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11 Ene 2014 / 10:56 am

      

Crear el creer. Las oscilaciones de una escritura invisible        

Entrevista a Rómulo Bustos Aguirre

Por Jorge Valbuena

        La obra de Rómulo Bustos Aguirre (Santa Catalina de Alejandría, Colombia, 1954) se ha decantado en la tenue lucidez de una escritura minuciosa. Entre la duda y la incertidumbre la palabra lleva el equilibrio de ser una aguda respuesta al azar de esa ambivalencia. Su recorrido ha sido una continua oscilación sobre los vacíos que lo llevan y el deslumbramiento de esas dudas que son allí una certeza irrenunciable. El pasado mes de octubre de 2013 el poeta estuvo presente en el V Festival de poesía y narrativa OJO EN LA TINTA organizado por el Colectivo Literario La Raíz Invertida. Gracias al enlace realizado con los talleres de escritura creativa RELATA pudimos tener presente a Bustos Aguirre en nuestro festival, ya que por esos días estuvo invitado al municipio de Fusagasugá para el desarrollo de un coloquio con los integrantes del taller allí. Durante su visita a Bogotá tuvimos la oportunidad de conversar sobre su obra, su oficio y su devenir literario. Aquí una entrevista que nos ofreció para la Revista Latinoamericana de Poesía el pasado 24 de Octubre en Bogotá:    

   

-          Se ha hablado de Destiempo, Lentitud, Inasibilidad como características de su poesía. ¿Está de acuerdo? ¿Cuáles considera son los elementos que  configuran y revelan su poética?  

Siempre en broma, pero como un chiste serio he dicho que soy muy lento para todo, y eso es algo que no me preocupa ahora como quizá pudo preocuparme antes. Así lo he asumido, ello hace parte de mí, de mi ser más íntimo. Encuentro los orígenes de esa lentitud en una cuestión temperamental, constitutiva, si hago memoria siempre ha sido así. A las diversas actividades que he hecho siempre he llegado un poco desfasado, con cierto retraso respecto de los ritmos que se suelen manejar. Si me comparo con personas que han sido fundamentales en toda mi formación como Alfonso Múnera y Jorge García Usta somos muy diferentes, ellos tienen un ritmo muy rápido, muy acelerado realmente; yo le llevo varios años de vida a Jorge García Usta y él publicó su primer libro de poesía antes que yo, y era un hombre que hacía muchas actividades simultáneas, con una gran eficiencia, vivía como en una especie de vértigo, incluso pienso que ese vértigo lo llevó a una temprana muerte. Alfonso Múnera era también un tanto así, eran personas que llegaron a la vida con ánimo de tragársela muy rápidamente, y así sigue siendo. Alfonso es mi gran amigo desde que nos conocimos a los dieciocho años en la universidad, pero sabía que entre los dos había una diferencia de mundo enorme. Creo que esa diferencia de ritmo fue uno de los factores de acercamiento. Esos elementos constitutivos habría que buscarlos en la infancia, pero no sé exactamente en qué circunstancia. Lo que podría decir es que esa lentitud está asociada a un cierto carácter mío que tiene que ver con la indecisión. Yo soy indeciso y uno debe decir lo que es. Ahora bien, creo que he convertido la indecisión y la duda en virtud; es importante saber cuáles son nuestros puntos débiles y saberlos reconocer, dialogar con ellos, asumirlos, y en esa medida se convierten en algo positivo. Siempre me reconocí como un niño muy indeciso y dudoso. Supongo que eso hace parte de una estructura de carácter, no he tenido nunca un temperamento fuerte, siempre he sido muy receptivo, digiero las cosas muy lentamente y luego las asimilo, es como un rito natural. La duda y la indecisión funcionan mucho en el arte pero en la vida pragmática no. Soy consciente de ello. De hecho mi primer libro, El oscuro sello de dios, es el libro de la indecisión y de la duda, consciente de que estaba signado por ello también.  Entonces mis actividades también, hasta en el plano más emocional, en el plano amoroso han sido muy lentas. Mi acercamiento al amor, al eros es como la publicación de mi primer libro, siempre tardío. Voy descubriendo las cosas de una manera lenta pero cuando debo tomar decisiones procuro estar ahí con la suficiente fuerza para que también se convierta en un elemento productivo, es decir que dialogando con la lentitud se produzcan resultados convincentes y eso se puede ver en mi literatura, donde a la vez hay indecisión y convicción, he convertido la duda en convicción, convicción y fuerza, desde el primer libro y se ha ido acentuando cada vez más eso. Creo que en mi obra lo que realmente circunda es ello: la duda, la oscilación, convertida en paradigma.    

