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28 Ene 2016 / 22:04 pm

Nota y selección por Hellman Pardo

 

Una beca. Un país. Una hija. Miles de caminos; o quizá uno solo: la poesía. En Diario sucio, del caucano Felipe García Quintero, publicado por la Editorial Germinal de Costa Rica, se desteje el recorrido que hiciera el poeta por México en el año 2008. Calles, olores, hostales, mundos, almas. Una mano que le acompaña de norte a sur, y viceversa: Susana.
El autor se detiene en las esquinas e indaga los ángulos en las piedras desnudas que le confiesan su historia. En setenta días observa lo indecible y escucha lo inadvertido. Los sentidos se agudizan, cierra sus ojos, su piel, sus manos, y se entrega libro abajo: “Camino, piedra a piedra, con los ojos. / El cielo de una llama arde en el corazón. / Así la montaña detiene la verde distancia”. Tocado por la luz, su silencio también habla: “Cuando no hay más defensa del mundo y sin otra elección posible, se anda por allí, en paz y sin nombre, auscultando las cosas con el silencio de la mirada”.
Su recorrido avanza por el barrio Coyoacán del D.F., atraviesa Oaxaca, San Cristóbal de las Casas, Campeche, Veracruz, retorna a la colonia, al mar, regresa y vuelve a un despertar, a un ronquido, a la noche y sus ruidos, a Guadalajara, a una veintena más de pueblos, ciudades, lugares que transita junto a su hija en bus, taxi, tren, metro, a pie.
Un libro de viajes donde se construye el lenguaje mexicano desde la mirada atenta de García Quintero, su contemplación poética.

 


ESTACIÓN DE CHAPULTEPEC (Fragmento)

***
Viajar y callar acaso sean las partes constitutivas y complementarias de ciertos momentos de la vida en la ciudad. Viajar y callar. Temprano los tuve juntos conmigo.
El viaje puede contra el ruido clandestino, incluso silencia la misma voz pasajera del zumbido urbano, y nos deja el paso libre para escuchar a solas el pensamiento oculto que nace de las imágenes aleatorias del recuerdo o del entorno más próximo a la realidad, como son los sueños y la imaginación.

***
Cuando no hay más defensa del mundo y sin otra elección posible, se anda por allí, en paz y sin nombre, auscultando las cosas con el silencio de la mirada.
Porque callar sirve de arma para sortear asuntos personales acaso inevitables, potencialmente ásperos, que indisponen el saludo, alejan la amabilidad y la cortesía de las buenas maneras, para caer sin remedio en la desatención, la indiferencia, el sutil y previsible agravio; todo ello hecho sin el menor interés de causar algún daño o hacer mal.
“Quien sepa entender mi silencio, sabe entender mi alegría”, escribiste amigo Johann.

Coyoacán, junio 30

 

 

