y realiza actividades varias en la editorial Pie de monte (2016), cuya propuesta es publicar obras poéticas inéditas principalmente latinoamericanas y ensayos de teoría crítica de tendencia libertaria. Publica con ella El día entero en Abril de 2017 y Tendón, a principios de este año. Han sido publicados poemas suyos en varias revistas colombianas de poesía como Ulrika y Otro Páramo. Participa en varios procesos culturales autogestionados como la Feria del Libro Independiente y A (FLIA).

 


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