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30 Nov 2015 / 20:53 pm

 

Nota y selección por Alejandro Cortés González

 

Su vida, por demás discreta, se movió entre las oficinas contables, la traducción de correspondencia comercial y la publicación en revistas literarias. Pero su verdadera vida, aquella que lo hizo trascender identidades y tiempos, sucedía al llegar a su casa, un segundo piso en la Calle de los Doradores en Lisboa, donde nacieron para la literatura Fernando Pessoa, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y más de setenta heterónimos portugueses, ingleses y franceses, masculinos y femeninos. ¿Qué diferencia e identidad quiso dar el autor a cada uno de ellos? Acá están Pessoa y sus cuatro heterónimos predilectos, uno al lado del otro, tomando distancia y mezclándose… Expedientes imaginarios que el hombre de la Calle de los Doradores, archivó dentro del mismo baúl.

 

 

Fernando Pessoa

 

La obra ortónima de Pessoa (la escrita bajo el nombre propio del escritor que crea heterónimos) es considerada como simbolista y modernista, con una fuerte presencia de teosofía, masonería y patriotismo. En su primer libro de poemas, Antinous, escrito en inglés y publicado en 1918 en una revista, Pessoa representa la aflicción del emperador romano Adriano ante la muerte de su amado Antínoo. En su siguiente libro, Mensagem (Mensaje), única obra en portugués que publicó en vida en 1933, Pessoa exalta los símbolos, la historia y el mar de Portugal.

 

 

Autopsicografía

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que de veras siente.

 

Y quienes leen lo que escribe,

Sienten, en el dolor leído,

No los dos que el poeta vive

Sino aquél que no han tenido.

 

Y así va por su camino,

Distrayendo a la razón,

Ese tren sin real destino

Que se llama corazón.

 

Versión de Santiago Kovadloff

 

 

Antínoo (Fragmento)

 

Aún seguía lloviendo. La noche entró con paso frío

cerrando los casados párpados de todo sentir.

Las mismas conciencias del Yo y del Alma

se oscurecieron como paisaje borrado por la lluvia.

Ahora el Emperador descansa en silencio, tan apacible,

que ha olvidado dónde yace, o de dónde

proviene la pena que aún sala sus labios.

Todo parece haber sucedido en tiempos remotos,

como un manuscrito que ha tiempo se ha enrollado.

Lo que sentía se semejaba al contorno de la aureola

que circunda la luna cuando la noche se lamenta.

 

Versión de Hernán Vargascarreño

 

 

Mar portugués (De Mensagem)

 

¡Oh mar salado, cuánta de tu sal

son lágrimas de Portugal!

¡Por cruzarte, cuántas madres lloraron,

Cuántos hijos en vano rezaron!

¡Cuántas novias quedaran por casar

Para que fueses nuestro, oh mar!

 

¿Valió la pena? Todo vale la pena

Si el alma no es pequeña

Quien quiere pasar más allá de Bojador

Tiene que pasar más allá del dolor.

Dios al mar el peligro y el abismo dio,

Mas en él es que espejó el cielo.

 

 

Llueve en silencio, que esta lluvia es muda

 

Llueve en silencio, que esta lluvia es muda

y no hace ruido sino con sosiego.

El cielo duerme. Cuando el alma es viuda

de algo que ignora, el sentimiento es ciego.

Llueve. De mí (de este que soy) reniego...

 

Tan dulce es esta lluvia de escuchar

(no parece de nubes) que parece

que no es lluvia, mas sólo un susurrar

que a sí mismo se olvida cuando crece.

Llueve. Nada apetece...

 

No pasa el viento, cielo no hay que sienta.

Llueve lejana e indistintamente,

como una cosa cierta que nos mienta,

como un deseo grande que nos miente.

Llueve. Nada en mí siente...

