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14 Ene 2013 / 11:10 am

 

 

Por Emiliano Bustos 

 

-¿Qué marcas dejó en vos el paisaje del Puerto de Ingeniero White, las partidas y los arribos de los barcos y el paisaje familiar, como la peluquería de tu abuelo, de la que hablás en tus poemas?

-Las marcas que deja el viento, pienso, o las que deja un gran espejo de peluquería atravesado por rostros de marineros, estibadores, camioneros; forasteros todos de mi infancia. Hay una marca, seguro, de la extranjería, gente de paso por el puerto, un sentimiento de errancia que entendí mucho después cuando me exilié. Bueno, yo vivía en la casa del fondo de esa peluquería que era para mí a los 7 años, un lugar de rituales. Mi abuelo, al centro con su pulcro saco blanco y su colección de peines, enjabonando, rasurando con su navaja de mango de nácar, entalcando el aire con pulverizadores de metal. En una mesita de esa peluquería se amontonaban las revistas y los diarios; uno de los tesoros de mi infancia. Y rubricando todo, otro gran personaje de esos años, el espejo: todos los clientes estaban apretados allí, como en las páginas de un cuento. Aquel pueblo fue un enclave anarquista, mucho tiempo atrás llamado Puerto de la Esperanza, y más atrás aún fue tierra de malones; la del cacique Calfucurá. Me crié en una atmósfera de pescadores, burdeles y grescas de marineros. Allí, en ese  puerto que alguna vez fuera el de mayor calado del Cono Sur, pesaba un antecedente trágico, porque en 1906 ocurrió una feroz represión obrera. Hay mucha historia en esa región que visitó el pirata Drake y Rubén Darío, Darwin y el poeta italiano Dino Campana.

 

 

-Entre tus lecturas tempranas están los cómics. ¿Recordás tu primera noción de lo poético, la escritura, la invención de historias? ¿Qué otras lecturas te formaron?

-Me formaron las historietas de Héctor Oesterheld (guionista, desaparecido por la dictadura militar) como Frontera y Hora Cero, pero también la revista El Tony. Unos primos míos coleccionaban Rayo RojoMisterix. Yo leía todo eso, más las que llegaban de México publicadas por editorial Novaro. Lo interesante fue que el primer poeta que conocí en México fue guatemalteco Otto Raúl González, guionista en los’50 de esas revistas; se había exiliado tras el golpe contra Jacobo Árbenz. Luego, el dramaturgo argentino Alberto Adellach, también desterrado, me dijo que él había creado al personaje “Misterix”. Fue un reencuentro con esas imaginerías. Por otro lado, hace poco advertí la influencia de la historieta en mi poesía llena de personajes -el domador de leones, los espantapájaros, la contorsionista, el motociclista, el luchador, la sordomuda, el bufón del rey- en una trama que puede leerse como secuencia de cuadros de comics. Algo de eso hay en el poema “Marimba” o en Sordomuda, más un tono tremebundo, irónico, ligado a situaciones de aventura. Por ejemplo cuando, simbolizando el hecho creativo, aparece la poesía  disfrazada de pordiosera, atada espalda con espalda con el poeta en un campamento vigilado por centinelas uniformados. Yo tendría 8 años cuando en una de estas revistas hallé un texto ilustrado –pienso que de Lovecraft- y comencé a imitarlo impactado por su atmósfera espectral; escribía y dibujaba calaveras; mi madre se asustó mucho. Sobre lo “poético”, ignoro si tenía alguna noción, pero me imantaba la música de los versos. Empecé a garabatear textos echado sobre el ritmo de la poesía y cegado por sus imágenes. El único libro que recuerdo haber leído en ese tiempo fue una antología Cuentos de hadas japoneses. Mi madre lo sacó de la biblioteca del puerto, recuerdo a emperadores y princesas con sus trajes de seda y pedrería entre dragones voladores.

 

-Eras muy joven cuando publicaste tu primer libro, Los espantapájaros suicidas. ¿Cómo recordás aquél tiempo?

