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08 Sep 2013 / 20:02 pm

El poeta nariñense Julio Cesar Góyes Narváez nos presenta este texto con motivo de la publicación y lanzamiento de la Antología de poesía viva Nariñense – Carchense Nubes Verdeseditada por Caza de Libros - colección de poesía Sin Fronteras, en el mes de Mayo del 2013; realizada en la pasada 26 Feria Internacional de Libro de Bogotá, como también en las ciudades de Pasto e Ipiales al sur de Colombia y en la ciudad de Tulcán en el hermano país del Ecuador. Un texto no solo de acercamiento a ésta que es una de las antologías de poesía más actual al sur de nuestro país, sino un recorrido afectivo y crítico sobre la poesía en Nariño a través de sus tradiciones, devenires y apalabramientos.

 

 

NUBES VERDES

Antología de Poesía viva Nariñense-Carchense

 

La ecopoética.

“Cuando el río corre dice “vámonos”,

cuando golpea en las piedras dice “quedémonos”

y cuando hace espuma dice “bailemos”; 

pero somos el río”.

Juan Chiles

    Estos son tiempos ecológicos y ambientalistas, tiempos de resguardo del paisaje y plegarias al agua. Cantos desesperados por salvaguardar las comunidades indígenas, resguardar sus saberes rituales y costumbres ancestrales. ¿Acaso no están los Awá, del resguardo nulpe medio río San Juan, en Ricaurte, justo al límite con el Ecuador, y otras comunidades indígenas colombianas como los Nasa, los Guambianos, los Yanaconas, los Ingas, desterritorializados, perseguidos, empobrecidos por el conflicto? Las ciudades se oscurecen bañadas en smoke y se transparentan en las redes teleinformáticas. La tecnología es ahora nuestra realidad. Por qué, entonces, ¿no habremos de procurar una ecología del alma, del sueño y del deseo? Una ecopoética como quiso la palabra primordial y contenida de Aurelio Arturo, un ambiente poético para los nuevos tiempos, para resistir la civilización global de los hipermercados, un intento poético por enfrentar la barbarie a que nos somete el poder hegemónico que intenta controlar y saquear las riquezas de la tierra para alimentar las megaindustrias y las corporaciones de servicios. Nubes Verdes es una apuesta ecopoética que intenta superar la frontera geográfica, porque es preciso mirar al cielo y teñirlo de verde, no como un simple refracción física u óptica, sino como un mito reverdecido que tiñe las conciencias descreídas de los actuales tiempos. Nubes Verdes, recuerda la revista surrealista Caballo verde para la poesía, fundada por Pablo Neruda en la Madrid de 1935 y que tomó partido por la impureza del hombre, por su cuerpo y alma incluidos en eso que seguimos llamando vida. No es la América Latina abstracta y pura, homogeneizada por las ideologías, los poderes elitistas y las clases sociales escépticas la que nos interesa,  sino la América profunda, intercultural y pesada, la que huele mal pero sabe a rico, regocijada en la comida, los ritos y la música, los carnavales y las fiestas; la América condolida que sabe a sangre, desplazamiento y exclusión.    

 

La antología viva.  

Si yo escribiera que he visto nubes verdes, ¿me creerían?

Juan Montalvo (1)

  Nubes Verdes, como bautizara el genial ensayista y apasionado escritor ambateño Juan Montalvo a Ipiales –ciudad en la que vivió parte de su destierro por librepensador y crítico, por contumaz anti-tiranías–, es el título de la antología de poesía viva Nariñense-Carchense (2). Es viva, no porque haya poesía muerta, sino porque no incluye a los poetas que han muerto. En 1966 el poeta argentino Aldo Pellegrini publicó la “Antología de poesía viva Latinoamericana”, una de las más famosas y esenciales, sin duda, pues oscila entre los clásicos vivos y los más vanguardistas de los países latinoamericanos. El propósito, dice en la introducción, no era hacer “un cementerio de la poesía, sino que mostrara lo que de más vivo y significativo tiene en estos momentos la palabra como expresión” (3). De igual forma, el poeta y novelista ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, en 1990 enmarca dentro de este adjetivo a la “poesía viva del Ecuador siglo XX”. Escribe el poeta ecuatoriano en su presentación: Entendemos por "viva" la poesía que se lee y relee voluntariamente y no la que nos imponen textos o maestros de escuela, ni la que forma parte de esa cadena sucesiva e ininterrumpida que proponen, porque tal es su tarea, críticos e historiadores de la literatura.(4) Al utilizar el mismo adjetivo para Nubes Verdes, se ha querido señalar su genealogía. La idea de mapear la poesía más reciente tanto de Nariño como del Carchi, obliga en número y generación, a consolidar un cronotopo especial, pero no por ello negar la luz de la poesía perecedera de la tradición. Nubes verdes es una herencia de sus pazos y sus gestos, de sus sentimientos y su lucidez. Más bien, es un homenaje a los que abrieron surcos en la cultura del sur de Colombia y norte del Ecuador. Las fronteras nacionales han sido siempre un dispositivo geográfico e histórico de resistencia económica y política, cuando no de violencia, aspectos conflictivos por los gobernantes de turno o por las leyes de cooperación oficial que generan propaganda política y turismo, pero que jamás despiertan interés por los universos culturales, donde se cuece la identidad territorial y se perfilan las diferencias necesarias para la creación artística y la crítica social. El reconocido escritor nariñense, Carlos Bastidas Padilla, escribe en la presentación del libro Nubes Verdes: De aquí para allá y de allá para acá iban los herejes, los desterrados por librepensadores, las preclaras conciencias, también como estos poetas, alzados en palabras, alzados en luces, en sueños de libertad y en ansias de morir por ideales de Paz, Justicia y Libertad, ¿y por qué más tienen que morir los hombres? Quizá también por el arte y la belleza…(5) Nubes Verdes dona afectos y efectos de hermandad entre los pueblos andinos y costeros. Como diálogo de pensamiento y emoción, los 48 poetas le apuestan a la construcción de la paz por vía de la justicia poética, como lo afirma el diplomático ecuatoriano Edwin Salas: La edición presente es un verdadero ejemplo de lo que exige un sano y recíproco interés por el intercambio de permanentes manifestaciones culturales y del espíritu que enaltecen al hombre, pues, cada arte, como en el caso de la poesía, debe ser considerado un sistema de comunicación. Con ello se trata de significar que los autores de esta antología no escriben sólo para determinadas personas, sino para una comunidad numerosa, ansiosa de compenetrarse en los recónditos secretos que con bella pureza quieren ser transmitidos.(6) La Colección de poesía Sin Fronteras inicia su recorrido por los linderos de Colombia y Ecuador, pensando más en la fuerza poética que iguala en la diferencia, que ama y juzga, que contrabandea, resiste y disiente, que en cualquier convenio bilateral de falsas alabanzas que termina en el olvido. No es gratuito, entonces, que el poeta guayaquileño Simón Zavala Guzmán, otro de los convocados a la presentación de Nubes Verdes, escriba: Leer a los poetas incluidos en este libro es y será siempre una revelación en la tarea de desentrañar la dimensión humana y espiritual de ellos, y también en la de desentrañar los orígenes, naturalezas vivas, testimonios, recuerdos, desarraigos, juzgamientos, que la imaginación de ellos nos pone al descubierto a través de la poesía.(7)  

 

Lenguje y poesía.  

