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04 Feb 2014 / 12:51 pm

  Portuaria: la nostalgia de la imagen y el espacio    

 

Nota y selección por Fredy Yezzed

  Quizá podamos definir el cine como la poesía del movimiento o la nostalgia de la imagen. Así es la sensación visual que despierta el libro Portuaria, de Manuel Parra Aguilar, donde la cotidianidad del mar y de los trabajos del puerto van apareciendo frente a la cámara. Desde el primer poema da la impresión a la mejor manera de los largos paneos de Alfred Hitchcock que aparece el plano de detalle: los labios de un hombre que llama a sus interlocutores: “Amigos/ de por allí y de todos lados,/ sabrán: Yo nunca he escrito poe-/ mas. ¿Por qué he de escribirlos?/ Los poemas sólo se escriben de/ joven, como era mi padre y la sal”; la cámara parece que caminara, saliera del espacio de ensoñación para deslizarse a través de la arena de la playa y de los cuerpos acuosos de los bañistas: “Y creo adivinar sus aromas/ entre todo lo moderno. El sol, el ardiente/ verano golpea nuestras cabezas y ustedes,/ muchachas, jóvenes y tristes a un mismo/ tiempo, andando de casa en casa,/ aprenden a morirse aprendiendo nuevas/ reglas”. El camarógrafo se interna en el mercado dando rienda suelta a las sensaciones de modorra y soledad: “AQUÍ EL MERCADO termina/ según la costumbre de quien/ lo sabe todo. Aquí el sol no/ busca, no encuentra, no/ pierde a sus amigos. Hay/ palmas disfrazadas de/ arena, hombres que remiendan/ las redes. Hay alguien que bosteza y/ ese bostezo es el mismo en todo/ el mundo”.

En el nudo de este filme, aparecerá el hombre dorado bajo el sol por el malecón: “Voy hacia el malecón entre todo/ lo ciego. Casas derrumbadas,/ paredes aún sin construir,/ el espantoso olor de calamares,/ la pólvora de cohetes, este/ estornudo que sacude el cuerpo.”; y aparecerá en un plano abierto el actor principal de este poema: “No tiene ojos el mar,/ ni manto, ni bóveda, no es un/ pozo vacío el mar, no tiene/ grietas, no puede ser bue-/ no ni despiadado; el mar/ no cae, el mar no despierta. Sólo queda el mar/ y el sonido permanece”. El libro cierra con la cruda realidad del trabajo en el puerto, la barbarie y el marinero cantando: “Alguien ha dado muerte con una piedra a un albatros/ y entre los curiosos hay un depravado que le pica el culo con una vara./ El litoral se inunda de jóvenes que harán el amor allá entre las rocas./ Los distribuidores de marihuana toman precaución pero no sueltan sus bicicletas,/ acomodan sus piernas y otean hacia la torre del vigía. […] ¿Dónde estará la vida?/ ¿Dónde estará el paisaje?”. Es en ese preciso instante cuando suena de fondo la voz de Joseph Conrad recordándonos que: “No hay nada más seductor y esclavizante que la vida humana en el mar”.

Tal lírica de la imagen se logra con el entrenamiento del ojo y la paciente observación. Descripción puntual y numeración sugestiva es la regla de oro en la estética interna de Portuaria. Con el lenguaje sencillo, austero de recursos estilísticos, donde el símil y el estribillo son quizá los motores que dan vuelo lírico, este libro nos recuerda que no es necesaria la gimnasia lingüística y el entramado verbal para conmover al lector y provocarle esa sensación de goce intelectivo que sueltan sus versos cortos y vertiginosos. En la poesía podada de poesía se teje la atmósfera que se respira en este libro: “En el mercado las mujeres se/ quitan sus escamas y miran/ pasar el tren y a los muchachos/ desclavados de los mástiles según/ la costumbre. Ellas creen saber/ el verdadero nombre de las cosas/ a las que les es preciso navegar”.

