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25 Dic 2018 / 14:50 pm

 

Por Jenny Bernal*

 

Fui yo amigo de quien levantara aquel templo.
Era de Megara y se llamaba Eupalinos.
Gustoso me hablaba de su arte, y de cuanto cuidado y conocimiento requiere;
me hacía comprender todo lo que yo, al acompañarle, veía en la obra
Paul Valéry

En la obra de Paul Valéry es pertinente destacar sus continuas reflexiones en relación a la experiencia estética, la obra poética y la creación literaria. Lejos de ser un taxidermista de la literatura y asumir los textos como pretexto para configurar categorías vagas, que para el mismo Valéry carecen de interés: “es demasiado evidente que todas esas clasificaciones y opiniones ligeras nada añaden al goce de un lector capaz de amor” (Valéry, 1990, p.33); Valéry, nos habla a partir de su experiencia como poeta y plantea una “Poética” que permite entrar a profundidad en sus nociones de creador y de obra artística.

Valéry, entiende la “Poética”, no sólo como lo que él llama prescripciones molestas y caducas, que sería: “toda exposición o recopilación de reglas, de convenciones o de pretextos relativos a la composición de poemas” (p.106), sino que la concibe como un hacer encargado de las obras del espíritu. Obras que a su vez sólo existen en el acto, dicho de otro modo: “la acción que hace que la cosa hecha” (p.109). Dentro del panorama del hacer, Valéry usa una analogía haciendo uso de los términos de la economía para acercarse al dominio del espíritu creador. De esta manera, ubica al productor como creador o artífice, el producto como la obra, el lector como consumidor, y a ello se suma la idea de valor, que en el territorio de lo literario concierne a un valor espiritual.

A partir de esta imagen del poeta como creador o productor, Valéry encuentra una relación que le permite, no sólo hablar de esa “Poética”, del artífice, sino de aquellas obras del espíritu o “productos”. La analogía, imagen y metáfora que usa para ello, es la figura del arquitecto. El arquitecto como el poeta hace un uso de materiales, a partir de ellos construye, edifica una obra particular de la que son partícipes los espectadores. De igual forma, el poeta escribe su obra con el material del lenguaje, que no es un conjunto de palabras de uso coloquial. El poeta como el arquitecto está en la capacidad de transformar los propios materiales, para dar vida a obras imaginadas.

Valéry, en la figura del arquitecto, reflexiona sobre el ejercicio de creación; el oficio y la disciplina que requiere. En el texto “Victor Hugo: creador mediante la forma”, Valéry señala cómo Victor Hugo era capaz de transformar todo lo que quisiera en poesía y a ello le suma la dedicación en la forma, que precisamente permite: “conservar las obras del espíritu” (Valéry, 1995, p.159). De la misma manera, el arquitecto hace uso de sus materiales y los transforma en una forma, que también está en la capacidad de aguardar un espíritu, una potencia[1] creativa. Con el interés de ahondar más en esta figura y comprender las nociones de Valéry sobre creador y obra, tomaré como referente el texto: Eupalinos o el arquitecto en el que Valéry explora dicha analogía, la cual, a su vez, introduce a su “Poética”.

 

Eupalinos: el arquitecto


Eupalinos o el arquitecto es un diálogo inspirado en el Fedro de Platón. Valéry nos presenta en este texto el diálogo entre Sócrates y Fedro que se da en el inframundo, una vez, Fedro y Sócrates han partido de la vida en la Tierra. El diálogo considera muchos temas que van desde: el tiempo, la vida, la muerte, la estética, la filosofía, entre otros, hasta: la creación, el creador y la obra. Estos últimos temas representados en la figura de Eupalinos, el arquitecto. Sócrates, por una parte, representa al filósofo, el sabio, el hombre que desea saberlo todo, quien concibe la idea en su vastedad y se aleja del mundo sensible para acercarse al conocimiento ideal. Por otra parte, Fedro es el hombre de preocupaciones terrenas, quien se deleita con la belleza, es el esteta, el sujeto que permite las abstracciones del mundo para vivir.