 

Todas estas acciones vitales que señalan los escritores que presentan la antología, no son otra cosa que lectura y escritura, en todo el sentido de la creación. Si la lectura es una dilucidación, como pensó Heidegger, un debate que debe conducirnos al lugar originario de la reunión, al logos, a la morada que recoge y defiende de la dispersión, ésta experiencia de lectura-escritura de la antología Nubes verdes, es un recogimiento, pero no intenta proponer ninguna solución al misterio que aguarda en los imaginarios poéticos del sur. Sólo hemos intentando leerlos, recoger nuestro pensamiento y nuestra emoción en torno de los poetas de las dos orillas de un mismo río que fluye en el inconsciente de nuestras abismales y fulgurantes vidas: El Carchi-Guáitara. El secreto de estas escrituras no reside en una artificial voluntad de estilo, ni en querer hablar como lo hace el pueblo o, incluso, universalizar lo local hasta el punto de que la provincia llegue a parecerse a cualquier pueblo del mundo, perdiendo su gesto y su don. Quizá el secreto de esta antología esté en que estos poetas han sido capaces de recoger el dialecto andino nariñense-carchense o carchense-nariñense –el orden es irrelevante en el afecto–, y han dejado que estos poemas no sean otra cosa que un eco, un resonar de aquella forma de hablar y vivir, de soñar y amar. Cuando el poeta renuncia agonísticamente a la relación vieja y, a veces manida, entre la palabra y el mundo, el lenguaje y lo real, entonces aflora una nueva palabra y resplandece una nueva realidad, así habla y dice de manera distinta el origen, la tierra lárica, la ciudad fatigada, los días por venir. El dialecto es la cantera de cualquier lengua madura, es por allí por donde se da el retorno a la fuente originaria del lenguaje que es la imaginación y experiencia de un pueblo. Es por allí por donde al lector le interesa la lectura y la escritura que le aflorará algún día. La performancia del habla remite a la poesía que es la morada diaria del que se sabe vivo.    

 

Las herencias.  

 