 

Versión de Santiago Kovadloff

 

 

 

Alberto Caeiro

 

Nació en abril de 1889 en Lisboa, pero vivió la mayor parte de su vida en una quinta en el Ribatejo, donde conoció a Álvaro de Campos. Murió de tuberculosis en 1915. Descrito por Pessoa como un poeta sensacionista (ver la realidad centrándose en las sensaciones que produce) y pagano, fue el maestro de Pessoa y de los demás heterónimos, a pesar de que su educación se limitó a la instrucción primaria. Debido a que pregonaba una «no filosofía» donde los seres simplemente son, fue conocido como el poeta filósofo. Él siempre rechazó ese título. Caeiro fue el único de los heterónimos que no escribió en prosa, porque argumentaba que solamente la poesía era capaz de dar cuenta de la realidad.

 

 

Si muero pronto

 

Si muero pronto,

Sin poder publicar ningún libro,

Sin ver la cara que tienen mis versos en letras de molde,

Ruego, si se afligen a causa de esto,

Que no se aflijan.

Si ocurre, era lo justo.

 

Aunque nadie imprima mis versos,

Si fueron bellos, tendrán hermosura.

Y si son bellos, serán publicados:

Las raíces viven soterradas

Pero las flores al aire libre y a la vista.

Así tiene que ser y nadie ha de impedirlo.

Si muero pronto, oigan esto:

No fui sino un niño que jugaba.

Fui idólatra como el sol y el agua,

Una religión que sólo los hombres ignoran.

Fui feliz porque no pedía nada

Ni nada busqué.

Y no encontré nada

Salvo que la palabra explicación no explica nada.

 

Mi deseo fue estar al sol o bajo la lluvia.

Al sol cuando había sol,

Cuando llovía bajo la lluvia

(Y nunca de otro modo),

Sentir calor y frío y viento

Y no ir más lejos.

 

Quise una vez, pensé que me amarían.

No me quisieron.

La única razón del desamor:

Así tenía que ser.

 

Me consolé en el sol y en la lluvia.

 

Me senté otra vez a la puerta de mi casa.

El campo, al fin de cuentas, no es tan verde

Para los que son amados como para los que no lo son:

Sentir es distraerse.

 

Versión de Octavio Paz

 

 

El guardador de rebaños

 

I

 

Yo nunca guardé rebaños,

pero es como si los guardara.

Mi alma es como un pastor,

conoce el viento y el sol

y anda de la mano de las Estaciones

siguiendo y mirando.

Toda la paz de la Naturaleza a solas

viene a sentarse a ni lado.

Pero permanezco triste, como un atardecer

para nuestra imaginación,

cuando refresca en el fondo de la planicie

y se siente que la noche ha entrado

como una mariposa por la ventana.

 

Pero mi tristeza es sosiego

porque es natural y justa

y es lo que debe haber en el alma

cuando piensa que ya existe

y las manos cogen flores sin darse cuenta.

 

Con un ruido de cencerros

más allá de la curva del camino

mis pensamientos están contentos.

 

Pensar molesta como andar bajo la lluvia

cuando el viento crece y parece que llueve más.

 

No tengo ambiciones ni deseos.

Ser poeta no es una ambición mía.

Es mi manera de estar solo.

 

 

V

 

Hay metafísica bastante en no pensar en nada.

 

¿Qué pienso yo del mundo?

¡Yo qué sé lo que pienso del mundo!

Si me enfermase pensaría en ello.

 

¿Qué idea tengo yo de las cosas?

¿Qué opinión tengo sobre las causas y los efectos?

¿Qué he meditado sobre Dios y el alma

y sobre la creación del Mundo?

No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos

y no pensar. Es correr las cortinas

de mi ventana (pero no tiene cortinas).

 

¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es misterio!

El único misterio es que haya quien piense en el misterio.

Quien está al sol y cierra los ojos,

comienza a no saber lo que es el sol

y a pensar muchas cosas llenas de calor.

Pero si abre los ojos y ve el sol,

y ya no puede pensar en nada,

porque la luz del sol vale más que los pensamientos

de todos los filósofos y de todos los poetas.

La luz del sol no sabe lo que hace

y por eso no yerra y es común y buena.