-El libro salió en 1973 pero lo escribí antes; incluso tenía  otro nombre: La muchacha de madera nocturna. Lleva el desgarramiento de la adolescencia. Yo escribía mucho y corregía poco; no tenía interlocutores. A los 14 años descubrí a Neruda, Bécquer, Whitman. Era un tiempo convulso. El libro salió en el 73, año de la matanza de Ezeiza, hecho que prologó la tragedia que vendría con el golpe militar del ‘76. Ese año, cuando aparece en Cuba mi segundo libro, yo ya estoy camino a México. Pertenezco a una generación truncada; no habíamos ni empezado…

 

 

-En la primera mitad de los 70 conformaste el grupo “El Ladrillo”, que produjo numerosos actos culturales y encuentros con escritores como Juan Gelman, con quien se reunieron en 1975 en circunstancias particulares y difíciles. ¿Cómo recordás estos cruces?

-Como muy enriquecedores. Problematizan a ensayistas que creen que el arte en los ’70 pasaba por el panfleto. A “El Ladrillo” lo fundamos con  el poeta Oscar R. F. García. Luego se sumaron Vicente Muleiro, María del Carmen Colombo y Adrián Desiderato, más el artista plástico Jorge Sposari. Pero por allí pasó mucha gente. Estábamos motorizados por la búsqueda y el cuestionamiento; nos interesaba la experimentación formal sin dejar de interpelar a la realidad, era frecuente el encuentro con otros poetas, algunos hoy desaparecidos como  Roberto Santoro y Carlos Higa. Nos nutríamos de la diversidad. En nuestras reuniones participaba Olga Orozco, poeta de textura surrealizante, y un poeta fundamental del tango, Cátulo Castillo, como también Agustín Cuzani, cultor del teatro del absurdo. Lo de Gelman se dio poco antes de que saliera de Argentina, perseguido por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Logré acordar una reunión con “El Ladrillo”; me quedó grabada la escena de una noche lluviosa cruzada por sirenas policiales, tomando mate en una piecita, ávidos por hablar de todo, pero especialmente de poesía.

 

 

-Tu relación con la poesía de Gelman es profunda -publicaste un ensayo exhaustivo sobre su obra- y fue un acercamiento temprano, aunque no significo para vos una pérdida de autonomía. ¿Cómo describirías este proceso de aproximación a través de los años?

-Siempre me atrajo su imaginación, y la conciencia de su imaginación. Entrar a su poética es una aventura fascinante: hay movimiento, diversidad de registros, caminos diversos. Uno se topa con un lenguaje de riesgo y una respiración que tiene la música de las preguntas. Sus empeños verbales se mueven entre la reverberación de la imagen y la sequedad del silogismo. Me atrae el modo en que resignifica sus ejes temáticos, sus juegos de identidad y su humor soterrado. Su poesía me hizo viajar por distintos asuntos y poéticas, como la de los místicos españoles o la sefardí. Sobre la “autonomía”, creo simplemente que tenemos poéticas diferentes. Más que “me ha influido”, me gustaría decir: “el también me influyó”. Hace mucho tiempo que somos buenos amigos; que “hay comercio” entre nosotros.

 

 

-En los 60 muchos escritores establecieron vínculos con la política, no sólo en sus vidas sino muchas veces en sus obras (Leónidas Lamborghini, Francisco Urondo, Gelman). Luego en los 70, cuando la perspectiva social empieza a cerrarse y con la inminencia del golpe, surge un replanteo en libros de Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg o en los tuyos. ¿Hasta dónde funcionaron los ‘60 con sus presupuestos poéticos y políticos, y en qué momento los más jóvenes empezaron a asumir otra mirada?