 

-          ¿Qué considera que fue lo más importante de su infancia para el acercamiento a la poesía?  

Mi primer poema lo escribí a los siete años, desde temprano estaba allí esa búsqueda, pero hubo un factor que hizo que me detuviera, como un rasgo de carácter; recuerdo que cuando escribí ese primer poema se lo mostré a mi padre y lo que me dijo me asustó… él era un hombre que amaba la literatura, un buen lector, aunque no era un hombre culto, lo leyó y me dijo algo que me paralizó, me dijo: ¨Lo que pasa Rómulo es que en Colombia, en nuestro país los poetas se mueren de hambre¨; ese fue un influjo suficiente para que no siguiera escribiendo, por eso no escribí más y retomé tardíamente, en el bachillerato y la universidad que es cuando me encuentro con estos amigos y todo va fluyendo muy lentamente.    

 

-          ¿En qué momento asume el oficio de poeta? ¿Qué circunstancias lo llevaron a volver sobre los pasos?  

Yo no asumo la literatura como la mayoría de los escritores la asumen, como esa pasión absolutamente irrenunciable. En una entrevista hecha a un escritor siempre escuchas que sin literatura no podría vivir, o que escribe todos los días, yo en cambio digo que si no fuera escritor sería mucho más feliz, porque la felicidad está en otro lado, no exactamente en la escritura, y creo que la escritura siempre es como una especie de trampa que uno le hace a la vida para poder sobrellevarla, pero me gustaría más vivir la vida realmente como una manera más vivencial, más pura. La literatura es una forma un tanto vicaria de estar en el mundo, el arte en general, eso puede parecer contradictorio en alguien que ama el arte. Yo amo el arte pero siempre he sentido una especie de déficit en cuanto al acto vital. Por esa época de mi temprana juventud escribía, pero era más una forma de estar con los amigos. Hacíamos actividades con la intención de mover la cultura cartagenera, un medio bastante inhóspito, muy árido, y la literatura era una forma de expresión colectiva de los que estábamos allí. Yo escribía más que por pasión o convicción, por estar con mis  amigos. Nunca lo tomé en serio o de forma definitiva, yo esperaba otra cosa de la vida realmente. Debo decir que para llegar a ese momento del poema a mis siete años hubo un proceso de sensibilización, de hecho todo este problema mío surge allí en mi relación con la biblioteca. (Yo digo biblioteca pero no era una biblioteca en rigor, era un montón de libros que estaban allí en un estante nada más, no era otra cosa). Vaya uno a saber nuestras raíces donde están, pero lo que sí puedo decir es que a mí los libros me crearon un problema y ahí está la clave de muchas cosas, porque esos libros que yo leía ahí, en un entorno tan local, tan reducido, mezquino culturalmente, me abren un universo espléndido, cosmopolita, complejo, rico, que yo sentía maravilloso, y que allá era donde estaba la vida, allá en esos mundos que la literatura me mostraba, pero que en mi entorno no estaba, no lo encontraba, entonces ahí comenzó una tensión muy fuerte con mi entorno, fue una cuestión un tanto dramática. Inconscientemente estaba actuando ello en la aldea. (No era una vida campesina la que vivía allí, pero ese era el entorno de las casas). Entonces creo que de allí viene esa ambivalencia que es ya como un sentimiento de culpa. Pero yo esperaba que sucediera algo que me desviara de la poesía, no sabía exactamente qué era.

   

 

-          ¿La pintura pudo haber sido ese motivo de salvación?  