DOS AMIGOS SE ENCUENTRAN POR TELÉFONO

¿Cómo llegar a tiempo y cumplir con la cita acordada en aquel lugar del mapa de la ciudad que muy bien desconoces, cuyo nombre en la Guía Roji se repite no menos de 275 veces? La calle Benito Juárez y otras de igual significado patriota en México, pone orden mental y afirma la certeza de encontrarnos en un territorio maravilloso de la civilización, en un punto exacto de este desgastado mundo.
Pero al cabo de compulsar con la mirada el lugar del mapa y el pisado por nosotros, ocurre el desencuentro. Los signos no precisan distinción alguna del entorno físico o el simbólico que permita la identificación y el reconocimiento. Sea dicho esto de un modo más sincero: empezamos a sentirnos perdidos, pues al instante de indagar en el estatuto de la realidad reina la confusión eterna; la seguridad humana se rompe por el desajuste entre la ciudad real y la dibujada, propia de cada representación cartográfica, incluso en aquellos mapas virtuales de reciente uso masivo, puestos al día con técnicas tan precisas que descartan cualquier error de medición o cálculo, pero que no estiman lo descubierto por el poeta Eduardo Lizalde: la ciudad anda suelta y, además, no toda está completa en el mapa, agregamos nosotros. A ese cuerpo algo le sobra entonces o siempre algo le falta.
Próximos a caer desde la cima de la angustia, pensamos con resignación que un mapa es sólo eso, un dibujo fijo de algo móvil. Por ello, el relato más locuaz de una ciudad inabarcable no es la imagen sino el silencio, no lo visual sino la mudez ante lo descomunal producido por aquello que no cabe en la mirada, y crece sin límites y aumenta la perplejidad del provinciano que compara su villa natal de 250 mil almas, con la delegación tres, cinco, ocho veces más grande en la cual ahora reside, llamada Coyoacán, que significa ‘tierra de coyotes’ en la lengua náhuatl de los más excelsos cantores de Mesoamérica. (Leo que en este lugar Hernán Cortés estableció su base militar en 1521, después de la caída de Tenochtitlan, la ciudad magnifica fundada en el valle de Anáhuac por los aztecas en el año Dos Casa —Ome Calli Xihuitl—, que corresponde a 1325 de nuestro calendario; ciudad por siempre y desde entonces grande y bella).
Recupero el habla y pregunto dónde estoy. La respuesta de un gendarme viene a confundirme más, pues constato que sin ayuda externa al mapa he dado con el lugar sin llegar retrasado: las tres en punto y, al fin, como antes escribiera, son una sola la calle de asfalto y la de papel. Detrás de mi pavor queda la hora del viaje en metro, de verdad eficiente y barato, aunque lleno pero limpio y el servicio casi es permanente. También el portazo de salida del taxi cuando con esperanza doy las coordenadas de mi destino y recibo el candor infernal del conductor desde el espejo retrovisor, quien me responde:
—Usted me lleva patroncito, porque yo no conozco.
La idea de una ciudad nómada, donde las estatuas también cambian de lugar —escribe Juan Villoro— puede resultar compasivamente aceptada por venir de alguien apenas llegado y que no se quedará, pero que por sí sólo, repito, halla el lugar buscado para sólo constatar que está perdido. Con el dedo he cubierto el espacio en el mapa donde me encuentro y miro por última vez el letrero con el nombre del lugar. No hay duda posible ya. He llegado a tiempo, sano y salvo, con mi hija de la mano. Juan, mi amigo mexicano de estudios en Madrid, debe venir pronto a la cita. Pero pasa una hora, luego otra… y decido llamarlo a su teléfono móvil. Apenado me pide excusas porque no podrá llegar todavía, argumenta haberse extraviado.

Coyoacán, julio 10

 

 

EN SILENCIO LA POLILLA TRABAJA SU MADERO

En silencio la polilla trabaja su madero.

Semejante al insecto yo lo hago con esta página
infatigable y, como la noche, desnuda y honda.

Entre las pequeñas sombras,
imagino sus pasos llenos de oscuridad.

¿Ese murmullo es la soledad roída del lenguaje?

La presencia del ruido anticipa lo incierto,
el constante corroer que aún no tiene nombre.

Junto a mis pocas palabras
estos residuos sonoros son piedrecillas sobre el papel,
leves tesoros desenterrados de la calle.

Coyoacán, julio 11

 

 

AZUL VEGETAL

Con mis huesos la selva.

Y contra el vidrio apoyo este dedo
que la señala sin tocar ninguna de sus hierbas;
sin saber nada de sus fieras,
ya en la voz se anuncia un nudo caudaloso de palabras.

Cuánto viento llega de lo alto,
cuánta la niebla que trae el silencio por decir.

Luz vegetal abriga el temblor.

Junto a todos los colores uno tan sólo queda.

San Cristóbal de las Casas, julio 19

 

 


ALTAR

Antes la selva tupida de luz
y como del sol, la piedra fue el primer rayo.

Y de piedra dispersa es el tiempo.

Y de tiempo el hambre,
nuestro alimento eterno.

Palenque, julio 24

 

 


¿PARADOJAS?

No escribe si sale temprano para conocer la ciudad. Al cabo del día dice ya o tener tiempo. Llego cansado, sin fuerza y solo deseando dormir, argumenta. Y si escribe acerca de la ciudad tampoco puede conocerla. Por demás, agrega: no todo es posible de imaginar.
Cierto, la ciudad, su escritura, requieren de una experiencia viva y directa, no artificial ni oblicua.
Mientras se hunde con las manos en mitad del cauce de este desencuentro, mira el tiempo disputar sus ojos desde dos orillas enemigas.

Coyoacán, agosto 11

 

 

CORRESPONDENCIA DE LA MOMIA

No fue la tierra nuestro puerto, por eso el aire de esta orilla prodiga sombra a la arena perpetua del cuerpo.

Dimos luz al agua que inundó la mirada y al temblor la carne de todos los sueños.

No es la tierra sino el aire que nos sembró en el polvo de este gesto: la boca abierta allí, por siempre, la flor marchita del hambre. Sólo dientes lleva el grito. También la ceniza late en las manos duras y vacías. Como cristal el músculo frágil yace sin nervio.

El gusano de la pupila restalla tras la piedra del tiempo. Como en papel seco, la sangre sin tinta escribe su mensaje al viento: el miedo de los vivos es la vida de los muertos.

Guanajuato, agosto 30


Fundación La Raíz Invertida
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