-Creo que la obra de muchos poetas de América latina que se dan a conocer al filo de los ‘60, se desarrolla en base a dos movimientos que mencioné antes hablando del grupo “El Ladrillo”: la búsqueda formal y el cuestionamiento. Vale decir: la indagación estética junto a una cuestión que remite a asunto a resolver, interpelación, cuestionario. Eso habla de una posición frente al arte y al debate social, que en un momento se superpone en muchas de las voces de los ’60 y los ‘70. Ahora, hay que tener en cuenta que cada cual conjugó a su modo esas indagaciones y que no siempre hablar de lo generacional implica rigidez. Hay variaciones sustanciales en el desarrollo de muchos poetas del ’60., igual con los de los’70 y los libros que escribieron después. Si cada generación llega con propuestas diferentes, la de los ’70 trajo sus propias preguntas.

 

 

-Durante los ‘70 en la Argentina y otros países de Latinoamérica se interrumpió el proceso de desarrollo cultural, social y político. Los poetas de los ‘70 vieron interrumpidas sus obras, cuando no sus vidas; algunos volvieron a publicar, otros no. ¿Qué pasó con tu obra y cómo funcionó el exilio en tu escritura?

-Lo dije, soy de una promoción truncada. El golpe fue del ‘76 al ‘83, no es casual que una cantidad considerable de poetas nacidos en los ‘40 y ‘50 empezaran a publicar entrados los ‘80 y en los ’90. Las consecuencias de la dictadura –hay un temor inyectado en el cuerpo social- aún pesan. Muchos escritores argentinos estaban formados al momento de exiliarse, pero mi caso fue diferente; estaba iniciándome y en la desdicha del destierro me convertí en “oyente”; hice extensos viajes por distintos países, y en todos mantuve diálogos a fondo con escritores que me interesaban; me nutrí de la peripecia del viaje, pero más: de la aventura del viaje. Una persona que me marcó mucho fue el guatemalteco Cardoza y Aragón. Debo decir que en México no sólo me hice periodista, sino que mucho de lo que aprendí fue en ese país hospitalario y generoso. El exilio, operó diferente en cada escritor; algunos como Moyano y Costantini, estuvieron años sin escribir; mitras que a otros se les soltó la mano. Yo escribí mucho, aunque habría que ver de qué modo se impregnó mi poesía del habla de cada lugar. No es casual que mi primera antología se llame Marimba, instrumento que me gusta mucho -desconocido en Argentina- que trajeron los esclavos de África y se expandió de México a Panamá.

 

 

-La idea del viaje es permanente en tu escritura y tu obra está marcada por esa instancia. Si el exilio te empujó, luego elegiste seguir viajando…

-El viaje es iniciativa, azar, elección, fascinación por el recorrido, juego, riesgo, imaginación, búsqueda, encuentro con nuevos interrogantes. Creo que mi poesía lleva el jadeo, la respiración del viaje; después de todo uno se deja construir por lo diferente. La poesía es un viaje en el sentido de que uno apenas sabe de dónde sale, lo demás es enigma. Por otro lado, el que nace en un puerto tiene el tema del viaje instalado. Me identifico con una frase del escritor austriaco Peter Handke, cuando dijo que su andar sin rumbo tenía que ver con gente que vio de pequeño vagabundear, justamente cuando los demás tenían un sitio donde ir. Y que algunos que comenzaron su errancia por desesperación, luego se descubrieron felices en esa casualidad de las direcciones. Entonces han repetido ese paso –dice- lo han elegido. Yo elegí también ese paso. Yo siempre me sentí imantado por maestros que tenían la llave de la calle, como Luis Cardoza y Aragón, que dijo: “navegar me fascina, no la llegada a puerto alguno”. Todo eso alcanza a mi poesía pero también las historias de vida que escribo, vida como movimiento, viajes hacia la gente.

 

 

-En buena parte de la poesía argentina está presente la ciudad, pero en otras voces pesa la exuberancia del paisaje. Tu poesía, si bien refleja lo urbano, introduce la experiencia por otros paisajes de América latina, y la torna muy personal al conjugar zonas en apariencia opuestas, o no siempre de la mano en nuestra poesía.