Sí pudo haber sido. Pero llegué a la pintura también tardíamente, no hice estudios formales. Yo empecé con la pintura alrededor de los veinticinco años, aunque dibujaba mucho cuando niño, era una de mis pasiones infantiles, llenaba muchos cuadernos, pintaba sobre todo muchas figuras femeninas, y pintaba algo que era muy simpático; yo daría mi vida por recuperar esos cuadernos; el baile y la música me gustaban demasiado. Por entonces había una costumbre en los pueblos, cuando la gente hacía fiestas en las casas se iba a mirar los bailes, para ustedes debe ser extraño eso, pero, en un pueblo de la costa hace muchos años, todavía puede que suceda, parte del encanto era que quienes no estaban allí directamente en la casa participaban de alguna manera viendo. Era un plan de la gente ir a ver la fiesta. Y se hacían en la puerta o en las ventanas del frente de la casa y se quedaban ahí viendo todo. Generalmente siempre aparecían ventas al frente, de fritos y demás, totalmente afuera ocurría otra fiesta, la de los mirones. Era una cuestión de presunciones, y a mí me encantaba ir a mirar los bailes, luego al otro día me ponía a dibujar los bailes con las figuras, llené muchos cuadernos de eso. Eso fue algo que perdí en la infancia y después  lo recuperé en los estudios secundarios, en las clases de dibujo. Luego estando ya en la universidad, compartiendo apartamento con amigos, algunos de ellos pintores, comencé a trabajar, me ayudaban, hice mis primeros pasos con esos compañeros de estudio, porque intenté estudiar Bellas Artes, ya había terminado Derecho y llegó la decisión de si iba a estudiar literatura o pintura, entonces pensé que la literatura se aprende leyendo y la pintura sí requiere tener los profesores, hice el intento entonces de estudiar Bellas Artes, pero entré en un mal momento. Me dediqué a pintar por mi cuenta y me fue bien, rápidamente fui aceptado, gané algunos concursos y empezaron a tenerme en cuenta, empezó a circular mi trabajo, pero yo siempre sentía que había un déficit por no haber hecho estudio académico. Eso para indicar que ese oficio del cual me he apartado mucho ya, no porque no me atraiga, creo que me atrae la pintura más que la poesía, también llegó un tanto tardíamente. Todo ha empezado tardíamente, incluso mi ingreso a la academia como profesor universitario también llegó tardíamente, porque me resistía a ser profesor universitario. Ingresé a la Universidad de Cartagena mucho después de que Alfonso Múnera hubiera ingresado, me habían hecho la oferta de entrar pero yo no quería, tenía mis reticencias con los ritmos de la academia, al final ingresé un poco a marcha forzada, negociando un poco la situación. Todo ello habla de una lentitud que yo he querido convertir en un elemento positivo, que hace parte de mi personalidad y del quehacer que he venido desempeñando. Esa lentitud que nace de la indecisión se va a convertir luego en una mirada consciente, ya en una elaboración casi teórica del quehacer poético, en relación con esa especie de dubitación, en esa oscilación que tiene uno en un punto fijo, una raíz muy clara. Me considero muy sin raíz, y eso está presente también en que yo no me considero muy costeño. Pues me dicen que como soy de la costa, Cartagena, el Caribe, y sí, soy caribeño, pero no tengo muy claro exactamente qué es, y digo esto a pesar de que tengo unos amigos que han hecho de esa aventura de la caribeñidad su vida, por ejemplo amigos como Jorge García Usta, Alfonso Múnera, Alberto Abello, han hecho de ello su vida, y estoy en medio de ellos y me digo que realmente no entiendo esto de ser caribeño. También en ello tengo muchas ambivalencias pero he entendido que las ambivalencias hacen parte de mí en todo lo que hago,  entonces yo lo asumo como mi modo de ser. Creo que es una posición que además puedo sostener.

 

    -          ¿Por qué asumir la poesía queriendo huir de ella?  

De alguna manera siempre ha estado ahí la poesía, pero a la vez es ella la que me brinda una oportunidad. Le he estado huyendo a la poesía porque siempre he creído que la poesía guarda un misterio de dos caras, tiene algo de harakiri y algo de striptease que no me gusta, que es como estarte desnudando completamente ante los otros, entonces eso no me atrae particularmente, pero es la que me ha tendido la mano, y le huyo a la poesía como el compromiso ese que exige hacerle atributo a la musa de la poesía, porque curiosamente, yo no he dicho que es la que me aparta de la vida, pero no he encontrado un engarce con lo que yo llamo la vida. Tengo ocho hermanos de casa y catorce de extra-casa y ninguno de ellos ha tenido este tipo de inquietudes, entonces siempre he tenido una especie de sana envidia por mis hermanos, porque tienen una vida común y corriente, uno trabaja en mecánica automotriz, otro es ingeniero, profesiones prácticas, son tranquilos con lo que la vida les da y lo que la vida les niega, por eso guardo una sana envidia por ellos. Me hubiera gustado ser un buen futbolista, un buen beisbolista, pero siempre fui pésimo para los deportes. Me hubiera gustado casarme, tener hijos, no sé, es decir, me hubiera gustado ser un hombre común y corriente.    