Pero dicha atmósfera de nostalgia no se queda en lo pictórico, pues nos revela un carácter ontológico. En el primer poema, llama la atención cómo la voz poética nos inventa un pueblo, donde aparece quizá uno de los aspectos donde vivimos la celebración, porque este libro no es de lamento, sino de vitalidad rebosante, aparece la figura del padre: reconciliadora, emotiva, estrecha: “Yo sólo/ hablo y hablo entonces de mi padre./ Sabrán que mi padre y yo atravesamos/ esta misma calle en otro momento./ Mi padre vuelve a ser joven, yo vuel-/ vo a ser niño”. Casi que de fondo escuchamos un Juan Preciado indagando por su padre, con la diferencia que en Pedro Páramo ingresamos en un territorio oscuro, árido, muerto; mientras que en Portuaria, el espacio es lumínico, resplandeciente, fértil, a pesar de que se ara en el mar. Los ejemplos pululan, pero atrae nuestra mirada el quinto poema, donde las tortugas, resimbolizadas en un espacio materno, llegan a la playa a dar vida: “VIENEN A/ la arena/ las felices/ tortugas a/ desovar sus/ piedrecitas que/ germinan en/ tortugas”. Casi de colofón el libro se pregunta: “¿Dónde estará la vida?/ ¿Dónde estará el paisaje?”.

¿Qué influencias podríamos delatar en la construcción de Portuaria? Posiblemente resalten Tierra baldía, de T.S. Eliot, en el sentido que inventa un espacio, y Mi padre, el inmigrante, de Vicente Gerbasi; por memoria inmediata es imposible no traer a colación la sal marina, la humanidad y la aventura de El viejo y el mar de Ernest Hemingway; pero también las relecturas de la Biblia cuyo epígrafe citado en el libro nos es bastante explícito: “Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho”. Creo, además, está veladamente la poesía de Haroldo de Campos, José Koser y Rodolfo Hinostroza. Y por el carácter anecdótico de Portuaria conviven también la difícil prosa de Faulkner y hasta la apasionante fluidez narrativa de Philip Roth, de la que el mismo Parra Aguilar se confiesa atraído.

Todo libro es un viaje e inventa y descubre un poeta nuevo. Releyendo los poemarios anteriores de Parra Aguilar puedo sostener que son libros independientes en cuanto al tema y la forma, pero conservan la médula de las preocupaciones estéticas del autor. A esta observación, el mismo Parra Aguilar sostiene: “Creo que se puede, sin embargo, descubrir cierta nostalgia por el espacio, sea este real o imaginario, como sucede en En el estudio y Manual del mecánico. Son proyectos que temáticamente no se acercan entre sí, pero igual la parte poética está en ellos. Pretendo -no sé en qué medida lo logre- expresar esa parte poética sin rayar en lo poético de lo mismo. Me explico: en Portuaria uno de los bañistas expresa su desilusión por la poesía y el fraude que encierra, pero es un fraude comparado a algo que no está, algo que se espera del poeta y que no está: la humanidad, el ser humano. También pretendí eso en Manual del mecánico, el que los ingenieros automotrices no se expresaran poéticamente, sino que fueran humanos, con su frustración de la vida, su amargura, sus goces”.

Sé que la filmación de este libro le llevó a su autor, con los altibajos que da la vida y los intensos momentos de creación, siete largos años. Aspecto que denota trabajo arduo, constante y silencioso. Con este libro comprobamos que su autor ha seguido a raja tabla el consejo más honesto y quizá el más útil que Rilke le da a todos los artistas en Cartas a un joven poeta: “Ser artista es: no calcular y no contar; madurar como el árbol, que no apura sus savias y que está, apacible, entre las tormentas de primavera, sin temor de que no pueda llegar un verano más. Llega, sin embargo. Pero solamente llega para los que tienen paciencia y viven despreocupados y cómodos como si ante ellos se extendiera la eternidad. Lo aprendo diariamente, lo aprendo en medio de dolores a los cuales estoy agradecido: Paciencia es todo” .  

Buenos Aires, Argentina.

         

 

Portuaria 

Manuel Parra Aguilar

   

Este libro está dedicado a Julia Melissa Rivas Hernández

Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho.Génesis 2:3 

Duermen las cosas. José Gorostiza

 

 

 

