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12 Jun 2018 / 10:54 am

“La esquina sí tiene cabida en la ‘alta cultura’”

 

El escritor Carlos Polo lanzó en la Filbo 2018 su nuevo libro ‘Las malas noticias llegan primero’, historias de supervivencia de un barrio popular del Caribe, contadas desde la mirada mágica y sincera de los niños.

Por Rainiero Patiño M.

A Carlos Polo lo persigue la esquina, no al revés, como muchos creen. Anda tras él, como una cuenta pendiente de andén, lo acecha como un matón de una oficina de cobro. Y él intenta escabullirse haciéndose el manso, pero su cara no le ayuda. Y al final la lucha de la calle le brota por los poros, el barrio siempre lo acorrala. Entonces, juega al rendido frente al teclado: como un bandido disfrazado de cura que atrae a su enemigo, lo hace confesar y le saca todas las historias, pero a la hora de la oración lo acribilla a través de la ventanilla del confesionario.

Las malas noticias llegan primero (Collage Editores), su más reciente libro, ganador del Portafolio de Estímulos de la Alcaldía de Barranquilla 2017, es una lectura en apariencia dócil, que te permite tomar confianza y saborearla como una golosina, entre más vueltas le das parece que queda insípida y cuando crees que está a punto de terminar explota el relleno del centro, potente y agridulce. Te has tragado el anzuelo, entonces no sabes si morderlo o escupirlo, pero en cualquiera de los dos casos ya no te podrás librar de ese sabor extraño en tu boca.

Polo trae estas doce historias, que juegan a ser una, o todo lo contrario, y recorre otra vez sus esquinas de siempre, los rincones de los barrios que lo vieron crecer en Barranquilla, que nunca ha dejado y que lo han coronado como una de sus voces más claras y queridas.

Todos los habitantes de la calle, en el sentido natural de la expresión, caben en los párrafos de Polo, desde niños empujados de forma cruel a concursar por un reconocimiento social,  adolescentes que luchan silenciosamente contra sus temores, hasta familias que son desmembradas a la fuerza por esa “selva de cemento”, para usar una expresión musical, porque eso también es este libro, la banda sonora de cualquier barrio latinoamericano, pero que crea su propia melodía, como un nuevo juego, otro modelo para armar.

 

 

 

Desde la publicación de su libro La suerte del perdedor (La iguana ciega, 2009) es evidente su preferencia por personajes ‘fracasados’ y ‘perdedores’ que luchan por rebelarse. ¿Es ese un símil de su intención frente al ‘canon’ literario?

“Exacto hay una clara intención de uniformidad. ‘Esto es así y es aceptado’, dicen, pero no conozco un solo autor que sea recordado que en su momento no se haya rebelado. Y fueron y son importantes porque aportaron, porque buscaron otros caminos y crearon su propio universo. Eso intento”.

 

 

Muchas veces los habitantes del barrio de sus historias parece que pensaran “si a mí no me va bien, que a todos les vaya mal”. ¿A qué se debe esa rudeza y dureza, esa lucha constante contra lo ‘normal’? 

“Hay mil formas de derrota y otras mil de triunfo, pero puede ser tal vez un gusto adquirido o un reflejo de nuestra sociedad que margina, que desecha. También hay algo de rebeldía, de grito, de ganas de tocar la llaga y recordarles que hay algo que no funciona bien, que hay algo mal con el estatus quo. Así puntual, yo lo llamaría un eco de nuestra realidad y es inevitable, lo otro sería la indiferencia total o buscar otras formas de narrarlo o simplemente escribir de otra cosa. O hacerlo en el formato de siempre, en el que muchos creen que no tienen cabida este universo del barrio popular y la esquina, porque están desligados de la mal llamada alta cultura”.

 

 

Para sobrevivir en el barrio hay que hablar su idioma. ¿Cómo autor es difícil asumir esa decisión de renunciar a lo que los académicos llaman “escribir correcto”?

“Yo quiero decir cosas, pero no de cualquier manera y eso siempre lo tuve claro, hay ahí unas concesiones conectadas con la honestidad, la sinceridad, la fuerza, el color de la voz y el mismo carácter, con las que no estoy dispuesto a negociar. Esto no es nuevo, en su momento Gabo inició su propia búsqueda distanciada del canon y encontró su maravilloso universo y su Caribe personal. Cabrera Infante, Cortázar, muchos de los que hoy pertenecen al canon se rebelaron contra lo impuesto y hallaron su manera de contar y de decir lo que querían y tenían que decir. Y hay otros miles de ejemplos de autores a contra corriente que no siguieron los dogmas”.