 

-          Hablemos ahora de su obra, en particular En el traspatio del cielo, ese querer condensar la infancia en un libro. ¿Cómo fue su experiencia con este conjunto de poemas?  

Le voy a decir algo que quizá lo va a desilusionar… En el traspatio del cielo es el libro más ficcional que yo he escrito, el más elaborado conscientemente como ficción, lo digo porque me parece el más centrado en la intimidad, en la interioridad, como algo que brota de adentro, de una nostalgia muy poderosa, de un impulso de retorno a la matriz, y eso se siente muy raizal. Es un libro cuidadoso porque está tramado, está pensado, está meditado y está trabajado en una serie  de tópicos que cualquier enseñante de literatura los descubre realmente, y de pronto es un libro hecho para tramar.    

 

-          ¿Ese elemento ficcional es fundamental para leer su obra?  

La ficción en la poesía no niega la sinceridad del acto creativo. Le da unas ciertas configuraciones que aprovechan muy conscientemente las tradiciones literarias, por eso muy fácilmente puede crear la ilusión de autenticidad y de realidad, una cosa muy profunda, ya que muestra que la sinceridad es un asunto mucho más complejo. La ficción en En el  traspatio del cielo tiene que ver también con la sana envidia que le he tenido a mis hermanos y hay otra cosa que conspira, ese libro lo escribí estando en Bogotá, en una medida evocando un poco la costa y eso propicia en la distancia el factor nostalgia que está allí presente, porque a pesar de que digo que hay una ficción hay elementos que sostienen esa ficción, realmente hubo mucho de eso en mi infancia, pero creo que mi infancia no fue solo eso, eso fue más bien una construcción que hago a partir de la nostalgia, pero en el fondo es una especie de tributo a mis hermanos, es más un tributo que una vivencialidad, robo un poco de los recuerdos de ellos y les hago un homenaje. Para mis hermanos el pueblo Santa Catalina de Alejandría significa una alegría cada recuerdo, para mí no es tan alegre, yo siempre estaba fisurado de alguna manera. Pero mi infancia no es ese espacio casi edénico que se ve allí. También están presentes allí los resonadores literarios, ya que es un texto que le debe mucho a Morada al sur, a sabiendas de que Morada al sur también le debe mucho al caribe, a Saint John Perse, entonces yo sentía que era como un devolver las cosas, hacer una ida y vuelta entre el sur y el caribe y viceversa. Hay una serie de tópicos deliberadamente trabajados, el tópico del Axis Mundi que tiene su referencia en toda la literatura de orígenes en la que Mircea Eliade es un importante tutor; hay un indagar consciente en todos estos mundos imaginarios. Está nutrido de referencias de todas estas elaboraciones teóricas en torno del mito, y Eliade tiene que ver en todo este interés mío por la literatura.    

 

-          ¿Es el árbol camajorú en su poesía una forma de elaboración de Axis Mundi?  

Lo es, el árbol camajorú es una especie de Axis mundi, ya que es un árbol que aureoló bastante lo que es mi infancia, porque es un árbol de apariencia siniestra, ese árbol no es exactamente espléndido, para mí es un espectro de árbol, porque a ese árbol  le pasó algo que no debe estar necesariamente en el texto, y es que a ese árbol lo devastó un rayo, entonces lo que quedó ahí es una especie de sombra de árbol, rodeado de chamizos y a veces pájaros agoreros. Para mí ese árbol es muy importante en la construcción de mi poética porque ese árbol es realmente tocado por una atmósfera tenebrosa, oculto de una especie de trasmundo, desde niño lo he mirado con un poco de miedo.      

