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13 Dic 2012 / 17:17 pm

 

 

Presentamos una muestra del poeta argentino Santiago Sylvester (Salta, 1942). Ha recibido, entre otros, los reconocimientos “Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges” y “Jaime Gil de Biedma de poesía”. La selección pertenece al libro La palabra y, y la realiza el poeta Fredy Yezzed López.

 

 
 

(posiblemente el unicornio)

Un unicornio mira desde tierra firme el Arca de Noé: lo olvidaron al cerrar la
            compuerta.
Después vino la lluvia, y otra vez la lluvia. Peces,
pájaros y caimanes, más los zancudos que caminan sobre el agua, tenían
            su habilidad
y no sufrieron sobresalto en la cuarentena más húmeda que se recuerda;
el unicornio, sí.

                            Elefantes, caballos,
quirquinchos y corzuelas
estaban bajo techo en la chalana célebre
cuando se vino abajo el cielo inhóspito: cabras, gallinas
y tortugas (“ese
interesante animal que es a la vez
animal y domicilio”)
iban a salvo de cualquier diluvio;
el unicornio, no.

Por este olvido llegan de vez en cuando noticias de algo
que se perdió en un mapa antiguo, en algún
pergamino tapado varias veces por el polvo: señales
confusas que ya vienen de ninguna parte: restos flotantes desde antes que el
            tiempo se volviera historia.

Y sólo queda el olvidado, el que no pudo ser,
el que dice cuando un artista atacado por el virus místico
lo rescata en un tapiz o en el cuadro de alguna sacristía:
“nací perdido y no quiero que me encuentren”; y mira desde tierra firme.

 

 

(la alarma)

Un pequeño imprevisto municipal:
se ha extraviado una idea y
considerando que son pocas
hay alarma de desastre ecológico.

Imagine una ciudad alborotada por algo que no existe:
                                                                                      imagine
una costumbre que no coincide con el mundo actual:
                                                                                  imagine
un esfuerzo condenado a perpetua desilusión:
                                                                          imagine,
y entenderá el problema de este municipio.

Toda la ciudad inmovilizada por
un silogismo inacabado: una idea menos, sin saber
si era de calma o disputa
o qué puede pasar si la toca un distraído, si un desaprensivo la encuentra:
si será de tormenta o glaciación, o de nada
porque también hay ideas sin idea adentro:
si tiene agilidad, astucia, iniciativa.

                            Qué
tensión entre nosotros: de quién era,
qué futuro predicaba, qué
pasado concluyó sin empezar;
                                                        quién
nos consolará de esta pérdida,
y quién puede impedir que una idea ronde por la ciudad.

 

 

(efecto de la x)

No hay mucha expectativa con la letra x: es cierto
que se exhibe demasiado pero
es más efecto acústico, más
exceso de protagonismo que exactitud: no intenta explicar este mundo que se
            expande y
se expande mientras llega por el fondo algo parecido a una extenuación: no hay
            en ella ni rastro de ese sexto sentido que esperamos todos.
                                                                        Y sin embargo,
suprima usted la x y sentirá el efecto de la asfixia: una prueba de que todo,
            incluso
la letra x,
es un pretexto para existir.

 

(exhortación para un propósito loable)

Ya no cumpla más años: esto
sin discusión; quédese donde está: los años
traen goteras que
aunque no se las vea
terminan mojando la alfombra.
No junte tiempo,
ni envidia,
distráigase
de la maledicencia que viene con los años: ya ve
que la palabra años vuelve y
vuelve
y no tiene buena sombra:
no espere nada del paso del tiempo: el tiempo
es engañoso como todo lo inestable;
y si sube la cuesta y se empeña
en llegar hasta el borde,
ya juntará evidencias contra el desperdicio de envejecer.
Quédese en su estaca: sano, ágil, suelto, concupiscente.

 

 

(postales al Tirreno)

¿Ve usted a ese hombre?: duerme en la calle y
colecciona postales.
Se fue hace años de su casa: todo es posible más allá del horizonte: la mirada
            compleja del viajero;
pero también es posible el fracaso: ¡fracaso, qué palabra
para el mar Tirreno!

                        Ahora
duerme entre cartones, come sobras: y es
el que envía postales a su madre. ¿Sabe usted qué fácil
es llegar al fondo si
todos los días
baja un escalón imperceptible? Llegar al fondo
es donde no hay retorno: primero la calle, la pared, luego una distracción que
            dura demasiado
y por fin
la bolsa de residuos.

Yo le regalo una postal con una iglesia, otra con una playa, otra que dice
            “señorita tocando la tiorba”, y otra “la salvación anda a pie”;
él las manda al Tirreno: quiere
dar imagen de viajero: en sus cartas
todo se desliza en la buena dirección: ese hombre cercado por vendas
y cartones
sólo da buenas noticias,
y tal vez tenga razón si es cierto que hasta los que duermen colaboran con lo que sucede en el mundo.

                                    Alguna vez
me dio datos, precisiones oblicuas: sé por ellos que su madre
ya no puede esperar nada, salvo que esperar
sea verbo transitivo también para los muertos.
Entonces ¿postales para quién? ¿para el que fue
y sigue siendo en la otra punta del mundo?

 

(invocación al ácaro)

Ya es hora de que conversemos: ya va siendo hora de pactar.
Cuarenta años de agresión recíproca
y seguimos sin entendernos: yo,
armado de farmacopea; vos
conspirando en los rincones.
No te pido que me libres
de los ojos llorosos, de los estornudos: eso
forma parte de tu ser en mí; pero sí que no me expulses, que
me dejes en mi lugar, ahora
que ya sé cuál es.

