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02 Abr 2013 / 21:46 pm

 

Nota y selección a cargo de Santiago Espinosa

 
Los poemas de Lucía Estrada nos hablan desde el misterio, y son sus palabras las que regresan de esas aguas, delicadamente, trayendo el resplandor de los dominios perdidos. Pocas veces vemos este sentido ritual, de travesías donde la intimidad y lo externo se encuentran, llevados de la mano como dos niños ciegos. Esta poeta, tal como ocurre con los grandes maestros de la música, logra encontrarle al silencio sus espacios justos, haciéndolos fecundos, funda una nueva distancia al interior de nosotros. El resultado es un tiempo-otro que nos ronda, de cuando las palabras se decían junto al fuego, de cuando las palabras eran el fuego, y nosotros sus asombrados visitantes.

Cuánto haya en lo profundo lo pone esta poesía de presente, emocionándonos una vez más. Le da un rostro distinto a la confusión, pues creo que ella responde en lo lingüístico a buena parte de las crisis que hoy nos afectan: pérdida del espacio y aceleración temporal, unanimismo y desilusión, incomunicación, sólo que lo hace veladamente, sin complacencias. Sabe que la pregunta es libertad de lecturas, en el exilio de lo posible, no quiere que sus vocablos se empobrezcan por la boca de los charlatanes.

Más que “la esterilidad de las certezas”, decía Manfred Magnef, tenemos “una fecundidad de las incertidumbres”, y no conozco ninguna escritura que haya asumido tan en serio esta aventura, al menos en Colombia. Pero ella no se ríe de estas pérdidas con ingeniosas vanidades, tampoco se envilece en la desilusión. Si vuelve a las palabras lo hace para pulsar en ellas los últimos vestigios, recuperar el fulgor que algún día tuvieron. Tan pronto las leemos sentimos que esas antiguas distinciones: yo y otros, mundo y fenómeno, son sólo puertos de un naufragio expresivo, nosotros “su tránsito” a través de las páginas.

En tiempos donde el sentido ha perdido sus centros, deslizándose en el vértigo, y vemos que todo marcha velozmente para perderse después, lo sólido se desvanece arrojándonos fuera, esta poeta abre un suspenso donde los otros declinan, un todavía, y hacia él se arroja lentamente, como una lámpara que se sumerge para hablar con los muertos. Aquellos poemas jamás podría decir con Artaud “el alma no ha sido más que un viejo refrán”, su hazaña es la de salvar el lado sano del misterio, en nosotros y por nosotros. Memorias alternativas del otro lado del enigma, devolviendo a los vocablos de todos los días su resonancia de fantasmas.

Decir que esta es la mejor poesía de nuestros últimos años, Lucía la más talentosa de nuestras voces recientes, son distinciones y elogios que esta escritura no necesita, tampoco me detendré a enumerar los premios que deberían ser más numerosos. Pero somos muchos los contemporáneos que aceptamos su influencia, y que somos conscientes de que escribamos lo que escribamos lo hacemos “en los tiempos en que estuvo su música”, como dijera Ana Ajmatova de Shostakovich.

 

 
 
 

De La noche en el espejo (2010)

 
 
 

EL AIRE se abrió lentamente con el sonido de las campanas, y en los cuartos,
cada cosa ocupó su lugar y su nombre, revelando de las palabras
su extraño alfabeto.
Entonces todo era posible bajo esa luz de invierno que dibujó tu rostro.
¿Quién habita en esta tierra precedida por el ángel?
¿Quién dispuso los vasos en los que beberíamos el fervor de una pregunta?
Señalaste tras la ventana un jardín cerrado,
y en él un estanque vacío esperando por mis ojos. Era preciso
mirarlo con atención antes de que se diluyera en la penumbra.
Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardín venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí  su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su propia oscuridad.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente lo que para nosotros
había perdido su misterio. Aquí están todas las cosas recién descubiertas,
y el mundo, cada vez más liviano, cada vez más pleno de sí mismo,
cada vez más verdadero.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti, nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí también encontrarás presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino: “El resistir lo es todo”.

 

 


 

ESCUCHA el canto que dejaste inconcluso
                              bajo las piedras.
Tu sangre nunca se detuvo.
Lejos de ti, en otros cuerpos hizo su parte.
Y ahora eres secreta suma de batallas y derrotas.
La herencia del viento que se pliega sobre sí misma.
 
Muerde la fruta que abre la primera puerta
                          del laberinto del mundo,
y cómela lentamente, como quien emprende un viaje.
 