 

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen aquellos árboles?

La de ser verdes y copudos y de tener ramas

y la de dar fruto en su momento, que no nos hace pensar,

a nosotros, que no sabemos dar por ellos.

Pero ¿qué mejor metafísica que la suya

que es la de no saber para qué viven

ni saber que no lo saben?

 

“Constitución íntima de las cosas”…

“Sentido íntimo del Universo”…

Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.

Es increíble que pueda pensarse en cosas de éstas.

Es como pensar en razones y fines

cuando el comienzo de la mañana está rayando y por los lados de los árboles

un vago oro brillante va perdiendo la oscuridad.

 

Pensar en el sentido íntimo de las cosas

es añadido, como pensar en la salud

o llevar un vaso al agua de las fuentes.

El único sentido íntimo de las cosas

es que no tengan sentido íntimo ninguno.

 

No creo en Dios porque nunca lo vi.

Si él quisiera que yo creyera en él

vendría sin duda a hablar conmigo

y entraría por mi puerta adentro

diciéndome ¡Aquí estoy!

 

(Tal vez esto es ridículo a los oídos

de quien, por no saber lo que es mirar las cosas,

no comprende a quien habla de ellas

con la forma de hablar que el observarlas enseña)

 

Pero si Dios es las flores y los árboles

y los montes y sol y la luna,

entonces creo en él,

entonces creo en él en todo instante,

y mi vida es toda una oración y una misa

y una comunión con los ojos y por los oídos.

 

Pero si Dios es los árboles y las flores

y los montes y la luna y el sol,

¿para qué le llamo Dios?

Le llamo flores y árboles y montes y sol y luna;

porque si él se hizo, para que le viera yo,

sol y luna y flores y árboles y montes,

si él se me aparece como árboles y montes

y luna y sol y flores,

es que quiere que le conozca

como árboles y montes y flores y luna y sol.

 

Y por eso yo le obedezco

(¿Qué más sé yo de Dios que Dios de sí mismo?),

le obedezco en vivir, espontáneamente,

como quien abre los ojos y ve,

y le llamo luna y sol y flores y árboles y montes,

y le amo sin pensar en él

y le pienso viendo y oyendo,

y ando siempre con él.

 

 

VII

 

Desde mi aldea veo cuanto de la tierra se puede ver del universo…

Por eso mi aldea es tan grande como otra tierra cualquiera,

porque yo soy del tamaño de lo que veo

y no del tamaño de mi altura…

 

En las ciudades la vida es más pequeña

que aquí en mi casa, en la cima de este otero.

En la ciudad las grandes casas cierran la vista con llave,

esconden el horizonte,

empujan nuestro mirar lejos de todo cielo,

nos vuelven pequeños porque nos quitan lo que nuestros ojos pueden darnos

y nos vuelven pobres porque nuestra única riqueza es ver.

 

 

 

Álvaro de Campos

 

Ingeniero portugués de educación inglesa; homosexual. Conservó la sensación constante de ser un extranjero en cualquier lugar. Comenzó su trayectoria como un decadentista (influenciado por el simbolismo), pero luego se adhirió al futurismo. Fue el único de los heterónimos en manifestar distintas fases poéticas a lo largo de su obra. Escribió Tabaquería, uno de los más conocidos poemas de la lengua portuguesa.

 

 

Todas las cartas de amor son ridículas

 

Todas las cartas de amor son

ridículas.

No serían cartas de amor si no fuesen

ridículas.

 

También escribí en mi tiempo cartas de amor,

como las demás,

ridículas.

 

Las cartas de amor, si hay amor,

tienen que ser

ridículas.

 

Pero, al fin y al cabo,

sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor

sí que son

ridículas.

 

Quién me diera el tiempo en que escribía

sin darme cuenta

cartas de amor

ridículas.

 

La verdad es que hoy mis recuerdos

de esas cartas de amor

sí que son

ridículos.

 

(Todas las palabras esdrújulas,

como los sentimientos esdrújulos,

son naturalmente

ridículas).