 

 

Estas historias también revelan una búsqueda profunda en el mundo infantil, en la mágica inocencia de aceptar, sin aspavientos, que cualquier día pueden llover pescados, plátanos o aguacates. ¿Es un homenaje o un diario de su infancia?

“La infancia es un lugar mágico, un estado lastimosamente corto. Y sí, allí todo puede suceder. Un charco puede ser un enorme lago, unas luciérnagas pueden ser estrellas. La imaginación está más despierta en ese breve momento. El mundo es otra cosa y la inocencia está desprovista de los desencantos. Es un canto a la nostalgia y un tema recurrente en poetas, narradores, novelistas. No es gratuito. Aunque el libro es más que eso, más que barrio, más que Caribe, hay otros juegos y otras invitaciones al lector. Ahí hay una propuesta subterránea, una invitación a jugar, que a lo mejor te obliga a segundas lecturas”.

 

 

Sus historias tienen muchas evocaciones a cosas que ya no están, pero que son determinantes para los personajes, como la comida de la casa o la música de una época. ¿Este es un libro nostálgico sobre un mundo Caribe que ya no existe?

“Va más allá de eso. Hay un mundo, unos referentes que nos competen y que, con el transcurrir natural del tiempo y el desarrollo tecnológico, ese universo se ve amenazado, puede desaparecer. Ciertas comidas, ciertos juegos, ciertas costumbres y el impulso inicial, la excusa perfecta para escribir estas historias o esta historia fue precisamente eso, la magia de recordar. Ciertas frutas, ciertas costumbres que ya se ven cada vez menos o solo en ciertos sectores y es allí en donde veo el gran privilegio que significó para mí crecer en un barrio popular. Y las canciones van de la mano con la época y hacen parte de ese cumulo de fetiches de la nostalgia, algunas ya sea por sus letras o por su intención emocional, encajan perfectamente con lo que quiero contar o estoy contando en el momento y me sirven de complemento a la misma atmósfera”.

 

 

A pesar de que, como usted lo dice, este libro ofrece la posibilidad de múltiples lecturas, a pesar de los indicios que van saltando, solo en el último tramo muchos lectores entenderán en qué aguas han venido nadando.

“Lo que planteo es el juego de las posibilidades y una interpretación libre, abierta. Pero que está conscientemente plasmada desde la primera línea”.

 

 

¿Si un lector le pregunta si este es un libro de cuentos o una novela que responde?

“Es lo que a bien se le antoje al lector, es una ‘bola curva’. De cualquiera de las dos formas puede leerse. Es interesante poder violar las fronteras, incluso divierte un poco ese juego.

Desde el momento de empezar a escribir ya estaba concebido así y eso se nota en la misma técnica, en los datos precisamente escondidos. Hay muchas pistas sueltas que, incluso si no se lee con atención se pueden pasar por alto o imaginar que son errores”.

 

 

En el texto rondan los muertos, que aparecen como elementos que cohesionan la historia y sus personajes ¿por qué?

“No lo veo así en lo personal. Hay una sola muerte que a lo mejor solo ocurre en la mente del personaje. Y está la muerte del padre del mejor amigo, pero bueno a lo mejor ese amigo es imaginario. Entonces eso queda por cuenta del lector. Aunque la muerte es un complemento de esa especie de luminosidad de la infancia, del barrio y el mismo Caribe descrito con sus patios y sus parques y sus canchas. Que los textos vayan mucho más allá de la anécdota, porque la muerte es una presencia rotunda, gigante, avasalladora que nos toca a todos”.

 

 

Las historias: La gran carrera, El día en que el río y el mar cayeron del cielo, Un extraño encuentro con un hombre sin rosto, La dulce niña con la risa de estrella, El cometón, Aprendiendo a crecer, La caída libre del  Cacique, Juegos peligrosos, Las malas noticias siempre llegan primero, La noche de las luciérnagas, La muerte llegó con la granizada y El tren se va, son los cuentos que conforman el libro ‘Las malas noticias llegan primero’ ganador el año pasado del Portafolio de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Barranquilla.

 

 


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