-Bueno, en el medio de estos opuestos está el viaje al que nos referimos; y es en el viaje donde más corre el carruaje de mi imaginación –para usar una frase de Lezama Lima. Quizá estemos suponiendo, también, arbitrariamente, por qué no, que no solo hablamos de paisajes diferentes, sino que lo urbano equivale a sedentarismo y la exuberancia al follaje, al campo abierto, a road movie. Pero en mis textos coexiste esa marca de lo urbano -más: de lo urbano tanguero y de locuciones  del barrio- y la plenitud de la selva con sus vísceras al aire. Un libro que espero se publique este año, luego de 12 años de trabajo, Palma Real, lleva el bosque en  el centro; una selva que no crece sino que todo lo  imagina. “Lo que no es selva es ruina” –escribí allí.

 

 

-Tu padre cantor de tangos, tu hermano músico, y varios de tus poemas –pensados incluso como canciones- fueron musicalizados y grabados. Tu poesía tiene un tremendo sentido del ritmo; un poema como “El rock de la cárcel” me impactó por lo vertiginoso, lo rítmico. ¿Qué peso tiene la música en tu escritura?

-Hay una respiración, o un bufido de bestia que nos toma y tratamos de amansar por dentro al momento de la creación. A Maiakovski lo empujaba un silbido, un murmullo ligado a sus pasos en la habitación, pero también a la rotación de la tierra; Lezama Lima decía escribir como si organizara restos de planetas perdidos y zumbidos extraños, quería hallar ese logos secreto entre el cosmos que desciende y lo telúrico que sube; bueno, esa respiración llega a mí ya con un ritmo, al principio difuso, sucio, pero contundente. Armar luego el poema es armar también su música. Algunos poemas salen como letras de canciones; me gusta ese trabajo de composición; ahora mismo estoy escribiendo uno extenso sobre una pareja desnuda bailando tango, lo titulé “Los milongueros”.

 

 

-En muchos de tus textos se advierte lo teatral: diálogos, preguntas, personajes, el juego con el otro. ¿Lo ves así?

-Sí. Hay texturas, movimientos, apariciones inesperadas, climas. Todo aquello que también me contagió la historieta. A veces traslado a la poesía situaciones teatrales: un modo de carnavalizar o de presentar sensaciones de encierro. Pedro Orgambide y el uruguayo Atahualpa del Chioppo, me animaron a volcarme más al género. Así surgieron Arrabal amargo Perro sobre perro, y otras que no he terminado: Los animales La orquesta gigante. Este 2007 se va a poner Polski, escrita a cuatro manos con el narrador Carlos María Domínguez.

 

En los ‘80 te relacionaste con muchos poetas jóvenes del país,  ofreciéndoles libros y lecturas. Tu propia poesía fue tomada con fervor. En esos años, Argentina salía de la dictadura. ¿Qué recuerdo tenés de ese momento específico, cuando Gelman era visitado por muchos de esos jóvenes en un acto público y se vislumbraba  el clarear de una nueva etapa de nuestra poesía?

-Fue muy interesante el diálogo en esos momentos con  poetas que se iniciaban y se llegaban a mi casa de Banfield, entre ellos los “mateístas” Sergio Raimondi y Marcelo Díaz, o Fabián Casas que sacaría luego la revista 18 Whiskis un buen record. Me hacían sentir un veterano, ¡y yo andaba por los 33 años! ¡Eso no se vale! Nos reuníamos en una biblioteca popular; les acerqué la poesía de nombres que les eran desconocidos: José Coronel Urtecho, Efraín Huerta, Eliseo Diego, muchos. En esos años, cuando Gelman pudo regresar al país, esos jóvenes poetas le organizaron un recibimiento formidable, un conversatorio en una gran sala y hasta una marcha por las calles.

 

 

-En tu poesía hay un diálogo con otros escritores y, más aún, con la humanidad de esos escritores: Borges, Pizarnik, Silvia Plath. ¿Cómo y por qué se da?

-Mis libros están poblados de personajes -lo hablamos ya en relación al teatro y a la historieta-; y entre ellos, engrosando esa galería, se cuentan algunos escritores que entran en el marco de la parodia, el pastiche, la intertextualidad, o sirven de soporte a una idea, a un tema. En Palma Real, cruzan poetas -Pablo de Rokha, Rimbaud, Jacobo Fijman, Anise Koltz- pero también Frida Kahlo, Copérnico y Ana Frank.