Las dos posiciones de estos personajes, generan un diálogo ameno y profundo sobre la figura del creador, en este caso representado por el personaje de Eupalinos, quien no aparece en la conversación, pero es retratado por las palabras de Fedro.

De la imagen y la representación que se plantea de Eupalinos, quisiera destacar: la conciencia del creador, la reflexión por el oficio, la facultad de ensoñación, el cuerpo sensible Vs el cuerpo espiritual y la aspiración a la perfección. En el diálogo entre Fedro y Sócrates cuando se empieza a hablar de Eupalinos, algo que llama particularmente la atención es cuando Fedro afirma en relación a Eupalinos:

Fedro, me dijo, cuanto más medito sobre mi arte, más le ejerzo; cuanto más pienso y obro, más sufro y más me alegro como arquitecto; y más sentido de mí mismo cobro, con claridad y goce cada día más ciertos (Valéry, 1944, p.83)

Hay aquí, una primera manifestación de lo que considero un ejercicio de conciencia del creador, una meditación profunda sobre el trabajo que realiza. De la misma manera, opera en el poeta, quien no sólo crea cuando se sienta a escribir. De la meditación sobre su arte, se esclarece su oficio y es posible la creación. De otro modo, no habría luminosidad en el panorama de escritura y se iría a ciegas. Más adelante, se agrega a las palabras de Eupalinos

me acerco a una correspondencia tan exacta entre mis anhelos y mis facultades, que me parece haber convertido la existencia que me fue otorgada en una especie de obra humana. A fuerza de construir, me dijo sonriente, creo acabé construyéndome a mí mismo (ibid.)

En estas últimas líneas, vemos la manera en la que creador a la vez que crea la obra, también se crea a sí mismo, en tanto, es capaz de aprender y evolucionar en función de su creación. Evidencia la armonía entre los anhelos y las facultades, es decir, entre la imaginación y el hacer. La conciencia del creador le lleva también a un segundo aspecto que es la reflexión por el oficio, por su quehacer. Eupalinos señala la manera en la que armonizó o direccionó los pensamientos, en los actos de su arte, y añade: “distribuí mis atenciones; volví sobre el orden de los problemas; empecé por donde antes terminara, a fin de espaciarme más lejos” (Valéry, 1944, p.84). Luego habla de la integridad entre el pensar y el hacer: “mas lo que pienso es hacedero; y lo que hago se conforma a lo inteligible” (ibid.).

El pensar en Eupalinos, lleva a un tercer aspecto relevante y es la ensoñación

Ávaro soy de ensoñaciones, y como si ejecutara concibo. Jamás ya, en el espacio informe de mi alma, vuelvo a contemplar esos edificios imaginarios, que son a los reales lo que las quimeras y gorgonas a los animales verdaderos” (ibid.)

Al lugar del sueño y de la imaginación le da la posibilidad de inventar, además, la facultad de contemplar otras obras de arte, otros edificios, y de allí nutrir su inspiración. Eupalinos concibe la creación como ensueño, no como ciencia, no precisa de fórmulas exactas, ni de control sobre los resultados. Eupalinos sabe del misterio que entraña en su oficio, que el lugar del sueño es un territorio efímero, pero que puede permitir las más bellas creaciones

Siento que mi necesidad de belleza, igual a mis recursos ignorados, engendra por sí sola figuras que le satisfacen. Deseo con todo mi ser…Vienen a mí las potencias. Bien sabes que las potencias del alma proceden extrañamente de la noche… Se adelantan, por pura ilusión, hacia lo real. Yo las llamo, y con mi silencio las conjuro…Helas aquí, agobiadas de claridades y de error” (Valéry, 1944, p.91)

Según Eupalinos, en el control de estas potencias está la clave y el peligro. Las potencias que vienen de un territorio enigmático, originario y espiritual. Aspectos que para Valéry configuran el territorio de la poesía. Posteriormente, Eupalinos habla de la importancia de la libertad en el ejercicio creativo, y la posibilidad de no poseer el objeto a totalidad como lo haría el filósofo, sino, permitir algunas cosas en el territorio de lo desconocido; la abstracción, en función de obtener lo justo para la construcción artística.