En mis composiciones no me he contentado con imitar, sino que yo he hecho revolución, los poetas mediocres se parecen a los hombres resignados, que viven contentos y satisfechos con la virtud del buey; el poeta de verdad reta al ruiseñor, cuando lo ve cara a cara para enseñarle un nuevo cantar...”. (Florentino Bustos. En Nubes Verdes, No. 42. Ipiales: Tipografía Popular, Julio de 1968).(8) Desde estas coordenadas situamos algunos herencias del lenguaje en su vertiente poética clásica y moderna; aquellas que van del verso al poema, del libro a la escritura poética; desde la métrica y su ritmo exterior o rima, pasando por los ritmos interiores del romanticismo y su irreconciliable dolor autobiográfico, al versolibrismo de armonías salvajes, al poema como espacio donde se arremolina el tiempo y el silencio, donde fluye el lenguaje como escritura, donde aflora el sujeto del inconsciente que pinta o hace música, o las dos. El dibujo y metáfora aislada, coleccionada por el hacedor de versos ha caído. No  son la patria, la tierra y la amada, los temas centrales de la inspiración. Ya no estamos bajo la presión de las formas ni de las puras preceptivas, no andamos con modelos o poéticas emitativas, ahora cruzamos a nado los ríos que quedan, lo ríos de piedras como el Guáitara-Carchi, en aventura pero en alerta. No es éste el tiempo de tornear versos como si fueran vasijas de barro para los museos, muy pocos se empeñan en esculpir poemas como monumentos, asumimos el tremendo avatar del libro y la escritura que como una inundación arrebata géneros, modelos y formatos. De la poesía pensada, cincelada, entramos en el poesía sentida, surgida del puro fluir de la palabra, de su contención y ostentación del habla, no costumbrista y arcaica, sino idiolectal y performática, individual, imaginativa, barroca; estamos horadando la gramática de la lengua para que surja el sujeto que la enseña y sueña, para que la haga delirar. El poema responde a la experiencia del poeta, es decir, a su pulsión y su deseo, a su cuerpo y su justicia. ¿Pero sin el Otro y Lo Otro, que sería de la experiencia del poeta? “El ojo no es ojo por que tu lo ves, sino por que el te mira”, cantaba don Antonio Machado. La poesía como eficacia simbólica donde habita el sujeto universal localizado en cualquier habitación o choza, en cualquier rincón o cuchitril, tan lúcido como intuitivo, tan abatido como regocijado, tan popular y de acá, como clásico y de allá. Nómade, múltiple, performático. La eras imaginarias que pensó Lezama Lima hace rato están entre nosotros, nos intertextualizan, nos conjugan, se mezclan sin piedad en la carne del poema. Quizá ya definitivamente somos ciudadanos del mundo, nuestra parroquia está en las redes sociales de New York, Tokio o Sau Paulo. Deseo señalar algunos momentos afortunados en algunas antologías de poesía editadas. Iniciemos con “Portaliras Nariñenses”, una antología publicada en Quito, Ecuador, en la Tipografía Salesianas, fechada en 1928. El libro surge en el contexto del primer centenario de la fundación Neriana de Pasto. En la página posterior al título del libro se lee: “Con aprobación Eclesiásitica”. La patria, la tierra y la santisima vírgen resuenan en sus páginas. 62 poetas aparecen distribuidos en tres libros que se puede leer como tres generaciones. Reconocemos entre sus autores a Alberto Montezuma, Guillermo Edmundo Chaves, Luis Felipe de la Rosa, Leopoldo López Alvarez, Florentino Bustos, Teófilo Alban Ramos, Anibal Micolta, Julia Eraso Ch. de Inestrosa, Celmira Gomez, Evangelina Eraso, Rosario Gómez, entre otros. Una curiosidad: las poetizas aparecen en el libro tercero, al final, cada una con un poema, algunas de ellas con fotografía, tal como ocurre con otros autores, sobre todo los eclesiásticos. No obstante, Portaliras tiene el mérito de mapear  poéticamente a Nariño, así la temática este reconcentrada en una tendencia religiosa. Dice su prologuista Samuel Delgado, que es la primera vez que se publica “una colección de rimas” para poder analizar en ellas el desarrollo de la poesía nariñense y “la fuerza potencial de sus cultivadores”;  no obstante, advierte que por esta antología no se puede evaluar a sus autores, pues sus mejores obras no han sido todavía rescatadas. Y habla del tributo a la imperfección humana, pues el libro es un ensayo, una muestra nada más del númen de la poesía. Llama mi atención un par de párrafos, pues como otros que leeremos en seguida, parecen actuales: Hasta ahora, ha figurado el Departamento de Nariño, como entidad sin luces en la república de las Letras; así lo han proclamado en todos los tonos los enemigos gratuitos de Pasto, y, por lo mismo, del Sur de Colombia; y no porque en justicia tal calificativo merezca nuestro Departamento, sino más bien por la mal entendida modestia de sus hijos, por no decir encogimiento y egoísmo de los mismos.(9) (...) Bien deseábamos que se destacase con más gallardía la presente Antología, pues de buena fe nos alucinábamos con la cooperación de nariñenses que se distinguen por su ilustración y dotes poéticas; más una triste realidad vino luego a convencernos de que nuestro llamamiento había sido baladí; y, por otra parte, como nadie goza del don de profecía en la propia tierra, y menos en la urbe teológica, nuestra labor, por lo expuesto, no realiza toda la finalidad que pretendíamos  y que consistía en presentar un número no escaso de los mejores versicultores, para desvanecer así los rancios prejuicios de los connacionales del Norte.(10) Los nariñenses tendríamos que esperar más de cuatro décadas para que las impresiones de Samuel Delgado encontraran salida, al menos en una de sus vertientes, pues la gloria que encuentra para Colombia desde Nariño el poeta inigualable que habitó en Aurelio Arturo, dejará para la memoria de las generaciones su silencio evuelto en lectura y cuentos de maravilla, su infancia poderosa arrobada por la música del paisaje y el temblor del pájaro en la hoja. No hay otra morada donde podamos habitar desde entonces. Tomemos enseguida las ideas del humanista y periodista Victor Sánchez Montenegro, fundador de la revista “La literatura en el sur” y “Plumadas” junto a Emiliano Díaz del Castillo y Teófilo Álban Ramos. A propósito del libro de poesías de este último, publicado en 1949 en edición oficial por la imprenta del departamento, Víctor Sánchez  hace un prólogo extenso y curioso, pues antes de introducir la obra del ilustre poeta de Barbacoas, configura un estudio de la poesía universal y repasa la poesía nariñense de principios de siglo, incluso hace un esquema de sus literatos e intelectuales. El prólogo termina con cortas reseñas de importantes e ilustres intelectuales, literatos y poetas nariñeneses, teniendo cuidado de señalar los que ya han muerto. La fecha de cuartada es a partir de 1916 (época de los centenaristas y nuevos en Colombia); tiene ya el mérito de no citar sólo a los poetas nacidos en Pasto, sino en varios territorios nariñenses e incluso destaca la grandeza lírica de los poetas de la costa pacífica,  además de hacer un panorama de la literatura femenina de Nariño.  Cabe destacar que en este esquema biográfico aparecen los poetas de Tuquerres Anibal Micolta,  de la Unión Aurelio Arturo, el Tumaqueño Guillermo Payán Archer, el ya citado barbacoano Teófilo Albán y el vate ipialeño Florentino Bustos, entre una variedad considerable que ocsila entre literatos, antropólogos, filólogos y estudiosos del derecho y la política. Es por esto que nos parece “curioso” el prólogo, un pretexto para contextualizar al amigo, al poeta, sin cuidar distancia alguna entre las disciplinas y las artes, además de no antologar poemas de los poetas citados, sino de resaltar al poeta de Barbacoas laureado en 1919 en el Colón en Bogotá con su poema al “Santuario de Las Lajas”; no obstante, es un texto interesante, hasta cierto punto clave para comprender el desarrollo de la imaginación poética en Nariño, pues habla de la vieja preceptiva de Alvarez Bonilla, de la poética y retórica a la asunza de Ruben Dario, y describe las líneas de fuga que propuso el romanticismo de Victor Hugo, aunque tardiamente aclimatadas por Eduardo Castillo y Julio Flórez y sus imitadores en Colombia,  y, además, asegura que sus coterráneos conocieron los esmaltes y camafeos parnasianos de Teofilo Gautier y las potentes energías de la estética fugaz y perdurable de Charles Baudelaire, su alegoría de la vida que se extingue y que lentamente minaba el neoclacisimo y parnasianismo que sobrevivía anquilosando los versos alambicados de los gramáticos de la época. Falta desde luego, un estudio crítico para constatar como estás lecturas fueron asimiladas, y no un cita superficial y teórica, pues a simple vista no se alcanza a percibir sensualidad alguna, ni penetración en el lenguaje simbolista, menos contradicción entre