 

-Es detectable, en tus poemas, un depurado trabajo con la palabra: la imagen es tersa, pulida, precisa; da la impresión que llegaron a puerto luego de un derrotero de purificación, en modo alguno casual o intempestivo. ¿Cómo y cuánto trabajás tus textos?

-Para mí, escribir es corregir. Para nada un trabajo algo menor, sino la labor central. Así, nunca a un poema en borrador llego a considerarlo adelantado o sujeto a los últimos retoques, ya que una corrección puede trastocarlo todo. Cada poema es un deshuesadero de percepciones, ideas, emociones, imágenes. El que escribe el poema, lo reformula, que es una manera de decirlo, de hablarlo; hasta que debe callarse porque empieza a hablar el poema. Ya te habrás dado cuenta que sí, corrijo mucho. Es una manera de jugar. De ahí el placer y los riesgos. De Sordomuda a Bestias en un hotel de paso hay doce años, y en ese tiempo no dejé de escribir, de corregir, de volver sobre lo mismo.

 

 

-Poemas tuyos como “Los desaparecidos”, “Límites” y muchos otros, parecen dar cuenta de una intención clara: no eludir el presente, que, bien mirado, es la historia, la memoria…

-Soy de una generación devastada con treinta mil desaparecidos, y vivo en tiempos de masacre, como la invasión  a Irak ¿Es posible taparle los ojos a la conciencia? Un modo de la solidaridad es conservar la memoria. No creo ser un poeta “de mensaje”, ni creo en poetas redentoristas, pero escribo sí sobre los tiempos que me han tocado en suerte. En Palma Real hablo de cazadores, mercado negro, depredadores, vendedores de pieles que trafican con las especies de la imaginación. A la dicotomía entre una supuesta poesía pura y otra de contingencia le respondo, un poco burlonamente, con un poema de ese libro: “El vuelo del halcón peregrino escribe un poema político. Los arrecifes de coral  -sumergidos fuegos de artificio- escriben un poema político. Cuando el tucán arcoiris da su mejor perfil, escribe un poema político. Las raíces del cedro amargo reptan en la tierra esponjosa y escriben un poema político. Las arribadas de tortugas lora escriben un poema político. Una ceiba de setenta metros cabecea en la bruma y escribe un poema político. Entre sus fauces el caimán hace un poema político. El sosiego de una mariposa nocturna escribe un poema político”.

 

 

-Tu poesía, si bien se empapa del dolor propio y del que te rodea, también participa de un gozo por la vida, por el amor e, incluso, por el humor. Pienso, sin ir más lejos, en una cita que abre Sordomuda: “¿No podría leernos algo un poco más alegre? (Una persona del público)”. ¿Cómo se dan el amor y el humor en tus textos?

-La poesía de tema amoroso es fuerte en nuestra lengua; y lo amoroso siempre guarda un enigma. Es uno de mis ejes, sí, una celebración gozosa a ratos barrida por enorme escoba de la soledad, y en cruce con elementos diversos. Porque un poema de amor habla, en realidad, de multitud de temas. Si no fijate esa línea de  John Donne, “la muerte es muerte porque nos separa”; hay multitud de temas hacia el interior de ese dístico. Respecto al humor, ayuda a expresar el absurdo que nos toca vivir. Intento que el elemento lírico conviva con el trazo grueso del sarcasmo, para dar esa paradoja que, finalmente, es una forma de mirar el mundo. La ironía es un elemento sustancial que subraya lo dicho y añade una voz soterrada que va más allá, que incluso permite reinos de nosotros mismos. Hay algo lúdico en eso –por ejemplo en el paso chaplinesco de algunos textos de Sordomuda- que quizá sirva para equilibrar ese desamparo.

 

 

-Dijiste una vez que Bestias en un hotel de paso es un libro de pérdida, desamparo, mudanzas. ¿Tu poesía por estos días se sigue alimentando de los mismos tópicos?