Un ejemplo de este proceso expuesto por Eupalinos está en la mención que él hace sobre la construcción del templo que levantó para Hermes. Eupalinos cuenta, que puso en esta obra un recuerdo de un día de su vida, y que sin que nadie lo supiera, era una moza de Corinto a la que él amó. Eupalinos señala que el templo: “fielmente reproduce sus particulares proporciones. Para mí, el templo vive. Me devuelve lo que le di.” (p.84). El recuerdo y la inspiración hacen parte del lugar del ensueño, de la imaginación, a partir de allí el arquitecto crea y misteriosamente se transforma en otra cosa, que no es inteligible de la misma manera por quien aprecia la obra, pero que en otra instancia, eterniza el sentimiento que llevó al creador a concebir la obra. Lo mismo sucede con el poema, el cual puede congelar un instante de la vida del poeta y hacerlo manifiesto por el lenguaje, sin que sean suficientemente claras para el lector, las razones que condujeron a su escritura, o la alegoría que esconde.

Un cuarto aspecto, es la concepción de un cuerpo sensible Vs un cuerpo espiritual. Eupalinos afirma que los hombres, no atienden a toda la comprensión del cuerpo, ya que “no sacan de él sino placer y dolor y actos indispensables, como el vivir” (p.94), Eupalinos afirma que las personas en general no aciertan a servirse de toda su naturaleza. El arquitecto le habla al cuerpo y le pide a éste la enseñanza de las exigencias de la naturaleza y el sentimiento de las cosas verdaderas. Para Eupalinos el cuerpo es la “medida de su mundo”, algo apenas equiparable con el universo. Eupalinos profundiza en la concepción de cuerpo y lo pone al alcance del proceso creativo, de la construcción.

En otra instancia, se habla del espíritu y la necesidad de conciliar el cuerpo, con la fuerza creadora del arquitecto, en función de la creación. El arquitecto habla de un tiempo en el que él se atribuía: “ensoñaciones que iban a dar en una impotencia ilimitada” (p.96), mientras el cuerpo vivía, quizá un poco de manera inconsciente y desconectado de su imaginación. Habla entonces, de la importancia en que el cuerpo y su “yo” del ensueño armonicen, ese “finito e infinito que traemos, cada cual, según su naturaleza, se unan en construcción bien ordenada” (p.96). La idea de finito e infinito que enuncia Eupalinos, en este apartado, podría remitir a la que expone Baudelaire, en El pintor de la vida moderna, en el que se plantea un cuerpo y alma del arte; en el cuerpo se evidencia lo temporal, lo variable y concierne particularmente a la forma de la obra artística; en contraste, se habla de un elemento, que para Baudelaire es el alma del arte (que posiblemente concierne al espíritu según lo comprende Valéry), y le atribuye lo infinito.

De la misma manera, en la que se entiende el cuerpo físico y material, cabría preguntarse por la posibilidad de un cuerpo espiritual. Siempre he pensado que la poesía hace parte de ese cuerpo inmaterial, que todos tenemos y que difícilmente escuchamos en medio del ruido del mundo; un cuerpo intangible, originario, que nos permite una escucha y sensibilidad particular, que no depende de un saber académico, ni profundo de la poesía. Pienso que allí donde un cuerpo que no se ve toca a otro que es intangible, sucede la poesía. Sin ahondar mayor en este aspecto, supongo que Eupalinos, al hablar del espíritu y de su “yo” creador, que lucha con ese cuerpo sensible que habita la naturaleza, se refiere a ese otro cuerpo de la poesía, un cuerpo espiritual.

