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25 Mar 2018 / 15:48 pm

 

Por Juan Esteban Londoño

 

Las siguientes anotaciones corresponden a una conversación con el poeta Hugo Mujica el 31 de julio de 2014, en el marco del V Congreso Colombiano de Filosofía, en la ciudad de Medellín. La mesa titulada Filosofía y literatura se dedicó a discutir la obra de Mujica. Estuvo presidida por el poeta y profesor Luis Arturo Restrepo (LAR), el poeta argentino (HM) y el escritor Juan Esteban Londoño (JEL), quien presentó una ponencia titulada: “Pensar la vida con Hugo Mujica”, la cual abrió la posibilidad de la conversación no solo entre los ponentes sino con el público (P), dando como resultado algunos de los fragmentos que se compartirán en esta primera parte.

 


LAR: Hugo, a mí me da un poco de desconfianza –lo digo con respeto e irrespeto también-, los muros con que la academia cierra el poema. Porque da la impresión, muchas veces, cuando uno se acerca al poema desde esa instancia, que casi que se mira al poema como una especie de acertijo o de adivinanza. Y comienzan a salir un montón de cosas. Se enfrenta al poema con esa prevención de que hay algo oculto. Entonces la pregunta que yo te hago como autor es: al momento de escribir, ¿se dice lo que se quiere decir o se oculta un sentido en eso que se escribe?

HM: Uno no sabe qué quiere decir. Desde la creatividad, es el encuentro o el intento de capturar una sensación, una brisa que pasa. Pero pasa y no pasa. Queda ahí merodeando, pero vos no sabés qué querés decir. Lo vas sabiendo a medida que lo vas diciendo. Y en general, sabés lo que querés decir, pero sabés cuándo no lo estás diciendo. Es curioso que cuando Sócrates habla de su daimon, de esa palabra interior, dice: “nunca me dice qué hacer. Lo que me dice es lo que no tengo que hacer”. Hay una connaturalidad con algo que se está por decir, y que lo vas diciendo, pero también sabés cuándo ya estás en otra que, de alguna forma, erró –esa errancia positiva-. Por lo tanto no tenés un pre-sentido de lo que querés decir, porque el sentido es la creatividad. Y se genera en ese “andar detrás de…”. Si lográs decirlo, lo que vos decís no agota esa intuición primera que tuviste. Eso es lo que queda como reserva de sentido: que el lector puede usar para hacer lecturas de la poesía o para interpretarla: ¿qué es lo no dicho todavía en lo que ya dijiste? Y lo que vos dijiste nunca agota todo, como vivimos o como vive. Y yo creo que lo que llamamos sentido, que él usó la palabra “chispa”, es la chispa que aconteció en el momento de la creatividad. Hay un texto del Talmud que a mí me parece alucinante. En el siglo XII, creo, hay un rabino, Yohanán bar Nafha, que era muy bello; siempre estaban hablando de lo bello que era Yohanán -sabemos que el Talmud se va comentando por los costados con las notas de los grandes rabinos, y después cuando se vuelve a imprimir se imprime con todos los comentarios; el Talmud no hace sino crecer y crecer-. Entonces siglos después alguien pregunta: ¿quién sabe cómo era de bello Yohanán? Entonces nosotros pondríamos la descripción, diríamos, como fuimos colonizados: “es algo y de ojos celestes; miren a Brad Pitt y es más o menos así”. Pero el Talmud dice: si quieren saber cómo era de bello Rabí Yohanán, tienen que agarrar un cuenco que no haya sido usado, abrir una granada y poner todos los granos en el cuenco; y la tienen que poner justo en la línea del sol y sombra a mediodía; y cuando aparezca la primera chispa del reflejo, así era de bello el Rabí Yohanán. Entonces: la idea es producir la belleza, no describir o mostrar lo bello. El sentido es que acontezca en el lector esa chispa que aconteció al ser creado. Esa chispa va a encender un fuego diferente, porque es el árbol del lector y no del que lo originó. Pero bueno, el sentido es la trasmisión de eso que en literatura tiene la problemática de que… o sea, yo creo que eso es más fácil lograrlo por ahí en pintura o en música; porque la pintura te da el regalo, digamos, con el significado de las palabras, y siempre creemos que ese acontecimiento de sentido se da a través de la comprensión y no del acogimiento estético, lo que llamaría Nietzsche la inocencia del devenir.