 

Versión de Miguel Ángel Flores 

 

 

Tabaquería

 

No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

 

Ventanas de mi cuarto,

De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe

quién es

(Y si supiesen, ¿qué sabrían?),

Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,

A una calle inaccesible a todos los pensamientos,

Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,

Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,

Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace

blancos los cabellos de los hombres,

Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de

nada.

 

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,

Y no tuviese más hermandad con las cosas

Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la

calle

La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida

Dentro de mi cabeza,

Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.

Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.

Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo

A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,

Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

 

Fallé en todo.

Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.

El aprendizaje que me dieron,

Descendí por la ventana trasera de la casa.

Fui al campo con grandes propósitos.

Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,

Y cuando había gente era igual a la otra.

Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de

pensar?

 

¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?

¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!

¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber

tantos!

¿Genio? En este momento

Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,

Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,

No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.

No, no creo en mí.

¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con

tantas certezas!

Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?

 

No, ni en mí...

¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo

No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?

¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—

Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,

Y quién sabe si realizables,

¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?

El mundo es de quien nace para conquistarlo

Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga

razón.

 

He soñado más que Napoleón.

He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que

Cristo.

Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.

Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,

Aunque no viva en ella;

Seré siempre el que no nació para esto,

Seré siempre sólo el que tenía cualidades;

Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie

de una pared sin puerta,

Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,

Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.

¿Creer en mí? No, ni en nada.

Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente

Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,

Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no

venga.

Esclavos cardíacos de las estrellas,

Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;

Pero nos despertamos y él es opaco,

Nos levantamos y es ajeno,

Salimos de casa y es la tierra entera,

Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

 

(Come chocolates, niña;

¡Come chocolates!

Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los

chocolates.

Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.

¡Come, niña sucia, come!

¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú

los comes!

 

Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,

Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)

Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré

La caligrafía rápida de estos versos,

Pórtico hendido hacia lo Imposible.

Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo

La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,

Y me quedo en casa sin camisa.

 

(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,

O diosa griega, concebida como estatua con vida,

O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,

O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,

O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,

O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,

Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué

inspire!

Mi corazón es un balde vacío.

Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco

Me invoco a mí mismo y nada encuentro.

Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.

Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.

Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,

Veo los perros que también existen,

Y todo esto me pesa como un condena al destierro,

Y todo esto es extranjero, como todo.)

 

Viví, estudié, amé y hasta creí,

Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.

En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,

Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni

creído

(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer

nada de eso);

Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan

la cola

Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.

 

Hice de mí lo que no supe,

Y lo que pude hacer de mí no lo hice.

Vestí un disfraz equivocado.

Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me

perdí.

Cuando quise arrancarme la máscara,

Estaba pegada a la cara.

Cuando la arrojé y me vi en el espejo,

Ya había envejecido.

Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había

quitado.

Arrojé la mascara y dormí en el vestidor

Como un perro tolerado por la gerencia

Por ser inofensivo

Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

 

Esencia musical de mis versos inútiles,

quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,

Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,

Pisoteando la conciencia de estar existiendo,

Como un tapete con el que tropieza un borracho

O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.

 

Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó

en ella.

Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida

Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.

Él morirá y yo moriré.

Él dejará el letrero, yo dejaré versos.

Y un día morirá el letrero y también mis versos.

Después morirá la calle donde estuvo el letrero,

Y la lengua en que fueron escritos los versos.

Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.

En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros

Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las

cosas como letreros,

 

Siempre una cosa frente a otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra.

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del

misterio de la superficie,

Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.

 

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),

Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.

Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,

Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

 

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos

Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.

Sigo el humo como mi camino,

Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,

La liberación de todas las especulaciones

Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una

indisposición.

 

Después me reclino en la silla

Y sigo fumando.

Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.

 

(Si me casase con la hija de mi lavandera

Tal vez sería feliz.)

Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

 

El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo

del pantalón?).

Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.

(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)

Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.

Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza,

y el Dueño de la tabaquería sonrió.