la fuerza demioniaca que impulsa y aquella otra angelical que retiene. No obstante, oígamos a Víctor Sánchez en 1949, en algunos frentes parece actual: Dije en capítulo anterior que las modas literarias de Europa y otras partes de América estaban pasando, mientras que en Colombia se acentuaban con caracteres de persistencia, debido a la ignorancia de nuestros medios literarios. Si ésto sucedió en la capital de la república, qué podría esperarse de las ciudades provinicianas, especialmente de aquellas que estaban desvinculadas de la corriente nacional, por falta de vías de comunicación, como sucedía en el Departamento de Nariño. De modo que la agitación cultural de estas tierras era cosa autóctona, hija de su propio esfuerzo, como casi todo lo que tenemos actualmente, sin que se deba mucho a los poderes centrales, que poco se preocupaban por el adelanto material o espiritual de estas regiones que por su idiosincracia, son semillero de tradiciones y focos principales de los más puros recuerdos de la raza. Si en otras latitudes había desaparecido el romanticismo y otros ismos nuevos, aquí estaban los literatos regionales apegados a esa especie de religión del sentimiento, después de haber hecho pedazos aquel nefando necolasisismo que aplebeyó las conciencias y mató la chispa de inspiración en casi todos los espíritus.(11) Otra antología importante y esencial para encuadrar Nubes Verdes, es La antología de la poesía Nariñense, selección y presentación de José Felix Castro, editorial Publicitaria, Bogotá, 1975. Fué en esta antología que leí por primera vez a Aurelio Arturo, eran las vacaciones del 76 en Pasto; años después conocería a la familia Castro Castelblanco en Bogotá, quizá también por ello le guardo a este libro un especial cariño. En la presentación, el vate Castro señala varios aspectos que me parecen relevantes: el difícil acceso a las bibliografías, precarios medios de publicación, costos y carencia de  entidades encargadas de divulgar el libro y “autores que su imensa obra guardan en cuadernos de silencio”. Luego explica que incluye en la selección aquéllos cantos diáfanos, que son patrimonio del pueblo, repetidos por éste en veladas familiares, en clausuras de estudios, en la calle y en los atardeceres campesinos, a ratos acompañados de guitarra, a la sombra de un arrayán.(12) José Felix Castro, dueño de una editorial, director de progrmas radiales, periodista, humanista, asume el proyecto de publicar una antología de poesía y lo hace incluyendo autores de renombrada valía como Aurelio Arturo Martínez, quien inicia el libro con  su inmortal “Morada al sur”; le siguen  otros: Teófilo Albán Ramos, Faustino Arias, Juan Alvarez Garzón, Manuel Benítez Ducler, Guillermo Edmundo Cháves, Luis Felipe de la Rosa, Cecilia Guerrero Orbegozo, Blanca Morillo, Alberto Montezuma Hurtado, Anibal Micolta, Camilo Orbes Moreno, Guillermo Payán Archer, Alberto Quijano Guerrero, Ignacio Rodríguez Guerrero,  Blanca de Sánchez Montenegro y otros tantos, en los que se incluye el propio Felix Castro; en suma se antologan 44 poetas. La mayoría de estos, sino todos, están  livando con las musas en algún lugar andino del Olimpo. Gracias a ellos hay una agenciamiento de la poesía, en tonos, estilos y géneros, hacia las nuevas generaciones, las mismas que hoy expresan, comunican o situan la experiencia de escribir un poema en Nubes Verdes. Sólo el nadaismo y la posvanguardias más agresivas intentaron desligar la tradición, negarla, vilipendiarla; era la época de un país ruralizado hasta la mediocridad, con ciudades a medio escribir que aún hoy dibujan el mapa miserable del conflicto, llena de tachones sociales y errores políticos. Había que hacerlo, se ha dicho, y se hizo. Es cierto, la poesía es subersiva y promueve la innovación sentimental y el comportamiento generacional, pero de allí, de esa disidencia a borrar las huellas de la palabra de poetas como Aurelio Arturo, Faustino Arias, Teófilo Álban, Florentino Bustos, Luis Felipe de la Rosa o Payán Archer, hay una gran diferencia. El combate no es contra los poetas anteriores, sino con ellos y sobre todo, con él lenguaje dentro del lenguaje y en relación al hombre en tanto cuerpo, sudor y sangre. Como no recordar al maestro Artemio Davila Chaves y su taller de poesía TALPOCOLSU (Taller de poesía del Colegio Nacional Sucre con más de una década de existencia, que funcionó hasta la muerte del poeta de Contadero), y sus dos libros Más allá del horizonte y Poemas a la  Madre, textos que incluyen más de 50 poetas jóvenes nariñenses; hoy, en su mayoría, seguramente excelentes lectores. (13) “Palabras sin Fronteras”, es un poemario que compila creaciones de escritores reunidos en el Primer Encuentro de Escritores Colombo–Ecuatorianos, celebrado en la Cámara de Comercio de la ciudad de Ipiales, gracias a la intervención de la Fundación Alba Vida, publicado en enero del 2.000  (72 páginas), con apoyo de la Casa de Poesía Silva y la Alcaldía Mayor de Santa Fe de Bogotá, D.C (14). Las memorias fueron elaboradas por Luis Cabrera. De la presentación que estuvo a cargo de Álvaro Andrade, presidente de la fundación Alba Vida, extractamos lo que sigue: Con nuestra convocatoria no intentamos revivir el Quijote, pero tengo la firme convicción de que mientras haya vida humana, él estará vigente. Es a través de nuestros sueños, de nuestras ilusiones, y de ese cúmulo de planes que todo ser humano crea su quijotesco futuro. Aquí se plasma el esfuerzo, esa gana inalterable, como la savia que de la sangre hace un rosal, y de dos puñales hacen espinas, aquí yacen palabra de amor, reflexión y ensueño, ilusión y esperanza, por un mundo en paz…(p. 3) En el libro se recogen, entre otros poetas, a los ecuatorianos Ramiro Almeida, Carlos Pozo Romo y Gloria Santacruz, y a los colombianos Arturo Bolaños,  Jaime Huertas y Luis Ramón López. Es una antología de 11 poetas bastante desigual no sólo en su calidad, sino en el desequilibrio de su extensión. El prólogo es una especie de interpretación de los salmos de la creación del mundo, en cuyo proceso de sombras aparece la poesía. Tiene el valor, eso sí, de integrar a poetas de los dos países. Quiero señalar como significativa la compilación y selección que hiciera el poeta Javier Rodrizales, profesor de la universidad de Nariño, hoy director del taller de escritores Awasca. Entre otras cosas, Awasca es un taller y una revista significativos para un buen número de poetas que pubican en la antología Nubes Verdes (15). El merito del poeta Rodrizales es antologar un buen número de creadores a lo largo y ancho del departamento, 29 poetas  y 15 narradores, algunos comparten los dos géneros. Varios de estos autores seleccionados por Rodrizales aparecen en Nubes Verdes: Juan Revelo, Julio César Chamorro, Lydia Inés Muñoz, Maria Isola Salazar, Carlos Palma, Augusto Rincón, Arturo Prado Lima, Piedad Figueroa, Arturo Bolaños, Adriana Enriquez y otros más. Además, hace una reseña de movimientos y revistas que han jalonado la literatura y monta una novedoza muestra de narrativa nariñense, tan necesaria en nuestro territorio como dispositivo estético y escritural en variedad de tramas y fondos. Lástima el tiraje y su difusión, tal vez valga la pena reeditarla revisándola y reintroduciendo un estudio en su presentación. De su texto introductorio extraígo este fragmento: Quizá el deber del poeta –dice Adamov- es el penetrarse bien de la desesperación de la que su época está hecha. La poesía es guerra y ha nacido del dolor. Toda creación es una desgarradura. Todo hecho es un estímulo que puede suscitar una infinita serie de pensamientos. La labor del poeta debe ser  constante, pide una entrega absoluta, total, casi ritual. Para que una obra se produzca ha sido necesaria la innovación, el holocausto, el sacrificio.(16) Se destaca también la antología de poesía colombiana Nuevas Voces de fin de Siglo, selección y prólogo del poeta ipialeño Juan Revelo.(17) Cito esta antología que tiene caracter nacional, en primer lugar, porque es la apuesta de un nariñense y, en segundo lugar, porque en sus copiosas páginas que dan cuenta de la producción nacional por departamento, aparecen varios nariñenses que hacen parte de la antología Nubes Verdes, entre ellos Edgar Bastidas Urresty, Arturo Bolaños, Piedad Figueroa, Lydia Inés  Muñoz Cordero, Adriana Rosero,  María Isola Salazar, Carlos Vásquez Zawadzki. Del lado ecuatoriano no quiero pasar desapercibido la propuesta del poeta Luis Enrique Fierro y su libro Hacia una nueva Antología Poética, Visión de la Poesía Carchense a través de la Metáfora”, compilación de poemas de escritores oriundos de la Provincia del Carchi, obra publicada por la Casa de Cultura “Benjamín Carrión”, Núcleo del Carchi en el año 2004. Entre sus páginas se encuentran casi todos los poetas carchenses antologados en Nubes Verdes.    

