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18 Dic 2012 / 14:52 pm

 

Nota y selección de Henry Alexander Gómez

 

“El poeta es una herida abierta en el tejido del mundo” nos dice Alejandro Cortés Gonzáles (Bogotá, 1977), pero también en sus poemas hallamos una herida que brota en la urdimbre del agua. Como en la bella piel de un lagarto, cada poema del libro, Pero la sangre sigue fría, es una escama que devela una íntima escritura, una lluvia en la orilla, un mar que transita, o un eco presentido que viene de la infancia. Acá, para la sección “Suenan timbres”, algunos de sus poemas:

 
 

 


LA NOCHE PRESENTIDA

 

El reptil sabe que su estela mesozoica
tiene la edad del poema;
el poema no olvida que por la osamenta de sus letras
crece la agrura del reptil.
El saurio,
el lagarto,
el monstruo rara vez emergido
de las catacumbas de mares e inframundos,
advierte en sus pisadas la tinta del poema.
Desde el primer día carga el llamado a la extinción.
Escapista de paso discreto y ausencia estrepitosa,
un puñal y una huida.
Conspirador de recuerdos,
coleccionista de olvidos.

 

El poeta es una herida abierta en el tejido del mundo,
un ciudadano de la memoria que siempre está de paso,
un reptil que construye, sobre la ruina de los días,
su mórbida perpetuidad.
Presiente la noche.
Deberá disculparse por sus silencios,
y cruzar mares,
para grabar de banderas su epitafio.

 

 

 

 

EL PRIMER OFICIO DEL DÍA

 

Poesía es un desempleado que lleva a un niño al colegio.

La mano que protege y la mano que redime,

se unen y se transmiten silencios.

El niño no habla de los libros que le faltan.

El adulto no habla del empleo que no ha conseguido.

La poesía es omisión.

La calle, un río crecido.

Antes de cruzarla se aprietan las manos con más fuerza,

para que nunca se vayan a soltar.

Poesía es un desempleado que lleva a un niño al colegio.

Es la fábrica ausente,

es el libro no leído.

 

Poesía es caminar de la mano con la promesa de nadie. 

 

 


 
TÍTULO DE PROPIEDAD

 

A la barca abandonada
un hilo de cuerda la amarra al mundo.
El agua que la mece y la duerme,
es el agua que la desmiembra.
Lo que queda de barca
no se decide a ser lago ni orilla;
solo un cuerpo enraizado de cabuya que,
mientras se rompe,
oscila
y espera,
oscila
y espera.

 

El abandono es propiedad de la deriva.

 
 

 

 

 

OSAMENTA DEL AGUA

 

Tiene la lluvia la facultad de hacer más pesados los zapatos y más
livianos los suelos.
Unido a su paraguas uno es un mismo esqueleto
del que cuelgan carnes y telas enfermas de agua.
Así lo entiende el relámpago cuando ataca.

 

Mi paraguas no es más que una sombrilla moribunda
que con sus faldas levantadas advierte los huesos.
Usarla me avergüenza ante el granizo,
olvidarla me apena ante el desconocido.
Y con vergüenza,
dejo que el entendimiento se diluya
en la canción del agua contra las telas.

 

Mis pasos ya no son pesados,
los suelos entienden las metáforas del aire.
Y entre tormenta y tormenta,
me siento un poco más lluvia,
me vuelvo un poco más hueso.

 

 

 


 
YO TUVE UN NIÑO QUE ERA UN LEOPARDO

 

Yo tuve un niño que era un leopardo.
Un leopardo.
Un escapado del viento.
Solo se detenía para escupir el encierro del asma.
Lo capturé en una jaula polaroid
y para que no se fugara le puse encima un vidrio grueso.

 

Yo tuve un niño que era una espada.
Una espada.
Una empuñadura del trueno.
Me aferré a los latidos de sus hojas afiladas.
En el aire cortado del patio
andan las apariciones de nuestros juegos.

 

Yo tuve un niño que era una sombra.
Una sombra.
Un vacío que se llenó de negro.
Si las sombras son mudas, ¿cómo saber qué buscan?
Solo se les ve jugar entre charcos y andenes despoblados,
en espera de otras sombras para agrietar el agua.

 

Yo tuve un niño que era una runa.
Una runa.
Con grabados de leopardo y alfabeto de silencios.
Los leopardos cuando escapan no dejan reflejo ni espada.
Apenas este cuerpo sombrío y sin sombra,
y esta jaula polaroid, y este vidrio grueso.

 

 

 


 
LA COSTUMBRE DE NO MIRAR A UN MUERTO A LOS OJOS

 

Los ojos agujereados por letanías pueden ver la mirada de los muertos,
las rodillas gastadas por reclinatorios se hincan ante su silente palpitación.
Los muertos, con sus párpados cerrados,
le avisan a los dolientes que ya lo saben todo,
que mientras rezan, les divierte juzgar.

 

El loco esconde su licor, el gato cubre sus heces.
La meretriz baja su falda y ofrece en el muro de los osarios
una de sus lágrimas desocupadas.

 

Cuando un hombre muere, un mundo queda en ruinas,
y con banderas blancas se amortajan los escombros de sus múltiples ciudades.

 

Las letanías hacen sentir a los ojos agujereados de los dolientes,
que el mundo del muerto los mira desde algún lugar.

 

 

 


 
FOTO COLGADA DE UNA CUERDA

 

La boca del niño guarda el oscilante grito del ahorcado.
Sus pequeños huesos acunan la bestia
que un día abrirá su mandíbula
para devorar los ecos de las últimas palpitaciones.

 

La boca del niño aprenderá a hacer crujir los dientes,
a escupir llagas
y a sulfatarlas
con inútiles secreciones de cornea.

 

La boca del niño es monstruo que enseña los dientes
y víctima que cierra los labios.
Úvula amortajada de soga,
donde las canciones de ahorcado
no dejan de pendular.

 

Mira la foto de infancia de un suicida;
la boca de ese niño, te quiere hablar.

 
 

 

 

 

CARTOGRAFÍA DEL AGUA

 

El que desde el ojo de buey contempla la lluvia,
se va con el galope del agua.
Sus ojos, agrietados de relámpago,
recorren los mapas que las gotas trazan sobre la ventana.
Aprende a esperar sin esperanza,
a recibir sin ansiedad la calma.

 

El que desde el ojo de buey contempló la lluvia,
entiende que hay un país perdido
en la cartografía del agua,
y busca en los cielos grises,
el galope que lo haga regresar.

 

 

 

ALEJANDRO CORTÉS GONZÁLEZ

Nació en Bogotá en 1977. En dos mil seis participó en El alma en un bolsillo, una antología de nuevos poetas auspiciada por la Casa de Poesía Silva de Bogotá. En 2009 ganó el Concurso Nacional de Novela Corta de la Universidad Central, con la novela Notas de inframundo, que fue publicada y lanzada al año siguiente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En 2011 ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Central, con el cuento Él pinta monstruos de mar, que le dio título a una antología publicada por la Universidad Central. En marzo de 2012, lanzó el libro de poesía Pero la sangre sigue fría, que contó con el prólogo de Roberto Burgos Cantor y la presentación de Álvaro Miranda. Poemas y cuentos han hecho parte de publicaciones físicas y virtuales. Ha sido invitado por la Corporación Fernando González Otraparte (Envigado), Red Internacional de Editores Independientes Edita (Itagüí), Festival de Poesía de Bogotá, Fundación Artística Casa de Hierro (Barranquilla).

 


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