La fruta devorada
es otra vez el paraíso.

 

 


 

¿SABES CUÁNTO ha resistido la piedra? ¿Cuánto el desierto?
¿Y la profundidad del agua? ¿Cuánto?  ¿Y sabes tú
qué silencio rodó bajo los párpados, qué palabra cristalizó la lengua de los muertos?
¿Por cuánta oscuridad y quietud fueron rodeados?
¿Y quién vació de sentido sus visiones? ¿Sabes, acaso,
qué se quedó por decir? ¿A quiénes acudieron,
bajo qué luz, a qué oído hirieron con sus voces?
 
El viento trae consigo la respuesta,
y en secreto la devolverá tibiamente a la nada.

 

 


 

HAY FERVOR en la dureza del metal, en el viento
que lo seduce y lo inclina sobre su propio vértigo.
Qué silenciosa esa manera de abrirse lo negro frente a lo blanco,
lo visible frente a lo invisible, lo que se precipita frente a lo que permanece.
 
Todo cuanto tiene un peso y una forma, y lo que está oculto,
envuelto en la niebla como un barco fantasma,
se mezcla entre sí para sostener el cielo, * para estar más cerca del milagro.
Y la música, y el pájaro del vacío,
y las manos del hombre que le descubren al mundo su verdadero rostro,
su densidad. Y la palabra, esa que construye todos los puentes,
y el amor, y el silencio, y la pequeña muerte que una noche
supo reunirlos en el fuego y la ceniza.

* Homenaje a Chillida

 
 

 

 

ABRO LA NOCHE para recibirte. En cada palabra
mis manos inician un largo recorrido hacia la sombra,
hacia lo que no es posible abarcar. Y sin embargo,
helo ahí como si quisiera traernos un pedazo de nosotros mismos,
un fragmento de luz, una sílaba cerrada en su misterio.
 
Nombrarte es el comienzo del exilio. Y permanecer en ti
una constante despedida. Ofrezco mis ojos a lo que se diluye bajo tu lámpara.
A la eternidad que se desteje minuto a minuto para que yo pueda entrar en ella.
Sin cortejos. Sin una guía para mis pasos.
 
Escribo en el polvo este no saber hacia dónde,
a qué distancia se oculta la rosa.
Nuestro diálogo es el inicio del viaje, su silencio el camino de retorno.
 
Es necesario permanecer a la intemperie.

 
 

 

 

POR CADA MUJER de sal,
otra de agua se yergue.
 
Sobre sus hombros, unidos apenas por un hilo de misterio,
la vida se abre como un mar oscuro.

 
 


 

De Las hijas del espino (2006)

 
 
 

 

YOCASTA
 
Si preguntaras
a la Piedra
respondería con tu nombre:
 
el propio corazón
               es el oráculo.

 

 


 

CIRCE
 
Es la sombra
             lo que retengo
 
la belleza de alejarse
                       cada vez más
 
el infortunio de haber visto
                       muchas islas
muchos mares
como a través
                       de un espejo roto
 
la muerte que representas
el número de animales muertos
                       que representas
 
negro polvo que tus pies
han traído
hasta mi casa.

 
 

 

 

ALMA MALHER
 
Yo también lo prefiero.
 
Es más bella la mano
al pulsar una cuerda invisible.
 
Cuando duermes,
reaparecen las tres mil sombras de tus dedos
tejiendo filigranas
en el oscuro cuello del dragón.
 
Te miro inquieta
sin atreverme a respirar.
 
Es la hora más alta
del doble vuelo nocturno.
 
Escribo en la seda de tus párpados
mi temor de perderle,
de que huya como gato por los techos,
de que salte y reviente la cuerda
de todas las campanas del mundo,
de que se despeñe con el sonido metálico
de un arcángel
en el centro mismo de la orquesta.
 
Yo también lo prefiero
cóncavo y oscuro.
 
La clave blanca y negra
de todo cuanto existe
se advierte
en su sinfonía de agujas.

 
 

 

 

CLARA WESTHOFF 
 
Qué cercanas y distintas
las hojas de un mismo árbol.
 
Crecen silenciosas
en la contemplación de sí,
de sus bordes,
en el trabajo minucioso del insecto
que las hiere.
 
Apenas unidas por un hilo de savia
a la corteza del mundo,
a su naturaleza vegetal.
 
El viento las obliga a inclinarse
sobre su propia sombra
y en el misterio único
de ser Sauce o Avellano,
se adhieren, se compenetran
sin perturbarse.
Así, recibirán a un tiempo
su gota de lluvia,
el beso ígneo del verano.
 
