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03 Dic 2018 / 12:06 pm

Los cuentos y las casas

Presentación a De puertas para adentro, antología de cuentos del colectivo Casa Barullo

 Por Santiago Espinosa

Existe una profunda relación entre los cuentos y las casas. Ya no podemos entenderlos como asuntos separados. Al punto en que sentimos que las casas son en verdad un símbolo para hablar de la literatura, y la literatura la expresión de una morada: nos adentramos en ellas imaginando algún fantasma en la mansarda. Algo espera por nosotros en los sótanos. Ahora que las casas son demolidas en todas partes, para construir grandes complejos residenciales donde se evite cualquier tipo de introspección, cualquier contacto auténtico con los otros vecinos, esta hermandad entre los cuentos y las casas adquiere un sentido insospechado. Como una resistencia del silencio y las conversaciones verdaderas.

Por esto entramos a los libros como a casas, para asomarnos a las vidas de los otros. Por esto volvemos a los poemas que nos gustan una y mil veces, porque leerlos es como entrar en otra habitación, la habitación del silencio. Si el libro es una antología de distintos cuentistas –como es el caso del libro que hoy tengo la alegría de presentar ante ustedes-, sus páginas nos recuerdan una casa de hotel a la entramos un día como forasteros indecisos. Y cada cuento es efectivamente como una parte de esta casa. Recorremos largamente sus habitaciones esperando alguna pista sobre el suelo. Escuchamos sus conversaciones al otro lado de las paredes, preguntándonos si entre ellos existe un parentesco de familia, o un secreto compartido. Cuál es el miedo que se esconde detrás de sus rostros.

Finalmente, en la ciudad como en la vida, los personajes se marchan del hotel sin dejar rastros en sus habitaciones. Sólo en la literatura, en las palabras castigadas por el uso y el abuso, podemos escuchar estas conversaciones. Únicamente en los cuentos los forasteros permanecen de verdad. No importa que las casas se derrumben.

Casa barullo es un colectivo literario de la Universidad de los Andes, y esta antología, De puertas para adentro, ganadora de una beca del Ministerio de Cultura, es su primera publicación como libro. Antes que una generación literaria, con una igualdad de estilos y unas preocupaciones más o menos comunes, lo que han construido estos jóvenes escritores es una comunidad artística donde se reúnen las tendencias más diversas, académicas y estilísticas, es posible el encuentro entre lenguajes muy distintos. Casa barullo organiza anualmente el Encuentro Barullo y la Feria Papel caliente, también publica una revista con distintas colaboraciones.

Quizás por la convocatoria de voces muy distintas, de esta voluntad de reunirse y publicar juntos, aprender juntos, asumiendo la complejidad de un espacio, lo que primero nos sorprende de estos cuentos es la capacidad de estos autores para hablar de Bogotá con sus lenguajes y sus nombres propios. Lo que no siempre ocurre en las novelas y mucho menos en las películas. No hablo de la ciudad de las postales o de la Historia con “H” mayúscula, no. Es  la ciudad que está detrás de todas estas cosas. Con su entramado de historias donde a menudo nos reconocemos, sus frustraciones, sus incapacidades, pero también con sus espacios y su luz. Estos autores nos demuestran que se puede hacer buena literatura a bordo de un Transmilenio o en la Estación de Lenguasaque, atravesando la avenida Caracas o al lado de la Iglesia cristiana de Josafat.

También me ha sorprendido en estos cuentos la presencia renovada de lo fantástico. Como si estos escritores nos dijeran que no todo está bien en el mundo. Que las cosas se han salido de control, pero quizás sea en los chismes y en los diarios, en aquello que escribimos sobre los sueños, donde encontremos una última posibilidad de articular o atravesar el tiempo. Es en la literatura realmente podemos acércanos a los otros, en un mundo en el que todos parecen abstraídos en su propio espejo, llámese redes o conjuntos cerrados. Igual que Narciso. O como lo decía un aterrado René Magritte en los años cuarenta, sin percatarse de que sus palabras eran una premonición: “conversar, sí, pero con quién si todos están conectados consigo mismos”.

Pero en esta casa de hotel sentimos que realmente se escuchan las voces de los otros. Vale la pena recorrer estas habitaciones que nos propone el libro. En “Trayecto compartido”, de Josué Cabera, asistimos a la conversación de dos amigos en un Transmilenio, escuchamos sus rutinas y leemos las historias que comparten, hasta que descubrimos que estos escritos y estos personajes, el bus mismo del Transmilenio, gravitan sobre un silencio anterior y más doloroso. En el derrumbe del armadillo, de Mónica Torres, una estudiante viaja a hacer una práctica a la Colombia profunda de las minas, y que es también el país. Trata por intuición de averiguar en las historias de los locales, un derrumbe, una mentira, sin percatarse de que su curiosidad está abriendo en ellos heridas irreparables. Otra es la situación En el juicio final, de María Camila García Rivera, donde la muerte ha hecho su aparición en un café, buscando el calor y bebiendo aguapanela. Y la muerte mira a dos enamorados como si fueran “un cuadro de Caravaggio”, y por un momento no sabe muy bien qué hacer. En La sentencia de Jacobito, el niño raro, Daniela Zuluaga nos invita a pensar en la extraña relación entre su perro y la luna, en las desapariciones –reales e imaginadas-, y en el sueño de una mujer que detrás de los velos tenía “dentro de su cuerpo”, “olas de negra espuma chochando y revolviéndose”. En el cuarto cuento del libro, Joaquín Quiroga, también de María Camila García Rivera, un hombre que vive en Buenos Aires es víctima de una correspondencia milenaria, perdiéndose en la maldición de su espejo. En el último de los cuentos, Los 3 cerditos, de Johnny Jiménez Rodríguez, tres relatos se abren como ventanas en “un apartamento de 45 metros”, contándonos los secretos de los moradores. Un encuentro erótico digno del Decamerón, una bestia, las cartas cruzadas de un desplazamiento doloroso. 

No sé si esto fue planeado o es una feliz coincidencia, pero todos los personajes de este libro son escritores o fisgones de historias. Representantes de la terca literatura. Y entonces uno piensa que el regalo de las novelas y los cuentos es su capacidad para asomarnos en las vidas de los otros como si realmente fueran la nuestras. Y recordamos los caminos del Quijote donde todos escuchaban las historias, vinieran de los nobles o de los pastores. Y recordamos los relatos de Scherezade o el Decamerón, mientras afuera ocurría la peste. 

Por esto motivo los cuentos de estos jóvenes escritores, estos primeros relatos que hablan de su talento y su cuidado, más que una casa nos traen los fragmentos de una ciudad. Hablaba antes de la demolición de las casas viejas, desterrando los fantasmas de los niños. Pero habría algo mucho más grave, especialmente en una ciudad como Bogotá, y es el destierro sistemático de lo público, de esos lugares donde ocurre un intercambio horizontal ente los ciudadanos. Por esto más que un barullo, esa expresión en castellano para hablar del ruido o el desorden, este colectivo nos regala otro lugar para volver a escucharnos.

 

 


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