Finalmente, un quinto aspecto al que invita la configuración de Eupalinos, está en la aspiración del arquitecto o del creador, a la perfección. Eupalinos nos invita, como se ha señalado anteriormente, a pensar en: una conciencia del creador; una continua reflexión; el manejo y cuidado de las potencias; la integración del mundo sensible y el espiritual en función de la creación; todo ello, contiene en el fondo la aspiración a una: “riqueza incorruptible” (p.97). La presencia máxima del creador o del arquitecto para Valéry, sería algo cercano a la genialidad. En el texto “Discurso en honor de Goethe”, Valéry retrata a Goethe como un genio y le atribuye esta denominación, porque para él, Goethe cuenta con un espíritu de fuerza y libertad extraordinaria. La genialidad de Goethe reside en la operación de su espíritu y la sensibilidad plena en soledad. Goethe hace parte del grupo de hombres que “están por encima de nosotros como seres que sólo están más familiarizados que nosotros con lo que más profundo tenemos” (Valéry, 1995, p. 114). La genialidad de Goethe sería equiparable a la aspiración de perfección del arquitecto.

El arquitecto es el hacedor, creador, productor, que permite en últimas la obra de arte. Pero allí no termina su rol, Eupalinos también es crítico de lo que otros y él mismo crean. Es allí donde entra la obra, al escenario de reflexión.

 

El constructor como crítico y la obra poética


Fedro le cuenta a Sócrates en un apartado, la manera en la que Eupalinos concibe los edificios, ya que para él existen tres tipos: los mudos, los que hablan y los que cantan. Para Eupalinos, el edificio es la materialización del ensueño, de la idea, es la obra. En dichas categorías enunciadas por el arquitecto, hay una clara presencia estética y crítica que depende del efecto de la obra en el espectador. Los edificios mudos son aquellos que generan desdén, y como señala su nombre, poco sugieren en quien lo observa. Respecto a la crítica sobre una obra de arte, aplicable a la literatura, no hay crítica más desfavorable que esta, aquella que indica que el texto no dice nada.

Los edificios que hablan son aquellos que para Eupalinos se valen del lenguaje franco, que dicen a penas lo justo de lo que significan o albergan, “la piedra gravemente declara lo que encierra”. Son estos los edificios como las obras, que capturan a las masas, que sugieren, pero no deslumbran. Pienso en esos poemas que muchos se aprendieron de memoria en una época determinada y sirvieron a los hombres para declarar sus sentimientos, pero que escasamente sobrevivieron en el tiempo. Por último, están los edificios que cantan, que son la expresión más genuina del asombro. Son capaces de poner la naturaleza al servicio de la obra. Cantan, porque traen una música misteriosa. “¡Qué claridad proponen al espíritu! ¡Cómo sus partes se desarrollan! ¡Cómo descienden hacia su labor!” (p.88). Dichos edificios son dignos de admiración, en ellos se manifiesta el arte de manera pura. Es para Eupalinos una belleza tal, que colinda con lo tiránico. Acá uno podría pensar en aquellos grandes libros, clásicos, que perduraron y que aún hoy parecen modernos, y esas obras contemporáneas de las que fuimos capaces de grabar algunas líneas, no sólo en la memoria sino en el espíritu.

Eupalinos considera la obra como una construcción ordenada en la que en la que entra todo: lo material, lo divino y lo espiritual. En esta labor se encuentra el acto, el hacer que enuncia Valéry en su “Poética”. Una metáfora que ayuda en la comprensión de este hacer es la de la cera. Eupalinos narra

vi un día una gavilla de rosas, y lábrela en cera. Terminada ésta, la dejé en la arena. El Tiempo veloz redujo las rosas a la nada; y el fuego devuelve prontamente la cera a su naturaleza informe. Pero huida ya la cera del fomentado molde, y extraviada, el deslumbrante licor del bronce viene, en la arena endurecida, a casarse con la hueca identidad del menor pétalo […] Esas rosas que fueron frescas, y ante tus ojos perecen, ¿no son las cosas todas y la misma vida movediza? Esa cera que modelaste, imponiéndole tus hábiles dedos […] ¿no es la imagen de tu trabajo cotidiano? […] el fuego es el Tiempo mismo, que abolirá por completo o disiparía en el vasto mundo […] en cuanto al bronce líquido, sin duda significa las potencias excepcionales de tu alma y el estado tumultoso de algo que quiere nacer (p.92)