Caerán también bajo la misma luz,
rodearán como sílabas diversas
de un mismo alfabeto
la profundidad de las raíces,
la grieta oscura del tronco
que las vio levantarse
y permanecer.

 
 

 

 

 

MARÍA DMITRIEVNA ISAIEV
 
Escucho el canto rojo de la tormenta
venir por las calles.
 
Es el crimen y la enfermedad
recorriendo las horas,
los minutos,
justamente sobre nuestra mesa.
 
Hoy he descubierto mi temor a la locura.
Hoy he comprendido el temblor
de tu mano al encender la lámpara.
 
Está entre nosotros
y tú lo sabes.
Su risa gotea en las paredes,
su respiración empaña el espejo
en el que sueles escribir
para conjurar el espanto.
 
Alguien más le sigue,
come con nosotros,
piensa en su miseria
y se compadece de mi silencio.
Su nombre danza como la serpiente,
se oculta tras la roca
que podría aplastarla,
pero confía su destino
a esas iniciales misteriosas
que nada pueden responderle.
 
Un demonio guarda su bastón tras la puerta.
 
Entro
e incluso en mí,
todo lo han robado.
 
¿Son estas las huellas de tus pies?
 
¿Eres tú quien me llama
o tu ángel de exterminio?
 
¿Son estas mis palabras o las de su abandono?
 
Dime que la furia
de los pasos allá afuera
no se dirige hacia nosotros.
Dime que no es a ti
a quien buscan, que antiguo
ese no era tu nombre.
Dime que antes de todo
cerrarás el libro
y con él
la pesadilla.

 
 


 

De sus primeros libros

 
 
 

 

MAIASTRA, XL
 
Escucho música lejana, como de palabras que van a decirse, las últimas de una lengua en extinción. El aire trae sus capillas, recintos aislados, semillas de luz en el espacio negro. Dentro de sus cristales, robustas plantas tejen un canto silencioso: habla de dioses perdidos, de aves fabulosas, seres vegetales, edénicos, a la búsqueda de un tiempo semejante al vacío. Van a decirse, van a fluir en ausencia de bocas, todas las palabras, las del principio, las de la muerte; van a recorrer lo inmóvil, lo consumado, abrirán la tierra, separarán las aguas, río contra río, el fuego será rodeado, barrerán nuestros huesos que ocultan el primer jardín, derribarán los sarcófagos del oído y la lengua, y todavía ese viaje sería el inicio.

Reinas de sí mismas, las palabras, somos apenas su tránsito misterioso, no la región que las espera.

 

 


 

EL ÁRBOL de la noche crece
en un extremo del jardín.
Yo cuido sus raíces,
podo una por una sus ramas
y escojo paciente los frutos.
 
La noche cava la tierra
hasta encontrar la flor oscura
que la sostiene.
 
Noche para sí,
noche a través de la noche.
 
En ella confluyen las voces
de aquellos que giran
y son más que vértigo.
 
¿Qué ven desde allí?
¿A qué lugar se sujetan?
Oscuro el hilo,
la soga que los sostiene
como  pedazos de eternidad.
 
La savia bulle en la boca del ahorcado,
y se abre en lo profundo
el tronco antiguo de la noche.

 
 

 

 

HABLAMOS de la muerte
 
¿dónde hemos aprendido
ese lenguaje?

 

 

 


 

EL CÍRCULO DEL POEMA
 
Cada poema abre otro silencio,
recorre las estancias últimas
de la palabra
para volver al todo.
 
Se precipita en el vacío
después de circular
de mano en mano,
de labio en labio
hasta que no queda ningún vestigio
de la sangre que acuñó su moneda.
 
Cada poema
un desafío al ojo atento
en el instante justo
de la caída.

 
 

 

Lucía Estrada (Medellín, 1980)Hace parte del comité editorial de la revista Alhucema, Granada-España, y de la Coordinación Cultural de la Corporación Otraparte en Envigado. Ha publicado los libros de poesíaFuegos Nocturnos (1997); Noche Líquida (San José de Costa Rica, 2000);Maiastra (2004); Las Hijas del Espino, Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005). Durante cinco años fue parte de la organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Con su libro La noche en el espejo (2010) obtuvo el Premio Nacional de poesía Ciudad de Bogotá; su libro Cuaderno del Ángel (2012) la Beca de Creación en Poesía, otorgada por el Municipio de Medellín.

 

 


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