LAR: Hugo, a propósito de eso que estás diciendo de las palabras, hay muchas que son recurrentes en tu obra, y con la reflexión que acabas de hacer también sobre la palabra, pienso que hay algunas que nunca veremos en tu poesía: palabras de lo cotidiano. Es decir, no me imagino la palabra “televisor”, “tranvía”, “Marlboro” en uno de tus poemas. ¿Cómo es esa convivencia con la palabra para llegar a la escritura de tus poemas?

HM: Yo de lo que tengo conciencia es que yo escribo desde un sedimento, escribo desde un olvido de la realidad. Cuando algo se olvidó en mí, es que para mí yo devine eso. Entonces podés decir que escribo siempre con antigüedad, antes de la televisión. Es muy curioso, porque mi poesía, el objeto con que carga siempre, es una descripción en general de un paisaje concreto. Y yo no soy un hombre de la naturaleza, soy un hombre de la ciudad. Yo nací en la ciudad, y cuando viajo me interesa lo que la gente hace, lo que la gente come y dice, más que el paisaje, por así decirlo. Pero en mi poesía aparece esa naturaleza absolutamente imaginaria. Yo no sé bien ni quiero saber los mecanismos detrás de eso. Pero es ese paisaje el que reviste lo que yo quiero decir. Y no encuentro en torno mío objetos. Sí encuentro a un niño en mi cotidianidad o a un perro que no tengo, máximo. Pero nunca un objeto me ha hablado, por así decirlo. Y si me habla es a otra dimensión que es imaginaria.

LAR: Hugo, y como lector, ¿crees que hay palabras para la poesía y otras que no caben en el poema?

HM: Es difícil, porque hasta no mucho te diría afirmativamente que sí, y sin embargo han aparecido poetas que hablan desde una cotidianidad y logran darle poesía a esa cotidianidad. Aunque la mayoría de los que hablan de cotidianidad, es una retahíla, una lista, y no pasa nada. Pero hay quienes han nombrado, desde “El subterráneo” de T.S. Elliot, cosas muy domésticas y en ello lo han logrado revestir, digamos de un algo, de un acontecimiento. A mí por ejemplo el Rap me parece algo a lo que hay que prestarle mucha atención desde la poesía. Que de alguna forma se hayan fusionado música y palabra, ritmo y contenido, acontece un sentido, yo diría que un sentido poético. Sí, yo creo que es posible. No es mi camino, pero obviamente he encontrado poesía en eso.

P: Yo quisiera preguntarle sobre las experiencias con otros poetas o con unos poemas en especial […] quisiera que nos compartiera su experiencia con la poesía, con ciertos poetas, con ciertos poemas que no son los suyos.

HM: Cuando me hacen esa pregunta, yo aclaro que es un prejuicio hacia un escritor sobre otros escritores que le influyen o no le gustan. Yo respondo que, para mí, la música es en primer lugar mi influencia, pues yo vivo con música, vivo adentro de la música desde que tengo noción. Después es la pintura. Mi primera carrera fue Bellas Artes y pinté por décadas, y he comentado que sobre mi escritorio yo tengo un cuadro de Morandi porque yo quiero escribir como pintaba Morandi; no quiero escribir como escribía un escritor, yo quiero esa desnudez. Tercero, el cine, pues yo llevo listas de lo que leo, porque después quiero acordarme y miro; yo leo cuatro libros y medio por mes, y veo once películas. Obviamente, el cine es imagen. Y después, llegamos a los escritores. Yo he estado muy influenciado… o sea, mi mundo es el mundo alemán. Para mí, Hölderlin es el poeta. Y, en pensamiento, me interesan Nietzsche y Heidegger. Y, como poeta así entrañable, y que es mi hermano, es Trakl, sobre quien he escrito un libro. Yo soy muy poco argentino. Yo viví casi quince años o más fuera de la Argentina, publiqué casi toda mi obra hasta el día de hoy en España. Así que no tengo una trayectoria argentina que digamos. Cuando se me compara con Juarroz o con Porchia, siempre es posterior a cuando yo escribía o cuando yo volví a la Argentina. Pero te digo, ese es el mundo pensante. Por eso me interesa Heidegger, porque es el que piensa la poesía. Me interesa Hölderlin porque es el poeta que piensa la ontología . A mí me gusta, en todo, me gusta ese mundo de fronteras, donde no se pertenece del todo a nada y te dan la libertad de todo. También estás expuesto a que los poetas te digan: “qué buen filósofo que sos”, y a que los filósofos te digan: “qué buen poeta que sos”. Pero ese es mi mundo, el mundo de la errancia entre el pensar y el poetizar , que es la estética. Y una dimensión para mí mística, que es la posibilidad de estar nombrando sin estar en lo nombrado, la posibilidad de estar frente a la vida sin que la vida sea un espejo. Para mí eso es el encuentro.

