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14 May 2018 / 05:08 am

Una conciencia poética del cuerpo y de la partida


Por Paola Cadena Pardo


La ciencia de las despedidas, el más reciente poemario de Adalber Salas Hernández, es un trabajo generoso de la poesía que ofrece su voz y sus palabras a aquellos que debieron partir sin despedirse y sin explicar, jamás, las causas de su ausencia. Como en un coro de pérdidas y retiradas, la voz poética se desdobla en múltiples voces y recrea, a través del poema, la historia de aquellos que ya se han marchado en circunstancias tan terribles que sólo la imagen poética logra nombrar con justicia. Con un tono sutilmente narrativo que no pierde nunca, sin embargo, su indiscutible fuerza poética. El poema es testimonio de sucesos escondidos detrás de muchas partidas, casi siempre relacionadas con la muerte ignorada, absurda y brutal, olvidada o anónima.

No me gustó que lo hicieran,
molestaron a mis cerdos, que no tenían la culpa
de nada: chillaron cuando desenterraron mis huesos.
¿Quién les iba a contar historias ahora? ¿Quien les
iba a hablar de las cosas que nunca verían? No
se preocupen, les dije, mientras me metían en unas
bolsitas plásticas, sean pacientes, yo vuelvo pronto.

Aquí, el niño asesinado por Michael A. Jones, su padre, y que luego fue lanzado a los cerdos, encarna la voz poética para expresar, con esa dolorosa música de la inocencia, su propia versión de los hechos. Y los cerdos, testigos únicos y silenciosos, están allí para escuchar su historia, para permitir que los huesos hablen de esa barbarie que en el poema, se ha convertido en una muerte dignificada, casi un juego en el que el terror se funde con la ternura en un retrato doloroso y bello de la tragedia: "Dejé de respirar pero no me di cuenta sino al rato; a veces uno pierde costumbres de toda la vida de las maneras más raras".

En "XIV (Strange fruit)", son los peces aquellos testigos mudos que contemplan en su silencio los cuerpos despedazados de dos esclavos tirados al mar. La narración se funde con las imágenes y se revela, de manera contundente, la crueldad atroz del suceso: "murió con los huesos enronquecidos de tanto gritar". En este y otros poemas, Adalber hace hablar a los cuerpos para que sean testimonio de su propia desgracia o metáfora de una realidad que los sobrepasa: "Podía verse el árbol tembloroso que llevaba por dentro, allí donde el cielo hundía sus raíces rojas". Podemos decir que hay en este libro una conciencia poética del cuerpo, un acto voluntario y constante de cederle la voz, de relatarlo, de inquirirlo, de dejarlo ser imagen que habla de sí y de otras realidades:

Antecedentes personales:
Asma en la infancia.
Niega alergias a medicamentos.
Extracción de 3 cordales el 21 de mayo del 2009. Recibió ibuprofeno cada 12 horas, más
diclofenaco cada 6 horas y clindamicina cada 10 horas.
Resección de los cornetes nasales y corrección de desviación del tabique.
Episodio febril intenso en noviembre.
Vacunado contra la hepatitis.

[Musgo creciendo en las paredes carnosas,
en los túneles, mordiendo el andamiaje
de la respiración. Algas en
el charco leve de la pleura, trepando
con tenacidad. La tos
un perro con hambre, ladrando,
mordiendo los bronquios.]

En "XIX (Historia natural del escombro: riñones)" el poema se apropia del discurso médico y realiza una suerte de traducción que poetiza la enfermedad y permite que el cuerpo sea voz, protagonista y espacio de ese suceder. La enfermedad es esa realidad externa que los médicos nos describen en su lenguaje, y sin embargo, la voz poética le pregunta al cuerpo qué pasa allí, en esa realidad de carne y líquido que nos contiene, cómo se vive la enfermedad desde este espacio lleno de partes vivas y dolientes conviviendo al interior de un mundo que nos es tan propio como desconocido.

Contra todos los fueros de la muerte,
manos extrañas toman por los hombros a Lázaro y
lo arrastran al mediodía abrupto como un
acantilado, abren su boca y a la fuerza empujan
en ella la respiración amarga, golpean su pecho
hasta que el corazón arranca, los desagües
del cuerpo se llenan otra vez con el
torrente olvidadizo y sanguinolento, aceite
de motor y diesel.

En este poema, como sucede también en el del niño y el de los esclavos, el cuerpo y el ser hablan de su condición. La dialéctica entre la vida y la muerte rompe las convenciones en los poemas de Adalber, y los muertos, con sus cuerpos descompuestos y elocuentes, se toman la palabra o la vida, que para el caso son lo mismo.

En cuanto a la despedida previa al viaje, el poemario explora tanto el momento de la partida como la relación problemática con esa tierra que nos es ajena y que por tanto, no podemos asir del todo. No obstante, el cuerpo sigue apareciendo en estos poemas como metáfora de la realidad e instrumento a través del cual vivimos el mundo. De este modo, el libro abre con un poema,"(Pasaje de ida)", donde la analogía logra tejer redes inesperadas entre la imagen del aeropuerto y aquella del hospital: "Aeropuertos, hospitales, la misma pulcritud áspera, la misma luz encanecida", y en medio, el cuerpo que experimenta y deja testimonio de ese malestar, casi incoherente, de esa ruptura interior del que ha migrado: "como si toda esa blancura pudiera eclipsar los cuerpos que van y vienen, cancelar los fluidos que se excretan, el sudor blando que a fin de cuentas es el único testimonio de nuestro paso por aquí".Adalber poetiza la imposibilidad del regreso negando la Ítaca añorada de Odiseo que ya nunca será el mismo después del viaje: "Cuando regresó, ya no parecía el mismo. No tenía señas que lo identificaran, no tenía marcas ni cicatrices". También, escribe la imposibilidad de la palabra en esa lengua y ese lugar extraños: "Trató de explicar que viajar es perder lenguas, no ganarlas, pero fue en vano" o "Nunca aprendí a hablar alemán, no tengo el pasaporte que me permitiría transitar ese país de sílabas encandiladas"; o la experiencia con esos paisajes que nunca dejan de ser ajenos, que no cobran sentido en su extrañeza, que no son aquello que siempre asumimos como realidad: "Me costó años descubrir que la nieve es la forma menos amorosa del sueño. Tardé en comprender que detrás de su blanco sólo hay más blanco …. Aquí la palabra sol no me recuerda nada."

En suma, La ciencia de las despedidas es un bellísimo tratado sobre toda clase de partidas y adioses, es un canto en múltiples voces que testimonia el silencio obligado, la crueldad anónima; es también la experiencia de estar lejos, de marcharse, de no ser o no pertenecer, de viajar y dividirse. Y es, por sobre todas las cosas, la palabra poética que indaga sobre el cuerpo en toda su visceralidad, que lo convierte en reflejo y metáfora afortunada de todo aquello que nos rodea, presencia constante que nos hace carne y conciencia de la carne. 


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