 

ÁRBOL CAMAJORÚ I   En lo hondo del traspatio más allá del mango, de los durmientes ciruelos está el árbol solo, el solitario camajorú rodeado de sed, hechizado en el tajo de luz en que una vez se le abrió el cielo Todos lo miramos de lejos Pero sus ramas ya no podemos verlas. Sus ramas son invisibles Sus ramas volaron a lo alto. Sus ramas quedaron prendidas en lo alto Y son ahora el techo del mundo   II Bajo las raíces del árbol camajorú hay otro árbol El camajorú de la tierra y el camajorú del cielo Al camajorú de la tierra se asciende bajando como en la escalera de un sueño Y echa un fruto redondo como preñez de luna Del camajorú del cielo poco sabemos Dicen que si uno come su fruto puede quedar ciego Los ángeles de él se alimentan      

 

-          ¿Tiene predilección por algunos de sus libros en particular?  

Tengo  una predilección por dos libros, el primero, El oscuro sello de dios y por el quinto libro, Sacrificiales, porque tratan dos momentos distintos en los que se llegó a un equilibrio con lo que estoy buscando. Creo que desde El oscuro sello de dios hasta Sacrificiales hay un conjunto de poemarios que considero intermedios, porque lo que busqué en ellos lo encontré en Sacrificiales. Lo que encuentro allí es resolver un problema personal, existencial. El primer libro está sembrado de duda, de oscilación entre creer y no creer, es un poemario que además tiene una fuerte influencia de Borges, ya que me abrió muchas puertas en ese sentido, allí hay un poema, el último, al que no se le suele prestar mucha atención, se llama ¨Consejo desde Orfeo¨:  

 

Consejo desde Orfeo  

Sigamos arrancando ilusas melodías de nuestra pobre siringa No como Orfeo miremos impacientes hacia atrás y descubramos que todo ha sido una falsa promesa de los dioses   En este poema, que solo es una lectura mía, me encuentro con una situación de mucha ambivalencia como siempre y es que en esa pugna entre lo analógico y lo irónico es como si reconociera la importancia de la ilusión si se quiere sobrevivir, es un autoconsejo de preservación, sigue tocando la siringa ilusamente, que al menos eso te va a brindar una morada. Entonces es en esa situación que se centra gran parte de mis búsquedas. Esa esperanza de religación con el mundo, la religación cósmica que promete la analogía y la negación de todo ello a la que se abre la ironía. Creo que la ironía es el concepto más intenso que ha creado el mundo moderno, ahí arranca todo, con esa noción, el pensamiento posmoderno lo que hace es una reelaboración de la idea de ironía de Schlegel. La Siringa es el canto que te salva y hay una ironía en aceptar las consecuencias, por ello los poemarios que siguen a este continúan sobre esta problemática, no voy a dejarme enfrentar a una mirada completa sobre el desierto, así que busco agua, busco agua.  En El traspatio del cielo hago eso, busco un punto de referencia donde se pueda fundar el ser y por eso apelo a la infancia con la que trato de salvarme de algo. Ese enfrentamiento que asumo dirige los referentes de mi obra, determina los modos de decir por los modos de sentir; esa asunción sobre este mundo incomprensible y misterioso se va transformado en una actitud más lúdica, más humorística si se quiere, que se aleja un poco de cierto dramatismo y retoma un enfoque más sereno, más realista, más acorde, no ilusa sino aproximada a la manera como son las cosas, aunque siempre se deba poner entre comillas. Busqué entonces un lugar que me hiciera sentir reconciliado conmigo mismo, y para hacer ello debo ejercer una desacralización, que es como una burla sobre mí mismo. Un poema como ¨Contra Parménides o la mariapalito¨:    

 