1

Amigos
de por allí y de todos lados,
sabrán: Yo nunca he escrito poemas.
¿Por qué he de escribirlos?
Los poemas sólo se escriben de
joven, como era mi padre y la sal.
Dirán: PUEDES HACERLO, pero
yo nunca he escrito un poema.
Sólo he dicho palabras que saben
a aceite y todas ahogadas huyen
de mi garganta hacia otra parte.
Consistiría en decir lo mismo que
otros dijeron ya, con igual acento,
con la misma voz o no, después
de todo da igual: siempre es lo mismo,
lo he dicho. Yo nunca he escrito un
poema, no podría hacerlo. Yo sólo
hablo y hablo entonces de mi padre.
Sabrán que mi padre y yo atravesamos
esta misma calle en otro momento.
Mi padre vuelve a ser joven, yo vuelvo
a ser niño. La playa es la misma:
se equivoca en todas sus olas. Aún
en mis sueños puedo ver el mar perfumado
de colores cuya mitad descansa
en mi costado, puedo ver al mundo
que se enrosca como una caracola,
cómo se desvisten sin herir cada una
de las personas mayores, cada veraneante
en la arena difusa. ¿A dónde
la arena que grita mi nombre despa-
rramado, la arena que grita y tiembla?
Amigos: un minúsculo filo de agua
se desliza entre la espuma y yo hablo
de lo que dicen mis sentidos en
esta calle con barreras. Estas palabras
me pertenecen como podrían pertenecer
a cualquier otro. Alguna vez mis
ojos recorrieron esta calle cuando un
hombre volvía de frente y a sí mismo.
¿Por qué no hablar de aquel hombre
que en su momento me llamó montado
desde su bicicleta? Aquel hombre era
Abelardo. Más allá de ese hombre se
encontraba el mar y la tarde. Abelardo
fue carpintero. Sé que fue carpintero
(alguna vez escuché fluir cada clavo en
la madera salobre de su cuerpo). Todos
los días a esta hora se paseaba Abelardo
en bicicleta. Sin darme cuenta ya todo
se ha ido. Pienso en Abelardo mirar su reloj
como pienso en mi padre con el mar en sus
rodillas. Vengo a escucharlo y luego darle forma
con mis manos. En esto hay tanta verdad
que creo olvidarme de otras cosas más importantes
para decirles. Amigos: en sueños he sido
todos los hombres y mis amigas distintas
mujeres, pero cada una con su rostro disuelto
en el agua, cada uno con distintas manos y
rodillas distintas, como mi padre, como mis
deseos, como un pan redondo y amarillo.
Amigos de por allí, ¿sienten cómo las olas
nos hablan del tesoro que ocultan? En ellas
hay sombras que mojan mi cuerpo, escamas,
barcos y piedras. Luego en mis sueños
tengo barba, una barba como la de Abelardo,
ya de pronto, un cuerpo azul, tartamudo,
peces y naranjas en mis manos.
Lo sé porque puedo sentirlas. ¿Por qué no
hablar de Abelardo, de sus ojos como yo
los quería? Mi padre también fue carpintero
y fumador de marihuana. Mi padre paseaba
en bicicleta. Amigos de todos lados:
comparo mis palabras de un solo pie con
mi cuerpo que se resiste a mis brazos y
pienso en las personas mayores (imagino
al mar en cubos que no terminan en esta
orilla sino en otra orilla de rumbo incierto)
y pienso en el goce de todos ustedes.
Pienso en el escote que lucen mis amigas.
Pienso en Abelardo estarse quieto, tallar
unos ojos sobre mi rostro, y pienso en
mi padre cuando leía poemas; algunos hablaban
del amor infantil por Casandra Salviati, otros
de la muerte de María Dupín, la bella, y sé que
yo nunca he leído un poema como los que
leía mi padre en voz alta. Amigos de por allí
y de todos lados: mi padre sabía el verdadero
nombre de todas las cosas: el color de las ventanas
en verano, la puerta imaginaria del mar sonoro
y blanco, la mitad del 2 sin disecar en la rada,
la fábula del camarón, la carpa, los vestidos huecos,
el múltiple antojo de las muchachas prohibidas,
la balada de la casada infiel. ¿Quién mejor que
mi padre para escribir un poema, para tocar la
guitarra del mar y enumerar las olas? ¿Por qué
no pensar en mi padre como si hubiera sido un
buen hombre al final del mundo? Amigos:
Las muchachas ríen al verme sin ojos. Ellas
huelen a sal marina. Yo les ofrezco helado de
naranja y collares de conchas. A veces les escribo
algunas cosas, poemas les llaman ellas
bajo la arena, aunque en verdad no sepan
                                                 lo que eso significa.

 

 

 

 