 

 

Sin fronteras o la interculturalidad.  

Es mediodía de un radiante domingo en El Chical, el noroccidente del Carchi. La tranquilidad dominical ya se ha rompido desde hace horas, puesto que hoy es el día en que una veintena de jóvenes ecuatorianos y colombianos serán bautizados. Poco a poco la gente va llegando a la pequeña iglesia de Chical, un edificio que prácticamente está por colapsar y a alguna distancia apenas es reconocible como tal. Especialmente desde Tallambí, la adyacente “vereda” colombiana, llegan numerosas familias. El único obstáculo a salvar es el cubierto puente sobre el San Juan, el serpenteante río fronterizo que separa a los dos pueblos. Cuando media hora más tarde el sácerdote toma la palabra, la iglesía ilustra perfectamente los intensos lazos familiares entre ambos pueblos. Ciudadanos colombianos y ecuatorianos están complementamente mezclados, conversando animadamente, mientras los jóvenes se apretujan para apoderarse de los últimos banquitos. No falta quién no tenga familiares “del otro lado”. Al concluirse el acto de bautizo, nadie se despide, porque todos quieren disfrutar del gran baile “binacional”, el cual sólo muere a altas horas de la noche.(18) El actual estado del mundo insiste en romper fronteras, globalizar las economías, mundializar las culturas, se habla de “ciudad global” y fin de las naciones, aun a costa de que muchas identidades culturales queden no sólo rezagadas, sino borradas por completo del mapa. Es en este contexto, donde tiene sentido la colección sin fronteras, al igual que la antología de poesía viva Nubes Verdes. La poesía rompe fronteras, pero no para irrespetar y borrarlas, ni para neo-colonizar, ni para vender y comprar enriqueciendo a los grandes comerciantes y aniquilando a los humildes tenderos. Muchos dirán debió ser antología colombo-ecuatoriana y no nariñense-carchense, y allí ubicar lo más selecto de la poesía colombiana y ecuatoriana en general, evitando reducirse a la región. Quién diga eso desconoce uno de los puntales de la resistencia y disidencia al neoliberalismo y la globalización que promueve la comercialización de todo, el que no tiene dinero que vea televisión, lo que es interesante y exótico para los marchantes internacionales, se universaliza y borra la localidad de su identidad y los rasgos de sus diferencias en el mercado mundial: world music, world poesía, world pan de maíz…hornado…tortillas, etc. Este libro que antóloga a 48 poetas que viven a lado y lado del río Carchi-Guáitara, intenta meditar sobre el valor de nuestras regiones y provincias –no regionalismo, ni provincianismo–. Expresa, digo, comunica, la experiencia de la cultura mundo desde lo local, justamente porque es en las fronteras donde se es universal, pero no porque el mercado mundial lo dicte en la apoteosis de las economías internacionales y sus televentas, sino porque aquí hay lengua propia, pensamiento propio, sensibilidad diferente y auténtica; somos en definitiva naciones pastos-quillacingas; es decir, hay algo que decirle a los países y al mundo; algo de que hablar, de que pensar, sin obstrucción limítrofe, sin la violencia simbólica neoliberal que quiere vender y comprar no sólo los cuerpos sino también las conciencias, como reclamaba alguna vez el viejo Octavio Paz en México. Hay que cuestionar el carácter de facto de la globalización y el posmodernismo, reconocerlos como tendencia y como ambición, algo que puede ser reversible o que quizá ya lo es con los movimientos de la descolonización. Es importante un "mundo sin geografías", pero no a costa de que los políticos y dirigentes territoriales se laven las manos en nombre del mercado mundial, las regalías y los TLC; la poesía cae en la cuenta de que en esos procesos y tendencias estamos jugando con una poscolonialidad, una entrega de la identidad como diferencia. Tiene que haber algo que hacer para que el nuevo orden mundial no nos aplaste, haciéndonos pensar que los otros hacen y nosotros no, o que los otros hacen por nosotros y, entonces, las antologías de poesía son patrimonio de la élite del país que se proclama en los concursos y los reconocimientos oficiales. Hay que hacer algo para que los gobiernos regionales, municipales no abran los ojos (tal vez nunca los han abierto), sino más bien los cierren para que escuchen el mundo afuera de sus oficinas, de sus cocteles economicistas, de sus cerebros condicionados. La cultura es un capital simbólico, sólo hay que ojear el atlas de los pueblos ejemplares del mundo. Cómo es posible que en vez de abrir se cierren pequeñas espacios que son como embajadas que representan la cultura de la región en las capitales, que en una feria internacional del libro, por ejemplo, los escritores nariñenses tengan que mendigar un espacio para presentar su libros. Esta antología es, hasta cierto punto, marginal, pero no porque sea menor, sino porque está en el margen crítico y creativo de los habitantes de una de las regiones más hermosas de Colombia  y el Ecuador. Es, desde muchos frentes, una antología decolonial.    

 

Lárica y sorpresiva.  

