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05 Feb 2018 / 14:12 pm

Y soñábamos con pájaros volando. Antología. Marta López Luaces. Prólogo de Juana Castro. Tigres de papel, 2017

 

 

Por: Ioana Gruia


Y soñábamos con pájaros volando agrupa una selección de poemas de Marta López Luaces pertenecientes a cuatro de sus libros: Después de la oscuridad, Los arquitectos de lo imaginario, Las lenguas del viajero, Distancias y destierros. La propia ordenación es muy llamativa, siguiendo un criterio cronológico decreciente: Después de la oscuridad (Pretextos, 2016) es el último libro hasta la fecha de la autora y Distancias y destierros fue publicado en 1998.

La interesante propuesta poética de Marta López Luaces destaca por su profunda singularidad y por la amplitud de registros que abarca. En su prólogo, Juana Castro subraya que se trata de «poesía de este tiempo y para este tiempo. Parte del nomadismo, de la extranjería, del viaje como realidad y como símbolo». Señala su relación con la filosofía de María Zambrano, con la extranjería y el nomadismo como claves del sujeto contemporáneo (y más si este sujeto es una mujer) y con la traducción, sabiamente convertida por la autora en un fértil recurso poético. Se trata en suma, concluye Castro, de una «fiesta de la luz», signo distintivo de «toda –verdadera– poesía».

Después de la oscuridad, libro de gran alcance y complejidad, parte de la antigua concepción de la poesía como unión de saberes y se centra en la exploración de los vínculos con la ciencia o la filosofía, incorporando alusiones mitológicas y bíblicas, en una escritura elaborada e indagatoria que insiste en el papel fundamental de la belleza y la epifanía. Hay un itinerario histórico que dibujan con precisión los poemas de Después de la oscuridad: los fragmentos recogidos en la antología, « Agua » y « Tierra », aluden a la Antigüedad y la Edad Media, épocas anteriores a la división de saberes. Los magníficos versos que se repiten como una incantación o un hechizo en las tres primeras partes (la tercera sería « Fuego », que remite al Renacimiento) aluden a la exuberante belleza del hecho poético, a su capacidad de crear visiones y mundos de luz: «Y porque había visiones/ había sueños/ había// formas/ había sustancia/ había materia/ había// elementos del poema como racimos de esplendor». La belleza de la poesía es también la belleza de la ciencia: «como seda de la intuición/ como tejido/ de partículas». A este libro pertenece también el verso que da título a la antología, «soñábamos con pájaros volando».

Los arquitectos de lo imaginario es un brillante ejercicio de incorporar a la poesía la materialidad de otros textos y la dimensión de trabajo poético que tiene la traducción. Frost, Pound, Lope de Vega, Rilke, Eliot, Borges, Cernuda, Crane, Moore, Bichop, Orozco o Pizarnik funden sus voces con la de la autora en el poema que acaba con una interrogación esencial: «¿Cómo la poesía ante el terror?». Leyendo a Marta López Luaces aprendemos que la traducción es un recuerdo y el poema un «translenguage», fértil indagación en las múltiples posibilidades de la palabra y en lo que Cixous llamaría «la fiesta del significante». Aparece así el tránsito de una lengua a otra, de una ciudad a otra que se muestra a la mirada en palimpsesto (imposible no recordar aquí a Cortázar y su Rayuela): « and I see through the window/ la neblina de otra ciudad»).

Un lugar muy destacado lo ocupa el diálogo con las grandes figuras femeninas de la poesía. «Los exilios de Olga Orozco» tiene versos memorables como «Todos somos exiliados/ de los países de la infancia». En cuanto a «Sylvia interroga a Plath», encontramos una pregunta sobrecogedora: «-¿Qué animal negro/ te atrapó en sus garras/ y te hizo presa/ en el interior/ de su rostro?». Los ecos, las otras voces que habitan la propia voz, son elementos fundamentales en la construcción de la tradición personal y del quehacer poético individual. La lectura es una forma incesante, fértil y luminosa de traducción y creación: «nocturnos/ ámbitos interiores/ ecos/ son laberintos/ de mi tradición».

Las lenguas del viajero se propone « Crear un idioma/ con las sílabas de un gesto » y « Borrar/ las fronteras/ y en las nuevas geografías/ del deseo/ encontrar/ la caligrafía del silencio ». Las lenguas son un festín intelectual, poético y erótico: « Revístete con el cuero/ de las consonantes,/ que las vocales coagulen en tus labios/ hinchados de placer/ en un universo en que la h/ recobra su piel». El yo poético femenino, que ha asimilado la lección de Benjamin y Derrida, afirma en « Descubrimientos» : « Vago/ por tierras al sur de mi heredad./ Atrapada en mi extranjería/ todos los idiomas/ me dicen y me desdicen/ en el mismo espacio de la voz». La identidad se vuelve felizmente inestable, se configura como lúcida en su apertura: «Renunciar a un yo/ para que en su tradución/ la multiplicidad se torne/ un camino de regreso». « Devenir en desarraigo» es la única opción de construirse, asimilando –y, muy importante, desenmarcando («desenmarcar el recuerdo»)- los recuerdos de la infancia, para poder elaborarlos poéticamente desde una nueva confluencia de espacios. Sí, en Las lenguas del viajero asistimos al «gozo/ de las múltiples lenguas», a la generosa apertura que es también una tabla de salvación frente a la cerrazón del mundo contemporáneo. Y es esta gozosa apertura la que celebra figuras mitológicas de mujeres que se aman con amor erótico («Iris y Janta») o materno-filial («Ceres y Proserpina»).

Distancias y destierros anticipa la temática de Las lenguas del viajero. La poesía es « emigrante de mí/ nace en mi destierro/ sin nombre». La infancia es reelaborada desde la mirada poética en una reflexión lucidísima donde el recuerdo se mezcla con el efecto de extrañamiento: «Conspiración de la infancia./ No me sé en esta niña/ que me traduce a su reflejo/ y bebe la imagen/ que confiesan mis ojos./ Sed que no reconoce/ rostros,/ voces, distancias.// Me duele este No en que me engendro.» Manhattan, la nueva geografía vital y sentimental, «es un monstruo/ que se levanta todas las mañanas asustado de sí mismo» y «Upper Manhattan» alberga «una casa embrujada», un lugar donde, en una versión contemporánea de los cuentos malvados de hadas, «dejan entrar a las niñas/ a la madrugada».

Después de la publicación en 2016 del excelente libro Después de la oscuridad, Y soñábamos con pájaros volando es una oportunidad magnífica para adentrarse en el rico, lúcido y personalísimo universo poético de Marta López Luaces.


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