Contra Parménides o La Mariapalito  

La inmovilidad de la mariapalito podría haber dado a ciertos filósofos razonamientos más convincentes que el de la flecha o aquel otro más divulgado de Aquiles y la tortuga   Ella no lo sabe Si lo supiera luciría más filosófica de lo que parece   Todo llama a su transformación, nada quiere permanecer fijado a su ser el poema pide ser prosa la piedra pide ser agua, el horizonte pide ser línea vertical   Pero la inmóvil mariapalito solo quiere ser mariapalito   Muy flaquísima Señora del límite, del umbral no sabe que, en realidad, ella es el más fino argumento contra el estatismo que su apariencia pregona que, sin que lo haya pedido, siendo un insecto de cuatro patas algo dentro de ella, algo remoto, la mueve a ser palito   Por eso se llama así   Pero eso tampoco parece saberlo la mariapalito     Este poema es una forma de desacralización, siento que allí es Mariapalito la que se resiste de alguna forma a ser Mariapalito, ella es la que quiere ser platónica, quiere que el mundo sea eso y no abrirse a la desmesura y a lo absolutamente incognoscible. En ese poema yo soy la Mariapalito pero también soy consciente de  que no puedo seguir siendo la Mariapalito, me toca asumir lo otro. Eso es lo que yo logro en Sacrificiales y por eso creo que el que más interesa, en particular, es ese libro.    

 

-          ¿Cuáles considera que han sido sus más importantes influencias?  

Mis influencias también han pasado por muchas etapas. Esa etapa inicial en la que me encuentro con Alfonso Múnera y Jorge García Usta, es un momento marcado por el ámbito universitario que en ese momento está centrado en el marxismo, en ese momento ser joven es obligatoriamente ser marxista, no hay otra opción, por ello en ese momento mis lecturas son de ese carácter. Por esa línea debo decir que entonces la poesía de Ernesto Cardenal me atrajo mucho, de hecho hay muchos poemas que nunca publiqué que tienen el sello de Ernesto Cardenal, esa poesía exteriorista básicamente; algo de Neruda, pero no todo Neruda, solo el de Odas elementales, incluso un poco del primer Benedetti, no todo Benedetti es tan malo, hay cosas que yo recuerdo, hubo un momento en que Benedetti era una importante referencia, para nosotros era la berraquera, que era un calificativo muy usado por los jóvenes de ese entonces. Recuerdo por ejemplo mucho un poema titulado ¨Quemar las naves¨, poesía con elementos íntimos y conversacionales, tocada de un cierto optimismo, que era la concepción estética del momento. Aunque en verdad cada valoración estética depende del momento, son como eclosiones que están y luego desaparecen. Luego de esta crisis que tuvimos muchos en los entornos del marxismo, apareció una figura que entonces no estaba visible, de repente todos empezamos a fijarnos en Borges. Eso era porque había cambiado la mirada porque Borges estaba ahí desde hacía rato, pero para uno Borges era antes como un viejo necio, y entonces lo leí y me abrió pautas para la poesía, porque él me enseñó que los poetas latinoamericanos también tenemos derecho a ser metafísicos. Eso no es fácil de asumir en esos momentos en que la cultura está siendo penetrada por el marxismo y tampoco en un contexto cultural e histórico como el caribe en el cual la metafísica no corresponde a las expectativas, entonces todo ello determina que vea a Borges como un padre, me da el espaldarazo en el momento en que el marxismo, que te cobijaba y te respondía todas las preguntas, entra en crisis.  El marxismo fue una forma de trascendencia, pero después de la ruptura nos quedamos en un terreno pantanoso. Al darme cuenta de esta ruptura, continúo en búsqueda de la trascendencia, y aparece mi primer libro que parece todo un contraste con toda esa etapa política, El Oscuro sello de dios. Héctor Rojas Herazo para mí fue fundamental porque me enseñó que desde el caribe también se podía hacer una poesía atravesada por un carácter existencial y metafísico, como un reelaboración de lo teológico, en términos literarios, brindándome mucha seguridad. Otra influencia muy poderosa, antes de Borges, fue César Vallejo, quizá fue mi primera influencia. Vallejo me hizo estar en un mundo de tensiones interiores, de cierta sensación de caída. Después de Vallejo y Borges me he ido encontrado con poetas que más que ser una influencia representan una cercanía, encuentros, Roberto Juarroz me ha interesado mucho en ese sentido, José Watanabe y Wyslava Symborzka.    

 

-          ¿Cómo describe su oficio, ese acercamiento cotidiano con las palabras?  