Encontramos en esta metáfora; las rosas como manifestación de la vida; la cera como el trabajo del constructor o del artista; el fuego como el tiempo, que, entre otras cosas, mide la temporalidad de la obra; y el bronce como las potencias misteriosas de la creación. Eupalinos además añade la importancia de conducir el bronce, como se conducen las potencias de manera adecuada, jugar con todos los elementos acertadamente, transformar de forma precisa todos los materiales en función de la obra. Y a esto último, también el arquitecto le suma el aprendizaje continuo del orfebre.

El arquitecto, como se ha expuesto, es el responsable del hacer; pero también es capaz de tener un sentido estético y crítico; reflexiona sobre su oficio y divide en esa conciencia de lo que hace los momentos de la creación; también, hay en él, como creador, una aspiración a la perfección. En esta configuración del arquitecto está toda la esencia de la “Poética” de Paul Valéry; la forma en la que él concibe el proceso creativo y la obra poética, a partir de la configuración del constructor.

A manera de conclusión, encontramos en Paúl Valéry, una mirada detallada del proceso creativo que se equipara a la del constructor, el crítico y el filósofo, que permite un acercamiento a aquello que resulta tan complejo de encasillar y que nos limitamos a nombrar como poesía. Sólo la comprensión holística de la naturaleza de la poesía, otorga las herramientas necesarias para una debida apreciación estética, ya que, qué limitada es la mirada de quien nunca se ha sentado con un lápiz en su mano a batallar sobre una hoja en blanco y lograr la armonía de elementos para que surja un buen poema, o quien nunca ha permitido escuchar del poeta los secretos de su oficio.

Escasa es la lectura de un poema, de quien desconoce que éste es “un discurso que exige y que causa una relación continua entre la voz que es y la voz que viene y debe venir. Y esta voz debe ser tal que se imponga” (Valéry, 1990, p.117). No existe nada más molesto, de quien influenciado por lo superficial: “el accidente le resulta más precioso que la sustancia” (p.32). Jorge Luis Borges, habla en una de las conferencias de Siete noches, sobre percibir la poesía, sobre el sentimiento de belleza, y considero que éste sólo es posible en su totalidad si se entiende con acierto de qué lugar originario proviene. Ya lo decía Truman Capote de mejor manera: “el país está lleno de gente que lo sabe todo, pero que no entiende nada”. El presente texto, no es más que una síntesis de algunos datos, que quizá sirvan como ruta para entrar en todos los caminos que considera Paul Valéry en su “Poética”, que es bastante lucida tanto para académicos, como para escritores o lectores de paso. Por último, no olvidar que “La poesía se forma o se comunica en el abandono más puro o en la espera más profunda: si se toma por objeto de estudio es ahí donde hay que mirar: en el ser, y muy poco en sus alrededores” (p.38).


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Referencias


[1] Término que usa Paul Valéry como detonante inmaterial y espiritual de la creación.

Bibliografía

Valéry, Paul. (1944). El alma y la danza. Eupalinos o el arquitecto. Argentina: Editorial Lozada.
Valéry Paul. (1990). Teoría, poética y estética. España: Visor.
Valéry, Paul. (1995). Estudios literarios. Madrid: 1995.
Baudelaire, Charles. (1995). El pintor de la vida moderna. Bogotá: El Áncora Editores.
Borges, Jorge Luis. (1980). Siete Noches. Argentina: Fondo de Cultura Económica.

 * Jenny Bernal miembro del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida raizinvertida@gmail.com

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