JEL: Hugo, una pregunta […] ¿Qué te produce Trakl?

HM: Trakl (silencio). Iba a decir “demasiado cercano como para pensarlo” y me acordé de que escribí un libro sobre él. Trakl es mi hermano. Él no lo sabe. Se murió a destiempo. Lo quiero. Lo que a mí me produjo siempre su poesía es querer abrazarlo. Trakl escribió en el 1900, en el momento en que se termina occidente –todavía sigue pero como una estrella que se terminó-, y es en su cuerpo que se disuelve el imperio austrohúngaro. Él es un drogadicto pero absoluto, que termina matándose, suicidándose y yendo a la guerra; su autodestrucción era pero impresionante; obsesionado por el incesto, que no se sabe cuán real era, pero bueno, fue la obsesión de su vida, él se acostó con su hermana –que hoy es una cosa normal- pero la hermana era de doce años, o sea, en realidad viola a su hermanita y de ahí queda loco. Loco y se destruye. Su madre era internada, adicta al opio, que venía de un mundo muy complejo. Y él es el paria en medio de un mundo que se disuelve. Y él ve la belleza y te la va contando, y nunca se puede salvar de poner una línea que dice: “y pasan las ratas mugrientas”. O sea, está viendo lo que quiere ver y destruyéndolo constantemente. Bueno, a mí todo eso me parece una historia entrañable, y que alguien lo haya dicho y haya transmitido ese sentimiento que yo titulé en un artículo “La melancolía del ocaso”, es ver realmente un mundo que se está disolviendo. Después lo hace Musil en El hombre sin atributos. El palco del rey ya está vacío, los nombres no alcanzan. Bueno, a mí todo eso está en un librito así chiquito que fue su obra completa. Me parece un escritor entrañable. Y eso ha dado un tono que sólo él tiene. Y a mí lo que me interesa en la creatividad es el que es capaz de generar un mundo , y un mundo que no conocíamos.

JEL: Sí, porque Trakl evidentemente es un clima, un ambiente, un otoño, hojas cayendo, la niebla…

HM: Sí, sí. Es la caída. O sea, él está viendo que el mundo cae. Al menos, la representación de ese mundo que se llama occidente.

JEL: Y escribiste en tu libro: “Poesía y expiación” como subtítulo.

HM: Claro, porque él quiere salvarse a través de la escritura. O sea, él siempre tiene esta imagen de pureza, él tiene la locura de la pureza: él es lo peor que puede haber, pero él no dice “eso es la realidad”, dice: “ese soy yo. En algún lugar sigue habiendo la pureza”. Y está tan loco con esa idea, que para él los puros son los que todavía no nacieron. Y después está esa imagen que hay atrás que son los que vuelven a la casa a cocinar el pan, hay esa imagen de pureza pero de la cual él está excluido. Eso pasa mucho en Bergman. En “Sonata otoñal”, es alguien que no puede soportar la realidad de una hija con una discapacidad que tiene, y está siempre capando por el mundo porque es pianista. Está atravesando el tren y ella dice: “claro, es la hora en que vuelven a la casa, algunas ventanas están prendidas, tienen la mesa de la comida”, y dice: “yo muchas veces entré a esas casas pero nunca pude quedarme”; y mira al que se lo está contando y él está durmiendo, ni siquiera le está escuchando. Esa idea de querer pertenecer a la vida pero sentirse un extraño. Un poco todo eso.

 

(...)


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