2

USTEDES, muchachas, que vienen
de la Ciudad del Sol a morir en un
punto que aún no logro entender y
permanecen en la playa, en la espuma,
en las rocas acuosas, jóvenes y tristes
a un mismo tiempo, ocultas para siempre
de mis ojos, peligrosas muchachas
con sus cuchillos de agua, libres ustedes
en el juego de los bañistas y sus niños,
en el tiempo de la fruta que madura
con su íntimo secreto en movimiento,
en el tiempo feliz de la pelota y los cigarros;
ustedes, muchachas, para quienes el
amor tiene un nombre distinto cada día,
he guardado algunos secretos de los hombres.
Yo, que en algún momento alcé mi
rostro hacia los montes, ahora hacia la
playa, yo, que en algún momento mordí la
caña de azúcar, las uvas, las frutas, no inventé
nunca la vida, no probé nunca la teta,
no comí nunca el pan, no ideé la casa de
mis mayores en medio del océano, ni las ventanas
que dan hacia la calle, las puertas, la
mesa, el candelero, el aceite, los guantes
corrosivos, muchachas; por temor a equivocarme
en decir lo que decía, no ignoré el
cáñamo, el plomo, los anzuelos, la sangre
viscosa de los peces, sin duda por temor a
equivocarme, por temor a la promesa. Así,
no sabrán de los navíos que se pierden, no
sabrán de la blusas con jabón que agonizan
en el tendedero, no sabrán ustedes de las
tortugas, sus manecitas, el resultado de
estar a la deriva. Y ya, intactas para siempre
de mis manos, muchachas, sólo he escrito
para ustedes algunas cosas duras
como un sueño desde el museo de mis
ojos. Toqué una vez la luz, muchachas,
y se pintaron de pronto las naranjas en mis
manos. Después todo se ocultó, confuso, en
mi interior. Muchachas: inclino mi cabeza
y oigo la gran muralla, la gran invención de
sus carcajadas girar como una rueda vertical
en su caída. Y creo adivinar sus aromas
entre todo lo moderno. El sol, el ardiente
verano golpea nuestras cabezas y ustedes,
muchachas, jóvenes y tristes a un mismo
tiempo, en ese ir de casa en casa,
aprenden a morirse aprendiendo nuevas
reglas, a morirse al aire libre cuando los
ojos más indignos saben mirarlas, cuando
los ojos más indignos duermen en el plato
donde las hormigas devoran un cascaron
de huevo. Y así, no pasa nada. Quiero decir
que no pasa nada, muchachas. Quiero decir:
BIENVENIDAS y mis manos se llenan de remiendos
y no tengo ni asombro y no sé cómo
disimular este entusiasmo que me queda
para compartirles, muchachas, esta amantísima
palabra. Muchachas, como ustedes, los pulpos
suben por mi frente y bajan en la playa a
morir en los cristales con roca. Por la calle pasan vendedores
de corales, pasan vendedores de
erizos diminutos y tiernos, pasan ciclistas
que raras veces me saludan, que a veces
dicen: SI AL MENOS FUERA HERMOSO…
y sueltan el Ah de la sorpresa. Mas todo
es océano alrededor de la tierra, alrededor
de la tierra todo es océano, alrededor
de la tierra el mundo es un lugar más
cómodo. Muchachas, que en mi memoria
llevan en su espalda un fácil yugo y ligera
carga, llevan corales, conchas, arena bajo
las uñas, una risa interminable, ¿cuántas
palmeras para su alivio habrán visto
sin ningún resultado? ¿Cuántas huellas
ancladas en la arena? ¿Cuántas sonrisas
faltan, muchachas? Muchachas,
a veces recuerdo el futuro donde yo
sólo sé si estuve, estoy o estaré empapado
y vulnerable como una fotografía.
Muchachas, a través de una ventana
miré una tarde a una viejecita. Ella me llamaba
por mi nombre y yo sin saber quién
era. Decía mi edad y yo sin saber quién
era. Una viejecita arriba de un coche
mientras comía bacalao y espantaba
las moscas con su mano izquierda.
La viejecita silbaba una tonada
con la gracia infantil de todos los corales
que ella vendía. Llevaba una cabeza
de gallina sobre un plato que dejó de
pronto en el suelo. Después cogió una
piedra con intención de cargarse los cristales.
Y luego se fue riendo, muchachas,
allá lejos, detrás de la rambla,
donde gime la ciudad-vida,
cuyos brazos siempre nuevos
                                                   las esperan

 

 

 

MANUEL PARRA AGUILAR - (Hermosillo, Sonora, México, 1983) Profesional Técnico en Mecánica Automotriz y Licenciado en Literaturas Hispánicas. Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo 2005, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, Argentina. XIII Premio Nacional de Poesía Tinta Nueva 2011. Beneficiario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora, FECAS, 2009-2010; beneficiario del Apoyo para la Formación Artística, FECAS, 2012. Ganador del Concurso del Libro Sonorense 2013, por el Instituto Sonorense de Cultura (ISC). Libros: Más le valiera morir (Poesía) Rivas Hernández, Editores, 2009; Contrataciones (Cuento) Editorial JUS, 2009; En el estudio (Poesía) Editorial Tintanueva, 2011; Manual del mecánico (Poesía), VOX, 2012, Argentina; Portuaria (Poesía), próxima publicación.  


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