                        Después
de tantos años, remover el planeta, sospechar que mi sitio
no estaba en ninguna parte,
vengo a saber que mi sitio soy yo, que lo llevo puesto; y
un sitio así no se negocia.
                              Por eso
te pido que te pongas en mi lugar: no puedo
irme de mí,
según tu deseo en las últimas décadas.

Siempre había pensado que el pacto, si había pacto,
iba a ser con
algo así como un arcángel; pero no,
y aquí estoy pactando a ras de tierra: diálogo
que no busqué,
con quien iré a la tumba sin haberme entendido: casi
estoy pactando mi resurrección.

Ya sé que sos parte de mí, de mis mañanas
alérgicas; pero
saco bandera blanca, ofrezco parlamento para que depongas tu tenacidad
y yo deje de ser tu ciudad invadida.
                                    ¿Cómo
dedicarme a ventilar adjetivos
o a la ruina prestigiosa de la levedad,
si tengo que estornudar por la mañana, llorar por nada a la intemperie,
oscurecer el día para que no entre la agresión por las rendijas:
                                                                                      cómo
pastorear el alma del modo que me gusta: en silencio
y solo,
si debo a cada rato salir del agujero que invento para
entender un poco el mundo: ventilación
y abordaje con rima en el lenguaje?
¿cómo, si cada mañana
el mismo disgusto es nuevo?

No puedo más, y no me alcanza el aire: estos
versos desprolijos
que he remado contra el viento.
Un poco de consideración con el agotado: este galeote solo, este
ropavejero pulcro.

                                    Ácaro
que invoco ahora, desconozco tu cara, la causa
de tu perseverancia, el periplo de tus días,
pero no tu paso por la tierra ya
desesperada que soy yo.

 

(fragmentos de la separación)

La separación comienza y
recomienza siempre: está ahí: despliega su oficio, sus
muchas maneras de mostrarse;
y aunque sea incierto el recorrido
es infalible la llegada: todo
termina en separación.

                                    La he visto
por primera vez en algún Año Nuevo, en Salta: largos veranos de la infancia,
y de pronto sé que ha comenzado: un cambio imperceptible, una inflexión que
            se acelera y ya no estamos en un solo sitio
sino en dos: en una orilla
y otra,
y siempre hay obstáculos que se interponen: una orilla
cuya nostalgia es la otra.

 

*
 

Obstáculos que se interponen: por ejemplo, las palabras que desaparecen: la
            palabra mampara, la palabra patio tiene los días contados: los arquitectos
            ya no imaginan patios en sus casas: ya no habrá nadie sentado en una
            hamaca, leyendo o conversando al fresco: ningún cantero con su flor
            morada,
nadie que riegue plantas
como un rito: nadie
que escuche las campanadas a las nueve de la noche:
nadie que reúna todo eso.

La palabra patio, como el patio: soy
testigo de una desaparición.

 

*

 

Esto es el mundo disponible: todos
desheredados de algo, como conviene para no sentirse totalmente en casa: hay
fragmentos que se han perdido: revise usted su vida
y verá cuánto no está
de lo que creía que estaba: no sólo patios; y esto
no es nostalgia o hermenéutica: es
comprobación.

                        Pero
sólo extraña una palabra quien la ha usado,
como extraña un patio quien ha tenido macetas, plantas de sombra, una parra.
La palabra patio (cada uno
con su palabra secreta, su diccionario en voz baja)
se abre paso a la experiencia de todos: hablar en un idioma
y callar en otro: dos maneras de estar: la palabra que existe
y la que va dejando de existir, aunque lleguen revueltas y
no se pueda discernir entre las dos.

 

*
           

Pero la separación no es sólo palabras: hay acierto y error: dos sucesos que
            pueden ser el mismo: lo que cambia
es el viaje, tal vez
la velocidad:
el acierto de recorrer ciudades, dormir en hoteles y tener siempre una mesa
            bien puesta;
mientras que del error sabemos poco: de ahí el éxito
de su reproducción.

 

*
 

“Acertar por naturaleza”: ¿quién lo dijo así? ¿o hay una traducción que se ha
            perdido? Sí se habló de pensamientos
que no sirven para pensar: ocurrencias, mera locuacidad, en todo caso
registrado así por la experiencia;
y lo que finalmente se cuela entre dos patios, entre
dos orillas,
es el trabajo de la separación que, como está dicho,
comienza y recomienza siempre.
En fragmentos se la reconoce.

 

Del libro La palabra y. Buenos Aires, Ediciones Del Dock, 2010

 

Santiago Sylvester (Salta, 1942). Es autor de doce libros de poesía, de un libro de cuentos y uno de ensayos, publicados en Argentina y España. Ha recibido los premios Provincia de Salta, Fondo Nacional de las Artes, 3er. Premio Nacional de Poesía, Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges y Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. En España recibió los premios Ignacio Aldecoa, de cuentos, y Jaime Gil de Biedma, de poesía. Es autor de dos antologías de la poesía del Noroeste Argentino (Fondo Nacional de las Artes), de una antología de la poesía de Manuel J. Castilla, y ha realizado ediciones críticas de las obras de Juana Manuela Gorriti y Federico Gauffin. Dirige la colección Pez Náufrago, de poesía, y es codirector de la colección de ensayos Época, ambas en Ediciones del Dock (Buenos Aires).

 

 


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