Es algo extraño mi oficio. Yo siempre trato de sacarle el cuerpo, de huirle, yo le huyo todo el tiempo hasta que ya no me queda más remedio que sentarme a hacer las cosas. En principio le saco el cuerpo pero ya asumida la presencia de la poesía en tu vida de una forma aunque sea vicaria, ya habrás hecho las paces con ella, ya sabes que  ella está ahí acompañándote. Tomo mis precauciones. Algo que siempre hago es tener a la mano una libreta para apuntar las ideas, las imágenes que se me ocurren, a veces esbozo a partir de una sensación que percibo una imagen en la que se fragua un posible desarrollo, un esquema posible y lo voy dejando ahí. A veces esa irrupción es completamente epifánica y se da inmediatamente y hay pocas cosas que matizar, que podar. Los poemas breves suelen ser un poco así. Me conozco, he tratado de huir pero ya he aprendido a aceptar un poco la situación, sé que si lo que me ocurre en un momento dado no lo aprisiono se va a escapar completamente y después no lo voy a recuperar, entonces trato de atender a ese llamado, lo asumo hasta donde lo puedo resolver y lo dejo ahí, y es más adelante cuando ya entiendo que debo hacerlo y empiezo a revisar todo lo que tengo y a podar y mejorar los textos. Me considero muy autocrítico y en ello hay una clave enorme, sopeso mucho las palabras, para mí el poema contiene una cierta carga en las palabras, cierta densidad, densidad que puede ser sonora o puede ser semántica, hay cierto sopesar de levedades y peso de las palabras, para mí la primera manera de sentir el poema es ver si está equilibrado en lo que llamo peso y levedad en la construcción de las palabras, quizá eso primero antes que el propio sentido, juego con eso y busco la palabra adecuada, entonces a veces, donde falta una palabra pongo una raya y escribo ¨aquí debe ir una palabra pesada¨, ¨aquí una palabra leve¨, hago un esqueleto desde la intuición del lugar donde las palabras deben estar. En mi oficio nunca ha desaparecido el misticismo, y hay un momento en el que me siento incómodo con una demasiada arquitectura y como me estoy abriendo a una percepción y a una vivencia en términos cósmicas y siento que en ello no se admite ninguna arquitectura, sino que posee unos ritmos imprecisos que por más que tu hagas no los puedes capturar, entonces empiezo a ver el ritmo también asumido desde la vivencia, busco ahora es estar al tanto de escriturar esos ritmos y no de arquitecturalizarlos. En esa medida me dejo penetrar por un cierto azar, mis último libros no son escritos bajo un designio predeterminado sino que pienso que si soy sincero ello tendrá una unidad, no sé qué tipo de unidad va a tener, pero una unidad que va a estar dictada por mis fantasmas interiores, que son fantasmas de diverso tipo, y son varios que están en juego, todos esos desplazamientos deben estar ahí. Me dejo guiar por la idea de que yo no soy rigurosamente yo, sino que soy una multiplicidad de yoes, y por ello un poema que tenga un tono místico puede estar cerca de uno completamente humorístico, que era algo que a mí antes me parecía un exabrupto, pero ahora no, ahora siento que si eso está dentro de mí eso también corresponde a la ritmicidad del cosmos, eso hace parte de ello, entonces que eso hable, y si eso habla de alguna manera heterógenea, heteróclita, que sea heteróclita. El cambio de temperamento de mis últimos libros es oscilante. Envidio a los poetas que pueden mantener  un solo tono.    

 

-          ¿Qué apreciaciones puede dar sobre la poesía colombiana desde la tradición y su condición actual?  