 

Hablamos de territorio lárico, no únicamente en el sentido metafórico que el poeta chileno Jorge Teillier le dio a su obra creativa, como vuelta hacia el pasado, a un paraíso perdido en el cual lo cotidiano y lo amable, contrasta con la modernidad que nos atosiga; sino también, desde la performance y el sentido que legaron Los lares, aquellas divinidades  romanas hijas de lanáyade Lara y el dios Mercurio cuyo origen se encuentra en los cultos etruscos a los dioses familiares. La religión de la antigüedad, sobre todo Romana, presentaba dos vertientes: por un lado, los cultos públicos o estatales y, por otro, los cultos privados o domésticos. Dentro de esta segunda vertiente se sitúa la adoración de los llamados dioses de la familia. Entre estos se encuentran los lares locales cuya función primordial era velar por el territorio en que se encontraba la casa familiar. Tanto es así, que antes de que la propiedad privada fuese regulada por el derecho, eran los dioses lares los encargados de evitar que los extraños se adentrasen en tierras ajenas mediante, según la creencia popular, la amenaza de enfermedades que podían llegar a ser mortales. Lo familiar aquí, no tiene el sentido de lo cerrado, sino de lo reconocido, de las puertas abiertas como en carnavales, esa zona donde llegan los extranjeros a habitar y crear, no a saquear y vilipendiar por cuenta del poder que excluye y diferencia hasta la ignominia.    

 

 

Arbitrariedad, poética y re-existencia.  

 

Sabido es que toda antología es arbitraría, que incluye a los que no son y excluye a los que son, así reza el adagio popular de los corrillos y la crítica severa y, a veces, perversa. Esta antología no quiere ser modelo de nada, no intenta idolatrar a nadie, ni despreciar por ilegítimo amiguismo a quienes están emprendiendo la experiencia poética. Tubo criterios sencillos, apenas unos anclajes para configurar un compendio de poetas y poemas que mapeen la poesía sin fronteras como vigías del territorio colombo-ecuatoriano, liberándonos del regionalismo geográfico, inscribiendo el contrabandeo imaginario y poético al interior de las relaciones de hermandad y de apego cultural entre los dos países. Se incluyeron poetas nariñenses y carchenses cuya producción perfila una poética ya consolidada o en  consolidación, y cuyo lenguaje meditado, innovador  y expresivo da que sentir y saber dibujando coordenadas internacionales. Por ello se dan cita en la antología poetas vivos, cuya obra está ya realizada o se encuentra en tránsito. Más allá de cualquier autoridad crítica se intentó consignar poetas que han escrito toda su vida y que despedirán sus días creyendo en ella. Muchos reconocidos en las tertulias, las calles, las instituciones educativas y culturales; hay algunos que se inauguran publicando por primera vez en una antología. Muchos han publicado varios libros, otros en revistas, pero todos en comunión con los territorios andinos y costeros. Muchos poetas se quedaron por fuera, que duda cabe, pero esta no es ni la primera ni la última antología; esperaremos, lo digo a nombre del comité que propuso y seleccionó los poetas y poemas, que a partir de este pedazo de identidad y diferencia, muchas obras más se publiquen exaltando a aquellos que sobrevivan de esta antología e incluyan a quienes ya maduros o talentosos merezcan figurar. Aquí solo damos un pazo más, un salto tal vez; a todos nos es dado proponer algo, alguna cosita, para no dejar desapercibido y sólo nuestro presente. Las antologías suelen ser "desdichadas", decía el poeta leonés Antonio Gamoneda, pensando quizá en la exclusión a la que fue sometido en España hasta antes de que se le concediera el Premio Reina Sofía de poesía Iberoamericana en el 2006.  Como se trata de  48 poetas binacionales, una mayoría regional que no tiene medios de comunicación y que, en varios casos, no ha publicado todavía o que simplemente es preciso su reconocimiento, nuestra antología es “dichosa", porque nos ha tocado estar en el ruedo capoteando los cuernos de la vida, de la desilusión y el miedo, intentando más que resistir crear algo para nuestros deseos incontenibles de futuro. Por eso, no será una antología única, acabada, sino un proyecto de abrazo en la memoria de los días; un puente de piedra simbólico para el trueque de nuestros intereses humanos e interculturales: respeto, solidaridad, libertad, hermandad, justicia poética. Una antología de Nubes Verdes para picar al terruño y darle la posibilidad de que reconozca la Palabra de las regiones, la Palabra de sus vecinos y amigos, que se entere de que hay humanos que todavía creen en la poesía, anónimos si, marginales quizás, pues las editoriales son tan artesanales que el país no se entera. En nuestro medio, qué un poeta publique un libro no quiere decir que sea leído en el País; es irónico, pero a nadie se lee nacionalmente, excepto por que haya obtenido un premio significativo, uno que los medios de comunicación no puedan evitar volverlo noticia. No obstante, con un solo lector que relea y se apropie de la poesía, ésta tendrá sentido. Ciento cincuenta años de la municipalidad de Obando es un pretexto, nada más que eso, para donar poesía a nuestro territorio sin fronteras. (19) Si, toda antología es arbitraria, lo repetimos, pero por ello no se dejarán de publicar, pues hay que mostrar el camino al lector, compartirle unos textos, unas pistas a partir del encuentro de generaciones (desde nacidos en 1936 hasta los más jóvenes nacidos en 1988), subrayarle la diversidad y por ello, la riqueza de escrituras: Preocupación comunicativa en procura no de escribir la representación del realismo, si no de tensar la realidad social, la eficacia de una imagen o un verso, el reclamo en el tono sentencioso, y algo de ensueño por la patria: Atahualpa Martínez (e), Félix Yépez Pasos (e), Carlos Pozo Romo (e), Ramiro Acosta Cerón (e), Luis Enrique Fierro (e), Jaime Rodríguez Pantoja (c), Arturo Prado Lima (e),  Carlos Palma Urbano (e)… Poesía de la meditación y la sorpresa reflexiva, en algunos casos el lenguaje