-La circunstancia personal por ese tiempo tenía que ver con eso  que, aunque mucha gente no lo vio así,  a mí me parecía un libro marcado por las pérdidas. Quizá leyéndolo ahora no lo sienta así, pero en esos años me era doloroso mirar esos poemas a la cara. Claro que es el lector quien posteriormente guarda un sentido, el de su lectura particular. Respecto a lo de “mudanzas” hay un tema de exilio –y de nuevo los viajes- como parte constitutiva que va mucho más allá de lo coyuntural y una temática, para afectar, en el caso preciso de la literatura, variables de lenguaje y sentido.

 

 

-Está el destierro como tanto extrañamiento, más allá de lo político…

-El exilio como vacío y disparador de preguntas, y el exiliado comiendo de ese vacío. Viví como desterrado y luego como expatriado, vale decir por decisión propia. Eso me ha llevado a habitar la comunidad de lo desperdigado y a aceptar otros códigos. Para traducir el libro sagrado de los guaraní, el antropólogo alemán Kurt Unkel se sumergió en ese universo hasta convertirse en un “nimuendaju”, vale decir: “el que crea su propio lugar”. Y uno hace su errancia, abrigo. Visité en Asunción a Roa Bastos, ex exiliado emblemático de esta América. Me dijo: “escribo en el lenguaje del exilio… el exilio ha sido mi maestro”. En lo meramente social el transterrado reconstruye una solidaridad en los gestos del país que recibe. En el México hospitalario donde viví, además de la cohesión hacia el interior de la comunidad de exiliados argentinos, había ya una trama de destierros superpuestos: españoles, guatemaltecos, bolivianos, salvadoreños, uruguayos, nicaragüenses, chilenos, con quienes se desarrolló un sistema de cruces que multiplicó los elementos de intercambio. La solidaridad y el diálogo fueron sustanciales, más allá de lo que significa para uno la pérdida de su tierra. Lo dijo el Martín Fierro: “es triste dejar sus pagos/ y largarse a tierra ajena”. Pero ese desterradero de identidades, fue también para mí una energía.

 

 

-Escribiste varios libros de historias de vida, género en el que te movés como pez en el agua. ¿Cómo trabajaste ese espacio de ficción en La pasión de los poetas, que está salvaguardado por una exhaustiva investigación?

-Publiqué algunos libros de entrevistas, viajando por vidas ajenas a golpes de preguntas para llegar a un dibujo central, un latido donde la tecla de la existencia encuentra un sonido. Quizá sea uno apenas un fisgón en esto de merodear, sondear, indagar, inquirir, para cocinar todo en la hornalla de las asociaciones, el cruce de datos, las vinculaciones inesperadas. En otros casos, trabajo el esbozo biográfico cruzado por la ficción, lo que da una especie de reportaje novelado.

La pasión de los poetas es un libro de relatos o de historias de vida, según se vea, y la base fue la una larga investigación periodística. había que encontrar un tono y el modo de vibrar de cada personaje en historias que alternan plenitud, locura, deseo y nostalgia. Podría decirse que está escrito a caballo entre el periodismo y la literatura. Íntimamente creo que cuando dejé de leer historietas, empecé a buscar historias en la gente.

 

 

-En tus seminarios de poesía latinoamericana, te has centrado en el tema de las vanguardias, sobre el que ya se han publicado numerosos ensayos y antologías. ¿Es aún un tema abierto? 

-Hay allí una cantera de nombres y experiencias literarias fundamentales, aparte de los fundadores –Vallejo, Girondo, Huidobro, Tuñón, Neruda- están Joaquín Pasos, Salomón de la Selva, De Rokha y luego Westphalen,  Enrique Molina, Alfredo Gangotena, etc. Muchos libros sobre vanguardia recopilan los manifiestos, textos programáticos y petardistas. Lo que habría que analizar es qué escribían esos poetas de los inicios del siglo XX, instalados en un cruce de escuelas entre la tradición y las corrientes de ruptura, que además rechazaban planteos ortodoxos y a la novedad vacía. Por eso no puede hablarse de un traslado mecánico de las vanguardias europeas a nuestro continente. Lo mejor es que la mayoría de esos creadores al no pretender fundar escuelas ni proponer modelos, lo que irradian es una gran libertad.

