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23 Jul 2015 / 13:08 pm

 

Selección y comentario de Danny Yesid León

 

Oscar Estévez es un poeta observador y sincero. Basa su cantar en la exactitud y la pulcritud de la palabra, sin recurrir a un lenguaje rebuscado y grandilocuente. De ahí que en su obra se decante, vocablo a vocablo, la perfección de la imagen recobrada del mundo. Por supuesto, dicha imagen, es para Estévez la posibilidad de poetizar sobre lo inconmensurable: el cielo, las montañas, el viento, la muerte; así como también sobre lo ínfimo, aquello que pareciera carecer de importancia. De ahí que uno de los motivos trascendentales en su obra sea, precisamente, lo mínimo: un escarabajo, una libélula, las hormigas, la crin de un caballo. Sin embargo, esto no repercute en la bastedad de lo que enuncia, dado que siempre hay en sus versos una suerte de sabiduría, de revelación, inherente a la poesía orquestada desde un sentir más profundo. Oscar Estévez es, sin duda, un gran artesano de la palabra y el silencio.

   

 

 

De Ojo vacío (2010)

 

   

***

Un escarabajo diminuto

inicia su vuelo desde lo alto de una hierba

Reflejados en su metálica joroba

el sol      mi rostro      la verde vastedad

se deshacen      en un breve zumbido

para siempre.

 

 

 

 

***

Nueva casa      casa vacía

Inútil imaginar la tristeza de sus antiguos habitantes

al abandonarla para siempre

 

Viejas grietas en el muro    ¿seguirán allí cuando

me vaya?

 

Los que la habitarán después

¿compadecerán mi inútil esfuerzo     ahora que

para la sombra planto    este pequeño sauce?

 

  

 

***

Rígido       sobre la hierba

yace un pájaro nocturno

Una gota de agua brilla

en el cuenco vacío de su ojo

 

 

  

***

Esta aventura de palabras prestadas que termina en

poema

es igual a esa cosa muerta con forma de pájaro

pero que ya no es el pájaro

y de cuyo ojo vacío      entra y sale       un ejército de

hormigas

 

  

 

***

Alguien que no conozco

enloquecido

sigue leyendo mis poemas

con espejos

 

 

  

 

De Viento desbocado (2013)

 

 

 

 

***

Cierro mi puño y trazo pájaros negros

y los lanzo allá

                       entre las cañas que me adormecen

Pero dime

qué hambre sacian

                      esos bambúes que mece el viento

qué sed        ese viento remontando cuervos

 

 

  

***

Una crin del caballo se mece en la cerca

oxidada

Tres palomas oscuras agitan la niebla

Una libélula duda en el estanque

Allá       lejos       la montaña

le pone voces a mi sueño

 

  

 

***

Un insecto mueve sus largas antenas

Frío el viento se demora en mis labios

Es bello el gusano en el pico del pájaro

Este sueño es muy largo— me digo—

Yo parpadeo

El aire    inagotable     entra y sale de mi cuerpo

 

  

 

***

ANOCHE SOÑÉ que era un astrónomo persa.

Entraba a la Mansión de la Luz acompañado de

Li Po y Anacreonte.

Bebimos vino hasta embriagar nuestros cuerpos

inmortales. Nada nos perturbaba. Cada quien

había llevado lo que necesitaba: su sombra,

una copa, la luna y una mariposa encerrada

en el tronco hueco de un árbol

 

 

  

***

WANG WEI pasea por las montañas. El invierno

es cruel; tal vez por eso, en mi sueño,

me sorprende su decisión de abandonar el hogar.

Quizá necesita pensar en otra cosa,

quizá sólo así pueda descifrar ese último verso,

ese huidizo verso que elevará su inconcluso poema

a la altura de las obras inmortales.

Camina lento, cavilando, pero no lo suficiente

como para abstraerse del mundo.

Desconoce lo que busca, siente la necesidad

de encontrar algo que nunca ha visto. Se aparta del sendero,

atraído por la visión de un arce deshojado.

Bruscamente se detiene,

lo sorprende la huella de un tigre en la nieve.

Piensa en regresar –la fiera aún puede estar cerca-

pero se lo impide un impulso irrefrenable,

el deseo de imprimir su nombre junto a la misteriosa huella.

Mientras lo hace, le invade la beatitud que prodiga

el poema recién terminado.

Regresa a la choza y arroja al fuego el rollo que contiene

su poema inconcluso, su imperfecto poema hecho de signos

que sólo pueden descifrar los hombres.

 

 

 

Oscar Estévez Lizarazo. Bucaramanga,  1978. Autor de los libros de poesía El sopor de las hojas que tiemblan, 2002, SyC Editorial;  Ojo vacío, 2010, Ediciones UIS y Viento desbocado, 2013, Ediciones UIS. Miembro del Taller de Literatura Umpalá. Ganador de los concursos nacionales de Poesía Si los leones pudieran hablar, Casa de Poesía Silva, 2008 y Café Con-Verso Ciudad de Bucaramanga, 2012. Finalista del Concurso Nacional de Minicueto: 200 años, 200 palabras, Relata Cucuta en 2010. Poemas suyos han sido impresos en la Revista Golpe de Dados, Revista Auditorio, Revista Umpalá y el diario Vanguardia Liberal. Concluyó estudios de Ingeniería Electrónica en la Universidad Industrial de Santander y es Licenciado en Estudios del Asia del Este e Historia de la Universidad de Montréal.

 

 


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