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26 Jul 2016 / 11:19 am

 

Se puede encerrar un universo al interior de la piedra, como se escuchan las olas adentro de un caracol. De esta manera se logra resumir el nuevo libro de Héctor Cañón Hurtado (Bogotá, 1974): Antes de las olas, el agua publicado por la generosa editorial ecuatoriana El Ángel Editor (Quito, 2016). Desde luego, en este nuevo poemario, la humedad habita cada poema, la corriente de los ríos carga cada palabra; y es con este fluir secreto de las aguas que se desatan los nudos, el trasegar del hombre sobre la tierra, se abrazan las preguntas que una y otra vez van nombrando el corazón de los elementos.

Acá una breve muestra de este libro:

 

 

 

 

SOMBRAS

He visto un animal
comerse a otro vivo en un instante,
he visto mis manos suplicándole al vacío
no regodearse en la danza de la muerte,
he visto mis ojos sedientos de río
y el horizonte ancho que refleja el cambio.
He visto los planetas de miradas cerradas,
he visto la semilla en el bosque de la mente:
dispuesta, radiante, como una ola sencilla
que se replica sin fin al amparo de los astros.
He visto a las sombras confundir los cuerpos
cuando hay solo una estrella en el firmamento.

He visto que no existe el tiempo un instante,
antes de la vida y de la muerte,
he visto mi sombra
ladrándole al río del día,
a la sal del aire,
a los barcos de cristal hundiéndose en el horizonte. 

 

 


EL CIELO Y EL RÍO

La piedra del fondo
viaja aún más rápido
que las esbeltas nubes.
Donde dos espejos se miran
desaparecen las orillas.
Nunca estuve aquí
aunque no me hayas visto,
dice el agua sin palabras.

 

 


LAS SILUETAS DEL AIRE

Adentro de las siluetas
que habitan el aire
solo queda aire:
los huecos entre palabras
son más profundos que su rastro.
Es mejor callar que hablar
cuando ya no tienes que decir:
esta declaración
es vasta como las arterias encendidas
de las hojas que caen del árbol
y flotan en el río
como si también fueran un hombre.
A mí sírvanme crudo
–cuando el río se haya secado
en mis huesos solitarios-
a la primera bandada de buitres
que anide la tarde
de mi muerte sin saberla.

 

 

 

EL NIDO DEL AGUA

El agua no tiene rencor:
anida en todas las palabras
y a la vez las abandona
como la luz del hombre
lo hace con el hombre
que está leyéndose a sí mismo
en las sombras de las hojas.
El agua no tiene enemigos:
si un espejo se mira en el espejo
los ojos atrapan
la transparencia infinita del intento
y la tierra
violenta como la madurez de sus frutos
solo clama amor para ser útil al hombre.

 

 


ATARDECER

En el río del atardecer
van corriendo sin afán
las memorias de la noche que se asoma.
El océano es el Señor de lo baldío
porque no reconoce dueños
y la orilla enseña
que en su vaivén la luna es siempre tibia.
El brillo del último sol
borra las cicatrices de mi piel,
mientras la muerte descansa
su templada mano en mi hombro izquierdo
y susurra
que está dispuesta a no volver.
Atajar la corriente del agua
es como tener no ojo con que escucharla.

 

 

 

RÍO PALOMINO

Los planetas
son peces del cielo.
Esta noche vinieron todos
porque sienten curiosidad
de mirarse en un mar en reposo.
Las olas continúan trabajando
y su música
es luz en las orillas.
Hace calor.
El árbol no da sombra
y sus hojas están tan calladas
que oímos el pulso azul de los planetas
flotando en la corriente
y los secretos que la orilla
guarda del agua.

 

 

 

EL SABOR DE LA SEMILLA

El sabor de la semilla
permanece en la flor
y la piedra no ve agua corriendo.
La hoja no es raíz
ni la corriente es fragmento de cielo:
solo la palabra talla a la orilla
como vientos al bosque.
El aire borra
el color de los pájaros,
la respiración de las hojas
y la sentencia del horizonte.
Cuando hay no ojos,
no sucede el curso del río.

 

 

 

Héctor Cañón Hurtado (Bogotá, 1974). Es poeta y viajero. Ha escrito, como todo el mundo, en la palma de la mano, en las servilletas de algún bar y en los espaldares de las busetas de su ciudad fantasma. Se ha perdido por algunos recovecos de América Latina y Medio Oriente con papel y lápiz en mano. Es autor de los libros de crónica “En la intimidad de sus bibliotecas” y “Hazañas colombianas” y de los poemarios “Los Viajes de la Luz” y “Antes de las olas, el agua”.

 

 


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