Yo creo mucho en la poesía colombiana, si me hubiera preguntado eso hace diez años le hubiera dicho que tengo una duda. Siempre ha pesado sobre mi cabeza la idea de la farsa que se ha creado de que Colombia es una tierra de poetas, y yo creo que el que más ha ayudado a construir esa imagen es Juan Gustavo Cobo Borda, que es una especie de minusvalía de la poesía Colombiana, también está el texto de García Márquez, ¨La literatura colombiana un fraude de la nación¨, escrito bajo ese mismo enfoque. El texto de García Márquez tiene validez en su momento, y está haciendo algo categóricamente clave y en cambio en el de Cobo Borda él se estaba mirando al espejo cuando estaba diciendo eso. Crecí bajo estas dos miradas, la suposición de que tenemos una tradición muy pobre y demás, pero después mirando con más cuidado el asunto se puede ver que no, es justo decir que la poesía colombiana es una gran poesía. Aunque la modernidad literaria en Colombia fue tardía, con una serie de  procesos un tanto procelosos, sinuosos, es verdad, pero una vez que se afianza esa modernidad literaria, poética, tenemos una lista de nombres que son muy importantes en este momento para la poesía hispanoamericana. Ha habido también una sobrevaloración de la poesía española, y considero que actualmente es una  mala poesía, aunque han tenido sus momentos cumbres. Creo que la poesía colombiana tiene importantes nombres, como José Manuel Arango, Jaime Jaramillo Escobar, Álvaro Mutis, entre otros, y por ello no creo que haya ningún derecho a decir que se trata de una tradición de la pobreza. Hay hitos importantes como Luis Carlos López, con quien a propósito terminé reconciliándome porque empecé de pelea con él, y se ahora que es el padre de la poesía costeña; o hitos como Luis Vidales, que son nombres completamente definitivos. Es verdad que la poesía colombiana tiene tendencias conservadoras, hay una valoración  aún clásica de la imagen, del decir, hay poca presencia de la experimentación, pero ello puede generar un desequilibrio debido a que por ser la tradición que más se ha afianzado, que se ha llegado a definir como la tradición colombiana puede que se sea injusto a la hora de jerarquizar nombres, porque se tiende más a valorar este tipo de trabajo de la imagen y la palabra impecable que maneja ritmos equilibrados, y que no se impone riesgos, etc. valorando por último solo aquello que se considera ¨la colombianidad poética¨,  así como pasa con el caribe cuando se trata de definir y en últimas se trata de una multiplicidad de cosas y habría que valorarlas a todas en su nivel. Hay una tendencia que por lo general es la más visible, hay una tradición conservadora en la literatura colombiana. Ahora bien, sabemos que ello empieza con el binomio Rafael Núñez – Miguel Antonio Caro armando la constitución de 1886, vertebrando un país completamente conservador y ello no es gratuito, ello irradia sobre toda la cultura.  Aquí no ha pasado como en otros lugares como México, que existan instituciones que proyecten al libro como una forma de autopercepción de que hay una tradición poética y valiosa. Lo primero de todo sueño es creerse el sueño y después generar estructuras que lo sostengan, y aquí no ha habido eso, de parte del estado no la ha habido, el Ministerio es muy reciente y está burocratizado, hay muchos elementos que no facilitan este desarrollo. En las nuevas generaciones hay nombres por  los cuales yo apostaría casi a ojo cerrado como Lucía Estrada, Felipe García Quintero, Jorge Cadavid, Jorge García Usta, entre otros, sé que hay una lista de nombres muy valiosos, que  son voces nuevas y consolidadas; habría entonces  que empezar a soñar el sueño nacional de que tenemos una gran literatura y también hay que empezar a reescribir esta crítica un poco malvada que se ha hecho, a hacer una relectura de ello, porque todavía se sigue pesando eso de que tenemos una tradición de la pobreza y yo no creo en eso, digo ante ello, como afirmara en otro momento Juan Manuel Roca, pobre sí, pero la mirada.      

 

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    RÓMULO BUSTOS AGUIRRE - Nació en Santa Catalina de Alejandría, Caribe Colombiano, en 1954. Realizó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena y Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo. Estudios doctorales en Ciencias de las Religiones en la Universidad Complutense de Madrid. Se ha desempeñado como profesor de literatura en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena. Ha publicado: |El oscuro sello de Dios (1988), |Lunación del amor (1990), |En el traspatio del cielo (Premio Nacional de Poesía Colcultura 1993) y |Palabra que golpea un color imaginario (1996) en la colección |Encuentros Iberoamericanos, de la Universidad Internacional de Andalucía. Otros libros suyos son: |La estación de la sed (1998) y |Antología de poetas costeños (1993). La obra reunida de Bustos Aguirre fue publicada en 2004 por la Universidad Nacional de Colombia con el título: |Oración del impuro. La Universidad de Cartagena publicó recientemente su obra poética reunida (1988 – 2013) con el título: |La pupila incesante. Participó como invitado especial en el V Festival de poesía y narrativa OJO EN LA TINTA el pasado mes de octubre en Bogotá.                   


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