encuentra la  ironía medida, inquietante: Alejandro García Gómez (c), María Isola Salazar (c), Juan Revelo (c), Mauricio Chaves-Bustos (c), Myriam Jiménez (c), Juan Carlos Romo (c), Kamilo Muñoz (c), Adriana Enríquez Belalcázar (c), Arturo Prado Lima (e) … Expresión intermitente con imágenes surreales, a veces tan contundentes que expresan una interioridad desbastada, conquistada por la rebeldía o la meditación radical, las vanguardias parecen sobrevivir en los intersticios de estas propuestas: Carlos Vásquez-Zawadzki (c), Humberto Napoleón Varela (e), José Alberto Bolaños (c), Edison Guerrón Raza (e), Adriana Enríquez Belalcázar (c), John Wilmer Rodríguez(c), Nadia Maritza Villareal Carvajal (c), Luis Armando Botina (c), Mario Enrique Eraso (c), Mario Rodríguez Saavedra(c), Arturo Prado Lima (e), John Rodríguez Saavedra (c),  Kamilo Muñoz (c), Martha Lucía Londoño (c), Luis Armando Botina, Neli Córdova Neli (e), Piedad Figueroa (c), Sonia Montenegro (e)… Enunciación narrativa en una atmósfera de delirio, cargada de emoción cotidiana a partir de una mirada a veces crítica (sarcástica, en algunos casos) y a veces absorta (Javier Rodrizales (c), Juan Ramón López (c), John Jairo Saavedra (c), Jonathan Alexander España (c), Mario Rodríguez Saavedra (c), Henry Manrique (c), Alejandro García Gómez (c)… Búsqueda de una poética que intenta enunciar la voz desde la conciencia que se tiene del silencio, resonancia de un yo lírico configurado por imágenes contenidas, cuando no herméticas (Arturo Bolaños Martínez (c), Augusto Rincón Castro (c), Lydia Inés Muñoz Cordero(c), Piedad Figueroa (c), Mario Enrique Eraso (c); Miriam Jiménez (c), Juan Carlos Romo (c)… Poesía de la experiencia, con recursos conversacionales y resonancias cotidianas, una especie de expresionismo urbano, de soledad interior que no se rinde e intenta poblar de deseos el poema: Julio César Chamorro (c), Alejandro García (c), Arturo Prado Lima (c), Edgar Bastidas Urresty (c), Napoleón Varela Robalino (e), Flor María Cadena (e), Gloria Santacruz De Pozo (e), Henry Manrique(c), Jorge Ramiro Almeida (e), Mauricio Chaves-Bustos(c), Mario Rodríguez Saavedra(c), John Wilmer Rodríguez(c), Juan Revelo (c), Luis Armando Botina, Nadia Maritza Villareal Carvajal (c), Oswaldo Granda Paz(c), Wilfrido Acosta Yépez (e)… Poesía ambientalista, diríamos que experimentada a partir de una intuición ecopoética: Adriana Enríquez Belalcázar (c), Arturo Bolaños Martínez (c), Carlos Palma Urbano (c), Javier Rodrizales (c), Jaime Rodríguez Pantoja (c), Piedad Figueroa (c), Oswaldo  Granda Paz (e)… Poesía que salta desde lo icónico visual o quizá sea mejor decir icónico-espacial (Kamilo Muñoz(c), Humberto Napoleón Varela(e), Neli Córdova Neli (e)… Poesía amorosa pero despojada de los lugares comunes del romanticismo, intentando encontrar la fuerza del deseo y el avatar de los cuerpos, a veces meditada, otras sensual, cuando no erótica y real: Nadia Maritza Villareal Carvajal (c), Julio César Chamorro Rosero (c), Sonia Elena Martínez (e), , Martha Lucía Londoño (c), María Isola Salazar (c), Jorge Ramiro Almeida (c), Humberto Napoleón Varela (e), Arturo Bolaños (c), Mario Rodríguez Saavedra (c), Mireya Ortega Enríquez (e),  Sonia Montenegro (e)… Hay en estos textos poesía fluida y sutil, enroscamiento barroco o despojamiento verbal;  a veces abstracta e inalcanzable; otras veces tiene aroma urbano colado a través de los medios de comunicación, humor casi sarcástico; en todo caso, hay empoderamiento del lenguaje, ganas de entrar en el reino del silencio para hablar desde allí, abandonando el sujeto lógico-racional de las estadísticas, acogiendo el inconsciente y la experiencia intercultural de un sujeto que se descubre en la resistencia y la disidencia, pero sobre todo en la re-existencia. Nada de provinciana, aquí la poesía es moderna y mundial, apurada por la violencia, el sexo y el horizonte de la muerte; poesía decolonial empeñada en escribir la américa profunda, la que duele, huele mal y muere cada día. Se ha dibujado nada más que unos cuantos rasgos y se han citado algunos poetas; unas pistas todavía borrosas que sobresalen en estos poemas pero que no encasilla a los poetas. No es éste el espacio para profundizar en las estéticas y poéticas, pues eso amerita recorrer la obra hasta ahora producida por estos creadores. Por eso me gusta lo que dicen en la introducción  Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjís, en  Poesía en Movimiento, como una advertencia: Nos propusimos rescatar, con los poemas -en verso y en prosa- de las distintas generaciones aquí presentadas, lo intentos en que la poesía, además de ser franca expresión artística, es búsqueda, mutación y no simple aceptación de la herencia.(20) El poeta ya no describe ni dibuja el paisaje, acaso lo mancha, lo tartamudea, lo degluye; hurga instintivamente en su biografía, intenta reconstruir su infancia; le canta al amor en tanto carne que arde y goza; el poeta se calla para escuchar al Otro y Lo otro, esa presencia no física que la tecnología quisiera fotografíar; si el poeta era domador de versos ahora es la fiera que desgarra la palabra; es el habitado por el lenguaje, el que está de paso, hurgador de una sensibilidad con la que a toda costa evita el desgarro de la posmodernidad consumista y perversa; el que juega con el sentido intentando atar lo real del sexo, la violencia y la muerte; el que con los imaginarios de la cultura –tan propensos a la intriga, al desarraigo y al consumo– coce razas, credos y solitarios. El poeta sigue siendo un sujeto que habla en una lengua desconocida, individual y transgresiva en una sociedad donde los ciudadanos son tratados como un número, cuando no como bytes de memoria recargada. Los poetas son el habla de una comunidad por donde expresa y calla su dolor y su grandeza; hacen visible lo invisible y, en los momentos más afortunados,  invisibilizan lo visible para renovar la vida, para intentar que cada segundo haya algo nuevo en lo obvio, porque hay otros mundos –dijo Paul Eluard– pero están en éste.    