 

Versión de Miguel Ángel Flores

 

 

 

Ricardo Reis

 

Representa la herencia clásica en la literatura occidental expresada en la simetría, armonía y bucolismo con elementos epicúreos y estoicos. Es seguidor del sensacionismo que hereda de su maestro Alberto Caeiro, pero su formación latinista y monárquica lo aproximó al neoclasicismo. Para Ricardo Reis las cosas deben ser sentidas, no sólo como son, también de modo que se integren a un cierto ideal de medida y reglas clásicas. Afirma que hasta en el más pequeño poema de un poeta, debe haber algo donde se note que existió Homero.

 

Según Pessoa, Reis se trasladó a Brasil en protesta por la proclamación de la República en Portugal y no se sabe el año de su muerte. Gracias a este desconocimiento, José Saramago escribió El año de la muerte de Ricardo Reis, donde Fernando Pessoa, ya muerto, se reencuentra con Reis: el heterónimo sobrevive a su creador.

 

 

No tengas nada en las manos

 

No tengas nada en las manos

Ni una memoria en el alma,

 

Que cuando te pusieren

En las manos el óbolo último

 

Al abrirte las manos

Nada pueda caer.

 

¿Qué trono quieren darte

Que Atropo no te quite?

 

¿Qué laurel que no mustien

Los arbitrios de Minos?

 

¿Qué horas que no te tornen

Estatura de la sombra

 

Qué serás cuando fueres

En la noche y al fin del camino?

 

Coge las flores mas suéltalas

Apenas tú las mires.

 

Siéntate al sol. Abdica

Y sé rey de ti mismo.

 

 

Las rosas del jardín de Adonis

 

Las rosas del jardín de Adonis

Son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas

   Que en el día de su nacimiento,

          En ese mismo día, mueren.

 

La luz es eterna para ellas, pues

Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban

   Antes que Apolo pudiera incluso iniciar

         Su trayectoria visible.

 

Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,-

Voluntariamente, Lydia, desconociendo

   Que existe la noche antes y después

         El poquito que perduramos.

 

 

Oda

 

Para ser grande, sé entero: nada

Tuyo exageres o excluyas.

Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres

En lo mínimo que hagas,

Por eso la luna brilla toda

En cada lago, porque alta vive.

 

 

Como si cada beso

 

Como si cada beso

fuera de despedida,

Cloé mía, besémonos, amando.

Tal vez ya nos toque

en el hombro la mano que llama

a la barca que no viene sino vacía;

y que en el mismo haz

ata lo que fuimos mutuamente

y la ajena suma universal de la vida.

 

 

 

Bernardo Soares

 

Pessoa no estableció rasgos de personalidad ni fecha de nacimiento de Bernardo Soares. Debido a esto y a su similitud con el autor, es considerado como semi heterónimo. Soares es autor de Livro do Desassossego (El libro del desasosiego), la obra en prosa más importante de Pessoa, donde muestra su matiz más nihilista y apesadumbrado. Esta obra consta de más de quinientos fragmentos de diario, aforismos y divagaciones sobre cuestiones cotidianas y filosóficas generales que Pessoa redactó entre 1913 y 1935. Al fallecer, dejó los textos en desorden con indicaciones dispersas y, en algunos casos, contradictorias. Livro do Desassossego se publicó en 1982, gracias un equipo de estudiosos portugueses encabezado por Jacinto do Prado Coelho. La primera edición en castellano se publicó dos años después a cargo del poeta, crítico y traductor español, Ángel Crespo.

 

 

6

 

Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir ­dormir­, ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino?

 

He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados ­pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros.

 

En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual.

 

Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (...)
Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiarla, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores.
Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza. Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones?

 

Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y Compañía será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre. 

 

 

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Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañe o rechina, cuerdas y harpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía.