 

 

-Participaste en muchos proyectos culturales, dirigiste la colección de poesía de la editorial Colihue del 1999 al 2006; actualmente dirigís nómada, revista que publica la Universidad Nacional de San Martín. ¿Qué significa hacer una revista cultural en nuestro país?

-Lo viví como un desafío grande ya que, creo, es la primera vez que una revista de la universidad tiene una tirada masiva para quioscos de todo el país y librerías. No es fácil en  tiempos de productos virtuales, publicaciones autorreferenciales y plagio de textos, “calco” de formatos. Había que desmarcarse de los suplementos literarios presos de las efemérides, las rutinas de ciertos temas y las modas. Tenemos una tradición fuerte de revistas literarias, y nómada se inscribe en ese espacio. Buscamos los cruces culturales –entre literatura y ciencia y tecnología, arte y sociedad- intentando un cóctel temático por fuera del canon cultural. Creo que su marca es la heterogeneidad  frente a lo rígido, con atención a lo latinoamericano y corresponsales en diversas partes del mundo. Nómadarompe con la idea de que una publicación universitaria debe ser por fuerza académica y de puertas adentro. El espíritu de la UNSAM está en buscar los diálogos de la imaginación”. Además, en cada número nómada regala un fascículo de la serie “El Intérprete”, con un personaje sustancial de la historia, el arte, la política, como Pasolini, Delmira Agustini, Oesterheld, Malinche y otros. Te diría que si cada  periodista y escritores poseen su propia colección de obsesiones y preguntas; aquí tratamos de juntar fragmentos de la realidad y la ficción, y ponerlas sobre papel. Tal vez nómada sea un puñado de caramelos surtidos, con la ilusión de dar varias revistas en una; una publicación que se hace libro, cartas, personaje, exposición de dibujos, aula de indagación científica y técnica, relato de misterio e imaginario popular. Es una revista andante.

 

Buenos Aires, mayo de 2007

 

 

Emiliano Bustos nació en Buenos Aires en 1972. Es poeta y dibujante. Publicó Trizas al cielo (1997), Falada (2001), 56 poemas (2005), Cheetah (2007). Compiló y prologó la obra de su padre Miguel Ángel Bustos. Prosas, 1960-1976 (2007). Su último libro es Gotas de crítica común (Libros de la talita dorada, 2011).

 

Jorge Boccanera (Buenos Aires, 1952). Vivió exiliado en México (1976- 1983) y voluntariamente en Costa Rica (1989-1997). Publicó los libros de poesía Los espantapájaros suicidas (1973), Noticias de una mujer cualquiera (1976), Contraseña (1976), Música de fagot y piernas de Victoria, (1979), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Los ojos del pájaro quemado(1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1990), Bestias en un hotel de paso (2002) y Palma real (2008).

Sus poemas fueron reunidos en varias compilaciones personales, entre ellas Marimba (1986), Jorge Boccanera. Antología poética (1996), Zona de tolerancia (1998), Antología personal (2001), Servicios de insomnio (2005) y Libro del errante (2009). En 2007 salió en México el CD Jadeo del viaje, con una selección de poemas en su voz. Obtuvo los premios: Casa de las Américas (Cuba, 1976),  Nacional de Poesía Joven (México, 1977), TEA de Periodismo (Argentina, 2007), Internacional de Poesía “Camaiore” (Italia, 2008) y Casa de América (España, 2008). Poemas suyos fueron traducidos al holandés, italiano, inglés, japonés, checo, portugués, búlgaro, francés, sueco y húngaro.

  

Nota: Entrevista publicada por primera vez en la revista impresa Alforja: Versos comunicantes III. Poetas entrevistan a poetas iberoamericanos. Publicado por la Universidad Nacional UANL de México.

 

 


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