Viernes 26 de abril de 2013

Auditorio José Eustasio Rivera

26a. Feria Internacional del Libro de Bogotá

   

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      (1)     Cf. Montalvo Juan, Páginas desconocidas, Imprenta Arias, Quito, enero 28 de 1879, pp. 502-503 (2)     El poeta ipialeño Florentino Bustos publicó como un homenaje a Montalvo, en 1923 y esporádicamente en 1927, 1928 y 1929, la revista de literatura y variedades Nubes Verdes.  La antología Nubes Verdes es un proyecto Editorial binacional Colombia-Ecuador en la Colección sin Fronteras de Caza de Libros que dirige Pablo Pardo desde Ibagué. Esta iniciativa la lideró un comité editorial compuesto por poetas de los dos paises: Los ecuatorianos Humberto Napoleón Varela Robalino y Enrique Fierro, y los colombianos Julio César Chamorro, Henry Manrique, Arturo Bolaños Maetínez, Kamilo Muñoz Chaves, Mauricio Chaves-Bustos y Julio César Goyes N. (3)     Cf. Pellegrini Aldo, Antología de poesía viva Latinoamericana, Barcelona, Seix Barral, 1966, p. 7. En ella aparecen los poetas colombianos Fernando Arbeláez, Fernando Charry Lara, Jorge Gaitán Durán, J. Mario Arbélaez y Alvaro Mutis, al lado de Octavio Paz, Jaime Sabines, Enrrique Molina,  Olga Orozco, Fayad Jamis, Lezama Lima, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Adoum, Ernesto Cardenal, entre otros. Aurelio Arturo será marginado por varias antologías latinoamericanas, pese a que para entonces, ya su nombre circulaba con admiración en los ambientes literarios nacionales de Colombia. Quizás al no tener una obra publicada, un libro que recogiera su producción, le impidió figurar como uno de los poetas más representativos e innovadores de la literatura colombiana. (4)     Cf. Adoum Jorge Enrique, Poesía viva del Ecuador- Antología, Editorial Grijalbo Ecuatoriana, 1990, p. 7 (5)     Bastidas Padilla Carlos, en Antología de poesía viva Nariñense-carchense (presentación), Colección sin Fronteras, Caza de Libros Editores, Ibagué, 2013, p. 2 (6)     Salas Edwin, en Antología de poesía viva Nariñense-carchense (contraportada), Colección sin Fronteras, Caza de Libros Editores, Ibagué, 2013 (7)     Zavala Guzmán Simón, Antología de poesía viva Nariñense-carchense (presentación), Colección sin Fronteras, Caza de Libros Editores, Ibagué, 2013, p. 4 (8)     Cf. Chaves Bustos Mauricio, Florentino Bustos (Ipiales 1983-1971), miércoles 16 de marzo de 2011. http://florentinobustos.blogspot.com/2011/03/florentino-bustos-estupinan-ipiales.html(Consulta del 23/04/2013) (9)     Cf. Delgado Samuel (selección y prólogo), Portaliras Nariñenses, Tipografía y Encuadernación Salesianas, Quito-Ecuador, 1928, p. 8 (10) Delgado Samuel, Op. Cit., p.10 (11) Cfr. Prólogo de Víctor Sánchez Montenegro al libro Poesías de Teófilo Albán Ramos, Biblioteca de Autores Nariñenses, Vol. II, Imprenta del Departamento- Pasto, 1949, p.XX (12) Cfr. Castro José Félix (Selección y presentación), Antología de la poesía Nariñense, Editorial Publicitaria, Bogotá, 1975, p. 5 (13) Cfr. VVAA., Mas Allá del Horizonte. Talpoculsu. Pasto: Correo de Nariño.1988 y Poemas a la Madre. Varios Autores. Talpoculsu. Ipiales: Talleres Gráficos Nueva Imagen, 1996. (14) Cfr. Palabras sin frontera, Ediciones Alba Vida, publicaciones y Artes OKEY, Bogotá, Enero de 2000. (15) El taller de escritores AWASCA (aguasca: tejido) se fundó en 1974 cuando era jefe del departamento de Filosofía y Letras Alberto Quijano Guerrero; fueron directores, entre otros: el caldence Humberto Márquez Castaño, el valluno Gustavo Alvarez Gardezabal, los nariñenses Cecilia Caicedo Jurado, Edgar Bastidas Urresty y Jorge Verdugo Ponce, el italo-colombiano Bruno Mazzoldi, etc. (16) Cfr. Rodrizales Javier,  Poetas y Narradores Nariñenses, Fundación Cultura  “Xexus Edita”, Pasto, Nariño, primera edición, 2001, p.7 (17) Cfr. Revelo Juan  (Selección y prólogo), Nuevas voces de fin de siglo, Epsilon Editores, primera edición, Medellín, 1999 (18) Diario de campo de  Sander Laurent, científico social de la universidad de Ámsterdam que recorrió y vivió la dinámica transfronteriza en el contexto del conflicto colombiano, entre la provincia del Carchi y el departamento de Nariño, en la línea fronteriza  Tulcán, San Gabriel, Maldonado, Chical, El Carmelo, La victoria, Gualchán, Sucumbíos. Cfr. Laurente Sander, La frontera Norte Ecuatoriana, ante la influencia del conflicto colombiano, Ediciones Abyala Yala, Quito, 2009 (19) La ley 131del 23 de octubre de 1863, la Asamblea del Cauca crea el municipio de Obando, con capital Ipiales, este ente territorial y administrativo subsistió hasta 1886, cuando la jurisdicción se transforma en provincia de Obando que luego fue absorbida por la creación del Departamento de Nariño en 1904. La fecha guía la celebración de la efemérides de la municipalidad Obando, sin embargo, ésta ya no existe, por lo menos no oficial y administrativamente, queda el Municipio de Ipiales. ¿Entonces, qué celebramos? La historia suele tener circunstancias poéticas. No obstante, la ex-provincia de Obando aún resuena, pues es un territorio concreto tejido con 12 municipios hermanados por el paisaje, la parentela, su historia y su cultura. La antología Nubes Verdes puede tomarse como la  forma que encontramos los escritores colombianos, de esta parte del país, para decirle gracias al Consulado del Ecuador en Ipiales por celebrar nuestros 150 años de municipalidad al publicar Juan Montalvo en Colombia e incluir a los autores nariñenses ( Cfr. VV.AA. Juan Montalvo en Colombia, Okey impresos, Ipiales, 2013). (20) Cfr. Paz Octavio, Chumacero Alí, Pacheco José Eilio, Ardijís Homero, en Poesía en movimiento (México 1915-1966), (advertencia), Siglo XXI, 22ª. Edición, México, 1991, pp.1-462  

 

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    Julio César Goyes Narváez: Ipiales, Nariño. Poeta, ensayista y realizador audiovisual. Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de Tejedor de Instantes, premio “Pablus Gallinazus” 1987 (SMD, 1992); Imago Silencio, premio de poesía Sol de Los Pastos (Fondo Mixto de Cultura de Nariño, 1997); El Eco y la Mirada, beca ICI (Trilce, 2001); El Rumor de la Otra Orilla, premio de ensayo Morada al sur 1995 (SMD,1997); Imaginario Postal (SMD25años, 2010); Nubes verdes para una ciudad gris, colección 50 poetas colombianos (Caza de libros, 2010); La Escena secreta, premio Obra Selecta Editorial Universidad Nacional, 2011; La imaginación Poética, ensayos (Caza de libros, 2012); Arrayán (Común Presencia, 2013). Aparece en las antologías: Artesanías de la Palabra (Panamericana, 2003) y Desde el Umbral (UPTC/SMD, 2004). Ensayos y poemas aparecen periódicamente en revistas nacionales e internacionales. Cofundador de la corporación literaria Si Mañana Despierto y miembro de la asociación cultural Trama y Fondo de España.


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