 

 

29

 

Crear dentro de mí un estado con una política, con partidos y revoluciones, y ser yo todo esto, ser yo Dios en el panteísmo real de ese pueblo mío, esencia y acción de sus cuerpos, de sus almas, de la tierra que pisan y de los actos que hacen. Ser todo, ser ellos y no ellos. ¡Ay de mí! Éste es todavía uno de los sueños que no logro realizar. Si lo realizase tal vez me moriría, no sé por qué, pero no se debe poder vivir después de esto, tamaño el sacrilegio cometido contra Dios, tamaña usurpación del poder divino de serlo todo.

 

¡El placer que me proporcionaría crear un jesuitismo de las sensaciones!
 Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle.

 

Hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una individualidad absolutamente humana. Pasos de parágrafos míos hay que me hielan de pavor, tan nítidamente gente los siento, tan recortados contra las paredes de mi cuarto, en la noche, en la sombra, (...) He escrito frases cuyo sonido, leídas en voz alta o baja ­es imposible ocultar su sonido­ es absolutamente el de una cosa que ha cobrado exterioridad absoluta y alma enteramente.

 

¿Por qué expongo yo de vez en cuando procedimientos contradictorios e inconciliables de soñar y de aprender a soñar? Porque, probablemente, tanto me he acostumbrado a sentir lo falso como lo verdadero, lo soñado tan nítidamente como lo visto, que he perdido la distinción humana, falsa creo, entre la verdad y la mentira.

Basta que yo vea nítidamente, con los ojos o con los oídos, o con otro sentido cualquiera, para que sienta que aquello es real. Puede, incluso, ser que yo sienta dos cosas inconjugables al mismo tiempo. No importa.

 

Hay criaturas que son capaces de sufrir durante largas horas por no serles posible ser una figura de un cuadro o de un naipe de baraja de cartas. Hay almas sobre quien pesa como una maldición el no serles posible ser hoy gente de la edad media. Este sentimiento me sucedió en tiempos. Hoy no me sucede. Me he refinado más allá de eso. Pero me duele, por ejemplo, no poder soñarme dos reyes en reinos diferentes, pertenecientes, por ejemplo, a universos con diferentes especies de espacios y tiempos. No conseguir esto me disgusta verdaderamente. Me sabe a pasar hambre.

 

Poder soñar lo inconcebible visualizándolo es uno de los grandes triunfos que ni yo, que soy tan grande, consigo sino raras veces. Si, soñar que soy por ejemplo, simultáneamente, separadamente, inconfusamente, el hombre y la mujer de un paseo que un hombre y una mujer se dan a la orilla de un río. Verme, al mismo tiempo, con igual nitidez, del mismo modo, sin mezcla, siendo las dos cosas con igual integración en ellas, un navío consciente en un mar del Sur y una página impresa de un libro antiguo. ¡Qué absurdo parece esto! Pero todo es absurdo, y el sueño es, sin embargo, lo que menos lo es.

 

 

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He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y yo no.

 

Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas. 

 

 

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FERNANDO PESSOA

 

Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa, 13 de junio de 1888 - ibídem, 30 de noviembre de 1935).  Poeta, ensayista y traductor. Es la figura más representativa de la poesía portuguesa del siglo XX. Sus primeros años transcurrieron en Ciudad del Cabo mientras su padrastro ocupaba el consulado de Portugal en Sudáfrica. A los diecisiete años viajó a Lisboa, donde después de interrumpir estudios de Letras, alternó el trabajo de oficinista con su interés por la actividad literaria.

 

Traducir obras de Nietzsche, Milton y Shakespeare, lo llevó a crear sus primeros poemas en inglés. Escribió para las revistas Orpheu (1915), Atena (dirigida por él), Ruy Vaz (1924) y Presença (1927), donde publicó algunos poemas, entre ellos Antínoo, e impulsó el movimiento surrealista portugués. Paralelamente, dirigió en compañía de su cuñado, la Revista de Comercio y Contabilidad. En 1933 vio la luz el único libro que Pessoa publicó en vida: Mensaje. A lo largo de su vida construyó la obra de más de 70 heterónimos, donde sobresalen Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares.

 

Murió el 30 de noviembre de 1945 en el Hospital de São Luís dos Franceses, por complicaciones hepáticas.


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